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Entran vacas a la escuela

by Redacción

Por Adriano Rivera

     Estábamos cansados, avergonzados con los amigos, vecinos y familiares. Cholo nos llevó más allá de la desesperación. Varias veces pensé en matarlo.

     Cuando la cogía con rezar era un novenario completo. Dios conmigo, Dios conmigo, Dios conmigo, yo con él, él delante de mí, y yo detrás de él, si me pierdo en el camino mi guía será él, si me ataca el enemigo, él me va a defender. En el nombre del padre, de la madre, de los tíos, los sobrinos y el espíritu santo.

     En la madrugada sus palabras eran punzantes, hirientes como piedras afiladas.

–¿Pero no es más cómodo que duermas en tu cama?

–No, estoy esperando a alguien.

– ¿No me digas? ¿Y se puede saber a quién esperas siendo las dos y treinta y siete de la madrugada?

–Sí, viene a hablar conmigo una comisión del cielo, quieren que me convierta en predicador.

     De repente hubo un cambio drástico en la conducta de Cholo, no rezaba, y comenzó con una frase que me decía tanto por la mañana como por la noche, al salir y llegar del trabajo: ´´Entran vacas a la escuela´´.

     Me iba a más tardar a las siete y regresaba de noche, por eso nunca estaba durante el horario de trabajo de la escuela y por lo tanto no podía comprobar una situación tan grave. Cierto día, a eso de las seis treinta de la mañana, mientras me bañaba, Cholo me dice:

–Quiero que me acompañes a la escuela.

–¿Para qué?  

–¡Oh!, para que veamos las vacas. Porque si tu no lo sabes.

–¿Saber qué?

–Entran vacas a la escuela.

–No Cholo, no puedo, tengo que trabajar.

–Pero tú puedes ir más tarde. Sería bueno ver las vacas cantando el himno a las ocho.

–Sería genial, ver más de trescientas vacas todas en fila india, bien uniformaditas ¡Guao! Te prometo que las vamos a ver pronto cuando me den vacaciones.

     Esa noche regresé tarde «del trabajo» y ya Cholo estaba durmiendo. Me recosté y a eso de las tres de la madrugada me despierta y me dice:

–«Entran vacas a la escuela».

–Ah, sí gracias, no lo sabía, recuérdamelo mañana. Me volteo e intento dormir. No sé cuánto tiempo, repitió la frase que a esa hora se escuchaba en toda la casa y probablemente en las de ambos lados.

      Pasaron varias semanas y esa oración no faltaba en mis oídos, decenas de veces al día: ´´entran vacas a la escuela´´. Confieso que al principio me pareció graciosa, sobre todo, porque ya no rezaba todo aquel novenario, pero pasado el tiempo me molestaba.

     De seguro mi hermano Cholo buscaba una reacción de mi parte, que no conseguía porque no estaba interesado en comprobar si entran o no vacas a la escuela.

     El no conocía la nueva escuela, sabía que estaba pintada de amarillo porque alcanzaba a ver, entre árboles, parte de las paredes y el techo. Estaba ubicada en la otra calle, paralela a la nuestra, aunque muy cerca; para llegar había que dar la vuelta.

     Esa noche cuando regresé, seguí derecho hacia la cocina a ver qué encontraba y de inmediato escuché la frase: ´´Entran vacas a la escuela´´. Después de unas doce o quince veces, decidí encender la radio y se distrajo; comenzó a bailar.

     Yo no podía contener la risa, bailaba bachata como si estuviera enamorado y en trance, abrazándose y balanceándose y no sé cómo no tropezaba porque permanecía casi todo el tiempo con los ojos cerrados. Envidiaba esa pasión, esa entrega; esa capacidad para olvidarse del mundo y disfrutar el momento con nada, o casi nada.

     A principios de mayo, por fin me dieron unas breves vacaciones de una semana y Cholo no perdió tiempo.

–Como mañana no vas al trabajo quiero que me acompañes a la escuela, porque a mí no me dejan ir solo.

– ¿Para qué quieres ir a la escuela?

–Oh, y tú no sabes lo que está pasando. Entran vacas a la escuela. 

–¿Qué, no lo puedo creer, y cómo es eso posible?

–Yo no sé, pero es cierto.

     Al otro día pretendía quedarme en cama hasta las diez, hacía años que solo podía dormir hasta tarde si era domingo. Pero Cholo me despertó, a su manera peculiar halándome la sábana.

–Levántate coño, levántate que vamos a las ocho para la escuela.

–¿Qué?

–¡Que vamos a las ocho para la escuela, porque yo quiero ver!…

–¡Coño, Cholo tú si jodes! Me tienes loco con esa vaina. –No estaba dispuesto a levantarme, ni menos a ir a las ocho a la escuela a ver vacas. Volví a dormir precariamente y al faltar unos cinco minutos para las ocho:

–¡Oye, coño oye!, están entrando vacas en la escuela.

–Me quedé perplejo al escuchar el estruendo de butacas estrellándose contra las paredes, unas contra otras, algunas que caían, otras eran arrastradas varios metros, el crujir del hierro contra el piso de granito me hacía sentir denteras. El ruido permaneció cerca de diez minutos y entonces comprendí que Cholo tenía razón: lo abracé, le besé la frente y le dije. Mierda Cholo es cierto, entran vacas a la escuela.

     Aunque no estuve allí, las vi, las sentí, las escuché; las sufrí. Puedo afirmar que sí, entran vacas a la escuela.

     Los vecinos ya están acostumbrados, les parece normal, y peor aún, los profesores y administrativos las ven entrar y no hacen nada para evitarlo.  Es por eso que hay una montaña de butacas dañadas en el patio.


Ramón Adriano Rivera Salvador (Santo Domingo Oeste, 1960). Estudió la licenciatura de Ciencias de la Comunicación, más una especialidad en Tecnología Educativa, en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. También estudió una especialidad en Historia y Geografía Dominicana en la Universidad Central del Este. Ha pertenecido a diversas organizaciones artísticas y culturales tales como el Equipo Cultural de Herrera, el Movimiento Cultural Universitario MCU, entre otros. Fue director del Departamento de Cultura del Ayuntamiento Santo Domingo Oeste. Tiene dos libros inéditos de cuentos cortos y dos de micro relatos.

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