Por NADIA LUGO
Era la noche de un martes cuando lo vi despierta por primera vez. Recuerdo que al principio pensé que estaba durmiendo, pero empezó a sentirse muy real, no como cuando vas al baño mientras sueñas, descargas el inodoro y sigues teniendo las mismas ganas mear. Era él en la barra pidiendo un gin con agua tónica y era lo único que no encajaba en Flamingo Café aquel martes.
Iba vestido con los trajes que utilizaban los moderadores de la realidad W1 y su rostro era el de las ediciones especiales de dos colores que se hicieron al comienzo del mundo y que nunca más han estado disponibles, así que debía estar aquí desde siempre, sabiendo cada intríngulis, cada vicio de programación, las actualizaciones de cada realidad.
Esos sueños donde le veía no eran placenteros. Aunque muchas veces no los recordaba del todo, me levantaba con una sensación aterradora y el recuerdo de su rostro me perseguía durante todo el día. Por ello, la presencia de aquel ser no solo me congelaba el corazón, sino que me llevaba a pensar que quizás alguien estaba jugando conmigo, alguien que debía tener demasiada información.
Tuve dudas de empezar a cantar. Quizás el hecho de que una persona que veía recurrentemente en mis sueños estuviera aquella noche ahí, tan cerca, era una mala señal, una señal de que debía parar el show. Pero todos los programadores estaban allí, como cada martes: los backends al fondo a la izquierda, a su lado los middle-trier, los full stacks delante de ellos. No podía simplemente abandonar el escenario porque esperaban que mis melodías le indicarán los códigos con los que trabajarían aquella semana para continuar con el gran plan de asimilación de los mundos.
Así que tras afinar mi voz, salí desde atrás de las cortinas a darlo todo sobre las tablas, encendieron las luces laterales, frontales, por último la cenital y alcé la voz mirando a mi público que sonreía. Recuerdo que cuando cantaba, mi nuevo invitado movía la cabeza como comprendiendo, no solo lo que estaba cantando, sino el mensaje secreto que le dictaba a los programadores y que debían entender solo ellos. “No era posible. Era impresión mía”, pensé y seguí con el espectáculo porque las reglas eran claras. Los de la W1 podían visitar Z15, pero después de que se descubrió que habían comprado a algunos moderadores para filtrar información, se les impedía escuchar o comunicarse en esta realidad. Así que sus visitas no pasaban de ser un simple video silenciado del cual no podían obtener más hermosos colores. Continué hasta el final confiando en que la regla estaba siendo aplicada en aquel momento.
Al terminar el repertorio, no fui al camerino como acostumbraba, esta vez quería ver de cerca a aquel ser que había pasado de perturbarme en sueños a perturbarme en la realidad. Me senté junto a él en la barra y sentí el mismo frío en el corazón que sabía que sentiría. «Pensé que ustedes eran incapaces de escuchar mis canciones», le dije sin preámbulos. « Nunca subestimes al mercado negro y sus cachibaches milagrosos», me contestó posando su mano sobre un dispositivo que traía en la oreja. Pero no subestimaba yo a nadie, más bien me indignaba que estuviera paseándose sin recato, violando las reglas de la realidad y que ningún moderador fuera capaz de expulsarle, ni siquiera de darse cuenta de lo que estaba pasando. «Sabes que tengo comunicación directa con los moderadores y puedo ahora mismo decirles lo que estás haciendo», le advertí. A este punto ya había dejado de atemorizarme su presencia. Más bien una rabia interna me crecía como hiedra, se hacía grande y amenazaba con salirse por los poros de mi piel. «Sé que vas a denunciarme con los moderadores, pero ahora no podrás. Quizás para la próxima vez deberás hacerlo antes de empezar a cantar sin poner en riesgo tus códigos y misión completa», diciendo esto se levantó de la barra y lentamente caminó hasta la salida para abrazar la calle.
Cuando salí tras de él por el portón de Flamingo Café recordé porque a este mundo, el Z15 los jugadores le decían “la brillante”. Sus letreros de neón quemando la piel y haciendo arder las pupilas, extendiéndose hasta el infinito, hasta allá donde la vista alcanzaba para anunciar al mundo que era la dueña de los orgasmos de todos. La realidad más costosa, la que con más actualizaciones contaba, la que nunca se caía porque tenía boyantes servidores costeados por los carteles, la mejor resolución que podía pagarse en tarjetas de video. También olía a cloaca.
Solo existían dos realidades cuando se creó el mundo. Una realidad era para los principiantes y la otra era el premio para los que habían alcanzado el nivel 30. Al principio era difícil llevar al 30 a los personajes, pero cada vez más y más jugadores pasaban días completos peleando en línea, tomando más misiones, explorando. Las dos realidades se agotaron prontamente y hubo que empezar a crear nuevas alternativas para aquellos que ya se cansaban de las únicas opciones. Así surgieron todas estas realidades, Z15, W1 y tantas otras que era imposible que el tiempo de vida de un ser humano diera para conocerlas todas.
Z15 era de las grandes, la brillante. Los moderadores de todas las realidades habían llegado a un acuerdo para que tuviera sus propias reglas. A nadie le convenía reformarla o traerla del lado del orden porque la mayoría de los jugadores entraban al mundo solo pensando en alcanzar el nivel que les permitiera visitarla y una vez allí se gastaban sueldos completos en sus salones y los más afortunados tan solo se gastaban todo su fuck you money. Salones de bingo y poker para los más conservadores, apuestas sobre los índices del mercado del fentanilo en Shanghai, simulaciones de urolagnia, clubes de ladyboys, arreglos de asesinatos a esposos infieles o espacios impenetrables con dobles disfrazados para reuniones corporativas clandestinas, como el Flamingo.
Todos querían llegar a la brillante, todos querían hackearla, cambiarle el soundtrack de tragaperras y para ellos estaba yo, como todas las noches, trabajando para hacer imposible el sueño de los moralistas. Por eso empecé a seguir al ser extraño por las serpenteantes calles que resplandecían en artificialidad fosforescente.
Aceleraba el paso, pero nunca lo suficiente para perderse definitivamente entre el bullicio de la gente, como con a la espera de que le alcanzara, lo cual pude lograr cuando cruzó una gran puerta de metal en medio de dos edificios, una puerta en la que nunca había reparado a pesar de caminar diariamente por esa zona.
Allí, tras aquella extraña puerta, languidecía un espacio en el cual los programadores no se habían esforzado por cubrir los bugs. Allí reinaba la decoración de doctype, esa que no se esfuerza por adornar y presenta los códigos tal y como son esbozando sin terminación. Todo empezaba a verse pixelado, sin la sutileza del sfumato de la alta resolución. Fue cuando me cayó el balde de agua fría. Si aquí no se aplicaba el código fuente de la brillante, entonces esto se reflejaría en mi misma. Estaba yo condenada a volver a verme, a tener que reconocer la verdadera forma que había abandonado años atrás y que había enterrado al elegir este nuevo camino. Cerré los ojos antes de que uno de los tentáculos atravesara mi línea de visión.
«Wilbur tampoco quería que nadie en el pueblo se enterara de su verdadera forma. Como tú, llevaba una fuerte capa que ocultaba a todas sus asquerosas ventosas. Pero al menos él debía sentirlas cuando estaba solo», me dijo sin explicarme porque en ese espacio yo era ese yo que no visitaba hace tanto tiempo. «Pero no estoy aquí por ello, esos tentáculos son tuyos para cargar. Lo cierto es que en las últimas semanas tus instrucciones en el Flamingo han dado cierto giro y no podemos tolerar que sus escaramuzas se conviertan en una ofensiva mayor para W1».
No podía prestar completa atención a sus palabras. Sentía como la baba se me pasaba de un tentáculo a otro mientras se cruzaban con lentos movimientos involuntarios.
«Las reglas de este gran juego son claras pequeño Wilbur. Cada realidad tiene su propia programación y todos sabemos que debe seguir así», «Seguirán las revueltas mientras no se permita el cambio de avatares de los personajes, no van a poder detenerlas». Iba a seguir extendiendo razones pero sus manos empezaron a moverme compulsivamente el rostro a la espera de que reaccionara abriendo los ojos.
Abrí los ojos. Y ahí estaba desplegada como todo el octópodo que era, manchando el piso de secreciones babosas, siendo ese imprudente avatar que perturbaba la vista en todas las otras realidades.
«¿Ganarías igual si todos en Z15 pudieran ver lo mismo que ves ahora? Seguramente ni te permitieran subir al escenario». Y era cierto. En la brillante valoraban mucho más las formas humanoides de equilibrio doble, simétricas, con los labios rojos. Después de todo, era la única realidad que te permitía cambiar de aspecto y por ello sus exigencias estéticas eran elevadas. Duré años partiéndome para comprar upgrades que me permitieran llevar la boca carmesí, para no asquear a los otros jugadores. Y desde aquel entonces lo tuve claro, haría lo que fuere para que todas las realidades pudieran resplandecer en belleza como la Z15.
Me dijo: «Tengo una sola oferta para ti. Puedo conseguirte esa apariencia en todas las realidades a cambio de un pequeño favor», moví los ojos en dirección a su boca y me delaté por completo, así que continúo como quien sabía que ya me tenía comprada «el próximo martes quiero que cantes este código hidra», dijo señalándome la pantalla vieja de un computador en la que se veía claramente el código. Pero tras leer el código recapacité: «¿Y qué me vean como una traidora?». «Depende. Para algunos serás mucho más, serás la liberadora. Irás de realidad en realidad, infinitas para elegir a alegrar a todos con tus melodías, tus canciones serán escuchadas en todo el juego y pasarás a su historia como la única que ha podido trascender las reglas. Tan solo imagina dejar atrás ese café, esos programadores de piso, y pasar a verdaderos escenarios con jugadores pidiéndote que no acabes nunca de cantar».
Era más de lo que podía desear cualquier jugador promedio como yo y a la vez no tenía idea de cómo coño iba él a cumplir una cosa de tal magnitud. No quería imaginar sus contactos y los favores que le debían. Pero era mi gran oportunidad de salir de la inmundicia y los camerinos lúgubres, del hedor que desprenden las patas de cucarachas apiladas en la esquina de una habitación. Si él podía conseguir una cosa como esta, las posibilidades eran infinitas. Así que: «Es tentadora tu oferta, pero no está completa. Sabes que no se puede triunfar sino me equipo con un gran culo exportable a todas las realidades. Pero no solo lo quiero también todas las realidades, quiero el culo más grande del mundo, un culo imperecedero, que lo recuerden despiertos todos los jugadores que entren, que lo recuerden dormidos mientras se desconectan. Quiero un culo al que le reciten poemas, que le canten trovas sobre sus hazañas al andar, sobre sus movimientos circulares y repetitivos, un culo que los programadores traten de emular y les sea imposible. Que estudien horas y horas los códigos para tratar de hackearlo. Quiero ESE culo que te digo, el real culo». Demandé mientras sentía como se me iluminaban los ojos con las luces de los escenarios en los que nunca había estado, como el fuego me recorría las venas.
«Hecho. No volverás a verme despierta». Dijo antes de marcharse.
Nadia Lugo (Santo Domingo, 1983). Escritora e historiadora del arte. Ha colaborado escribiendo artículos y críticas de arte y literatura en Cultura Colectiva y Acento Diario. Además ha publicado en revistas literarias como Isla Negra, Cielo Naranja, Clave Digital, entre otras. Ha publicado los libros La mirada limpia (2022) y El ruido invisible (2023) con la editora Luna Insomne.

