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Un claro soleado de flores de todo tipo y colores

by Redacción

Por Alex V. Cruz

 

El matazo que Yokaira se metió en la barranca detrás del hospital la dejó medio boba. Nunca en su vida ella se había caído así. Hubo un momento en el que pensó que iba volando por los aires en vez de rodando por el suelo. «¿Y qué diablo yo estaba haciendo por estos lados?», se dijo después de un rato con la cara en la tierra. Se le rompió un calizo y el otro quedó quién sabe dónde.

La barranca detrás del hospital daba a una quebrá donde los padres prohibían a sus hijos jugar porque todo lo asqueroso del hospital llegaba a esas aguas. Ahí no solo se encontraban cosas raras del hospital como jeringuillas y ampollas vacías, sino que también condones y hasta abortos. Del otro lado de la quebrá había un cacahual abandonado cercado con mallas, y oscuro por el techo denso de hojas que formaban las amapolas y el bohuco.

Yokaira se sentó y se examinó los hombros para asegurarse de que no llevaba ninguna de esas cosas pegadas en la espalda.

El día estaba nublado y había caído una jarina, lo que hacía imposible tratar de subir la barranca de nuevo. Miró hacia arriba a ver si podía pedir ayuda, pero solo había unos tígueres que se acababan de montar en sus motores y arrancar. Después de eso solo se vieron vehículos pasar a toda velocidad. Tendría que encontrar cómo salir de allí de otra manera.

Yokaira se estaba sobando el rapao que se hizo en la rodilla cuando un perro salió del cacahual, por entre las mallas. Era grande y musculoso, con los hombros casi humanos. El perro, que desde la distancia le mostraba a Yokaira el blanco de sus dientes, era de ese mostaza amarillento típico en los viralatas. Desde que lo vio salir, se le olvidó el dolor que tenía en sus huesos y empezó a temer por su vida.

No era raro encontrarse con un perro en lugares como ese. Botar cachorros era una ocurrencia común en su pueblo, y seguro se criaban comiendo las cosas que tiraban por la barranca.

Pero este traía en su cuello un collar.

—¿Eres amigable? —le preguntó Yokaira, que seguía sentada en el suelo mojado. Sabía que no era buena idea tener la cara al mismo nivel que la del perro, pero pararse se le hacía aún más peligroso. El animal se le acercó y la olió de abajo a arriba hasta que llegó a la nariz de Yokaira.

La lamió.

—Parece que sí —dijo ella—.  ¿Te puedo acariciar?—. Despacio, y con mucho cuidado, Yokaira acercó la mano izquierda y frotó la parte posterior de su cabeza y cuello. El perro la empezó a lamer con más furor.

—Sí, eres amigable. Deja ver cómo te llamas.

El collar era de cuero y la medalla, hecha en lo que parecía ser barro rojo como las tinajas que vendían en la autopista de Santiago.

—Te llamas Opiyel —le dijo en voz alta. —Hay que reunirte con tu familia—. No había una dirección en el collar, pero desde que Yokaira se puso de pie, Opiyel empezó a caminar como si supiera muy bien en dónde estaba y adónde iba.

—¡E’perame! —le gritó Yokaira, quitándose el calizo roto y dejándolo en el olvido.

La basura del hospital se mezclaba y acumulaba con la basura que tiraba la gente desde la carretera. En toda la orilla de la quebrá se encontraban botellas de cerveza, vasos plásticos y platos desechables de poliestireno. Solo en tiempos de diluvios era que el área se limpiaba un poco cuando la creciente hacía de esa basura el problema de otro pueblo. Opiyel caminaba olfateando el suelo, mientras que Yokaira sentía cómo el lodo moldeaba su pisada. De vez en cuando metía sus pies al agua para lavar lo que traía del camino con ella.

Su puño de la mano derecha seguía apretado como rigor mortis, pero entre sus dedos aún se veía que llevaba un billete de cien pesos. Yokaira trató de flojarlo, pero seguía tiesa como la carne de gallina vieja. El billete le recordó lo que hacía por esos lados. El mandao era sencillo: su madrastra quería veinticinco pesos de salchichón, cincuenta de salsa y aceite, y el resto de verduras para la comida.

Ya Yokaira sabía que se iba a comer locrio de salchichón, lo que se come cuando a su papá le va mal con los gallos. Yokaira dejó su tarea en la mesa y se puso los calizos de goma, porque para qué ensuciar zapatos con lodo si ella ni siquiera se había bañado.

Yokaira apretó el billete en una mano y en la otra llevaba la sombrilla de su madrastra para no mojarse el pelo con la jarina. Ella caminaba como las chicas serias, con la cabeza en alto, pero la vista hacia abajo para que su mirada no fuera malinterpretada.

Yokaira y el perro seguían por la orilla del río. Ella iba a paso lento. El barro se le adhería a los pies y hacía el caminar difícil, pero Opiyel nunca la dejaba muy atrás. —¿Y cómo es que a ti no se te pega el lodo? —le preguntó, pero Opiyel solo la miraba con ojos de curiosidad o de tristeza.

—Se acabó el salchichón —dijo el colmadero de la esquina. «Te puedo comprar huevos o sardina», Yokaira pensó. Si se aparecía con otra cosa que su madrastra no pidió, la reventaría como lo había hecho en otras ocasiones.

—Mejor no —dijo Yokaira—. ¿Tendrán en el almacén de Consuelo?

—Seguro que sí —respondió el colmadero—. Pero eso es muy lejos y peligroso para ir caminando.

—Estaré bien —contestó Yokaira—. Si mi madrastra me viene buscando, dígale que fui al almacén.

Yokaira empezó a tirar patadas al aire con cada paso a ver si el lodo se le despegaba y salía volando, pero nada. Ya ella parecía tener de esas botas de chubasquero que le llegaban hasta la rodilla. Cada zancada que daba hacía un chuácata que hasta risa le daba. Opiyel ya no podía irse muy lejos y caminaba a su lado.

Se detuvo un momento a descansar. El lodo le había empezado a salpicar en la espalda y ya era mucho y le pesaba. Miró a su alrededor y ya nada se le hacía familiar. Había dejado atrás el cacahual abandonado y la carretera ya no se escuchaba. Había plantas de yautía, plátano, y otras de hojas grandes y verdes. Todo era tan verde. «Estoy en un paraíso», pensó. Hasta el agua de la quebrá estaba más limpia y cristalina.

La búsqueda del almacén de Consuelo la llevó más allá de su liceo, por donde nunca había caminado a pie, y que solo conocía cuando viajaba con su padre en la guagua vieja, cuando había que comprar tela para el uniforme escolar. Caminando, todo se veía distinto. Las casas más pequeñas, la gente más amargada. Como si la vida por estos lados fuera más dura. Sentía la necesidad de apretar el billete en su mano con un poco más de fuerza. No quería que se lo arrebatara un atracador.

No había acera por donde caminar, y Yokaira tuvo que cerrar la sombrilla para que el viento de los carros no la dañara. Muchos motoristas y hombres en carros se detuvieron a ofrecerle llevarle a donde quisiera ir, pero Yokaira nunca levantó la mirada del suelo y solo agradeció el gesto.

Uno de los motoristas no recibía un «no» por respuesta y la seguía lentamente por el callejón.

—Ya estoy llegando —le dijo Yokaira. Pero el motorista, un viejo de bozo negro, no hacía más que pitar para que lo mirara.

«Pero ¿y todo este lodo?», se preguntó mientras seguía al perro. A lo lejos se veía un claro soleado de flores de todo tipo y colores. Opiyel estaba dando saltos de felicidad como si ya reconociera el lugar. En el trayecto se había agrandado, y parecía más un potro de raza que un perro. Su collar también era más grueso, y de él colgaban más medallas de barro, como si fuera conocido por más de un nombre.

—¿Estamos cerca? —le preguntó Yokaira, y Opiyel se emocionaba aún más.

—Mira qué chula está la mami —le dijo el motorista del bozo a otro que se le unió.

—Pero por lo menos déjanos ver esos ojitos, mi bella —dijo el otro.

—Por eso es que la muchacha le pasa lo que le pasa, por comparonas —dijo otro tipo que Yokaira ni se había dado cuenta de que había llegado. «Entraré al hospital», llegó a pensar, justo antes de que el bozudo le bloqueara el paso con su motor.

Yokaira se adentró al claro, tocando con sus dedos enlodados cada flor por la que pasaba. Se tuvo que sentar. Ya estaba embarrada hasta el cuello y casi no se podía mover. Se miró el cuerpo y le empezó a dar un ataque de risa. «Solo me falta la cara», pensó. Tomó en su mano un poco de lodo y se lo sobó por todo su rostro y detrás de sus orejas. Se acomodó entre la grama verde y se unió a otras chicas que, todas enlodadas, miraban al sol que las calentaba. El barro se secó.

Opiyel la dejó ahí, entre todas las chicas del jardín, y se fue a buscar a las otras que necesitaban su ayuda para llegar a su destino final.

 


Alex V. Cruz. Escritor dominicoestadounidense nacido en Paterson, Nueva Jersey. Obtuvo su licenciatura en Escritura Creativa y Estudios Hispanos en la Universidad de Columbia y su maestría en Escritura Creativa en Español en NYU. Sus cuentos han aparecido en Somos en Escrito y Fantasy Magazine.
@Avcruzwriter.

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