Por Aníbal Hernández Medina
La narrativa de miedo, la que busca aterrar al lector, de forma realista o especulativa, a través de la victimización de los personajes, sea en los grados más intensos como el horror, la repulsión, el asco o en sus aspectos sutiles como el suspenso in crescendo o la incomodad perturbadora, nace, en el caso dominicano, casi con la misma república.

Francisco Javier Angulo Guridi
El iniciador fue Francisco Javier Angulo Guridi (1816-1884), autor de la primera novela dominicana La fantasma de Higüey (1857), narración náutica de piratas en las costas del Santo Domingo colonial y de elementos fantásticos mínimos, en que lo terrorífico presente se limita a referencias de terceros sobre el espectro y su leyenda. Pero, sin la ambigüedad en torno a La fantasma… para nuestro tema, Guridii es a la vez es el autor del primer cuento de terror dominicano, «La ciguapa», publicada en 1866. En la historia, el narrador se encuentra con un campesino criollo que le cuenta su desgracia, la pérdida fatal de su amada ante un ciguapo que se ha enamorado de ella. «La ciguapa», aunque no considerada parte del indigenismo dominicano, ve la luz al inicio de dicho movimiento, en que la novedosa literatura dominicana se avoca a la narrativa indianista en búsqueda de la reafirmación de la identidad criolla en el contexto de la Restauración de la República Dominicana, perdida ante los hispanófilos locales con la Anexión, y que empezaría a menguar con el cambio de siglo.
De nuestro género en cuestión, antes de finalizar el siglo XIX, a lo sumo, podríamos agregar a la noveleta Nisia (1898), de José Ramón López (1866-1922) por la inyección de horror en algunos puntos de la trama. Por ejemplo, de terror animal con el pasaje de los tiburones prestos a devorar a los protagonistas. Asimismo, la amenaza mortal para los humanos que representa el ser el objeto del enamoramiento por parte de una ciguapa o ciguapo que rondan los montes (partiendo de la misma leyenda que utilizó Guridi) y que se encuentra en los decires de los personajes. Esto debido a la concepción de que el monte es un lugar inhóspito para el simple campesino, un lugar que aloja secretos peligrosos tanto naturales como extrahumanos que acechan al desprevenido.

Fabio Fiallo
Con el inicio del nuevo centenario, aumenta la producción fantástica nacional, desarrollándose en dos corrientes principales. La primera, altamente influida por el modelo europeo, al que se entiende que se debe emular por lo incipientes americanos por ser la cuna de la alta cultura occidental y, por ende, guía indiscutible. Por lo que tenemos cuentos fantásticos dominicanos con hadas, ninfas, dioses griegos, duendes, etc. Lo que hoy consideraríamos dentro del subgénero del fantasy: la fantasía, sobre todo épica, inspirada en las tradiciones orales de la Europa occidental. En esta tendencia, su principal exponente es Fabio Fiallo (1866–1942), autor de las colecciones Cuentos frágiles (1908) y Las manzanas de Mefisto (1934). De él, destacamos su «Ernesto de Anquises», cuento de terror a la Guy de Maupassant, un relato mórbido de amor y locura del «pálido Luzbel» y su obsesión con Natalia de N.
La segunda corriente es el criollismo especulativo, continuación de Guridi y López, pero de mayor rango. En tanto a su vertiente de terror, tenemos a Sócrates Nolasco (1884-1980), primero por su recopilación, Cuentos cimarrones (1958), en que presenta diferentes relatos de los cuentacuentos del campo dominicano, los narradores orales que entretenían a la población rural con sus historias. Varias de estas, repiten el motivo de los seres sobrenaturales de los que el campesino dominicano debe cuidarse. Además, escribe «El diablo ronda los guayacanes» (1967), cuento de terror rural referente a los pactos con el diablo que los más atrevidos osan hacer. También contemos en esta tendencia a «El difunto estaba vivo» (1947), de Juan Bosch (1909-2001), de tono más humorístico. Por igual, el mismo Bosch se decanta, y promueve, por la ruptura con el campo como motivo principal de la cuentística dominicana, como vemos en su «La mancha indeleble» (1962) en que alguien debe entregar su cabeza al partido, utilizando el autor a la política como la entidad que aterroriza al protagonista, o en su «Últimos monstruos» (1941), primer relato de ciencia dominicana, en que en una Tierra extraña y cataclísmica dominada por creaturas titánicas es el escenario de los posibles últimos humanos.

Virgilio Díaz Grullón
Con la caída del trujillato y los vertiginosos cambios políticos posteriores, emerge la generación del sesenta en que el cuento dominicano toma lo urbano como su ambiente primordial, lo que nos da algunos escasos cuentos citadinos del género como «El gato» (1966), de Armando Almánzar (1935-2017), primer premio ex-aequo en el concurso de cuentos «La Máscara». También el cuento de Miguel Alfonseca (1942-1994), «Delicatessen» (1967), con puntuales ingredientes de body horror. Por igual, entre las narraciones fantásticas de Virgilio Díaz Grullón (1924-2001), el autor que más cultivo el género de los de su generación, encontramos el terror en los cuentos «Un aprendiz de brujo», «El cuento sin título» y «La invasión» o en los microrrelatos como «Viaje al microcosmos», «La verdadera pesadilla» y «La mutación», todos ellos publicados en su libro especulativo Más allá del espejo (1975).
En los ochenta se publica la primera novela de ciencia ficción dominicana, Inti Huamán o Eva again (1983), de Efraín Castillo (1940), una distopía de sobrepoblación que reacciona a los alarmismos malthusianos de la primera parte de la guerra fría. Inti Huamán…, nuevamente, no es una narración propiamente del género, pero sí con elementos de terror corporal contenidos en la nueva humanidad deforme que emerge de Inti, la nueva Eva de Castillo. En la misma década, Pedro Peix publica «El fantasma de la calle El Conde» (1988), Premio Nacional de Cuento 1987, que incluye cuentos de aparecidos enclavados en el casco histórico de la ciudad de Santo Domingo.
Con el segundo cambio de siglo dominicano, la literatura criolla participa en el auge internacional de la narrativa no realista. La ciencia ficción, la fantasía, tanto infantil como adulta, y el terror, incluyendo su faceta realista, aumenta exponencialmente en República Dominicana sustentada mayormente en la revolución digital, que abarata costos de publicación, lectura y formación. Asimismo, una mayor conectividad les abre la posibilidad de ingresar a nuevos y más exigentes mercados y enlazarse con redes de soporte internacional dentro y fuera del área fantástica.
El primer gran título de este pequeño boom de terror dominicano es la novela de ciencia ficción oscura Bacá, de Manuel García-Cartagena, publicada en 2007. La primera del género en términos dominicanos. Aunque transgenérica también, combina una trama de intriga política que se desarrolla en el año 2044, el componente de terror sobrenatural domina en una de las facetas en que se desdobla el personaje. Brujas, hombres-perros-demonios, pactos con el diablo auxilian al protagonista, Vican, que se ve envuelto en un escándalo de corrupción entre burócratas y transnacionales capitalistas.
En la segunda década del nuevo milenio, se le suman rápidamente varios títulos más, produciendose nuevos hitos para el género. Vicente Arturo Pichardo publica el primer libro de microrrelatos de terror, Brevísimos cuentos de espantos (2017), mientras Greg Pérez es el autor del primer libro dominicano de cuentos del género con Estación 47 (2017). A eso sumémosle la primera novela (corta) de terror puro en Horror en la casa Alberti (2019), de Liberato Tavárez, que también firma la colección de cuentos, Vórtice, publicada el año anterior. Otro hito es la novela vampírica La estirpe del polvo, de Jonás Sánchez, que gana el Premio Nacional de Novela Joven Tulio Manuel Cestero 2021.
Otras distinciones de la crítica al terror nacional son el primer lugar en el Premio Funglode de Cuento Juan Bosch 2011 para Nan Chevalier con su «Muñeco de trapo». «La ciudad de los cuervos», de Daniel Polanco Olivo, gana la distinción mayor en el Primer Concurso de Cuentos Juan Bosch del Taller Literario de Narradores de Santo Domingo y el primer galardón para Morgan Vicconius Zariah (Jimmy Díaz) en el concurso internacional Onomatopeyas de Historias Pulp (2018), España, con «Voces del pantano».
Vicconius Zariah, Pérez, Sánchez y Liberato son parte de una camada de escritores dedicados casi exclusivamente al especulativo de terror, altamente influidos por la cultura pop anglosajona. Lovecraft, Stephen King, Clive Baker, además de la cultura rock, los videojuegos, el cine, el streaming y la animación marcan sus tramas y estilos. Bajo este influjo, han ido diversificando la producción nacional, escribiendo en subgéneros no antes tocados localmente. Horror cósmico, zombis, gore, splatterpunk, entre varios más.
Otros títulos contemporáneos de este nicho, serían la novela weird, Viaje al centro de los mitos (2023) de Odilius Vlak; las novelas de horrormance Verdaje Rojo, de Katherine García, y Un tercio de bestia (2026), de Berenice Navarro, y las colecciones de cuentos Dominican splendours (2022), de Vladimir Velázquez, El pacto (2025), de Greg Pérez y El miedo tiene sus voces (2026), de Félix Villalona.
Pero el terror a partir de la tradición oral nunca ha desaparecido, se siguen publicando títulos como los libros de relatos La noche en la que apareció el Bacá (2018) y La Ciguapa de Los Haitises y otros relatos, de Miguel Liranzo (2019) y las compilaciones Cuentos de miedo para niños buenos (2017), de Bienvenida Polanco, y la Antología de escritoras de cuentos mágicorreligiosos (2025), editada por Luesmil Castor Paniagua, José M. Cruz, Alejandro Santana y Sauris Ramírez. Aunque quizá no todos los cuentos tienen el miedo duro como objetivo primordial, podríamos catalogarlos en una especie de realismo mágico oscuro por la creación de atmósferas góticas rurales para la escenificación de los personajes y sus periplos.
En el caso de Cuentos de miedo…, de Polanco, es parte de la orriente infantil que por igual produce terror para niños y niñas como los libros El cuco (2012), de Elizabeth Balaguer, o Tanama y Soraya (2025), de Aníbal Hernández Medina.
También, antes de finalizar, cabe mencionar a una vertiente alegórica que utiliza la literatura de miedo, o elementos de esta, como metáfora para abordar el tema abrdado por los autores y autoras sin comprometerse a asumir los objetivos del género. Como ejemplo, ponemos la novela Entrevistando a Lucifer (2019), de Migsael Tatis Sosa, o la más reciente Asmodeo (2024), de la multipremiada Rita Indiana.
En conclusión, el desarrollo de la literatura de terror en suelo quisqueyano ha ido a la par con el de la misma nación. Fue pionera en su búsqueda de identidad inicial a través del indianismo y el criollismo dominicano; evidencia las influencias de sus metrópolis, primero europea, luego anglosajona; expresó el cambio de una sociedad rural a una urbana y se diversifica en la medida que crece el género y su público durante la revolución digital actual. A pesar de esto, no suele ser reconocida lo suficiente como parte primordial del canon literario dominicano, situación que debe ir cambiando en la medida que siga creciendo su presencia en el imaginario nacional.
Este es la nueva entrada de una serie de artículos sobre la historia de la literatura fantástica dominicana. Aquí puedes encontrar el de ciencia ficción https://eldiarioantillano.com/uno/2025/08/12/hablemos-sobre-la-ciencia-ficcion-dominicana-i/ y la de CF neoindigenista https://eldiarioantillano.com/uno/2025/05/25/de-ciudad-guevara-a-quislaona-breve-relacion-de-la-breve-ciencia-ficcion-neoindigenista-dominicana/.

