Por Rosely Almonte Cordero
Con la llegada de Cristóbal Colón, la historia taína parece haber desaparecido casi por completo durante la conquista; sin embargo, lo que muchos ignoran es que existen letras que lograron capturar parte de lo vivido en aquellos primeros encuentros. Durante el segundo viaje a la isla, el fraile Jerónimo Ramón Pané fue designado por el navegante para descubrir el lenguaje y todo lo concerniente a la lengua de quienes habitaban las Indias. Su intención de aprender el idioma era educarlos en la fe católica, llegando incluso a bautizar al primer taíno conocido, Guacabanú, quien pasó a llamarse Juan.
Uno de los aspectos más interesantes de esta lectura es la posibilidad de conocer los distintos cacicazgos que existían en la isla, los cuales mostraron a los europeos que, aun viviendo en una misma tierra, hablaban lenguas diferentes. Al regresar Colón en 1493, se encontró con la destrucción del Fuerte de la Navidad, atribuida a Caonabo, quien defendió a su tribu de los abusos cometidos contra los más débiles. Este hecho llevó al fraile Pané a trasladarse a Macorix acompañado de un intérprete, con el fin de comprender mejor la lengua y la cultura de los nativos.
La obra muestra la sencillez de un hombre que solo deseaba cumplir la misión que le había sido asignada: entender el lenguaje de los habitantes de la isla. En sus recorridos descubre la reticencia de Guarionex y comprende que no todos eran tan mansos como se pensaba. A través de los años y los viajes, Pané fue conociendo distintas formas de comunicación, recogiendo lo que veía y lo que aprendía, dejando constancia de uno de los primeros acercamientos a la lengua y a la cultura de La Española. Aunque no logró dominar todos los lenguajes, fue uno de los colonos que más se acercó a comprenderlos, incluso en lugares como el fuerte La Magdalena, bajo el mando de Arriaga.
En la lectura también se percibe la unión entre lo político y lo religioso, reflejada en el deber de un hombre de Dios que buscaba convertir a los nativos al cristianismo. Pané menciona figuras importantes como Arriaga, Bartolomé y Alonso de Hojeda, quienes en 1495 enfrentaron a los taínos en el puerto de los Hidalgos. A pesar de las derrotas, los taínos no se quedaron de brazos cruzados: lucharon por defender su pueblo, sus mujeres y su territorio. Las armas españolas eran más avanzadas, pero la resistencia indígena dejó una huella profunda en la historia y en la identidad dominicana, donde conviven la sangre taína, africana y libertadora. Durante el tiempo que Pané permaneció en la isla, Colón regresó a informar de los avances y volvió en 1496.
Cada viaje de Cristóbal Colón implicaba que Fray Pané entregara informes sobre los avances logrados en los distintos cacicazgos. No era una tarea fácil, pues cada tribu, cada cacique poseía creencias y lenguas diferentes; incluso se menciona que uno de ellos predijo la llegada de los europeos gracias a sus conocimientos de astrología.
La obra también recoge crónicas que posteriormente fueron corroboradas por Fray Bartolomé de las Casas, lo que permite comprender el deseo de conocer y documentar la realidad de los pueblos indígenas. Sin embargo, junto a ese deseo aparece la violencia: la masacre, el genocidio y los abusos cometidos contra los taínos, especialmente contra las mujeres, hechos que siguen siendo difíciles de comprender desde cualquier perspectiva humana.
Entre los primeros taínos mencionados aparece el cacique Mabiatué, cuyas referencias forman parte de las primeras crónicas de la isla. A pesar de la violencia, muchos indígenas se convirtieron al cristianismo y adoptaron nombres católicos, como Juan, Mateo, perdiendo parte de su identidad original. La construcción de fuertes, faros y cuarteles para vigilar a los taínos rebeldes dificultó la relación que Colón y Fray Ramón Pané pretendían establecer, y lo que pudo haber sido un puente entre culturas terminó siendo truncado por la ambición y la codicia.
Otros cronistas, como Fray Bartolomé de las Casas en Apologética historia de las Indias (cap. 120), reconocieron el esfuerzo de Fray Ramón Pané por comprender las lenguas de la isla con ayuda de su intérprete Juan. Las relaciones fueron concluidas hacia 1496 y difundidas posteriormente, constituyendo uno de los primeros testimonios escritos sobre los pueblos originarios del Caribe.
Fray Bartolomé de las Casas valoró profundamente los escritos de Pané, destacando que la educación y la enseñanza no deben confundirse con docilidad, y que en toda relación humana ambas partes pueden ganar o perder. El empeño por proteger la dignidad del indígena permanece como una de las principales enseñanzas de estos textos, recordándonos que no toda la historia de nuestro origen está perdida, sino que aún vive en las palabras que lograron sobrevivir al tiempo.
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La autora del artículo es estudiante de la Licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).

