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El fantasma de cinco cabezas

by Redacción

Por AMARILIS CUETO

Cuando empezó la granizada escapamos al patio, para aparar con la lengua los trocitos de hielo que caían del cielo, danzando gozosos por la felicidad que da la libertad. Mi madre también había salido a sacar cubetas y colocarlas en los caños para disfrutar de la ansiada agua fría, única manera de tomarla gratis en el campo, donde no había nevera. El hielo se compraba cada dos días a un árabe que pasaba a caballo; y era enterrado para que durase hasta que el vendedor pasara otra vez.

La temporada de lluvia fue recibida con gran felicidad, pues la sequía había sido fuerte este año. Los campos estaban amarillos por las altas temperaturas, los ríos secos y el suelo agrietado. Hacía dos días que llovía intensamente y la tierra estaba blanda y resbaladiza.

Mi padre estaba en campo abierto con dos de mis hermanos, arreando los animales a un lugar más alto para que no se hundieran en el lodo y perecieran ahogados.

Llevábamos una vida llena de afanes. Cultivar el conuco, arrear animales, recoger cosechas, sembrar la caña, moler y tostar café, y en las tardes rezar el rosario a la Santa Virgen.

Éramos cinco hermanos de padre y madre, más dos heredados del matrimonio anterior de mi padre, cuya esposa había muerto de causas desconocidas, cosa muy común en nuestros campos antiguos, donde la gente moría de cualquier enfermedad considerada rara, pues solo se contaba con remedios caseros para combatirlas. Mi madre los había acogido como suyos, y aunque el mayor era casi de su edad, la adoraban, respetaban y querían como a su propia madre. «Mamacita», le decían.

La lluvia seguía cayendo, levantando borbotones de lodo en el camino. En la noche, el sonido del arroyo crecido se esparcía por los campos, inundándolos de rugidos fantasmales que nos llenaban de pavor. Era entonces cuando el fantasma del arroyo, de tres cabezas, nos perseguía. Entraba en los cuartos, amenazante, hablando en lengua extraña y llenando de pesadillas nuestras camas mojadas.

— ¿Ya apareció el fantasma? —me preguntó esa noche Juliancito.

—Sí, ya vino, yo lo vi, era grande y las tres cabezas de serpiente se movían juntas —afirmó Ricardo con los ojos desorbitados.

—Vamos a decirle a Mamacita —susurró Juliancito.

—No, que nos van a regañar de nuevo —dijo María, con voz soñolienta.

—Vamos a dormir que ya el fantasma se fue —afirmó Inés.

El caso era que todas las noches de lluvia intensa pasábamos por lo mismo: fantasmas, truenos, rayos y sonidos extraños invadían la casa, el patio y nuestros sueños; y acabábamos todos durmiendo en la cama de Inés, la hermana mayor, quien exorcizaba al fantasma, según sus propias palabras.

Inés tenía catorce años cuando el árabe se la llevó. Había ofrecido a mis padres, hielo y telas por el año completo, a cambio de que dejaran que la niña se fuera con él. La quería para ponerla en la escuela y que cuidara a sus hijos menores. Me acuerdo como ahora, porque fue en temporada de lluvia, y cada vez que llovía Inés venía a nuestra mente. Ella era morena, con ojos saltones, de mirada asustadiza y una mata de pelo castaño, rizo y rebelde, que le caía por la espalda. Su cuerpo era largo y escuálido, con una barriga grande por los parásitos. Tenía la frente ancha y orejas puntiagudas. No era linda, pero cuando sonreía sus dientes perfectos afloraban y nuestro mundo se iluminaba. Era la sonrisa más diáfana que había. Sus manos eran suaves, y se parecían a las de mamá, solo que más chiquitas. Como era la única que dormía en una cama para ella sola, nos mantenía a salvo bajo sus sábanas cuando el fantasma de tres cabezas salía. Era nuestra confidente y aliada; la que consolaba a Pedro cuando papá le daba una de las sonadas pelas por sus fechorías y este no alcanzaba a ponerse el cartón en las nalgas para amortiguar los fuetazos, la que nos curaba las picadas de avispas y nos sacaba los aguijones cuando alborotábamos el panal, nos sacaba los piojos del pelo y las niguas de los pies. Si necesitábamos ropa, hacía dulce de guayaba y mandaba a Pedro a venderlo a las bodegas de los bateyes. Inés era todo para nosotros, y papá se la dio al árabe para que la mandara a la escuela. No era justo. ¿Por qué no le dieron a Rosa o a María, que eran dos bobas que no servían para nada?

En fin, el árabe se llevó a Inés un día de lluvia. Ella iba cantando Caracolito de la mar que te quedaste sin bailar, y yo me moría de la pena. Lloré toda la tarde. Había una gran tristeza en la casa. Mi madre me decía que era por su bien, que pronto volvería hecha toda una maestra y nos enseñaría a contar, leer y escribir, pero nada nos consolaba.

—Inés, cállate, no cantes, que vas a espantar a los clientes —dijo el árabe con su acento raro, mientras iban a caballo, lentamente, camino a su casa.

—Si no canto me muero de pena, señor árabe. ¿Falta mucho para llegar a su casa?

—Llegaremos al anochecer, son como diez kilómetros después de cruzar el arroyo —contestó el árabe.

—¿Y vamos a cruzar el arroyo a caballo?

—¿Cómo crees que llegué a tu casa? —respondió.

—¿La escuela está lejos de su casa? —inquirió Inés.

—Está muy cerca —respondió él.

Al llegar al arroyo, este estaba aún más crecido, y el árabe le pidió a Inés que se agarrara fuertemente a su barriga, pues el caballo estaba un poco atemorizado y entre ella, el peso del hielo y las telas, sería más difícil que cuando cruzó la primera vez.

Inés se apretó fuertemente al hombre y cerró los ojos, mientras el agua rugía y se movía arrastrando guijarros y pequeños troncos. Empezaron a cruzar y cuando iban por el medio, un gran tronco chocó al caballo, que relinchó y se sacudió, asustado, tumbando al árabe, a Inés y a la carga.

Fue una noche lluviosa y el arroyo rugía como nunca. En casa estuvimos contando historias de miedo, y cuando nos fuimos a dormir, un fantasma de cinco cabezas irrumpió en nuestros sueños.

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