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Cuidado con lo que pides

by Redacción

Por Félix Villalona

Nunca me pasó por la cabeza que conocería al diablo cara a cara. Había escuchado que trabajaba solo y que raramente escribe, que lo acontecido con algunas personas que lo habían solicitado, era casi, mera coincidencia. Alguien me comentó que con el pájaro malo no se juega. Sin embargo, el día que pensé en ir donde Lucecita, me invadieron una serie de emociones muy raras. Nunca he creído en esas cosas, pero cuando se hablan de hechos tan recientes y que involucran a personas que llegaste a conocer, terminas creyendo. Por ejemplo, cuando recuerdo el acontecimiento en el metro, cuando ese loco hizo explotar una cosa rara, me dije a mí mismo, hasta aquí llegaste pajarito. Ese día bebí como nunca. Celebré que salí ileso de esa, pero algo me estaba quitando el sueño, algo que no logro entender. Ese lunes decidí ir donde la señora al salir del trabajo con la esperanza de que me aclarara algunas cosas. Algún tipo de consejo para llamar la atención del maligno. Pero al llegar al frente de su casa me detuve por unos momentos al sentir que una corriente misteriosa me subía por los pies. Pensé que se trataba de los reflejos producidos después de una noche de juergas que culminó con los primeros rayos del sol asomándose a la ventana, pero nada que ver. El nombre de aquello que recorría mi espalda se llama miedo. Pocos saben que el miedo tiene sus voces. Lo cierto es que aquí, en el rato que tengo, siento que hasta el viento tiene miedo. La hipótesis de que la mente elige lo que quiere ver estaba formando una criatura maligna dentro de mí. Una criatura con cachos, ojos rojos y cola. Pero ya estoy aquí.

—Buenas tardes, caballero. ¿Desea algo?

—Sí. Bueno, quería ver a la señora… deme un segundo, aquí traigo su nombre anotado. Lucecita. Lucecita Diogracia.

—Deme unos minutos, ¿señor?

—Ah, Luis Monte de Oca.

El hombre se perdió entre la penumbra de la sala de la casa. El solo hecho de estar de pie en la sala de esa casa, hacía chirriar mis dientes. Esa tarde el cielo parecía un tenebroso espejo negro. No sé si era producto de mi imaginación, pero el hombre tenía un cuerpo comprimido y ceniciento. Las palmas de sus manos eran amarillentas. Al preguntarle su nombre me quedé como en el aire, pues no lo entendí. Era muy enredado.

Pero estoy seguro de que es su apodo, ese tipo de personas que bregan con brujería nunca dan su nombre real. Se comunican por medio de códigos y señales en clave. Algo me susurraba a los oídos que no me fie mucho de estas personas, pero otra voz me decía que me tranquilizara. He oído como venden a la gente, como si fueran mercancía. Casi de golpe, me llega el recuerdo de la muerte de mi tía Tulia en el campo. Que fue producto a unas hojas y una ceniza que ella pisó al salir al frente de la casa. Todo el mundo lloró esa muerte. Aunque apenas yo era un bicho, recuerdo a tío Ramón llorando desconsolado. A veces las personas más allegadas a nosotros suelen ser las más peligrosas, porque se esconden bajo una apariencia de confianza, para luego jodernos, porque en ocasiones pienso que mi abuela hizo algún negocio raro con el enemigo. De hecho, pienso que mi tía continuó con esa desgracia.

—Buenas tardes, caballero. ¿Para qué somos buenos?

—Buenas, yo vine donde usted porque un primo me la recomendó. No sé si lo conoce. Se llama Porfirio. Le dicen el Flaco.

—Bueno. Pero usted, ¿Qué desea? ¿A qué ha venido?

—Ok. Vamo al grano. Le parecerá extraña mi petición, pero mi primo me contó que usted tiene facultad para hablar con…

—¿El diablo? Eso depende. Puede que usted no reúna las cualidades necesarias ni siquiera para hablar con su asistente. Verá, negociar con él tiene sus ganancias. La mayoría de la gente es calumniadora, porque vienen aquí a querer negociar, pero no quieren dar nada a cambio y he tenido que despacharlo, ¿me entiende?

—¿Despacharlo? ¿En qué sentido?, y me disculpa.

—Desaparecerlo. El diablo no quiere nada con traidores.

—Entiendo.

—Sé más de usted que lo usted mismo se imagina. Hace algunos años encontró una alpargata flotando en un río, era de su hija que cumpliría quince años. Eso aún le quita el sueño. ¿No es así, señor Monte de Oca?

—¿Cómo es que sabe todo eso, señora? El boca floja del Flaco.

—¿Le traigo algo de tomar? No hago eso con todo el mundo, pero usted me cae bien.

Por un instante dudé en aceptar tomar algo, y menos viniendo de una persona que habla con diablo. Me han dicho que la fórmula que utilizan muchos brujos es que a las bebidas le echan ceniza de cigarrillos. Así fue como lograron drogar a un amigo. Sucedió cuando compartía unos tragos con otros amigos de su pueblo. Dicen que no recuerda haber agredido a su propio hermano, al que casi mata, y a su madre. Pero el que anda con la virgen nada le puede pasar. Al menos es lo que me enseñó mi abuela. Así que, aceptaré tomar lo que me brinde la mujer. Estoy empezando a creer que, por lo menos, es la asistente del príncipe de las tinieblas. Le sugeriré un café.

—Creo que no cae mal un cafecito a esta hora. Digo, si se puede.

—Ya le dije. Usted me cae bien. No sé por qué. Amigo mío, muchas personas vienen aquí traídos por su mísera existencia o por el miedo. Miedo a morir por una brujería, de una enfermedad, de que el esposo o la esposa le sea infiel, de morir siendo un don nadie, etcétera. Y son capaces de vender o dar cualquier cosa con tal de conseguirlo. Familias hoy sufren azotes por incumplimiento. Hijos que mueren a destiempo por una rara enfermedad, o en extraños accidentes, en fin. Su aura me dice que usted vino buscando ayuda, aunque sospecho qué tipo de ayuda es, necesito que usted me lo diga. A ver, dinero, ¿verdad? Casi todos vienen por eso.

—Bueno, en parte sí. Pero también la necesidad de calmar esta angustia. Creo que eso es lo que por años me ha estado quitando la paz. Sueño con ella todas las noches. Es como si me estuviera reclamando.

—¿Se trata de su hija? Se siente culpable. Los problemas del alma son muy complejos. Pero veremos que se puede hacer.

—Le seré honesto. Mi amigo me dijo que usted es fuerte en su área. Yo necesito su ayuda. Vine decidido a lo que sea. ¿Me entiende? A lo que sea.

—¡Excelente! Nos estamos entendiendo. Lo que haremos será algo sencillo. Váyase a su casa y vuelva mañana a la misma hora.

—Perdón, señora. ¿No puede ser ahora? No sé si pueda salir temprano del trabajo.

—Mmmm, ya veo. En ese caso, sígame.

Con las piernas temblorosas, me levanté del sofá y seguí a la señora. Me sorprendía, pues, no llegaba a los 50 años de edad, y aparte de eso es muy aparente.

Sus voluminosos senos y glúteos me provocaban cierta sensación, me preguntaba cómo alguien así puede dedicarse a estos menesteres. Bregar con espíritus malvados. Veo que el diablo tiene buen gusto. Vamos hombre, contrólate esos deseos, te pueden descubrir. Cuantos disparates llega uno a pensar. Pero aquí estoy.

—Siéntese por favor. Quiero que se relaje, lo noto muy tenso. Acomódese en lo que enciendo los velones. Esto será rápido si se lleva de mí. En el miedo siempre hay algo nuevo. En las cavernas oscuras de la mente se esconden fieras agazapadas, listas a saltar. Mi señor desecha las almas cínicas y mentirosas, pues ya nada hay para ellas más que sufrimiento.

Empecé a oír su voz lejana. Sentía que me iba correteando por un lugar selvático y oscuro. Ya lo había visto antes. Estoy seguro. Pero no puedo negar que es gratificante y emocionante. Solo se escucha su voz como un susurro entrando a través de mis oídos. No quisiera regresar, que nadie me haga volver. En verdad, esto es fascinante. La picadura en mi dedo anular me produce ardor. Mientras más camino, más oscuro y denso, se va poniendo todo a mí alrededor. Al fondo de una llanura, alguien parece esperar por mí mientras conversa con otras personas que no distingo.

—Hola.

Esa voz… esa voz no es la misma. Entra por mis oídos, violentándolos, provocándome miedo. Se escucha honda y tenebrosa.

—¿Puedes ver a esas personas en la altura de aquel peñasco? Es tu tía, vino a cumplir sus votos junto con tu tío Ramón. Ambos están aquí esperándote. Ellos sabían que vendrías. Es un gusto conocerte, aunque ya te conocía por vía de ellos.

—¿Eres…?

—Así es. ¿Para qué somos buenos?


Félix Villalona (Santo Domingo). Escritor, gestor cultural, facilitador cultural del Ministerio de Cultura y coordinador del taller literario Manuel del Cabral. Ha publicado los libros de poesía Hacia el crepúsculo del alma (2004), Desdecir (2010), Sonia Cabrilis (2013) y el libro autobiográfico ¿Contra qué luchamos? (2023). Por igual, sus cuentos han sido recopilados en De galipotes y robots (2019) y Confederación Eléctrica Antillana (2023), además de ser uno de los antologados en Cien poetas le cantan a Juan Bosch (2010).

Foto: Francesco Ungaro

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