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Unidad Caribe

by Redacción

Por Nadia Lugo

Hola, buenos días, soy Gerad, el encargado de la Unidad Caribe del programa mundial de rescate de la memoria digital. Aunque mi rostro es aberrante, lo siento soy quien les guiará a través de nuestras instalaciones para que sean testigos que aquí no solo hablamos mucha mierda, todos los chicos que conforman el equipo multidisciplinario se han esforzado durante los últimos cinco años y no solo tragando café hecho con granos importados.

—¿Salió bien? ¿Repito? … No, ok. Entonces sigo.

Vengan por aquí, sí, sí, por aquí. Como pueden ver, este es nuestro pequeño complejo de investigación. Si saben que cada ciudad satélite como Urd, Suria o Aglibol, y todas las demás, tiene un equipo similar realizando el mismo levantamiento de distintas áreas geográficas terrestres. Así que se encontrarán esta estructura repetida de manera idéntica en todas partes, las oficinas, la cocina, el jardín delantero, los vomitorios, en fin, todo el mismo lugar.

—Hey, dejen de comer esas bolitas de colores, son para matar cucarachas, podrían morir.

Era broma, no tenemos vomitorios, aunque debo confesar que insistí mucho en su instalación. Pero bueno, partiendo de aquí, a la derecha nos encontraremos con los ingenieros que restauran los servidores y convierten la data, los chulos del código se encargan de lo que llamamos parte inicial porque, una vez extraída la información, empieza el trabajo de los demás equipos. Es una pena, pero los servidores normalmente nos llegan en muy mal estado, ¿qué digo mal estado? Están jodidos. Los pocos que pudieron ser rescatados del abandono que les dieron los salvajes que vivían ahí abajo, se encuentran en un estado de deterioro muy avanzado y a veces no podemos sustraer ni un byte. En las ciudadelas ponemos nuestro mayor esfuerzo en obtener información, pero en algunos casos no podemos rescatarlos de la inmundicia.

—¿Continúo?… Ok, ok.

Al fondo, donde ven esas divisiones que parecen de guardería de subnormales, están los analistas que catalogan todos los datos, si captaron, todos son subnormales. Entonces, estos subnormales clasifican cada tipo de documento y cada tema, cronológicamente. Es la segunda etapa del proceso, donde se empieza a poner un poco de orden al torrente de información que extraemos. Este es el equipo más grande, aquí trabajan alrededor de cien subnormales, pero en otras unidades pueden llegar a alcanzar hasta los trescientos, aunque ellos se llaman a sí mismos catalogadores, pero solo engañan a los tontos.

Y dónde está esa gran pantalla, si, la pantalla en la ahora hay un esquema pero es donde habitualmente vemos tutoriales para hacer infusiones alucinógenas, pues en esa sala está el departamento de investigación que es, debo confesar, el que me chupa todo el puto tiempo, un maldito dolor de cabeza. Ahí tengo que partirme el lomo para que las piezas que me pasan los subnormales tengan algo de coherencia, vaya, para que el trabajo de todos los otros pendejos aquí tenga sentido. Completamos los avances científicos, tecnológicos, históricos, militares, inventos de patentes o categorías pornográficas registradas en los servidores para que otra vez no las olvidemos, porque así somos de vulgares, nos vinimos aquí arriba y dejamos todo atrás como prostituta dispuesta a olvidar sus pasos de baile en el cabaret.

Bueno, ya les he dicho que aquí trabajamos el área del Caribe; muchos de mis compañeros son expertos en la zona o han tenido la desgracia de ser descendientes directos de personas que habitaban allí. Pobre gente, si vieran la extraña fascinación por el banano que tenían, inexplicable… ¿En qué me quedé? Bueno, qué importa, la mayor parte de los servidores que tenemos aquí son del área que ocupaba una pequeña república y corrieron con la suerte de encontrarse en Suecia, lo que ayudó mucho a su preservación. La información de otros países del área, lamentablemente, se ha perdido. Y digo lamentablemente porque, según información que nos llega de otras zonas geográficas, la conversación científica e intelectual de antes del Éxodo estaba mucho más avanzada en la isla más grande del archipiélago, que se sabe que tuvo una revolución social y económica con mucha repercusión, y estamos estudiando evidencia que apunta a que fue allí donde se empezaron los experimentos para la cura de la enfermedad que originó el Evento Uno. Estos seguramente pensaban más allá de los platos combinados a base de bananos. Pero bien, mejor no hablamos de eso porque aún no podemos comprobar nada; no hay ni un solo servidor de la gran isla, lo que me encabrona la vida.

—Perdón, perdón, ¿se puede decir encabrona?… Ya, ok, luego lo cortan, bien.

Bueno, sigamos con los únicos servidores que tenemos, los de Babanolandia.  La información de sus habitantes y de su tejido colectivo es sumamente dispersa y nos cuesta trabajo entender los aspectos básicos de su sociedad, incluso para los descendientes que han heredado, además de la afición al banano, mucha cultura oral. Vamos hasta mi estación, muevan las patitas y les explico allí los avances que estamos consiguiendo, a pesar de esta obstrucción.

Por ejemplo, lo poco que tenemos en el registro de diciembre antes del Evento Uno, no hay ninguna entrada que aluda a una publicación que hizo una de las universidades más importantes del mundo en ese entonces sobre varios posibles genocidios en la isla antes de la llegada de los europeos. Para nosotros, esa investigación ha cambiado todo lo que hasta ahora hemos confeccionado y nos ha aclarado mucho el panorama genético del Caribe. Sin embargo, esa misma semana en la pequeña república, los historiadores, arqueólogos, sociólogos, en fin, sus pocos investigadores y absolutamente toda la prensa nacional quedaron eclipsados por un hecho impensable. Le dedicaron periódicos completos, revistas, artículos extensos y reportajes especiales a la muerte de un tal don Marino Rodrígues.

¿Ah, no me creen? Pero miren aquí. Al parecer, Rodrígues era un empresario de alto nivel, un financiero importante, que digo importante, si nos llevamos de los archivos, este hombre manejaba muchos hilos en aquella isla. Todos eran o sus empleados fieles, colaboradores sin paga, asesores de mucha y poca monta, sicarios a sueldo, parientes lejanísimos, amigos entrañables o alguna vez le vieron de lejos comer banano en un restaurante de lujo. Todos coincidían al describirle, fue el verdadero creador del emprendedurismo nacional, el protector de las medianas y pequeñas empresas, el patrocinador de todas las reediciones de lujo, full color y en papel satinado de los refritos de 500 años de historia que alcanzó la pequeña república, el mayor coleccionista de arte, el padrino de todos los niños sin padres, también era la persona más humilde que jamás habían conocido, un compadre leal, ¡sí! ahí dice un compadre leal, un esposo abnegado, un amante que superaba en la cama las hazañas del mismo rey sol y tenía más cumpleaños que Isabel II. Esta gente, coño, seguro pensaban que había hecho un pacto con algún demonio del Valle del Silicio para seguir arrastrando su cuerpo putrefacto por toda la isla. Pensarán que exagero, pero todo lo que les digo salió publicado en la prensa durante quince días consecutivos. Para que tengan idea, uno de los artículos que acabamos de catalogar dice brillantemente:

Septiembres con Helenita

Don Mariano solía veranear en el Mediterráneo en su yate llamado Helenita, costumbre que había adquirido de su viejo y apreciado compañero de viajes Aristóteles Onassis. Cada septiembre nos honraba con la invitación para acompañarlo a Mónaco, donde atracaba la embarcación, que hasta este momento es la más grande del mundo, con una eslora que medía 200 metros. Los árabes, esa horda de bárbaros con petróleo que se niega a sucumbir a los placeres porcinos, contemplan desde lejos con envidia y soberbia cómo Helenita se abría camino sobre el Mediterráneo…

Bueno, allí continúa un respetado genetista de la pequeña república describiendo el movimiento de sus barrigas flojas bañadas por el sol del Meditarreneo, detallando el alarido de sus risas que mostraban restos de tentáculos entre los dientes y haciendo guiños a la contratación de putas por catálogo. Este señor no escribió nunca nada acerca del estudio de grupos étnicos de la afamada universidad. Entonces te preguntas, ¿en qué coño estaba esta gente?

Ahora, ¿por qué te hablo yo de este millonario aburrido de los cañaverales? Me dirán que estamos perdiendo el jodido tiempo; si lo puedo ver en sus ojos, no lo pueden ocultar. Ya sé que esto no posee ninguna relevancia para el programa mundial de rescate de la memoria digital, pero la vida de Rodrígues fue el punto clave para empezar a entender el comportamiento de esta sociedad en la que el encanto menguado del sexo vainilla cobraba proporciones inimaginables. Y me atrevería a decir que una comunidad tan fragmentada como aquella solo lograba cohesionarse por esta afición y por la ingesta desmesurada de bananos, obvio.

Y aquí quiero parar un momento porque siento que necesito tomar más alcohol que un regimiento completo del Frente Oriental antes de entrar en Berlín.

—¿Pueden apagar un momento? ¿Ya? Ok, porque ya estoy cansado de hablar tanta babosada. Ya no quiero seguir con esto, así que síganme y les llevaré hasta donde el subdirector para que graben otro rostro monstruoso.

Decidí darle otra oportunidad a la unidad; se los juro. Y claro que dejé para después la compra del whisky. No crean que no puedo con todo el whisky que se hubiesen tomado trescientos soldados; los dioses saben que soy capaz de eso y de más, pero lo hice luego de la conversación que tuve con un colega de la Unidad Alpes, allí es donde tienen los servidores del Gran Colisionador. Sí, sí, el experimento aquel en que simulaban la creación de todo el universo y los hoyos negros y el bosón de no sé qué. Y mientras me hablaba con tanto entusiasmo sobre los archivos del experimento y los diarios de los físicos que buscaban el origen de las partículas elementales, sentí cómo un fuego crecía desde mi pecho y llegaba a todas partes. ¿No sé si me entienden? Es que mientras hablábamos, para colmo tenía tras de él esa estúpida fotografía de su mujer, ahí detrás puesta estratégicamente para que todo el que le llamara la viera con su sonrisota forzada por decir “mamonaaa” o “chingonaaa”. La verdad es que era una mujer graciosa. Para colmo, estaba gorda o embarazada, cualquiera de las dos quería decir que se la pasaba bien. ¿Por qué semejante mujer se dejaría embarazar de este tipo? ¿Había alguna posibilidad de que el niño de la fotografía no fuese su hijo? Seguramente mucha. Al lado había otra foto con dos pequeños chihuahuas a los que se les notaba un enorme gusto por los ladridos innecesarios. ¿Qué probabilidades existían de que ella prefiriera la compañía de los chihuahuas a la de su marido con cara de paquidermo rosa? Seguramente muchas, seguramente por las noches la aburría hasta más no poder, hablando sobre la jodida partícula de Dios y los millones de papers publicados por los científicos del CERN refutándose unos a otros.

—Sí, sí, ya sé que está un poco lejos la oficina del subdirector, pero ya casi llegamos.

De repente, paró de hablar sobre su genial investigación para preguntarme si me encontraba bien, porque seguramente había salido a bailar en mis ojos ese fuego con el que quería quemarle a él, a su mujer y a sus perros. Le aseguré que estaba todo ok y no le conté nada acerca de los avances de mi unidad, porque el Gran Colisionador de Hadrones lo tenía todo, ¿con qué podría impresionarle yo?, con una nueva técnica de destilación de bananos o con un nuevo récord de adulterios. Toda esa mierda se la habían inventado ya en Roma y al menos allí tenían a Incitatus. Esa noche antes de llegar a casa me detuve en la licorería y compré litros varios de whisky que me acabé en unas pocas horas pensando en cómo la mujer del pendejo de Alpes prefería la compañía de los chihuahuas a la de su marido. En cómo, seguramente, tenía la alacena repleta de potes de miel que luego se untaba en la entrepierna para entretener a los perritos. ¿Sí me entienden? ¿No?

Bueno, como sea, al día siguiente ya no soportaba más la idea de seguir en la Unidad Caribe, no podía seguir sin nada que contar en las conferencias virtuales. Mi vida profesional olía a basurero y tras cinco años tratando de averiguar qué coño sucedía en esa pequeña república, lo único que sentía era cómo mi vida se consumía en una elipsis de sinrazón.

Llamé a la central del programa a pedir mi traslado a otra unidad. Una unidad de verdad, donde se estuviera reconstruyendo alguna historia significativa. Claro, claro, no lo expresé así, tampoco se me ha contagiado la subnormalidad, dije que por mi especialidad historiográfica me vendría mejor trabajar en zonas geográficas cercanas al Pacifico norte, aunque me lo había sacado completamente del culo. Obviamente me respondieron que los equipos estaban bien conformados debido a que los algoritmos no se equivocan y que me tendrían en cuenta a la hora de cualquier eventualidad.

Al regresar, resignado a mi estación de trabajo, noté que me habían mandado el recopilado de la data de una semana. Todo se lo habían dedicado al descubrimiento de una nueva puta presidencial de la que se había filtrado información desde un organismo de inteligencia estatal, ¿pueden creerlo? Era obvio, claro, deben estar pensando que soy un ridículo al impresionarme por semejante cotidianidad isleña, pero todo esto ocurrió a la par del Evento Dos y nadie, absolutamente nadie en la republiquita escribió o habló sobre ello.

No paraba de imaginarme la reacción de mi compañero de Alpes al contarle a su mujer. Me lo figuraba sentado en el desayunador dando un sorbo de café y diciéndole: “mira acá a este pobre pendejo lo que le ha tocado, mientras todos estudiamos el Evento Dos, lo único que ha descubierto de esa fecha es un lío faldas; por suerte, aunque la inercia misma es más animada que la vida de un físico, al menos estoy trabajando en cosas que van a ocupar cientos de páginas del resultado de la investigación completa, seguramente hasta me pediran que escriba una prefacio”. Hasta le pedirán que escriba un jodido prefacio, se los aseguro. Luego, su mujer se sienta a su lado a mofarse de cómo me tienen la carrera enterrada en una monumental bagatela sexual. Leyendo y clasificando exabytes y exabytes de información sobre cómo consumían hasta el hastío ron clandestino y elaboraban estrategias a la altura de Norbert Wiener para encontrarse con sus amantes. Ese día también fui a la tienda a comprar más licor, esta vez para tenerlo en la oficina.

—Bien, ya llegamos, esta es la oficina del subdirector. Espero que esas patitas que tienen sirvan para editar bien toda la mierda que dije, que tampoco es tan importante, no como si fuera la Unidad Antártida, pero al menos para sacar una risa o una mala paja servirá. Ah, sí, mirenlo aquí, el genial Steve…

Aquí detengo el video.

Ya no soporto la cara de retrasado con la que me sacaron. No tiene sentido seguir observando cómo me hundo más en excremento hediondo, en una transmisión que fue tal cual porque los asnos del programa no hicieron un solo corte. Son bestias salvajes que han olvidado cómo hacer su trabajo para rodar sobre sus crecidas panzas. Obviamente la entrevistadora de rostro lozano era como esos ángeles que te embaucan para que confieses tus pecados en plena revolución cultural y luego te denuncian esperando que te exploten las bolas a tiros. ¿Qué estará pensando de mí luego de que le dieran el estelar por su reportaje?

Les leo lo que dice esta hoja que tengo en la mano: “En lo adelante, el profesor Seo-yun le acompañará dirigiendo la investigación porque no estamos completamente seguros de su compromiso con el proyecto”. Me la entregaron hace unas mañanas. Me dieron quince días para ordenar la investigación y poner al día a mi nuevo compañero. Aunque les debo confesar que tras un comunicado de la Unidad Ginebra pensé que mi Unidad podría tener salvación o al menos alguna mención en la publicación de la investigación completa. Les explico, desde allá nos llegó un informe en el que aseguraban tener archivos que decían que el Inmune Cero había sido encontrado en la isla, sí, en la pequeña república. Esto quería decir que posiblemente la investigación de todos sus servidores sí tendría un final trascendental después de todo.

En aquel momento pensé que ya no me señalarían con pena en la cenas de directores de Unidades y en las reuniones para rendir informes tendría algo que aportar, quizás hasta podría hablar por más de cinco minutos porque contaría algo más allá de que el 97.3% de la puta información procesada era sobre casos de infidelidades matrimoniales.

Oh, sí, con este nuevo comunicado todo el panorama era distinto porque la supervivencia de la humanidad en los refugios y luego en las ciudadelas satelitales había sido posible gracias a algunos habitantes de esta isla y su extraña inmunidad a la enfermedad que causó el Evento Uno. Ahora quizás mi esfuerzo no había sido del todo en vano y al menos dedicarían unas diez páginas al recopilado de la información. Me imaginaba las caras del puto de la Unidad Alpes y de su mujer al cenar mientras comentaban que mi Unidad tenía ahora el caso más importante.

Los siguientes días formé un equipo de colaboración entre los miembros de la Unidad Caribe y la Unidad Ginebra. Durante días trabajamos arduamente para recuperar toda la información concerniente al llamado Evento Tres y a cómo los médicos y científicos de la isla realizaron tan importante descubrimiento. Puta si que puse todo lo que tenía allí. Apenas dormía analizando información.

Dos días, tres días, cuatro días y nada. No encontrábamos nada sobre cómo habían descubierto este gran logro en la pequeña república. Ocho días, diez días, quince días y los de Ginebra nos dieron la noticia que más temíamos. Un equipo de médicos designados por la Comisión Mundial de la Salud al territorio caribeño había descubierto al inmune cero y en él no había personal local.

No podía creerlo, así que yo mismo tomé todo lo que teníamos en los servidores desde el Evento Tres hasta el Éxodo, yo mismo revisé cada byte de información, códigos, softwares, mensajes, llamadas, fotografías, cuentas de redes sociales, publicaciones científicas, correos electrónicos, diarios y artículos, absolutamente todo lo revise en veintitrés días infernales en los que no pegué un ojo y me bebí todo el whiskey de la licorera en la que siempre compraba y el de otra. No era posible que nadie en la pequeña república hiciera mención a este hecho. Para esos días, la prensa local publicaba artículos sobre un grupo de jóvenes que protestaban por sus derechos de libre expresión. Los comentaristas de los medios antiguos y de los nuevos solo tenían atención para este magnánimo acontecimiento que había superado en su imaginario colectivo las hazañas del general MacArthur. Memorice una nota de prensa que decía lo siguiente:

Cientos de jóvenes pertenecientes al grupo Los Musicólogos anunciaron una marcha-caravana para pedir a las autoridades un espacio donde puedan escuchar música a más de  ciento veinte decibelios. Se quejaban de no tener un lugar para lucir y utilizar los costosos equipos de sonido instalados en sus vehículos…

Coño, fue ahí cuando lo decidí. Si la misma Comisión Mundial de la Salud no había hecho mención extensa sobre el origen del Evento Tres, si lo ocultó a los habitantes de la pequeña república, si tuvimos que escudriñar tanto para saber a ciencia cierta su procedencia, ¿quién era yo para organizar, catalogar, narrar, para salvar coño los datos históricos de una sociedad cuyo máximo logro fue durar siete mil años cazando manatíes?

Por eso les dejo esta otra grabación. Este es mi testimonio de que no encontré ninguna evidencia que despejara mis dudas acerca de que la pequeña república no fue más que un refugio de mentes amputadas sin más méritos que incubar la abyección humana. He decidido que no vale la pena conservar sus registros en este proyecto que será el más grande después de las bibliotecas de Alejandría y del Congreso, porque sería una vergüenza para la humanidad dedicar un solo párrafo, ni tan siquiera una frase, a una civilización que dedicó todos sus esfuerzos colectivos al consumo excesivo de medicamentos para el priapismo y a la ingesta desproporcionada de alcohol adulterado.

A continuación, procederé a quemar todos los servidores y todos los avances de la Unidad Caribe, y ustedes a contemplar cómo me quemo yo junto a ellos. Salud.


Nadia Lugo (Santo Domingo, 1983). Escritora e historiadora del arte. Ha colaborado con artículos y críticas de arte y literatura en los medios y portales Cultura Colectiva, Acento Diario, Isla Negra, Cielo Naranja, Clave Digital, entre otros. Asimismo, es autora de las colecciones de cuentos La mirada limpia (2022) y El ruido invisible (2023), ambas con Luna Insomne Editores.

 

 

 

 

 

 

 

 

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