Por NELSON DEL POZO GUZMÁN
Las treinta muertes neonatales en un hospital de la República Dominicana encendieron las alarmas sobre la profunda desigualdad social. Este doloroso hecho criminal expone cómo la abundancia de recursos macroeconómicos no garantiza la protección de los más necesitados. Mientras el dinero fluye hacia el turismo y la modernidad urbana —el país creció un 5% en 2025, según el Banco Central—, las salas de maternidad públicas sufren un abandono institucional severo. La falta de auditorías y el hacinamiento transformaron el nacimiento de estos niños en una tragedia evitable. Allí, la riqueza existe pero no llega; la voluntad política falta donde el capital sobra.
En el extremo opuesto del Caribe, Cuba sostiene una trinchera de sensibilidad médica que defiende la vida a pesar de todo. La isla enfrenta un bloqueo económico asfixiante —no un mero obstáculo logístico, sino una política de asfixia deliberada— que, según el canciller cubano, causó daños por más de 7.500 millones de dólares en el último año. Eso significa que apenas dieciséis días de bloqueo equivalen al costo de todos los medicamentos básicos del país, y cinco días al costo de reparar una central eléctrica. El cerco no es un telón de fondo; es una condena activa que sabotea la llegada de insumos y provoca apagones constantes.
Sin embargo, el modelo cubano prioriza la salud materno-infantil como un derecho sagrado, no como mercancía. El Programa de Atención Materno Infantil (PAMI) realiza seguimiento riguroso a cada embarazada desde el primer mes de gestación, y esa red primaria es la que ha permitido que, incluso en la crisis, la isla mantenga tasas de mortalidad infantil —7.5 por mil— que, aunque repuntaron, siguen siendo casi la mitad de las dominicanas (14.2 por mil). Una diferencia que no se explica por riqueza, sino por prioridad política.
La diferencia fundamental entre ambos modelos no radica solo en recursos, sino en voluntad y valor humano otorgado a sus ciudadanos. Dominicana posee abundancia financiera, pero su sistema de salud está fragmentado por una brecha insalvable entre ricos y pobres. Quien nace en la pobreza dominicana enfrenta salas de cuidados intensivos saturadas, donde una sola enfermera atiende a múltiples recién nacidos. En Cuba, el personal médico trabaja con las uñas, pero la dedicación y el amor hacia el paciente suplen carencias materiales que no son fruto del azar, sino de un cerco externo que encarece cada jeringa y cada respirador. La relatora de la ONU documentó que el bloqueo ha forzado la emigración de personal médico calificado, agravando la presión sobre los que quedan.
El brote bacteriano en la maternidad dominicana es síntoma directo de una gestión hospitalaria orientada al descuido social. Los insumos médicos existen en el país, pero la burocracia y la falta de inversión los alejan de las familias humildes. La muerte de estos treinta bebés no fue fatalidad del destino, sino el resultado de priorizar el capital sobre el bienestar. La indignación social exige un cambio radical en la distribución de la riqueza nacional. No falta dinero, falta justicia.
Por su parte, los médicos y enfermeros cubanos libran una batalla heroica diariamente para evitar que las incubadoras se apaguen. Cuando los cortes eléctricos —agravados por la imposibilidad de comprar combustible y repuestos en el mercado estadounidense—amenazan los hospitales, la solidaridad del personal activa protocolos de emergencia manuales para salvar a los prematuros. A pesar del repunte en su tasa de mortalidad debido a la crisis, sus cifras siguen siendo ejemplares en la región. Esto demuestra que la medicina comunitaria y humanista es capaz de resistir las peores agresiones económicas del entorno internacional. Pero también evidencia que esa resistencia tiene un costo humano que el mundo no puede ignorar.
La cooperación internacional, a través de organismos como UNICEF, interviene en ambas naciones con estrategias adaptadas a sus realidades. En la República Dominicana, los expertos internacionales deben capacitar al personal y presionar para que se cumplan las normas higiénicas, porque allí el problema es de gestión y equidad. En Cuba, las agencias de la ONU envían cargamentos de emergencia, aunque el bloqueo ha retenido incluso contenedores del PNUD con insumos médicos y lámparas recargables. Mientras un país necesita aprender a gestionar su riqueza, el otro necesita urgentemente el fin de las sanciones externas que convierten cada parto en una apuesta contra la escasez.
Las cunas vacías en Santo Domingo contrastan con la búsqueda incansable de alternativas médicas en los hospitales de La Habana. La desnutrición materna generada por la escasez de alimentos en la isla se combate con redes solidarias de bancos de leche humana. El personal de atención primaria cubano visita casa por casa a las gestantes de riesgo para garantizar su control metabólico. Este despliegue de sensibilidad humana es una lección de dignidad para los sistemas de salud que operan bajo lógicas de mercado. Pero también es un recordatorio de que la solidaridad no puede sustituir indefinidamente a la justicia internacional: ni el heroísmo ni el amor son materia prima para fabricar medicamentos.
La crisis dominicana desnudó la fragilidad de un sistema que permite la fuga de sus especialistas hacia los sectores privados. Los médicos neonatólogos abandonan los centros públicos debido a los bajos salarios y las pésimas condiciones de bioseguridad. Esta descapitalización humana deja desprotegida a la población migrante y trabajadora, cuyos hijos son las principales víctimas de las infecciones intrahospitalarias. La salud en el capitalismo periférico se convierte así en un privilegio reservado solo para quienes pueden pagarla. En Cuba, en cambio, la fuga de médicos no responde a falta de vocación, sino a que un salario de 40 dólares mensuales —ahogado por el bloqueo— no cubre ni la canasta básica. La emigración forzada de sanitarios cubanos es el espejo inverso de la dominicana: allí se van por codicia del sistema; aquí se van por supervivencia ante el asedio.
El periodismo crítico tiene el deber de exponer estas realidades sin censura, pero también sin que los datos ahoguen la voz de los que sufren. Este análisis comparativo demuestra que la sensibilidad social no se compra con dinero, sino que se construye con justicia y solidaridad. Pero también muestra que la justicia sin recursos es un grito en el desierto, y que los recursos sin justicia son una burla. La memoria de los recién nacidos fallecidos exige que los gobiernos transformen sus estructuras: en Santo Domingo, redistribuyendo la riqueza; en La Habana, levantando el cerco que, como dijo el ministro cubano, «genera un daño humanitario extraordinario que no es posible expresar en números». El derecho a la vida debe ser el eje central de cualquier proyecto de sociedad que se considere verdaderamente humana. Y para que eso sea posible, el mundo debe mirar ambas orillas sin anteojeras: una para exigir equidad, la otra para exigir el fin del bloqueo.

