Home Revista Antillana El cuento único

El cuento único

by Redacción

Por Aníbal Hernández Medina
Mención de honor en el Premio de Cuento
y Poesía Casa de Teatro 2021

 

—¡Aaanda la mierdota! —ladró José al chocar con la mesita de noche escondida en la oscuridad. A seguidas, se prendió la luz de la habitación. Salió Yuli, en camisón. A pesar de lo deslucido de las telas impregnadas de vómito de niño y quehaceres, lograba que a José se le prendiera la libido. Podía ver la figura delgada y translúcida de su morena, con serias estrías, pero suya al final de cuentas.

Se acercó con intención, pero era evidente su desatino, al lanzar a su mujer un: «¿Qué hora son?», en ese cierto tono. Vendría otra de las discusiones que se hacían cada vez más frecuentes. Más cuestionamientos sobre sus amigos, más sobre el poco dinero, sobre salir a beber mientras ella se quedaba en casa, desperdiciando su juventud; más qué dirán las vecinas, más invocaciones sobre la sabiduría de su suegra ya muerta, más charlas maritales, más compromisos, más promesas, más y más y más…

—Es culpa de César —se encontró diciendo.

Lo dicho sorprendía a Yuli, aunque quizá no tanto como debió hacerlo. Quiso explicaciones. Manuel gesticuló con exageración, casi con melodrama, sobre el mal pasar en la oficina. De cómo necesitaba relajarse después de esas horas infernales. Prácticamente era un servicio social lo que hacían los muchachos cuando se lo llevaban de tragos. Terapia de la barata. «¿No sería con ella?», increpó Yuli. José le recordó su juramento, hecho frente a la consejera del ministerio. Juramento que mantenía solemne, sin dudas ni arrepentimiento. Insistió en las buenas intenciones de ellos, los muchachos, y en la culpabilidad del tal César. El advenedizo. El intruso.  No era como ellos, le recordó a su mujer. No entendía de responsabilidades como debía hacerlo un adulto.

Yuli asintió. Ciertamente no había nada que indicara lo contrario. Esta vez no sintió el perfume de ella. Ni la vecina le había dado una voz de alerta en los días recién pasados… pero algo raro se asomaba. No podía poner el dedo en qué… De todos modos, era tarde, y ya José había demostrado que quería esa noche. Calculó las horas por dormir antes del amanecer (y que ahora serían menos). Como todo cuadraba, tuvieron sexo. Luego, se dieron el beso de las buenas noches. El «hasta mañana, que duermas bien». Pero antes de ponerse a soñar, Yuli se volteó hacia su marido y, sosteniéndole la mirada, le preguntó:

—¿Estás seguro de que César Augusto, nuestro bebo de once meses, es el culpable?

—Así es, more. Él es el responsable.

A lo que su mujer, aparentemente satisfecha, retornó a su posición inicial, depositándose de lado sobre su almohada y porción de la cama, cerrando los ojos hasta la próxima faena.

* * *

El realizar los quehaceres domésticos siempre le sentaba bien a Yuli. Le despejaba la mente. Le alejaba las dudas sobre José. Así que, entibiada el agua, añadió las cucharadas recomendadas. Después, colocó el chupete y agitó la botella con fuerza. ¿Cómo podrían ser los de la oficina (o César) los culpables de sus andadas? ¿Acaso no tenía carácter suficiente para rechazarlos? Yuli no decía que no tuviera vida social, pero semanal no podía ser. Siempre excusándose en el otro. Ya algo parecido había dicho cuando estaba embarazada y él andaba con la Otra (por lo que le contaron, Yuli no la conoció. Ni siquiera se la podía imaginar). Yuli nunca dejaba la casa. Pasó directo del reino paterno hacia las fauces del lobo. «No viviste lo suficiente», le había dicho alguien o algo en alguna ocasión. Pero ¿qué  habría más allá de José y de su bizcochito? Sus amigas del liceo le confiaban «cosas», aunque nada ya que le pudiese interesar. Al final, tampoco tenía tiempo para ellas. Solo se entretenía con la vecina del tercero. La que la llevó al ministerio cuando empezaron los problemas. Era una señora del doble de su edad, por lo que la protegía como una madre. Ella fue quien le advirtió sobre los decires sobre José. Pero, por igual, le reprochó su apatía frente a la información (que insistió en que no era chisme). Le platicó sobre el valor que uno debía darse a sí misma. Exigir el respeto que se le debe a una como mujer. Yuli la entendió a la perfección. Ciertamente, los muchachos de la oficina eran una mala influencia. Temía lo que podrían provocar.  ¿Qué tal si Carlos se descarriaba? ¿Qué tal si el bebo seguía sus pasos?… Yuli se encontró con que tenía a César levantado frente a sí. Le escudriñaba el rostro. Quería descifrar el futuro andar del bizcochito… No lo logró. Mejor le daba de comer. Después de los eructos, lo depositó de vuelta en la cuna y luego lo arropó. Yuli continuó con las faenas para despejar la mente. Entre el lavado de la losa y la reordenación de la sala, encontró las fotos enmarcadas de sus campeonatos de natación. Nunca llegó a ganar nada importante, no era tan buena. Pero le dio curiosidad esa otra vida. José se la celebraba, de ahí ella había sacado tan buen cuerpo, le decía de tanto en tanto. Continuó. Proporcionó comida a la gata que tuvo que espantar de las cortinas de encaje que les había regalado la suegra en la apresurada boda (a esa no la aceptaría como segunda madre, ni que se lo rogará). Después venía el barrido, el desempolvo, el suapeado. Quizá, más tarde, una salida al mercado o un poco de la Palabra. Su familia era católica. Su madre le había dado su Biblia de reglamento cuando niña y en el cole le habían hablado de lo «bueno» en la clase de religión. Su padre profesaba, por igual, la fe. Aunque un tanto nominal. Lo hacía como ser escogidista. Decía seguir al equipo, pero no podía mencionar a ninguno de los peloteros del plantel. O ni siquiera al manager. Así que ambos fueron algo apáticos cuando Yuli asumió al evangelio. Ni fu ni fa. Ni les iba ni les venía. Tampoco a Carlos, aunque siempre accedía a los rituales, a la consejera y demás, para al final hacer lo que le pareciera. Yuli resolló, le pareció que era un buen momento para consultar el libro. Pero al tomarlo, encontró entre sus páginas un volante impreso a rojo y negro y de tamaño media carta; sabía de esos formatos porque Carlos trabajaba como diseñador junior en la publicitaria. Estaba doblado a la mitad. Abrió y observó la gran foto tramada de un bebé con pupilas verticales, seguido de:

«El enemigo descansa bajo nuestro techo»

Con una variedad de negritas y oblicuas se explayaba el volante en explicarnos en que ellos no eran como nosotros. En cómo se infiltraban en nuestro entorno, envueltos en baba y ternura; reptando con sus rollizos miembros, abriéndose paso por el túnel materno y cobijándose en nuestras sombras. ¿Por qué Adán no fue hecho como bebé por nuestro Señor, sino como adulto? Nos preguntaba el panfleto en brillantes letras rojas.  Finalizaba con una grotesca imagen de una serpiente enroscada alrededor de un niño como su protectora y un llamado a la acción. Yuli pensó en alguno de los amigotes de José. Todos ellos eran groseros, patanes. Alguno había hecho esto y dejado en la mochila a su esposo. Quizás, al verlo y darse cuenta de que lo había traído a la casa, José quiso purificarlo con la Palabra. Por eso estaba dentro del libro…  O quizá fue la Otra.

No satisfecha con haberse acostado con su marido, buscaba que él se prejuiciara con su propio hijo.  Debía esconder el volante antes de que llegara de la oficina… Pero ¿cómo pudo haber entrado? Yuli siempre estaba en la casa, casi siempre. A menos que la Otra tuviese llave. ¿Quién se la daría?… pero ya era tarde. José daba vuelta al llavín. Ella no se había percatado del pasar del tiempo. Se encontró sentada en la sala todavía con el plumero en mano. ¿Cuánto había sido? Vio por el ventanal y entendió que sí se había apagado la tarde. En tanto a José, este le sonrió y le dio un beso sonoro en el cachete izquierdo. Inmediatamente reconoció lo que Yuli tenía en manos.

—Me lo dieron en la oficina… Locuras, la gente cada vez está más atronada… Sí, así es… aunque… algunos allá afirman que dice ciertas verdades —admitió, viéndola de reojo.

—¿Cuáles? —musitó Yuli.

—Bueno… —dudó por un instante—. ¡Ah! «No son como nosotros».

—Así es.

—Te has dado cuenta, ¿no?

—Ciertas cosas.

—¿Lo has tenido bajo vigilancia?

—Siempre —replicó con algo de orgullo.

—Entonces, ¿sabes de lo que hablo…?

Yuli guardó silencio. Ciertamente lo había mantenido bajo vigilancia. Un escrutinio constante. Y las diferencias eran claras. No entienden lo que les cuentas, no responden a tus dudas. José podía verle su convencimiento en el rostro, así que le encargó la tarea de observarlo por todo el fin de semana. Era de suma importancia. Él tendría que ausentarse hasta el domingo en la noche, por asuntos de la oficina, así que ella debía ser extremadamente cuidadosa ahora que se quedaría sola con él. Debía concentrarse solo en él. Nada más en él.

Yuli asintió.

—Puedes confiar en mí, José. No te defraudaré.

José sonrió, le dio otro beso y le preguntó qué había de cenar. Ella le indicó que fuera a refrescarse, todo estaría listo en unos minutos. Antes de ir a la cocina, Yuli volteó y lo observó una vez más, a César.

* * *

José arribó casi a las doce. Cojeaba levemente del lado izquierdo. Había estado retozando en el río y resbalado en una piedra lisa pero afilada. Se había caído al agua y perdido el reloj. El reloj que le había regalado Yuli en su aniversario de hace dos años. ¿Qué le diría? Algo convincente, pero ¿qué? Ingresó comoquiera y cerró la puerta tras de sí. Depositó el bulto en la sala, pasó a la cocina y observó su contenido. Nada. Solo unas zanahorias en la nevera y una botella vacía de la cría en el fregadero. Rota. Palpo las cicatrices en uno de los laterales del plástico translúcido. Luego acarició al gato que se le arrimaba frotándole la pierna. Camino hacia la habitación que compartían los tres. En ella, sentada en una esquina, sonriente, le esperaba Yuli con los ojos cristalizados por las lágrimas. En tanto, en el centro de la habitación, descendían desde el techo las cortinas de su madre liadas en una improvisada soga. Del final de ella colgaba el cuerpo. Con falsa calma, José retornó su mirada a Yuli, que rompía en un abundante llanto. Después vio hacia la otra esquina, donde balbuceaba César que seguía vivo, por el momento, en su destartalada cuna. José se dispondría a deshacerse del ponzoñoso cadáver de la serpiente enroscada en el tejido y que oscilaba sobre la cama. Ahora que ya no tenía necesidad de él.

 


Aníbal Hernández Medina (Budapest, 1978). Escritor, guionista y publicista dominicano por la Universidad Autónoma de Santo Domingo, con maestría en guion por la Universidad de Sevilla. Ha recibido distinciones por sus cuentos en los concursos René del Risco Bermúdez (2020), los Casa de Teatro 2019 y 2021 y el Premio De Abreu 2025. Asimismo, su «Tanama y Soraya» resulta finalista en el XIII Premio de Novela Infantil Altazor 2025. Por igual, compila «Prietopunk. Antología de afrofuturismo caribeño» y edita la parte dominicana de «Latinoaméricæditada. Aún no disponible en su región».

 

You may also like