Por Roxanna Delgado Boyá
Cuento ganador del Premio Banreservas de Relatos,
edición 2024, dedicada al jazz.
Escuché al bajo despertar con sus primeras notas a través de la penumbra del bar. Envolvió a un público que de inmediato sumergió su atención en el mar melodioso. La guitarra le contestó y el percusionista entró al diálogo. Tocó mi turno. Puse los labios y los dedos en el metal y dejé salir mis notas como acariciando el aire. El público me alentó con un suave aplauso.
Era el bar donde papá tocaba. Recuerdo la primera vez que me llevó allí a verlo ensayar. Lo hizo porque se daba cuenta de que siempre lo contemplaba embelesado cuando le imprimía vida a su instrumento. Su música fluía como pajarillo alegre en la casa, en el parque. Aquellos morenos y fuertes dedos trataban su trompeta con una agilidad que anhelaba imitar. Escuchaba esa música correr igual que un animal desbocado, en otras ocasiones, languidecía como la mirada de una amante o era una cascada de notas rápidas que olían a tarde mojada, a cigarrillos lentos, como esos que fumaba la gente en el bar.
Desde muy niño me iba a la cama con esa música, con papá sentado a mi lado tocando hasta que me dormía. Una vez me dijo que después de dormirme la música se iba al cielo, desde donde mamá nos sonreía y nos envolvía en su abrazo. Que allá era muy feliz, porque nos tenía a los dos. Y que además de ella, él también nos tenía a los dos: a mí y a su trompeta. Así que crecí con el instrumento como si fuera un hermano. Pero al que jamás tocaba y con el que ni jugaba, salvo que papá saliera y entonces yo aprovechaba para sacarlo rápido, pero con cuidado de la bolsa acolchada donde lo guardaba. Contemplaba el brillo de su objeto sagrado y pasaba mis dedos por sus perfectas líneas. Luego me lo llevaba a los labios, soplaba y sacaba cualquier sonido mientras mis dedos bajaban y subían de forma torpe por los pulsadores. A veces me ponía un bollo de ropa por debajo de la camiseta y mientras tocaba me miraba de perfil en el espejo del cuarto para ver mi barriga como la de papá. Me pasaba gran parte del tiempo en eso antes de que él regresara.
Otro aplauso me alienta para la segunda pieza, un poco más alegre que la primera. La percusión me abre paso y me sigue una estela de cuerdas. Dejo fluir colores desde el metal, un viento muy parecido al de mi padre…
De día, el bar se veía distinto, como si su magia se hubiese ido a dormir para recuperar fuerzas y resurgir en la noche. A veces lo abrían temprano para que los artistas ensayaran. Cuando papá me llevó, me senté en una mesa con aire de adulto, me sentí importante. Desde allí lo vi transformarse en un monstruo con su instrumento, rodeado de cuatro músicos más, todos entregados a una conversación de notas y ritmos. La corpulenta figura se imponía con el metal entre los dedos. Le decían Manos de Seda. Sus aterciopeladas melodías eran una caricia a la vista y a los oídos. Desde ese entonces, supe que mi padre era mi Dios. Quería ser como él. Quería ser él.
En las noches vivía en un mundo diferente al día a día del barrio, el de las calles ruidosas, motociclistas imprudentes y niños que jugaban en las tardes después de la escuela. Me dejaba en casa y se iba a trabajar hasta bien tarde. Nunca me llevaba, ni siquiera me permitía salir de noche “para que las almas impuras no detecten tu alma blanca, Miguelito”, me decía. Pero las notas eran demasiado fuertes como para que esta alma blanca no las escuchara y quisiera ir flotando detrás de ellas hasta ese instrumento mágico de donde salían, impulsadas por las manos de seda de papá. Así que no aguanté. Una noche dejé la casa y me fui a pie al origen de la seducción que se encontraba a muchas cuadras de mi encierro.
No me dejaron entrar a pesar de que les dije quién era. Mi adolescencia era un impedimento para estar allí legalmente. Se me ocurrió rodear el bar y por el ala este que daba a la calle descubrí una ventana alta sellada con cristales por donde se escuchaba la música. Trepé la verja que separaba el local de un establecimiento contiguo y de ahí salté a un pequeño muro cercano a la ventana. Desde allí dominé el panorama. Un público bañado en luces de colores disfrutaba de aquella música que se me antojaba descarada y al mismo tiempo coqueta y divertida. Y papá, luciéndose con su instrumento y rodeado de músicos, todos envueltos en un torrente de acordes y piezas que transportaban a otro plano. Seguía el ritmo con el chasquido de mis dedos y los ojos cerrados hasta que un breve sonido de sirena interrumpió el placer. Los agentes me hicieron bajar y luego de preguntas y explicaciones entramos al bar, allí procuraron a mi padre.
Tuve que soportar el enfado en sus palabras, sus manos como tenazas sobre mi hombro al llevarme de vuelta a la casa en medio de un permiso breve. El manotazo sobre mi cara me arrancó lágrimas y un saborcillo a sangre. “¿Por qué?”, me gritó. Le contesté con la misma soltura y franqueza que encontré en aquella música hipnotizante que le llamaban jazz. “Porque me gusta verte tocar. Quiero tocar como tú. Quiero ser como tú”. En medio del llanto, vi a papá enmudecer. Bajó el rostro y se me acercó. Me preparé para otro manotazo, pero esta vez su mano pasó con suavidad por mi pelo rizo y me abrazó. “Ve a dormirte, mañana hablamos”, susurró al fin.
Se desvanece mi solo en un blues sombrío, evocador de vivencias. De nuevo, las palmas son generosas. Voy bien, creo que puedo lograr estar a su altura. Mis manos anuncian entonces algo más movido y alegre. Un tamborileo de dedos y un movimiento de pies de los presentes aceptan la pieza.
Al fin era partícipe del placer de tocar la trompeta, del júbilo que provocaba. Ya era parte de un íntimo club de dos del que me sentía honrado. No lo defraudaría en las lecciones que comenzó a darme para dominar el instrumento. Ya podía tocar al “hermano” con su permiso. “Eso sí, tienes que ser muy aplicado, ¿me entiendes?”. “Sí, papá”, el tono enfático de mi respuesta quería asegurarle absoluta obediencia.
Unas notas que caen en lo jocoso, luego se elevan, dibujan el aire, se apaciguan, vuelan sin fin… Las acompaña la percusión, una danza de platillos…
Cada equivocación era un manotazo en la cabeza. Cada tempo bien logrado ensanchaba su boca y exhibía complacido sus blanquísimos dientes. Aprendí entre risas y bofetadas, entre mis vasos de agua y sus sorbos de ron, entre goterones de sudor frente a un abanico que soplaba lo caliente del verano. Transcurrido un buen tiempo, cuando ya dominaba el metal, entrecerraba los ojos y se dejaba transportar por la melodía dando bocanadas a su puro favorito, ese que olía a madera y cerezas. Era el único lujo que podía permitirse. Al terminar de tocar las últimas notas de una pieza que había practicado por enésima vez, se hizo un silencio solemne entre ambos. Abrió los ojos y me miró fijamente, la mirada negra y profunda anunció como una sentencia: “ya eres un trompetista”.
El río de aplausos rompió mis pensamientos. Vasos alzados y silbidos mostraban a un público sediento de más emociones. Los complací con la próxima pieza del repertorio. Una melodía ligera, introducida por el bajo y la guitarra. Después de mi entrada, volvieron a fluir los recuerdos…
Algunas noches en las que papá estaba libre nos sentábamos en el balconcito, yo interpretaba y él escuchaba. El agua fue sustituida por refresco, al que papá se aventuraba a echarle un chorrito de ron. Yo soplaba más a gusto y medio eufórico. Y él miraba las estrellas cuando no había electricidad en el barrio. Me contó que fue mamá que le regaló la trompeta para su cumpleaños. Unos cuartos de lotería proveyeron la oportunidad de cambiar el trasto que tenía. Esta pieza dorada era su delirio ya que venía de la mujer de sus amores. “Sus besos sabían a cerezas, como este puro”, decía al mirar el fuego en la punta. “Eran tersos y algo tibios como el ámbar”, recordaba. A la luz de las velas, noté una humedad nostálgica en sus ojos. No pude evitar sonrojarme.
Fue en uno de los ensayos con sus compañeros que me pasó su trompeta invitándome a mostrarles lo que me enseñó. “Anda, joven, demuéstranos el talento de tu padre”, me instaron. Tocamos Presumida, una extensa pieza que había compuesto papá hacía años y era un reto a mi destreza. Logré una fina interpretación que me dejó sin aire. Mi orgullo se infló con las risas y aplausos de admiración. “Un día le pasarás la trompeta a Miguelito”, le dijo el baterista a papá. “Querrás decir la antorcha. Con esta trompeta me entierran”, le respondió medio en broma. Sus palabras me provocaron un escalofrío.
Menos luces sobre el escenario. La atmósfera cambia. El bajo se asoma con reservas en un solo que permite a mis pulmones descansar y volver a adentrarme al pasado…
Me hice de una trompeta con uno de los músicos. Le expliqué lo del regalo sorpresa y me consiguió un vejestorio con un amigo. Una noche que papá estaba en el bar, ensayaba la pieza que había compuesto para su cumpleaños. Decidí tocarla, pulirla cuantas veces fuera necesario hasta hacerla mía, tanto como quería que la hiciera suya cuando la tocara por primera vez. Tomé a escondidas poco de su ron y uno de sus puros, que al no fumar, sólo dejé encendido sobre el cenicero al borde de la mesa. Abrí las ventanas y la puerta del balconcito, corrí las cortinas, afuera hacía una buena brisa que disiparía el olor a tabaco, porque si no, papá me mataría. ¡Pero es que quise sentirme como él, carajo! ¿Acaso no lo justifica? Quería parecerme al Manos de Seda, el monstruo de la trompeta, el as del jazz, beber lo que él bebía, oler a tabaco como él, tocar como tocaba. Un apagón me sacó del trance y tuve que pausar para encender unas velas aquí y allá. Seguí tocando con el vejestorio y le arranqué notas hasta la alucinación. Aprendí que el alcohol la juega a veces; mezclado con el cansancio que tenía, caí rendido en el mueble, trompeta en mano. Si tan solo me hubiera imaginado el peligro, no lo hubiera hecho, lo juro. Y lo lamentaré por el resto de mi vida. Aquella brisa que sopló haciendo que unas cortinas alcanzaran la mecha de una vela lo cambió todo…
Fueron los vecinos que me lo dijeron en el hospital, un tiempo después de que desperté en la cama de una habitación con diversas quemaduras. El fuego estaba en sus buenas cuando papá regresó del bar, soltó la bolsa y se abalanzó hacia la casa para rescatarme. Evadió a unos bomberos que insistían en sofocar parte del fuego antes de aventurarse ahí dentro. Él no los oyó. Ni yo mismo sé cómo sobreviví. Me dijeron que me sacó en brazos, antes de caer inconsciente bajo la prisa de los bomberos que se precipitaron sobre él a apagar las llamas de su cuerpo.
Entré casi de puntillas después del segundo de pausa que dejó el bajo. Las notas largas y tristes de un blues que parecía no tener término…
Era la misma melodía que había tocado con su propia trompeta en su cumpleaños fúnebre, antes de dejarla con él.
Había quietud en el ambiente durante la última nota que languidecía de mi viento metal. Como si hubiera participado de mis pensamientos, el público observó un instante de silencio al terminar la melodía. Calló mi metal su llanto quedo, terminó el agonizante número. Unas palmas se escucharon, luego dos, tres, cuatro, hasta desatar una lluvia y luego un aguacero de aplausos.
Y llegó mi pieza final. La que tocaría por primera vez varios aniversarios después de la partida de mi padre. La que guardé en mi memoria para recomponer más adelante. La que juré tocar en mi debut como trompetista en aquel bar, al que ya podía entrar legalmente y bajo contrato. Papá debe estar orgulloso, allá junto a mi madre. Y aquí y ahora somos mi trompeta y yo. No tan bonita como aquella que le regalara mamá, pero igual de inmortal por las melodías que emanan de ella.
Me llevé el instrumento a los labios y aspiré el hechizo en el público. Besos de ámbar comenzaba con un solo corto, dándole la bienvenida a los platillos y más adelante a las cuerdas. Luego irrumpía de nuevo mi trompeta, esta vez potente y espontánea, con olor y sabor a madera y cerezas. La toqué a todo pulmón, a sudor grueso, a ojos cerrados, a hondura del alma puesta en cada nota, como la que le solía imprimir al metal después de un pescozón de mi padre. Abrí los ojos entregado a un público que ahora era mío, gracias a él. Al fondo del salón, a la derecha, vi una sombra proyectada en la pared. Era la silueta de perfil de un hombre corpulento que se llevaba un puro a la boca y luego expulsaba una bocanada de humo. Miré a la gente cercana a la silueta. En las mesas contiguas solo había personas esbeltas que sorbían de sus copas y disfrutaban de la música. Pero nadie de figura más gruesa que fuera dueño de aquella sombra. Lágrimas de reconocimiento asomaron a mis ojos y terminé la pieza envuelto en una ovación. Volví a mirar el rincón. Ya la sombra no estaba y el público seguía aplaudiendo de pie la noche de mi debut. Esos aplausos eran para él, esa era su noche.
Roxanna Delgado Boyá. Escritora y editora dominicana graduada en Lenguas Modernas y autora de Reinvención del juego (2018). Por igual, es la ganadora del primer lugar en el Primer Concurso Literario de Minificción Lauro Zavala del TLNSD.

