Home Revista Antillana Hologramas de Kiskeya City

Hologramas de Kiskeya City

by Redacción

Por Isis Aquino

El retumbar de una percusión sincopada, seguido del brillante tintineo de las notificaciones de su celular, despertaron a Marcelino igual que todos los días. Desde temprano, los vecinos competían para ver quien ponía la música más alta, pero para él la verdadera competencia era contra el hambre. Se había dormido sin cenar luego de 10 horas frente a las pantallas, intentando esquivar el cortafuegos de la nueva plataforma de micropréstamos en línea. Tiliiiiínnnn. Nueva notificación: su suscripción a CleanAirPlus está a punto de vencer. Si no renovaba inmediatamente su suscripción semanal, los filtros de aire del minúsculo apartamento se desactivarían y nada podría evitar que la contaminación de la ciudad le sofoque mientras duerme, o peor, que le enfermase de forma lenta pero segura, envenenándole sin remedio a lo largo de los días. Marcelino arrastró los pies hasta la cocineta, aun sabiendo que, a falta de un milagro, no encontraría nada de comer. Un poco de café y un par de tortitas de arroz debieron bastar por el momento para apaciguar el rugir de las tripas.

La directriz del día se le delineaba con perfecta nitidez: debía ir a la ciudad a buscar el sustento. Lo que ganaba subcontratado como hacker calié por un coronel en la División de Crímenes Digitales de la DICRIM no le alcanzaba para pagar más que la renta. Y la gente ya no andaba dejando su tech ponible cargando en cualquier lugar, a la merced de expertos en birlar núcleos de memoria y extraer datos financieros de forma remota. Expertos como él. La calle estaba fría, los negocios lentos y faltaban tres semanas para cobrarle al coronel la mensualidad por los trabajitos que le hacía por debajo de la mesa. Tenía que comer y pagar la renta, el agua y las suscripciones de los filtros de aire de la casa y el carro.

Salió en su minúsculo hovercar de dos asientos, maniobrando expertamente entre enormes contenedores repletos de basura y coronados de ratas, pilas de chatarra en los callejones y antenas improvisadas que salían en los más peculiares ángulos, de los apartamentos en penumbra de su bloque. Zigzagueando a velocidad casi nula entre los puestos de venta ilegal de chips y núcleos de memoria que podían o no tener información valiosa de sus antiguos dueños. En el barrio Nagasaki nunca vivió japones alguno, así que Marcelino tenía una explicación para su nombre: después de una explosión atómica, lo único que sobrevive son las cucarachas. Para la sociedad, él y sus vecinos no eran más que eso.

Casas construidas sobre viejos edificios del gobierno. Tres kilómetros cuadrados de pasadizos, callejones y pasarelas aéreas hechas por herreros de poca monta e ingenieros venidos a menos, que conectaban al «barrio» como si se tratase de una pequeña Kowloon improvisada en el Caribe. Y abajo, a nivel de la calle, la oscura humedad a donde llega la luz del sol por unos minutos al día. Un infierno de ruido y luces de neón, entre prostíbulos, tabernas, casas de apuestas y hackers muertos de hambre. Dentro había crimen, avaricia y algunas familias honradas que no tenían otra opción que sobrevivir entre esos elementos y respirar el mismo aire malsano. Fuera de sus muros, solo había rumores. En el chip de identidad, la dirección que figuraba decía «San Lorenzo de Los Mina». Nadie en sus cabales admitiría vivir en Nagasaki.

Marcelino se dirigió a la suroeste. Hacia la ciudad, como solía decir. A un minuto de salir del barrio, el vehículo notificó una holollamada entrante. En una pantalla inexistente, se proyectó el rostro de Lara, su cara morena contrastando el arcoíris de su pelo recortado sobre los hombros. Detrás, la blanca limpieza de su apartamento en el centro.

Lara, tengo hambre —fue su reclamo antes de que la joven mujer pudiera pronunciar algo.

Y te ves horrible. Llega a mi casa y te guardo desayuno. Voy a necesitar tu expertise en un tumbe grande. 40/30/30.

¿A quién va la otra tajada? No me involucres con gente que no conozco, te lo he dicho.

Román consiguió el venue. Hay que darle.

¿De cuánto hablamos? ¿Millones?

Bi.

Llego en 20.

La próxima llamada fue de su madre. Su sonriente semblante se trocó casi de inmediato en una mueca de consternación.

—Mijo, tú si ta’ flaco. ¿Es que no estás comiendo?, ¿te llegó el saco de víveres que mandé la semana pasada? —admitirle que las valijas de comestibles eran incautadas por las mafias del barrio era una pena que Marcelino no deseaba imponer sobre ella.

Estoy delgado porque hago ejercicios, ma; ¿acaso no me veo bien? —forzó una sonrisa lo mejor que pudo y miró brevemente la cámara sin dejar de ver el tránsito.

Como un muertico, mijo —la cara regordeta de la señora ya empezaba a dar las señales del llanto inminente. —Marquitos, ven para tu casa, mijo. Esa capital te va a matar, y yo no sé qué se hace la comida que yo te mando.

Mami, estoy muy cerca de lograr mi objetivo. Ya falta poco. Si me voy ahora, voy a perder todo el progreso que he logrado en estos años. Todo lo que he trabajado se va a perder si me voy ahora, ¿entiendes? Ya falta poco. Hablamos mañana.

Marcelino apagó la pantalla y puso el teléfono del carro en «no molestar». Era demasiado temprano para ver a su madre llorando.

Elevando el vehículo sobre la nube de smog que cubre las zonas bajas de la ciudad, giró en dirección del apartamento de Lara, ubicado en un rascacielos que se perdía en las alturas. El sol lo cegó por una fracción de segundo.

Esos 20 minutos van lejos —Lara le recibió encarada. No le gustaba que la hicieran esperar.

Marcelino, sin hacer caso, engulló lo que había en la delicada mesa del desayuno: dos croissants con queso crema y puerro, cinco tiras de beicon y un vaso alto lleno de jugo sintético, con sabor a naranja. Lara le mostraba fotos holográficas del lugar donde se llevaría a cabo la redada, de los contrabandistas y sus clientes, y esquemáticas de posibles rutas de escape, en caso de que algo saliera mal.

Datos preliminares de la DICRIM estiman que esta operación mueve cientos de millones a través de cuentas fantasma que hasta ahora han sido irrastreables. Nuevos informes de inteligencia apuntan a que el grupo tiene acceso a un avanzado sistema de relés satelitales para cubrir la pista de las transferencias… Un sistema inalámbrico al que solo se puede acceder con un equipo que está en el pent-house. …Marcelino, ¿me estas poniendo atención?

Él parecía distraído, dando vueltas a un tenedor entre sus dedos. Más que distraído, a Lara le pareció que su rostro lucía una expresión decepcionada.

Te estoy oyendo. Veo lo que quieres hacer, pero calculo la posibilidad de un resultado positivo en un 20 o 25 porciento, para ser optimista. Lo primero es que Román no puede simplemente colarnos en una redada, como si los detectives de la DICRIM no se conocieran todos entre sí. Lo segundo es que si conseguimos robar la terminal, no solo va a resultar muy difícil de mover sin despertar sospecha, sino que toda la operación va estar siendo grabada por al menos 10 bodycams… si el coronel me ve metido en una vuelta como esta voy a perder cualquier protección que me pueda dar… ¿coño, pero de verdad me hiciste salir de Los Mina para proponerme un plan suicida?

De Los Mina no, papi. De Nagasaki, que es un sitio en el que no quiero volver a vivir y de donde tú quieres salir. El coronel no se va a enterar de nada, además Román tiene el plan seteado hasta el mínimo detalle. Relaaaaaaaax, que todo va a salir bien. De esta vuelta salimos millonarios y no vamos a tener que ensuciarnos las manos otra vez. ¿Cómo crees que vivo aquí en el centro de la ciudad, en un piso 37, donde el aire se puede respirar? Te voy a decir como no fue: no fue dudando del teniente Román. —Marcelino soltó un bufido mientras Laura agregaba—: Entramos con los polis a la redada, nos llevamos la terminal en un bulto, crackeamos las cuentas y ¡puf! Somos ricos… los tres.

Querrás decir que YO voy a crackear las cuentas y USTEDES van a seguir siendo ricos. Lo más seguro es que Román hasta me mate después de esto. No sé, Lara. No confío en policías, por más corruptos que sean.

¿Pero confías en mí?

A veces.

A Lara no le gustaba la desconfianza de Marcelino hacia el teniente Román, y sospechaba que esto se debía a las dudas que ella misma albergaba acerca del hombre con quien se acostaba de forma intermitente desde hacía siete meses. Jhonny Roman no era el amante mas expresivo ni el policía más honrado, pero si algo tenía en común con ella y Marcelino era el amor por el dinero y el deseo subyugante de dejar de ser un mísero sobreviviente.

Tras asegurarle que no lo tomarían como chivo expiatorio, le dio las coordenadas del encuentro de esa noche. Los contrabandistas operaban un penthouse de la avenida Anacaona y esa noche tenían un juego de póker con sus clientes. Marcelino se marchó sin estar totalmente convencido. La apuesta era alta, pero él tenía poco que perder.

Marcelino dijo que estaría ahí, aun con una sombra de duda en el semblante. Se fue a asegurar un plan B en caso de que la operación se cayera antes de iniciar, como ya había ocurrido un par de veces.

II

Al caer la noche, Ciudad Kiskeya se convierte en un laberinto de neones, enormes vayas 3D que desafían la neblina y el vértigo, vendedores ambulantes de cualquier cosa en aerodeslizadores que se desplazan pesadamente hacia la nada. En los callejones que conectan los rascacielos del centro y sus sórdidas aerovías, los colores se despliegan como plumas de pavorreal, invitando a los turistas a glamurosos lupanares, casinos con palmeras fotoeléctricas y música estrafalaria que no enmascara la desesperación y el hambre de los míseros seres que trabajan en las factorías de sueños disponibles solo para los turistas de alto nivel y los superricos. Marcelino llevaba el grappler en el reloj de pulsera, presto a extraer data sensible de los gadgets de la víctima. Los objetivos más fáciles siempre eran los nuevos ricos, gente que hacía fila a la puerta de restaurantes caros, solo para que el bioescaneo de la hostess les negara la entrada.

¿Usted no sabe quién soy? —indignada, la cantante con vestido de diseñador amenazaba con llamar a su mánager.

Claro que sí, y la admiro mucho —la hostess, con gesto sumiso, escaneaba nuevamente a la mujer y a su acompañante, un señor con aspecto de obrero en ropas caras, sin duda el padre de la diva. —Pero las políticas corporativas son muy claras, lo siento. Les invitamos a probar otros locales de nuestra cadena —el escaneo mostraba la figura del hombre en rojo, obviamente alguien con un perfil biológico degradado por el trabajo físico, y consumidor de alimentos sintéticos, no encajaba con el perfil de un restaurante élite.

Marcelino se acercó a la escena con el pretexto de pedir un autógrafo a la joven diva, que ella estampó con un holopen en la breve superficie proyectada desde el reloj de él. El nodo de memoria de la diva debía estar alojado en el anillo de su anular derecho. Antes de finalizar la transferencia, Marcelino se acercó a ella y susurró «son unos miserables, no gastes tu dinero con estos biofascistas». Ella le sonrió y al seguir su camino hacia el bar, la escuchó decirle al hombre «venga, papi, vamos a otro sitio donde no sean unos… biofascistas».

Continuó caminando hacia los callejones de la noche, otro holograma de Kiskeya City, insustancial, olvidable. Casi sintió pena de haberse transferido 200,000 dólares de la cuenta de la muchacha mientras le pedía el autógrafo. Para pasar un bioescaneo, él mismo tendría que durar al menos dos años viviendo lujosamente.

Loba, bourbon a las rocas, para mi y para mi amigo —gritó al llegar a la barra, dando una fuerte palmada en la espalda del coronel.

Me contaron que tienes algo esta noche.

No crea todo lo que le dicen, mi coro.

Sabes muy bien por qué te mantengo cerca. Por qué no te metí preso la primera vez que intentaste hackear la plataforma del Banco de Reservas.

Será porque descubriste que somos primos o…—Marcelino sabía muy bien hasta donde bromear con el coronel. No le gustaba el tono grave que tenía aquella noche.

Si ejecutas el plan de Román, les va a pesar… a tu amiga y a ti. Yo no tengo rango para ayudarte si te agarran.

Lara sabe cuidarse. Y a mi no me van a agarrar.

Si vas esta noche, estás de tu cuenta.

Si no voy, nunca podre salir de esta ciudad, llevo demasiado tiempo aquí, robando para sobrevivir, sin acumular nada. Yo lo que quiero es llevarme a mi mamá a Suiza y que ella no tenga que trabajar otro día en su vida.

Si confías en mi no irás esta noche a la Anacaona.

La última vez que dijiste eso, te escuché. Ahora Lara vive en un rascacielos de Miraflores y yo sigo en una ratonera pagando por respirar —Marcelino apuró el trago y gesticuló a la bartender para transferirle antes de ponerse en pie.

Yo pago —dijo el coronel con gesto conciliador. Marcelino se fue sin agregar nada. Subió a la azotea por un elevador maltrecho y tomó su hovercar, con destino al punto de encuentro en la Torre Mirador.

Lejos de los resplandores del jet set, entre la aparente tranquilidad de las torres residenciales de la Avenida Anacaona, todo un universo underground cobraba vida: entre los dramas de las familias de rancia fortuna, los traficantes y contrabandistas de élite; las idas y venidas de los ricos y su servidumbre tenían como únicos testigos a los arboles ancianos del parque Mirador Sur. Y mirando desde las alturas Marcelino, envuelto en dudas, bajaba del carro dispuesto a lo que tuviera que pasar aquella noche.

Detrás de él, en la oscuridad, escuchó unas inhalaciones breves y profundas. Reconoció las risas sordas de Lara y el teniente Román.

Sigan ahí, les voy a hacer un cuento…

Dime, muchacho, ¿tienes miedo?

No me gusta el aparataje.

Relaaaaaax, Marce.

Mente a na’, muchacho —Román señaló un hovercar negro sin letreros.

Vamos. Quiero salir de esto antes de que me arrepienta de haber venido.

Dentro del vehículo, mientras se ponían las armaduras antibala y los equipos de monitoreo, Román repasó el plan con ellos.

En el apartamento hay nueve personas, cinco en la mesa jugando cartas. El croupier es uno de los contrabandistas. Por igual, habrá una mujer sirviendo tragos, pero no se equivoquen. Esa mulata es la mujer de Doyun Lee, el cabecilla de la organización. Los dos que no juegan, son centinelas y los dos restantes, en la habitación con la terminal. Cuando lleguemos, la transacción habrá concluido y van a estar en el último juego. No se distraigan. Es una operación sencilla: entramos, sacamos el aparato, salimos. El resto que se encargue de lo demás.

Mientras conducía el vehículo a nivel del piso 25 de las torres vecinas, pasaba imágenes de las cámaras de circuito cerrado.

Los bodycams de los demás agentes…

Desde que entremos, Lara va a soltar esta lindura —Román le mostró un aparato esférico, con una parpadeante lucecilla verde. —Esto va a soltar un pulso electromagnético que desactivará todos los sistemas de vigilancia, incluidos los CCTV y bodycams —dicho esto, les pasó a cada uno una pistola con silenciador integrado. —Hagan lo que tengan que hacer, los espero en la azotea 10 minutos después de que entremos. No lleguen tarde.

En el techo del edificio señalado, se reunieron con el resto de los agentes. Todos con cascos y armaduras negras, indistinguibles unos de otros.

Marcelino nunca había pensado que quitar una vida fuera parte de la operación. Robarle 200,000 a alguien que tenía millones era una cosa, pero tomar la vida de otra persona no era parte de su M.O.

Cúbreme, Lara.

Sí.

A partir de ahí, Marcelino recordaría todo como si se lo hubiesen contado. La adrenalina no le permitía distinguir nada más que su objetivo principal. Al llegar al penthouse, un sargento gritó «DICRIM, manos en alto». Lara soltó la bomba electromagnética. Empezó el tiroteo y Marcelino corrió a la habitación señalada, Lara disparó a los dos hombres que miraban un monitor, sin que ellos tuvieran tiempo de reaccionar, ni él de protestar. La terminal bancaria que utilizaban era un armatoste de metal con módulos de memoria removible y pesaba alrededor de 30 libras. Desde la habitación se oían gritos y disparos. Marcelino desconectó el cable LAN y el RemoteLink, metiendo el aparato en un bulto. Un agente del DICRIM entró a asegurar el espacio, y Lara le disparó a él también. Su función era no dejar huellas ni testigos en la escena. La salida de emergencia estaba libre y subieron a toda prisa, un minuto después, Román se les unió en el vehículo.

¿Todo bien, muchacho? —dijo riendo de buena gana. Los demás agentes subían con valijas de material incautado, pronto llegarían los refuerzos. Román se reportó con un superior mientras los otros dos le esperaban en el carro a oscuras. Los cristales ahumados no dejaban ver al interior. —¿Vieron que era así de fácil? Entrar y salir, los otros que que se encarguen de lo otro.

Antes de despegar, Marcelino vio desde la ventanilla como llevaban esposados a Doyun Lee y su esposa, junto a dos más de los involucrados. Se sorprendió de que alguno quedara vivo después de semejante tiroteo.

Iban rumbo a la sede del DICRIM. Lara y Marcelino podían trabajar en la encriptación en una de las celdas de interrogatorios de la división de crímenes cibernéticos, que convenientemente, Román había pautado para mantenimiento un día antes. Los cortafuegos institucionales impedían que cualquier actividad realizada allí fuese rastreada desde fuera o dentro del recinto.

¿Qué necesitas? —Lara sabía o creía saber lo que molestaba al hacker.

Creo que ya has hecho suficiente.

Sé que no es tu estilo tirar a matar, pero eran ellos o nosotros.

Los delincuentes si, Lara. Pero el agente… ese era de uno.

Y nos hubiese hundido igual. Marce, ¿tú crees que todos los polis son buenos…?, ¿crees que nosotros somos los malos? Recuerda lo que dijo Román aquella vez, «los únicos policías honestos son los corruptos. Los demás solamente fingen».

Preguntaste qué necesito, pues silencio para concentrarme. Hablamos.

Dicho esto, conectó la terminal al visor ante sus ojos y empezó a escribir líneas de código en un teclado holográfico proyectado sobre la mesa de interrogatorios. Conectarse a la Red con aquel dispositivo no era tarea fácil, centinelas de IA le cerraban el paso por cada ruta que tomaba al intentar conectar la terminal con el relé satelital sin ser detectado como intruso. Hizo que Lara pasara todos los nodos de memoria removibles por un escaneo paralelo, buscando una lenguaje común con el cual reescribir sus códigos de acceso.

Hora y media después, y tras dos pases de lo que a Lara le gustaba inhalar, se rompió el silencio.

Tuve que hacer un trabajo de arqueología, pero ahí está. Es un lenguaje de programación arcaico, COBOL++, de los que se usaban a principios del siglo XXI. Si usas una llave CROMO, todos sus cortafuegos se caen como casa de naipes.

Estoy en eso hace rato —respondió Marcelino sin mirarla.

¿Y para qué me pusiste a…?

Porque si no te pongo a hacer algo, pasas la noche entera jodiendo y justificando al novio tuyo.

Román no es mi…

Ya está. Necesito las cuentas de ustedes rápido, antes de que el sistema me saque. Tengo 39 segundos exactos.

La puerta de la habitación se abrió. Román estaba en el umbral, pero su expresión era de horror. Movía los labios pero no hablaba. De su boca salió un chorro de sangre que se deslizó por la barbilla y el cuello. Los hackers estaban perplejos. Cuando el cuerpo cayó arrodillado, sin vida, vieron que Doyun Lee era quien lo había estado sosteniendo.

Aun en su estupor, Lara atinó a apuntar su arma hacia él. El disparo que la derrumbó no se escuchó, ni se vio venir. Doyun no había dado más que un paso, y al parecer iba desarmado. Quien disparó fue el coronel que estaba detrás suyo, en el oscuro corredor, y no quitaba la vista de Marcelino. Los mafiosos coreanos raramente andaban armados, la etiqueta en esas situaciones era dejar el trabajo sucio a los subalternos. Con movimientos lentos, Marcelino pulsó una tecla invisible, completando la transacción antes de levantar las manos sobre su cabeza. El olor a sangre y pólvora del diminuto cuarto sería difícil de sacudir en su memoria.

Te dije que no fueras, debiste hacerme caso. Doyun Lee tomó asiento frente a él. Hablando el coreano, le dijo que bajara las manos. El coronel tradujo sin dejar de apuntarle con el arma. —Dale a mi socio lo que le robaste.

¿Me vas a matar?

Dale a mi socio lo que le robaste. No intentes nada idiota.

Marcelino accedió. Desconectó el cable LAN y el RemoteLlink. Gesticuló hacia las valija donde había transportado la terminal, que estaba en el piso junto a él, como preguntando si la quería con todo y empaque. Doyun Lee asintió. Al agacharse para recogerla, tomó la pistola y disparó al coronel, errando el tiro.

Aquel error fue respondido con una silenciosa ráfaga de pólvora, pero él ya estaba rodando por debajo de la mesa, acercándose rápidamente, a quemarropa. Era el coronel o su propia vida. Lo hizo sin pensar. Hay momentos en que detenerse a pensar es lo mismo que dejarse morir. El rostro de su madre pasó por su mente una milésima de segundo mientras apretaba el gatillo con el arma en el pecho de quien había sido su protector y amigo. Luego el coreano, luego la terminal. Si no hay testigos ni evidencia, no hay caso ni expediente.

Su hovercar lo llevó primero a Nagasaki, luego a casa de su madre, en las montañas.

III

En el avión, la sobrecargo les ofreció mimosas, pero Marcelino ni siquiera la escuchó. Llegarían a Berna en 25 minutos. Su madre había tomado más mimosas de la que un cuerpo cansado podía aguantar.

Marquitos tú si estás calladito, mijo. ¿Piensas en tu amiga, la que se murió en el accidente?

Si, mami. Estoy triste por ella. ¿Yo te dije que en la capital nadie sabía mi nombre?

Si, tú me dijiste eso cuando íbamos al aeropuerto. ¿Qué tiene que ver eso con tu amiga?

Nada, que ella sí lo sabía. Y yo el de ella. Vivíamos en el mismo barrio. Pero en la ciudad, si uno no tiene dinero ni apellido, es lo mismo ser un holograma, algo que se traspasa sin consecuencias, algo que en realidad no existe, ma. Por eso desde que llegué quería volver, pero no podía.

La madre lo miró con ternura. Apuró su mimosa y se puso el cinturón. Pronto aterrizaban en Suiza.


Isis Aquino (Santo Domingo, 1986). Escritora, gestora cultural, traductora y slammer. Sus poemas aparecen en varias antologías y revistas dominicanas e internacionales. Es autora de los poemarios Quod scripsi (2011) y Balas perdidas (2014), la novela En la cuerda floja (2016) y el libro de cuentos Relatos de la Tierra y sus colonias (2020). En 2022, representó a la República Dominicana en la Copa América de Poetry Slam, en Río de Janeiro; en 2023, participó en la II Copa Mundial de Poetry Slam en la misma ciudad. Su poemario más reciente, Desandar el abismo, fue publicado por Editorial Pulpo en Puerto Rico en abril de 2023.

You may also like