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Arturo Comas

by Redacción

Por Alejandro Martín Rojas Medina

A Arturo Comas,
inventor del ejercito
Mambí de Cuba.

A Fernando e Iris
Por empujarme a pedalear.

1

La humedad del viento nocturno hizo a sus manos apretar más el manillar. Aún así, aprovechó este gesto para controlar las oleadas de emociones que se le desbordaban mientras sus ojos recorrían el aparato. Los güines, el cedro, los engranajes, las poleas, el motor impulsado por su pedaleo.

«¡Al fin, carajo, estoy volando!» pensó emocionado mientras alas artesanales lo elevaban por sobre las palmas; su alegría lo impulsaba a mover las piernas con mayor fuerza y así aumentar su velocidad.

Los gritos de alarma no se hicieron esperar, ni los disparos. Un silbido titánico sacudió el aire y balas de cañón le bailaron cerca para luego desaparecer hacia la noche.

En el horizonte, sobre un campamento español, divisó a otras alas mecánicas y artesanales como las suyas, pedaleadas por otros hombres pero marcadas con el escudo de la República en Armas de Cuba.

«¿Eh, desde cuándo el ejército mambí ha replicado mi invento? ¿Y qué son esos bultos que cargan debajo de los…?»

Las réplicas voladoras abrieron sus garras de metal, de ellas cayeron cargas de muerte sobre las hogueras y casas de campaña del enemigo.

«¡Bombas… mi invento sirve para transportar bombas!», se dijo mientras veía cómo abajo los panchos, mordidos por el miedo, huían de las explosiones, del humo y de las sombras que entre el fuego proyectaban las endemoniadas criaturas con alas, mientras otros solo convulsionaban en agonía o ardían en el suelo como teas.

Unas voces violentas llaman su atención. En una parte ilesa del campamento, un coronel hispano, a golpe de insultos y maldiciones, organiza a sus hombres en columna con rifles.

Una lluvia de plomo invisible por la oscuridad destroza las ligeras alas de los voladores o hace que exploten con sus propias bombas. Del suelo se elevaron explosiones y fuego, mientras del cielo llovían engranajes ensangrentados.

Pedalea casi gritando. El aire caliente le quema la frente, el humo enceguece su vista, el hedor a guerra lo asfixia y un violento estremecimiento azota su cuerpo. Los incendiarios ojos del oficial de sombrero de yarey, con una pluma de gavilán, se clavan como proyectiles sobre él. Ladra una orden y los soldados alzan los fusiles con los cañones en su dirección.

—¡Preparen, apunten…!…

El estallido de pólvora no se hizo esperar, seguido del plomo silbándole cerca del rostro. Su ave artificial con pedales chilla y se le quiebran las alas. El entorno se convierte en una espiral mortal enredada entre aparejos inertes. Él y su invento caen como un cometa apedreado hacia el oscuro abismo, cada vez más rápido y más fuerte.

El impacto de su cabeza contra el suelo fue lo que le hizo despertarse.

2

Arturo se frota la frente por el golpe y se siente invadido con un profundo desasosiego.

Tarda unos instantes en tranquilizarse y ubicarse en que se encontraba dentro de su taller, en casa, sentado en su mesa de trabajo con la que acababa de golpearse al quedarse dormido.

Sus manos se deslizan sobre los planos que tenía delante. Sobre su creación. «¿Acababa de soñar con eso?», se preguntó, pero unos estruendos lo hicieron brincar del susto y mirar hacia la única ventana a varios metros arriba de él por donde se filtraba el amanecer.

—¡Sanguinarios hijos de puta! —maldijo por lo bajo—. ¡Ya es el cuarto fusilamiento en esta semana y… Aaah!

Otro ruido aún más ensordecedor le hace brincar; era el retumbar de las campanas de la iglesia de la Plaza de Bejucal.

Respira profundo y se frota los ojos, seguido de un par de movimientos con los que intenta aliviar su maltratada espalda. El estómago le cruje. Sus continuos abusos de horario en alimentación y sueño le estaban pasando factura. Como volver a quedarse dormido con la cabeza apoyada en una mano. Pero tenía que trabajar en su idea. En su visión. Maldito el agotamiento que siempre terminaba por noquearle la inspiración.

Las figuras en sus planos le hicieron llegar a su mente fragmentos del turbulento sueño que tuviera momentos antes.

«¡Voló! ¡Es posible, carajo! Pero…», aferró uno de los papeles y con un carboncillo comenzó a garabatear los nuevos detalles del artefacto que ideó su imaginación mientras dormía antes de que se desvanecieran del cerebro.

«¡Maldita sea! ¿Cómo era que se impulsaba el motor?», pensó, pensó, pero no pudo recordarlo. La desilusión lo apagó como el río a una antorcha.

Fracaso, es la única respuesta que obtuvo sus agotadores esfuerzos e ilusiones.

La guerra había estallado semanas atrás, y la situación en Bejucal era cada vez más descontrolada y peligrosa. Sería difícil continuar con sus experimentos sin llamar la atención de las autoridades españolas o del Cuerpo de Voluntarios. Si lo descubrían, podrían acusarlo de traidor y laborante. Pero la grandeza de lograr su meta lo superaba a sí mismo a cualquier obstáculo, y de cualquier guerra.

La impotencia y frustración le inundaban cada vez que miraba el prototipo de motor, ya ensamblado, sobre la otra mesa del taller. Parecía un amasijo de engranajes de relojes de pared y cajas de música, el cual podía acumular la energía mediante el movimiento de una manivela y un gran resorte. Incluso le había agregado al mecanismo un imán para que girara de manera permanente con ayuda de una bobina. Pero hasta el momento no había conseguido que funcionara.

Había seguido todos los principios de Sir. George Caley, y del modelo máquina-pájaro del mecánico Diego Marín Aguilera. Pero el sistema de propulsión por combustión de Pedro Paulet, que tan bien le convendría a su artefacto, más bien se comportaba en su invento si fuesen juegos ingeniosos de un loco incendiario.

«Aún así, creo que los diseños de esos imanes rotatorios del francés Hippolyte Pixii podrían funcionarme… ¿Tal vez esa sea la solución?», pensó. «Uf, no sé, pero estoy cerca. Sé que estoy mucho más cerca, pero… pero…» un nuevo crujir desde detrás de su ombligo lo sacó de sus pensamientos. «Qué va, iré a desayunar algo».

Apenas se había dado su primer sorbo de café con leche cuando unos porrazos lo hicieron escupir del susto.

Arturo tardó unos segundos en percatarse de que no se trataba de más fusilamientos, sino que los golpes provenían del portón de entrada de su taller, y parecían dispuestos a derrumbarlo.

Antes de abrir, juntó las manos y miró al techo a modo de plegaria.

Afuera, con una tenebrosa familiaridad, un individuo lo escrudiñaba con la mirada desde un uniforme azul de rayas finas, grados de coronel y sombrero de yarey con una pluma de gavilán; tras él lo escoltaban un grupo de catorce hombres armados de similar vestimenta.

Arturo abrió mucho los ojos al reconocer al oficial.

—Sus papeles de identificación, de inmediato —dijo meramente el uniformado frunciendo un cuidado bigote.

Arturo obedeció, y sus temerosas manos extrajeron la documentación del bolsillo de su vieja chaqueta.

—Señor Arturo Comas Pons —leyó el militar.

El aludido asiente.

—¿Por qué ha demorado tanto en abrirnos la puerta?

—Discúlpeme, señor, estaba desayunando en la cocina en… en… en el fondo… Esteee, creí que estarían tocando mal mi puerta… Es que no suelo tener visitas… Y, y… además estoy muy agotado, sabe, señor… he tenido mucho trabajo en mi taller y no me ha permitido descansar de manera adecuada, señor…

—¡Señor, no! ¡Coronel Zulueta del batallón Voluntarios, para usted! ¡Acaso no tiene un criado que le abra la puerta!

—Tenía uno, pero ya no viene porque creo que se me ha olvidado pagarle.

—Usted es un idiota. ¡Un poco más y le derrumbamos la puerta!

—¿Mi puerta? ¿Y por qué?

¡Acaso tiene usted la cabeza escondida bajo la tierra! ¡Somos la milicia! ¡Una demora así en abrirnos puede interpretarse como que usted refugia a una rata laborante en su casa; existencia de conspiración! ¡Estamos en guerra contra los traidores a España! ¡La ignorancia no lo salvará del desacato y mucho menos del fusilamiento! ¡Estese atento a la puerta cada vez que toquemos! ¡O búsquese otro criado!

Arturo sintió aquello como puñaladas en el estómago. Cada una de aquellas palabras y estuvo a punto de desfallecer. A una señal del sargento, uno de los soldados lo agarró por el cuello de la camisa y lo sacudió mientras el oficial hojeaba un manojo de papeles.

—Mmm, este expediente suyo dice que es agrónomo de profesión. Sin embargo, se es sabido que usted es fundador del periódico El Bejucaleño. Que luego se dedicaría a imprimir mentiras insurgentes en papel, ¿me equivoco?—. Arturo tragó saliva—. También se le conoce por participar en ese juego extraño, imposible de entender, que llaman Pelota, por allá en los terrenos próximos a la estación del ferrocarril, entre otras cosas raras. ¡La gente no para de comentar cosas muy raras sobre usted, señor Comas! ¡Incluso que realiza pactos indecentes con el demonio dentro de esta misma casa! Pero sabe algo, señor Comas. ¡En este pueblo no permitiré nada de eso! ¡Ni rarezas, ni insurrección, ni demonios! ¡No en mi guardia, sucio criollo! ¡Que en Bejucal no existe diablo más que yo! ¡Soldados, vamos a ver qué carajos hay en ese dichoso taller suyo!

Otro gesto de la mano del coronel y Arturo es empujado por dos voluntarios al interior de la casa. Mientras lo llevan casi cargado, oye cómo el resto registra las habitaciones, y cerca de sus espaldas, el tacón de las botas del jefe, persiguiéndole hasta que llegaron a su taller.

—¡¿Qué carajo es eso?! —exclamó Zulueta mientras él y sus hombres, algunos persignándose, miraron con estupefacción el inaudito contenido de la habitación.

Las paredes estaban cubiertas, con bocetos en papel con la anatomía y el esqueleto de aves voladoras. Desperdigados por el suelo, rodeando el escritorio, se encontraban varios montones de pequeñas ruedas enlazadas con cadenas hacia unos pedales, ramas de cedros atadas en bultos y piezas dentadas de reloj. Pero, en el centro de la estancia, inmenso como media locomotora y largo como velas de barco antiguo, una especie de armazón endeble entre madera y poleas, colgaba del enorme techo del taller. Estructura que en su parte superior imitaba, de mala manera, a las alas de un murciélago.

Una mano agarró a Arturo por el cuello, separándolo de los voluntarios que lo sujetaban, y lo proyectó contra la pared. El coronel desenvainó su sable de caballería y puso el filo muy cerca del cuello del inventor.

—¡¿Explíqueme usted qué significa esa brujería?! ¡Esto es cosa de adoradores del diablo e insurrectos! Ya sabía que también hay blancos en el ejército mambí que siguen el satanismo de los negros. ¡Pero esto es demasiado!… ¡Habla, perro criollo! ¡Tenemos rumores de que hay un agente insurrecto en el pueblo!… ¿Es acaso usted? Escoja bien palabras. Con lo que he visto tengo motivos suficientes para fusilarte. ¡Y sin juicio!

—Co, ¡ay!… Coronel, Zulueta —, Arturo apenas podía hablar sin que su garganta rozara el arma—, por favor… ¡ay! no sé de donde han salido esos rumores con tan malas intenciones sobre mi persona. Esto no es, ¡ay! brujería. Es ciencia. Mire, déjeme explicarle… Lo de la Pelota, eso es… es ejercicio físico ¡Ay! Es como montar a caballo sin necesidad de animal. Muy bueno para mi edad, señor… digo, coronel— balbuceaba con los ojos humedecidos—. Solo soy un criollo leal a España, empeñando todo su esfuerzo y conocimiento en encontrar una manera para que el hombre pueda volar como las aves, ¡ay!

¡Ahora me toma por estúpido! ¡El hombre pertenece al suelo, joder! ¿Para qué necesita usted volar? ¿Acaso se cree una tiñosa? —replicó Zulueta, dejando una línea roja correr por el cuello del otro.

—Se… serviría como medio de transportación. O para poder detectar las lluvias para las cosechas. ¡Ay! Soy agrónomo, ¿recuerda? A… además, me han llegado rumores de que los norteamericanos están cerca de conseguirlo. Pero nosotros podemos adelantarnos, ¿por qué no, eh? ¡Ay! Yo… yo me apoyo en los principios de Don Diego Marín Aguilera, el gran inventor español, ¿no lo conoce? Bueno, eh… estoy seguro de que si lo consigo, o mi velocípedo aéreo será un gran aporte para la corona de la madre patria.

—¡¿Un velocípedo para ayudar a España?! —Zulueta retira el sable mirándolo con los ojos entrecerrados—. Mi primo Don Felipe tiene uno. Le he visto montarlo. Costoso, según me dijo… muy costoso—. El coronel se aleja unos pasos de Arturo como si divagara, mientras el resto de su escolta asentía con la cabeza o murmuraban entre ellos—. De acuerdo, apostaré un poquito de mi fe en ti. Tal vez sea divertido —el coronel arranca uno de los bocetos de la pared con la imagen de los huesos de un pato y lo coloca frente a la cara de Arturo—. ¿Quieres volar, señor Comas? Pues te daré una semana para que hagas funcionar tu… cachivache. Si no, te procesaré como alborotador, laborante, adorador del diablo y excéntrico público en tiempos de guerra.

¡Pero, coronel, siete días es muy poco tiempo! ¡Todavía no he logrado darle más potencia al motor, debo nivelar la dureza del esqueleto del velocípedo! ¡Necesito más güines!

—¡Ay, Arturito, Arturito! ¡No me suelte toda esa palabrería! ¡Tome esto como la motivación que necesita! Póngase a trabajar en su inventico y es posible que le ayudemos… Es más, ¡cabo Manuel, persónese!

—¡Sí, señor! —Un regordete pequeño se separó de entre los hombres e hizo un saludo militar. Arturo lo reconoció como uno de los comerciantes de cuero de la plaza, pero no sabía que también formaba parte del Cuerpo de Voluntarios.

—¡Para ti soy Coronel Zulueta, criollo imbécil!… —el oficial dio un respingo llevándose dos dedos al tabique—. Queda a cargo del señor volador Arturo Comas. Arturo Comas, te dejo a Manuel como escolta y para que atienda todas sus necesidades durante el período de la apuesta. Él vivirá aquí con usted, de todas maneras es casi un inútil como militar. Pero escuche bien, Arturo, tienes prohibida la salida del pueblo. ¡Y si en una semana, su cacharro no funciona, le garantizo que con plomo sí volará de verdad!

 

4

Tres días después de la “visita” del coronel, al inventor no se le despegó el terrible pensamiento de que su destino ya se encontraba sellado. Bien conocida era la fama de Zulueta como miembro del Cuerpo de Voluntarios. Incluso formó parte del grupo que condenó a pelotón de fusilamiento a los ocho muchachos estudiantes de medicina en La Habana por motivos estúpidos. Y desde su llegada a Bejucal el Cuerpo de Voluntarios se había vuelto más “eficiente” y sanguinario.

Arturo estaba en arresto domiciliario, desde ese día un par de soldados siempre mantenían vigilia constante en la entrada de su casa y en las de esquinas cercanas de su barrio. Esto terminó por confirmarle que Zulueta solo se divertía con él. Al concluir el plazo, lo fusilaría, hubiera hecho funcionar su invento o no.

Durante el trascurso de los días Arturo, se sintió muy agradecido por la presencia de Manuel. El cabo comenzó a cuidarlo mejor que una nodriza. Además, no dejaba de levantarle el ánimo ante cada fracaso experimental, aconsejándole que debía esforzarse el doble. Después de escucharlo varias veces se percató que de ahí estaba, la solución de su principal problema.

Decidió colocar una segunda maquinaria de reloj reforzada de manera alterna, para que así el pedaleo duplicara el empuje para generar la alimentación eléctrica de los dinamos, necesaria para impulsar las aspas de cedro de la hélice frontal. Así sus piernas no se agotarían tanto por el esfuerzo y los potentes motores lo mantendrían a él mismo en vuelo.

Además, fortaleció el armazón con pedazos de cuero regalados por el propio Manuel.

Arturo presentía que se encontraba cada vez más cerca de la solución. El tiempo no lo acompañaba, pero debía prepararse para la siguiente prueba.

Por su parte, el cabo, al principio, asumió con mucho fastidio aquella agotante tarea. Era la primera vez que lo llamaban al servicio. Le agradaba mucho la intimidación y el respeto que infundía el poder del uniforme azul rayado. Pero en realidad su trabajo en la plaza era lo que en verdad alimentaba su familia. Por lo que permanecer mucho tiempo sin ir a la plaza no le era rentable. No entendía por qué su coronel “El Gavilán”, apodado así por todos sus subalternos, lo había escogido a él para vigilar al loco del pueblo, y nada menos que como su criado. Si no fuera porque un tío suyo era relojero y él mismo había trabajado en el cuarto de máquinas de un barco a vapor. Hubiese tomado como instrumentos del diablo todo aquel cacharro de aspas de tela, engranajes con estribos, rueditas y palos del monte que Arturo se empecinaba en llamar “velocípedo volador”. Pero el loco cada vez lucía más atormentado y escuálido de lo que debería ser un adorador del Diablo. Era muy modesto y educado. Se olvidaba de los horarios de sueño, comía y bebía solo porque Manuel hacía que le trajeran la comida de una fonda, usando el dinero del loco, claro. Lo peor era ayudarlo con sus ideas descabelladas. Pero al final, toda aquella situación de circo terminaría en menos de una semana.

 

5

—¡Cómo carajo, tú dices! — le gritó de manera endemoniada el coronel a su subalterno.

—Como le informo, mi coronel. Se ha ido volando como los totíes. ¡Volando! —se esforzó por unir sus palabras Manuel en pleno estado de embriaguez. Si no se hubiera tan borracho antes, no hubiera tenido el valor de encararse con Zulueta.

—¡Contrólese, cabo Manuel! ¡Presentarse ante mí en ese estado es una falta de respeto para el uniforme, imbécil! ¡Por qué no me informó de los adelantos antes, cabo!

—Porque no hubo. Fui testigo de cinco intentos desastrosos. Ese maldito cachivache apenas se elevaba medio metro del suelo y al momento salía disparado a estrellarse con alguna de las paredes de la casa con tremendo estruendo. No sé cómo ese pobre señor a su edad no se rompió los huesos o no se mató con tantos golpes. Me daba pena con el coronel. Al parecer no conseguía que la maquinaria principal obtuviese suficiente fuerza para elevarlo en peso. Aparte de traerle los materiales que me solicitaba, pagando él claro; yo solo le aconsejaba que a pesar de los fracasos debía esforzarse el doble. —confesó Manuel ya con los ojos húmedos.

—Esta noche decidí pasar un rato por la cantina del “Gallo” y antes de retirarme a casa decidí pasar un momento para ver al señor Arturo. ¡Fue entonces cuando vi el milagro, mi coronel! ¡La maquinaria demencial de Arturo lo elevaba por los aires por encima de su casa y comenzó a alejarse como un gigantesco murciélago mareado! Casi me cagué de miedo cuando salí corriendo para verlo, mi coronel. Es verdad lo que se dice. ¡Ese hombre ha invocado al demonio en Bejucal!

—¡Idiota! —estalló Zulueta dándole un puñetazo en su buró antes de propiciarle un galletazo a la cara de Manuel. El porrazo le desvaneció al cabo, todo rastro de alcohol en su cerebro.

—¡Dale la alarma a los hombres y que se muevan, imbécil! ¡Esto es una fuga! ¡Salimos de cacería insurrecta! — le ordenó con los pensamientos ardiéndoles en su cabeza al uniformado armado que los acompañaba.

Si Manuel a pesar de su borrachera contaba la verdad, el invento de aquel lunático lo había convertido el hombre más peligroso en esos tiempos de guerra. Eso no podía tolerarlo nunca. Mucho menos durante su vigilancia.

— El coronel soltó un suspiro en un intento frustrado de liberar la ira antes de lanzarse de nuevo sobre Manuel, agarrarlo por el cuello de la camisa y gritarle.

— ¡Estas degradado! ¡Ponte a rezar para que atrapemos a ese perro! ¡Porque si no te juro por España, el Rey y el propio Dios, que te fusilo en su lugar!

6

«¡Lo logré!¡Coño, ahora sí, estoy volando!» —pensó emocionado el inventor mientras el frescor acariciaba su cuerpo y su continuo pedaleo impulsaba su aeroplano con ligereza aunque de manera irregular por el cielo nocturno.

La prueba de la última versión del motor resultó todo un éxito. Al accionar el artefacto ,el equipo tomó una altura inesperada, al punto de impactar, “esta vez”, contra el techo. Aquel momento a solas fue el primer paso de Arturo para su objetivo supremo. La noche siguiente sería interlunio y decidió usar eso como ventaja. Pero no podía esperar más. Esa misma noche decidió probar suerte con su invento y escapar.

Diez minutos después del segundo despegue, con éxito, el escape comenzó a llevarse a cabo de acuerdo con su plan.

Aferró sus manos al manillar y continuó se pedaleo con fuerza.

Miró al monte en el horizonte como meta, esquivando tejados y pararrayos, mientras su velocípedo aéreo lo extraía de manera discreta por “los aires” del poblado silencioso del Bejucal.

Un súbito escándalo de disparos y gritos de alarma le anunció que su plan de fuga peligraba. Fue muy ingenuo de su parte creer que pasaría desapercibido ante la guardia nocturna.

Y al reconocer entre aquellos alaridos la voz de Zulueta dedujo al momento el adelanto asegurado de su sentencia.

Pero el inventor no se rindió; aceleró hasta llevar a sus piernas a su límite.

Aunque uno de los disparos consiguió agujerear el ala derecha del artefacto, Arturo logró mantener su ritmo de vuelo. Sin embargo, no se atrevía a mirar hacia abajo. La luz de las antorchas aumentaba y la mera visión de los voluntarios iba incrementando su número como hormigas; lo hubiera paralizado de miedo por completo.

Cuando comenzó a esquivar las cimas de un grupo numeroso de árboles, significaba el hecho de que acababa de abandonar el pueblo. Las rodillas se le calcinaban por el esfuerzo, pero necesitaba un poco de más esfuerzo para adentrarse en el monte y esconderse ahí.

Una de las balas terminó por estallarle uno de sus motores.

En ese momento a pesar de su esfuerzo Arturo, perdió por completo el control de su aparato y se vio atrapado de repente en un súbito vórtice de madera, tela y metal hasta que acabó por estrellarse en una ceiba que pretendía esquivar.

7

Un par de oleadas de dolor explotaron en su cara antes de hacerlo reaccionar. Al abrir los ojos, se percató de que de hecho se encontraba en el fondo del tártaro. Su golpeada mandíbula escupió un buche de sangre antes de percatarse de que su adolorido cuerpo colgaba entre los restos de las alas y las ramas de la ceiba como una marioneta defectuosa. Le dolían las costillas y le ardía mucho la pierna izquierda.

Entonces se percató de que Zulueta lo miraba, con una sonrisa cruel, limpiándose las manos ensangrentadas con un pañuelo, escoltado por doce hombres armados con machetes y bayonetas.

—¡Ay, Arturito, Arturito! ¡Al final, me has sorprendido! ¡Tu armatoste funcionó! ¡Volaste! —soltó el coronel agarrando la golpeada quijada de Arturo—. ¡Pero traicionaste mi confianza y la de España! ¡Intentaste escapar al cerro; seguro para unirte a esos perros insurrectos! ¡Y eso no lo permitiré!

—¡Pero voléééé!¡Tú te seguirás arrastrando en tierra!¡Tan leal a España y ni pancho eres!¡Pero yo voléééé! —soltó el inventor .

«¡Mira cómo se me hace el gallito el inventorcito! ¡Sí voló!¡Pero lo tumbé y ahora lo mato yo!», pensó Zulueta insultado cuando desenvainó su sable.

En ese momento, un viento agitó el follaje de arbustos que rodeaban la ceiba.

Una oleada de siluetas semidesnudas brotó de repente de los matorrales y cayó encima del grupo de voluntarios con furia homicida.

¡Embosca…! ―intentó gritar Zulueta con su revólver en mano, antes de que una hoja de machete se clavara en su vientre y lo rajara su esófago en canal.

El resto de los soldados a pesar de los disparos de los rifleros, terminaron por ser engullidos por la sanguinaria contienda y por el número de sus atacantes.

Los alaridos, el sonido de la carne y el hueso masticados por el metal solo duraron unos pocos minutos.

Arturo solo pudo atestiguar de manera silente el final de aquella carnicería.

Una alta silueta se acercó al cadáver del antiguo jefe de voluntario. Le escupió antes de extraerle la hoja del machete y despojarle de su pistola y sable de caballería.

Se acomodó aquellas pertenencias en su pantalón sucio de lino y reparó con sorpresa en la figura del hombre colgado del árbol.

Bájenlo de ahí ―ordenó este y Comas pudo apreciar cómo la sangre oscurecía un poco la musculatura cobriza del colosal individuo que se le acercaba.

¡Viva Cuba Libre! Soy inven… he escrit a Martí ― fueron las únicas palabras Arturo divagando tuvo fuerzas de decir antes de terminar de desmayarse mientras lo bajaban del árbol y lo soltaron en el suelo como un saco de boniato.

Un subalterno con camisa raída se le acercó al líder del grupo mambí.

Mi teniente, hemos macheteado a todos esos voluntarios de mierda. Ninguno de esos perros escapó. Ese es el blanquito volador, mi teniente. ¡Estaba vigilando,subió en la «mata» y lo vi con estos ojos, mi teniente!¡Lo juro por la Virgen de la Caridad! Blanquito flaco, escapó del pueblo volando como toti en aparato raro. ¡Parece cosa diabólica, mi teniente! ¿Qué hacemos con él? ―le confesó al teniente uno de sus insurrectos descamisados.

Bien hecho, Evaristo. Este tipo ha mencionado a Martí antes de desmayarse. Supongo que se refiere al «Presidente». Me he enterado de su lamentable caída en combate hace un par de semanas. Llevémoslo rápido al campamento; antes de que vengan más refuerzos del pueblo. Ya sea genio, brujo o loco, no es un voluntario. Ya el general sabrá qué hacer con él. ¡Y por Dios, desbaraten esa cosa!¡Me da mucha mala espina! ¡Agarren todo lo que sirva para las fogatas!¡Y el metal para la fragua! ―ordenó el teniente y sus hombres sin cuestionar obedecieron.

8

Al terminar su ponencia, Arturo apoyó sus manos sobre la mesa en la cual se desplegaba el plano de diseño y todos los demás papeles con aspectos técnicos y costos de su velocípedo aéreo.

Esta vez sí lo tendrían en cuenta, tenían que hacerlo. Había pasado mucho para llegar ahí.

Después de recuperar el conocimiento estuvo cuatro semanas atendido en un Hospital de Sangre mambí a pesar de las condiciones y carencias. Sus costillas solo se encontraban golpeadas, pero se recuperaron. Solo el hecho de esforzarse por caminar hizo que la fisura de su tibia nos terminase por sellar bien y le dejara una leve cojera. Mientras esperaba la visita del general, tuvo que trabajar durante un par de semanas como ayudante de enfermero en el Hospital de Sangre.

Cuando se produjo el deseado encuentro, el líder le confesó, además del fatídico destino de su prototipo, el hecho de que no podía comprometerse más por su seguridad y mucho menos con el desarrollo de su curioso invento.

Sin embargo, el jefe militar, si le facilitó los salvoconductos necesarios para que pudiera llegar encubierto a la Habana y de ahí partir hacia los Estados Unidos.

Decidió, usando las claves de correspondencia necesarias, presentar su solicitud a la junta secreta del Partido Revolucionario Cubano.

En la expedición que logró subirse consiguió llegar hasta Tampa en la costa oeste de la Florida en unas semanas. Pero debido a una súbita fiebre tuvo que esconderse en los caseríos de pescadores cubanos en los manglares de Cayo Hueso. Tuvo que mantenerse ahí durante un mes y medio antes de que el Club Revolucionario cercano le hiciera llegar la documentación necesaria para poderse mover como un ciudadano común.

Pero al llegar a Nueva York, la mayor parte de los conspiradores comenzaron a verlo como un lunático, espía o provocador de los peninsulares, empeñados en frustrar la gesta independentista.

A pesar de esos reveses, siguió insistiendo hasta que lo invitaron a una pequeña reunión, con tres delegados y dos cooperantes del partido.

El delegado de la Junta, Don Tomás Estrada Palma, escuchó con interés y sin interrumpir ni un solo instante la hora y media que Arturo empleó en explicar las ventajas bélicas de su invento y su eficiencia en su escape exitoso de Bejucal.

Después de concluida la ponencia, el delegado se levantó y se dirigió de manera inquisitiva al inventor.

Muy imaginativo, señor Comas. ¿Es usted fanático a Julio Verne?

Bueno si un poco. ¿Pero qué signif…

Eso explica muchas cosas sobre usted, señor Comas ―le interrumpió el delegado―. Mire se le agradece todas sus buenas intenciones y molestias al presentar esta propuesta para la causa revolucionaria; pero estos complicados tiempos de guerra no nos permiten emplear los pocos recursos que tenemos en una investigación a largo plazo que puede o no ser convincente en la contienda independentista.

Pero, mi velocípedo, señor… ¡funciona…!

Ahh, sí, por supuesto. ¿Y dónde usted me dijo que se encuentra ese prototipo?

Estrellado en los montes de Bejucal. Desmantelado por los mambises y empleado en las fogatas.

Muy conveniente. ¿Usted ha estado en la guerra antes, Señor Comas? No es una aventura como a veces tratan de hacer ver algunas de esas novelas. Se trata de un duro sacrificio, por un bien mayor que lo llevara a un encuentro seguro con la muerte.

Pero mi velocí..

¡Su aparato no es económico, señor Comas!¡A pesar de las cifras que nos ha mostrado, estoy seguro de que construir cada uno nos costaría cientos de dólares!¡¿Con su tamaño, cómo los contrabandearíamos encubiertos hasta Cuba?!

¡Y lo principal! ¿Protege a quien lo maniobre de las balas?

Arturo perplejo negó con la cabeza.

¡Lo ve!¡Usted mismo me ha dado la respuesta! ¡Si usted es tan inteligente como dice, entiéndalo, de una vez! La situación de la guerra es crítica. Tenemos carencia de recursos; muchos patriotas están perdiendo la vida. ¡Maceo ha caído en las cercanías de Punta Brava!

¡Cómo dice! ― exclamó Arturo azorado por la terrible noticia.

Eso mismo. ¡Deje de tener la cabeza en las nubes! ¡Le repito, la situación es crítica! ¡Si quiere ayudar con su mente de verdad, necesitamos balas! ¡Balas! Y una forma económica y segura de mandarlas a Cuba. ¡Si no regrese a la patria y enlístese en la manigua!¡Mientras tanto, no nos haga perder más el tiempo, señor Comas! No podemos llenarnos la cabeza con sueños poco serios sobre hombres volando por ahí. —concluyó el delegado.

Muchas gracias por su tiempo, señores y sus consejos ―fue lo único que pudo decir el inventor, y con una fuerza extraída de los fondos de su corazón comenzó a recoger sus papeles.

En el apuro por salir de ahí ante la juzgante mirada de los delegados; amontonó todos los documentos de su velocípedo en su brazo derecho mientras que con la otra aferraba una maleta que contenía entre sus objetos personales, la investigación no mostrada para la construcción de los prototipos de un submarino con ruedas y el de un Rayo de la Muerte mediante electromagnetismo.

Cuando se detuvo debajo del umbral del club «Barbicane», sintió el frío morder su cuerpo, ensañándose con su pierna maltratada.

Apretó los dientes hasta que soltó un suspiro de desengaño. Estrujó el bulto de papeles y lo soltó en un cesto de basura de la entrada. Depositó su maletín en el suelo, se frotó las manos para calentarlas antes de volver a recogerlo.

Salió afuera y se mezcló con los habitantes de la fría ciudadela de concreto llevando consigo solo sus sueños.

9

Wilbur tuvo la intención de acercarse y abarcar al desaliñado sujeto con apariencia de loco. Pero el tipo se había esfumado del club. No era de extrañar y a pesar de no entender mucho el idioma, percatarse de que la junta acababa de molerle sus sueños en polvo. Sin embargo ,fueron algunos detalles de los planos de diseño de su ¿vilicipedo? que captaron de inmediato su atención. Llevaba semanas reuniéndose con los simpatizantes por la guerra independentista de esa isla enorme del mar Caribe. Después de algunos encuentros también simpatizó con la causa, e incluso se animó a pesar de las réplicas de su hermano, a ser un cooperativista «monetario» de la lucha y lo invitaron a la primera reunión.

Ya a punto de abandonar el lugar, se percató del rollo de papeles en el cesto de basura. Miró a su alrededor antes de acercarse y hurgar en el recipiente. Casi al instante pudo reconocer uno de los diseños del cubano loco. Estaban ahí, aunque en un idioma casi críptico, pero ahí se encontraban. La maquinaria doble de reloj reforzada, la forma del armazón. Los detalles de ensamble del motor con dos dinamos para el movimiento de la hélice. Todo caótico de manera general, sobre todo la parte del dinamo que no tenía ningún sentido, pero en esencia era eso.

¡Esto! ¡Esto es lo que faltaba! ¡Cómo no me di cuenta antes! ―exclamó Wilbur emocionado antes de abrir su maletín y guardar dentro de su inconcebible hallazgo, para luego dirigir sus pasos hacia la terminal de trenes.

«¡Deja que mi hermano vea estos planos! ¡Se caerá de culo de la impresión!», se dijo mientras se acercaba por el andén del Grand Central Terminal hacia el tren que lo llevaría de vuelta a Dayton, Ohio.

Que tenga feliz viaje, señor Wright ―le dijo el recolector de boletos con una entrenada sonrisa después de recogerle el ticket.

Muchas gracias ―sonrió Wilbur, abrazando el maletín al tiempo que sus ojos se alzaban al cielo donde volaba una banda de palomas―, estoy seguro de que lo tendré.

FIN

2 de marzo 2019


Alejandro Martin Rojas Medina (La Habana, 1984). Licenciado en contabilidad y finanzas. Narrador y guionista de cómic. Premio Juventud Técnica 2013 y Calendario 2016, además de ser ganador en el 1er concurso QUBIT de cuento cyberpunk. Actualmente dirige el proyecto Pulpcomic sobre historieta y cómic cubano.

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