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Aritmética básica

by Redacción

Por Albino Monterrubio

La mañana de diciembre en que Basilio, el peón caminero, halló a Ángel Cañamón muertoen una cuneta de la Povea, un acalorado debate se extendió por los mentideros del lugar. Al contrario de lo que pudiera pensarse, no lo originaban las causas del suceso, que no suponían ningún misterio ni para el tonto del pueblo. No se trataba de la primera ni la segunda vez que lo encontraban durmiendo lamona en mitad de una tierra tras perder la orientación al salir de la taberna, de regreso a su morada. Camino que —según las malas lenguas— conocía tan bien que era capaz de recorrerlo hasta con los ojos cerrados. Sin embargo, la suerte no lo acompañó como otras noches, acaecidas en primavera o verano. En esta ocasión, eligió para pernoctar al sereno una de las más frías del año. Eso, sumado a los profundos charcos que había por las lluvias de la semana anterior, hubiera persuadido a alguien con menos alcohol en las venas que Cañamón a buscar una cama mejor.

Basilio, que las otras veces no había tenido problema para echar el enclenque cuerpo sobre la mula y devolvérselo a su mujer, la Rita, se vio obligado a acercarse al pueblo para que lo ayudasen. Tras quebrar el bloque de hielo con una maza, la cuadrilla pudo extraer el cadáver. La tarea no fue ni fácil ni agradable, a pesar del bello paisaje de campos ateridos por la escarcha que había de fondo.

Si las causas de la muerte no suscitaban duda, ¿qué se cuchicheaba en los corrillos a la puerta de la iglesia después del entierro? ¿Por qué los parroquianos discutían en la taberna mientras miraban con respeto supersticioso la zona de la barra donde acostumbraba a acodarse el finado? Cosas que pasan en los pueblos. En cuanto asumieron que se veía venir que ese trágico final sucediera más temprano que tarde, se enfrentaron dos bandos: los que lo tildaban de una horrible calamidad para la familia y los que lo consideraban una bendición del Señor.

No obstante, la sabiduría popular era unánime respecto a un extremo. Desde su boda, la vida de la Rita no había sido un lecho de rosas. Ni siquiera uno de rosales. Que se casaba con un juerguista, amante del vino y del alterne tabernario, además de bastante pendenciero, no suponía una novedad para la novia. Aunque no descollaba por su agudeza, tampoco vivía —al menos por aquellas fechas— tan alejada de la realidad como para no percatarse de algo evidente para el común de los mortales. Nadie supo nunca si creyó que lo cambiaría o simplemente asumió que le tocaba sufrir a su hombre tal y como Dios lo había hecho.

En cualquier caso, el yugo matrimonial no modificó en demasía los hábitos de Cañamón. Le bastó con añadir a su rutina etílica las palizas propinadas a su señora. Se encadenaban con excusa de la menor fruslería, si bien solo en las ocasiones puntuales en que era capaz de llegar a la casucha por su propio pie. La pobre joven, resignada a una existencia miserable, a lo sumo se atrevía a llorar sus cuitas mientras enseñaba los moratones a Eusebio, el juez de paz. Este le recomendaba paciencia y, a veces, ejercía de escolta.El beodo, con el estupor característico de su estado, aguantaba el sermón con la cabeza gacha y no se le ocurría otra cosa que invitar a Eusebio a compartir un sombrío condumio. Así acababa la escena, con el juez de paz sentado entre ambos cónyuges como silencioso muro de contención, atento para prevenir nuevos arrebatos coléricos del marido.

Con todo y con eso, Ángel sacó tiempo para hacerle cuatro hijos y mantener su oficio de cestero, por el cual era conocido en toda la comarca, a pesar de sus defectos. Con lo ganado en la venta de cestos, albardas y capazos en las ferias de las aldeas de alrededor, más un par de gallinas y unos cuantos conejos, laRita sacaba adelante a las criaturas. A esta irrefutable realidad aducían los defensores de que se trataba de una horrenda desgracia. Mal que bien, la familia siempre había dispuesto de un plato caliente que llevarse a la boca. Cercenada la única fuente de ingresos, cabía la posibilidad de que no fuese así.

Ajena a todas las disquisiciones, la joven viuda no demostró dolor ni alivio. Vestida de riguroso luto, se limitó a ver pasar la vida desde su corral. Nada de lo que sucedía le afectaba. Entre tanto, los chiquillos crecían medio salvajes y sobrevivían —cosas que también solo ocurren en los pueblos— gracias a las ayudas disimuladas de los vecinos. Quien más quien menos depositaba una parte de sus magros recursos —una docena de huevos, un celemín de trigo o un haz de leña para alimentar la lumbre— en el umbral de los cuitados, de donde los recogía la viuda sin mostrar aprecio. Como si hubieran caído del mismo cielo.

Angelito, o Cañamoncín, como lo llamaban casi todos, era el primogénito de los huérfanos. A sus tiernos nueve años, ya ejercía de cabeza de familia. Ayudaba a su progenitora a cuidar de los hermanos pequeños y arrimaba el hombro en el resto de las labores del hogar. La genética, inmisericorde en estos casos, le había legado la reducida estatura y la cortedad de piernas características de los Cañamones. A cambio, quizá por su abrupto y precoz acceso a la madurez, su determinación le otorgaba cierto empaque. Gracias a ello, la hilaridad que provocaba su figura mientras hacía cola junto a las robustas matronas en el diminuto colmado de la aldea ―de esos en los que se vende de todo un poco y nada de mucho― se trocaba en una mirada admirativa o, a lo sumo, en una triste sonrisa de compasión.

Ir a comprar a Casa Florencio era una de las tareas asignadas al rapaz y de la que más orgulloso estaba. Los viernes, momento cumbre de la semana, recibía de manos de su madre el caudal familiar: un puñado de calderilla de origen desconocido. Angelito lo guardaba en los raídos pantalones, junto al encargo, escrito por la Rita en desmañadas letras de imprenta, y se encaminaba al colmado. Allí, después de esperar turno con paciencia, el niño, que no sabía leer, ejecutaba un solemne ritual. Primero entregaba la lista al tendero, quien, tras una costosa traducción, colocaba la comanda en el capazo. Luego, con gesto teatral, el hombre hacía la cuenta con rapidez apuntando gigantescos números en un lado de una de las hojas de periódico con las que envolvía las sardinas. Por último, se la indicaba al muchacho y tomaba de su mano abierta unas cuantas monedas escogidas con aparente detenimiento. Dado que el chico tampoco sabía sumar, nunca sospechó que el dinero no solía cubrir ni una mínima parte del importe. Ni siquiera después de los sarcásticos comentarios de la Asun, no muy convencida de la reiterada liberalidad de su marido.

Así transcurrían los meses hasta que, por piadosa iniciativa, un grupo de beatas acudió en procesión a ver a don Mariano, el cura, para denunciar el insostenible estado de aquellas almas descarriadas. La Rita se había vuelto loca. Eso sí, no del todo. Estaba claro que no tenía intención de volver a casarse. Había hecho suyo el tradicional dicho que asegura que es mejor quedarse para vestir santos que desnudar borrachos. Sin embargo, su enfermedad no era razón para que su prole jamás pisara la escuela. El titular de la parroquia, azuzado por lo más florido de la feligresía, aceptó el encargo.

La reunión tuvo lugar en el sucio patio trasero de la casa, aferrado como un tumor a las viejas paredes de adobe. Con la muda presencia de una solitaria gallina —conservada de milagro como vestigio de glorias pretéritas—, llegaron a un acuerdo razonable sin pagar más precio que las manchas de barro que adornaban los enormes zapatos del cura al salir. No había problema en que los tres pequeños fueran a la escuela cuando les correspondiese, siempre que no supusiera ningún dispendio. En cuanto al mayor, imprescindible durante la jornada y ya considerado adulto, podía acudir por la noche a casa de don Tomás, el comadrón. El buen hombre, junto al sacerdote y la maestra, era el único con estudios suficientes para dar clases a adolescentes con inquietudes formativas. De esta manera, aprendería a leer, escribir y las cuatro reglas, conocimientos básicos para desenvolverse en la vida. Angelito resultó ser un alumno aplicado y pronto demostró claros avances en los campos del saber elegidos.

Así estaban las cosas el viernes de autos en que, cumpliendo su costumbre, Cañamoncín se dispuso a hacer la compra semanal. Aparte de la lista y la calderilla, escondía una sorpresa. Un observador perspicaz se hubiera percatado, por la sonrisilla socarrona del niño, de que la ocasión era especial. En espera de su turno, husmeaba inquieto entre los sacos de garbanzos y judías pintas. De vez en cuando, echaba un disimulado vistazo al papel, como si quisiera asegurarse de que no le habían dado el cambiazo por el camino.

Llegado el momento, en lugar de entregar la relación de comestibles como exigía el ritual, la puso a escasos centímetros de los ojos. Bizqueando y con evidente dificultad, aunque con voz clara y firme, silabeó la ristra de austeras viandas. Un poema no hubiera sonado mejor. Florencio, que tenía por la criatura un acendrado cariño, le dio la enhorabuena. Hasta laAsun, parca en palabras no destinadas a afear la conducta de su marido, lo felicitó con calor. El arrapiezo se esponjó y estiró la espalda para parecer más alto. El tendero echó en el cesto las patatas y los garbanzos, las sardinas y el azúcar. Tras preparar con esmero la cuenta, la entregó al imberbe cliente, esperando que, como siempre, extendiese la mano para que se satisficiera a sabor con el tesoro familiar. Sin embargo, Cañamoncín tomó el papel con el ceño fruncido por el esfuerzo que le suponía repasar la retahíla de números. Al cabo de un buen rato, quedó conforme y hurgó en el bolsillo para extraer un puñado de monedas que separó por tamaños. La clientela estaba expectante, consciente de lo que depararía el próximo acto de la representación. El chaval repitió tres veces el ejercicio antes de darse por vencido. Como por ensalmo, desaparecieron la seguridad y la socarronería. La costra de madurez se desmoronó y dejó al descubierto a un niño indefenso en un mundo de adultos. Con la barbilla anclada en el pecho para disimular la vergüenza, tartamudeó:

—Señor Florencio, no tengo suficiente para pagarle.

En el colmado, todas callaron, con los ojos fijos en el hombre. Latendera vio el cielo abierto e intentó meter baza:

—Mira, Angelito, ahora que ya sabes…

Una mirada terrible de su marido cercenó el discurso y la Asun se mordió los labios y enrojeció.

—Hijo, ¿cómo es eso? Llevas dinero de sobra. ¿O es que no has aplicado el descuento?

—¿Qué… qué descuento?

—Pues cuál va a ser, el de siempre: por pronto pago y comprador habitual. Es un porcentaje de la suma total.

—¿Un porcentaje?

—Sí. ¿No te ha enseñado todavía don Tomás a calcularlos?

—No, señor Florencio, solo lo que él llama aritmética básica. Por ahora sé sumar y restar —dijo, recobrando la compostura—. La semana que viene empezaremos con la tabla de multiplicar.

—Bueno, bueno, no te preocupes. Hago yo la cuenta por ti.

El chaval resopló como si se hubiese quitado un gran peso de encima y extendió la mano para que el tendero tomase lo que correspondiera. Luego cerró el cesto y salió en dirección a su casa, sorteando con las cortas piernas charcos y barruzales.

LaAsun se encaró con su marido con un tono en el que se mezclaban la derrota y el alivio:

—Florencio, ¿y qué haremos el día que aprenda a sacar tantos por ciento?

—No creo yo que llegue tan lejos. Y si así fuera, ya nos inventaríamos algo.

Y, colocándose el lápiz en la oreja, atendió a la siguiente clienta.

Una nube ocultó el tímido sol de invierno y el local quedó en semipenumbra. Desde la calle llegaba en sordina el rebuzno de un asno, monótono y triste.


Albino Monterrubio (Madrid, 1973). Ha obtenido distintos premios literarios y publicado en revistas y antologías en España, México, Estados Unidos, Venezuela, Perú, Argentina, Uruguay, Costa Rica e Israel. En 2024 publicó su primera colección de relatos, Entre el río y los cerros, del que forma parte este cuento.

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