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Manuscrito hallado en las ruinas de Leviara

by Redacción

Por Berenice Baldera

We won´t ruin Mars
Ray Bradbury
«And the moon be still as bright».

 

Leviara, hermosa ciudad. Perfecta incluso en la muerte. Vengo de recorrerla hasta sus cuatro límites. Terror encogido en mi estómago: deambulé por una ciudad vacía, calles cuencas sin ojos, casas tumbas de muertos, monumentos fríos. Solo yo quedo. No por mucho tiempo.

Escribo a la manera antigua: mano, lápiz, papel. Escribo un testamento, una crónica, una declaración que alguien más lea, en el futuro. Siempre hay un futuro.

Cuatrocientos zarpamos de la Tierra, cuatrocientos puros, virtuosos. Trescientos sesenta y cuatro llegamos. Encontramos a los Titanes, enviados mucho antes a terraformar, a construir la ciudad. Agotadas, cumplida su misión, esas máquinas ahora son parte del paisaje. Nosotros, los puros, los virtuosos, construimos el orden, las leyes de la ciudad nueva. Yo, con libertad, fui elegido. Yo, con libertad, fui el déspota según el Orden Griego. Yo elegí el nombre: Leviara, del latín leviarius, la ciudad que brillaría ligera, ingrávida, sobre nuestros sueños de utopía. Atrás quedaba la pesada herencia de la Tierra. Nosotros, habitantes de Leviara, una semilla venida de otro mundo a suelo nuevo. En suelo nuevo germinó la semilla.

De la Tierra poco trajimos. De la Tierra poco me traje: viejos libros, regalo de mi amigo ya muerto. Libros en sus lenguas muertas originales: El Aleph, Memorias de Adriano, Meditaciones, versos de Omar Khayyam, la Biblia. Libros importantes de la pretérita humanidad, me había contado Siriano.

En mis momentos de ocio, los traduje. Un libro me dijo algo. Setenta años he pensado en lo que dijo el libro. El libro estaba en lo cierto.

Leviara, nuestra utopía, floreció. Una gran familia viviendo con respeto, compromiso, verdad, trabajo. No se necesitaron castigos. Nunca. Fueron felices los habitantes de Leviara. Yo, habitante de Leviara, fui feliz. Me admiraron. Frené la idolatría, la idolatría por mí, en el año treinta y dos de la fundación de la ciudad. En el año cincuenta nos sumimos en la más completa inocencia. Ellos, yo no. Nadie recordaba la violenta Tierra, su enfermedad, sus luchas, su ambición. Olvidaron estas palabras. Yo no.

Yo no: una sombra había, ligera, como Leviara. La sombra en mi mente era las palabras del libro que no pude olvidar. «Parche nuevo en túnica vieja. Vino nuevo en odres viejos». Mi mente dijo: Todas las cosas tienen un fin. El fin es una ley, nadie escapa. La felicidad humana es frágil; su paz, indefensa; sus ciudades, si utópicas, espejismo. Nosotros, habitantes de Leviara, semilla vieja venida a un mundo nuevo.

La sombra persistió. La sombra se hizo grande en mi mente. La sombra abrazó mi tranquilidad. La sombra abrazó mi sueño. La sombra se hizo monstruo, tormento. Demonio. La sombra fue un Zahir. La sombra se convirtió en mi pensamiento. La sombra se comió mi alegría. Mis ojos fueron ciegos a la paz de Leviara, a la belleza de Leviara.

Yo no dormía, y pensaba: entre nosotros está la semilla dentro de la semilla. La semilla de miles de años de guerra, tormento, intolerancia. Yo no dormía y pensaba: alguien, a esta hora, tampoco duerme, quizá. Lo mantiene insomne el rumor de esa semilla intrusa creciendo en su propio corazón. Yo no dormía y pensaba: Leviara va a morir. Cien años o cien siglos, veinte o cinco, el sueño va a morir. La utopía es estática. El ser del hombre, en cambio, existe en el movimiento. Y el movimiento nos lleva a todos los caminos; en alguno de ellos están el conflicto y la maldad. El fin o el comienzo del fin podrían estar ya. Una chispa para el incendio. Un motín, una revuelta tomando cuerpo. Tomando el cuerpo de Leviara. El cuerpo de Leviara llenándose de llagas. Lenta o a grandes pasos, la vi: Leviara tragada por el caos, igual que la Tierra. Destrucción. Todo el esfuerzo acabado en sangre y lágrimas.

Y por setenta años en mi cabeza fermentaron las palabras del libro que tenía razón. Leviara, nuevo comienzo. Nosotros, túnica vieja. Odres viejos.

Se apagó para mí el brillo de la felicidad.

Dejé de comer. Todo amargo.

Dejé de sonreír. Todas las sonrisas, probablemente falsas.

Todos los festejos, fingidos. Y si no lo eran, lo serían. En cien años, en cien siglos.

Dejé de hablar. Todas las palabras de los habitantes de Leviara, palabras de futuros asesinos. Asesinos de César en el foro.

Hay cosas terribles que deben hacerse. Por eso lo hice, porque hay cosas terribles que deben hacerse, para evitar cosas aún más terribles. No ha habido sangre. Todos los habitantes en sus casas, por orden mía, respirando, sin saberlo, el aire envenenado en los ductos de ventilación. Un sueño en paz camino a la muerte.

Soy un padre obligado a matar a su único hijo. Mi única hija, Leviara. Con ella, todos sus habitantes.

Loco, dirán. La locura es fácil, pero tal vez cierta: locura humana. Años luz desde la Tierra a Leviara, y mi humanidad vino conmigo.

Ahora, yo, el último humano en una galaxia, iré también a morir.

Y el sueño utópico llamado Leviara flotará en el espacio hasta deshacerse.


Berenice Baldera Navarro (Santo Domingo, 1972). Novelista, cuentista y poeta. Varios de sus relatos han sido publicados en diversas revistas y medios. En tanto a su poemario Contracielo fue puesto en circulación en enero del año 2023 y su novela fantástica, Y un tercio bestia, ve la luz en el 2025.

 

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