Por NELSON DEL POZO GUZMÁN
Mientras el Ministerio de Turismo celebra récords históricos proyectando superar los 12 millones de visitantes, un informe del INDEX revela que la diáspora dominicana en el exterior ya supera los 3 millones de personas, equivalente al 28% de la población total del país. Este fenómeno expone una profunda contradicción estructural: un crecimiento económico impulsado por el capital extranjero que coexiste con una persistente crisis de arraigo laboral y desigualdad social.
El espejismo macroeconómico y los salarios de miseria
La narrativa oficial suele utilizar el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) y las divisas del turismo como sinónimos de bienestar general. Sin embargo, la metodología crítica exige analizar cómo se distribuye esa riqueza. El empleo que genera el sector turístico y casi todos los demás sectores se caracteriza mayoritariamente por la precarización, la alta informalidad y salarios deprimidos. Mientras el costo de la canasta básica familiar sigue en aumento, el sueldo promedio de un trabajador formal apenas cubre las necesidades elementales. Para millones de familias, la economía interna no ofrece un proyecto de vida sostenible, sino un estado de estancamiento permanente.
Radiografía de la expulsión: ¿Por qué huir del «paraíso»?
La decisión de emigrar —muchas veces a través de rutas de alto riesgo o mediante el sacrificio del desarraigo— responde a detonantes estructurales que el Estado no ha logrado resolver y la ciudadanía ha ido perdiendo la esperanza e ilusión de cambio:
- Asfixia de la clase media y profesional: El fenómeno de la «fuga de cerebros» se intensifica. Médicos, ingenieros y técnicos cualificados optan por empleos de menor cualificación en el extranjero antes que aceptar la subvaluación laboral en su propia tierra.
- Inseguridad y déficit en servicios esenciales: La violencia social y la criminalidad han dejado de ser hechos aislados para convertirse en un factor de asfixia cotidiana que destruye la paz mental de las familias, obligándolas a vivir bajo el miedo o a costear costosos sistemas privados de vigilancia. Esta desprotección se suma a la privatización de facto de la salud y la educación, que fuerza a los hogares a destinar gran parte de sus ingresos a servicios privados ante el colapso, la impunidad y la falta de confianza en los sistemas públicos.
- Precarización rural y centralización: El abandono sistemático de las economías agrícolas locales centraliza las inversiones en la capital y en burbujas inmobiliarias, turísticas o de carácter extractivista. Esto provoca el encarecimiento del suelo, destruye los medios de vida locales y empuja a la población a una dolorosa doble migración: primero del campo a la ciudad en busca de oportunidades, y luego, ante la frustración urbana, de la ciudad al extranjero.
Las remesas: El subsidio y sacrificio humano que sostiene al sistema
Lejos de ser un indicador de éxito, el flujo masivo de remesas que ingresa al país es la prueba de una economía subsidiada por el sacrificio de su diáspora. El sistema económico y político dominicano actual encuentra en la emigración una válvula de escape doble: por un lado, reduce la presión social del desempleo interno; por el otro, recibe los recursos financieros, más impactantes que todos los programas y subsidios sociales del gobierno, que sostienen el consumo de los hogares más vulnerables. El «paraíso turístico» no se sostiene únicamente de los dólares que traen los visitantes, sino de los dólares que envían quienes se vieron obligados a marcharse.
El desafío de recuperar el derecho al arraigo, volver a vivir en el país
El registro sociodemográfico del INDEX no debe leerse como una simple estadística de crecimiento poblacional en el exterior. Es una alerta demográfica que, observada en sintonía con la realidad de los hospitales públicos —donde casi cuatro de cada diez niños nacidos vivos son de madres extranjeras en medio de un descenso histórico de la natalidad nativa—, revela una profunda crisis de sostenibilidad social, amenaza a la identidad dominicana y soberanía nacional. Un país que expulsa a casi un tercio de su población mientras su sistema de asistencia básica se desguañanga drásticamente no puede considerarse un modelo de éxito; en su momento ese fue el mayor punto de crítica al régimen venezolano y ahora una crítica alarmante al Estado cubano. El verdadero desarrollo no se mide en habitaciones de hotel construidas ni en cruceristas recibidos y mucho menos en proyecciones de ganancias por minerales extraídos destruyendo ríos y cultivos, sino en la capacidad de garantizar a sus ciudadanos el derecho humano más elemental: el derecho a prosperar, reproducirse y vivir dignamente en su propia tierra.

