Por Yakami Machado
Tu madre está llorando en el piso. No puedes ni sabes qué decir. Jamás ganaste el dinero que debiste para compensar todo lo que tus padres te dieron. La has dejado sola. Ni una palabra de aliento. La miras con un nudo en la garganta rodeada de todas sus pertenencias tiradas en la banqueta. Ya ha llegado el primer sujeto a aprovecharse de ustedes, y solo lo notas cuando sale corriendo con el bonito reloj de marineros que le regalaron a tu padre cuando se jubiló. Tratas de correr, pero te detiene una sensación horrible de debilidad. Los vecinos pasan y la miran con pena, y sabes que te juzgan. Porque eres un fracasado sin dinero suficiente para evitar que le quiten la casa a tu viejita. Idiota. Inútil. Fracasado.

Te levantas de la terrible pesadilla. Estás con un nudo en la garganta y un dolor en el pulmón derecho. Avanzas y te retiras a la sala. Mira. Tan poco te importa el celular que, de nuevo, lo dejaste en tu estudio y no lo metiste al cuarto. Lo miras. Te sonríes. Desde que le enseñaste a tu mamá a usar redes sociales rompe todos los récords en el número de publicaciones que hace. Ahí está, con su novio, en su viaje por Asia. Tu viejita. Se ve feliz. Lo hiciste bien. Pero algo está mal. Sigues con esa sensación del sueño. Ese pesar. Ese dolor. Ese miedo e impotencia. Sí, miras a tu hogar. Una casa minimalista, pero con los lujos que tu sueldo como catedrático de universidad e investigador te han dado. Y parece tan irreal. Más real parece el sueño que has tenido. Sí, lo que vivías en el sueño era lo que te merecías. Porque supiste que nunca te esforzaste del todo para esa entrevista; que debió de haber sujetos con más experiencia e idiomas que tú. Fue suerte. Mucha suerte. Y ahora que te asomas al abismo de lo que de verdad te esperaba, lloras.
Sales de tu departamento. Vas a la Universidad. Acabas de inscribirte a un nuevo diplomado que da la profesora que más admiraste durante tus clases. Una mujer moderna, con un hermoso tatuaje en la espalda y bello cuerpo. Una trigueña que está muy por encima de tus capacidades mentales. La clase es fantástica. Ves cosas que te sorprenden. Termina la hora y guardas tus cosas. Avanzas hacia el escritorio para saludarla.
—¿Qué pasa? —te dice ella.
—Vine a saludar. Fue una gran clase.
—¿Y por qué tan callado? Hoy no participaste.
Pasan varias clases, y sigues sin participar. Te quedas como un asiento vacío. Como los compañeros que tanto odiabas de la universidad y que no entendías. Estás vacío.
—¿Entonces, nada más vas a las clases sin decir nada? —te dice tu novia—. ¡Qué pereza!
—Te doy lástima.
No sabes desde cuando, pero tu estado de humor ha comenzado a cansar a tu novia. Estás perdido. Sales del restaurante. Dejas tu cita y no tienes ni idea de cuál fue el orden de ideas ni de argumentos, pero sabes que, a partir de ahora, has terminado con tu novia. Vas a la Universidad, te sientas. Mira. Ahí aquella chica delgada que siempre te sonríe en el diplomado. Ella se acerca a ti. Te vuelve a hablar de que deberías intentar ir a la playa, a conocer la manera en la que las olas del mar rompen sobre la arena mojada. Dejas de evitar la conversación, cortas con el coqueteo y la invitas a tomar algo. Ella accede. Sientes vértigo. Necesitas algo que corra por tu cuerpo cada vez más frío e indiferente. La besas. Ella se deja y hasta pone una de tus manos sobre uno de sus senos. Te sonríe al terminar el beso y se van caminando. Tú no puedes evitar sentir un dolor muy fuerte en el pulmón ¿Por qué lo intentas? Si hace solo unos instantes tu novia te acaba de dejar, esta nueva aventura no durará más. Nadie puede amar a alguien como tú. Un maldito mantenido que convence a sus padres de que sigue preparándose y por eso no ha conseguido un trabajo. Pero sabes que te aterra trabajar. Porque sabes que eres un impostor. Un desastre. No sabes cómo fuiste capaz de llevarte a esta nueva chica tan ingenua a la cama. Miras por la ventana del hotel. Hoy lo harás. Hoy terminarás con toda esta basura.
Te levantas con ese dolor en el pulmón otra vez. Tu esposa te frota el brazo y te dice:
—¿Qué tienes, bebé?
—Me duele mucho aquí.
Ella te soba y te da tiernos besos. Una escultural morena con un corazón grande. La mejor mujer que pudiste encontrar.
—Perdón, amor.
—¿Por qué?
—Por traerte hasta acá. Al otro lado del océano. Tan lejos de tu familia.
—Amor, ambos estamos lejos de nuestras familias. Además, acá tienes un trabajo fantástico en lo que amas. Me encanta ser la esposa de un hombre tan maravilloso como tú. Además, yo misma he crecido mucho. Cuando llegamos, solo sabía el verbo to be de la escuela. Ahora hablo inglés, francés y alemán. Gracias a tu apoyo mañana comienzo a trabajar en mi verdadera pasión. Ese maldito síndrome ¿Qué puede hacer tu esposa para que te des cuenta de que no eres un fraude?
Deberías de estar más tranquilo. De mirarla y hacerle el amor a esa gran mujer. De ser feliz y disfrutar de tus logros. Pero desde que has tenido estas pesadillas, no dejas de quedarte con el estado de ánimo del sueño. Es que eso se siente más real.
Convences a tu esposa de que esta mañana vaya al gimnasio sola. Le vendes la idea de que escribir un nuevo cuento te va a hacer sentir mejor. Ella se alegra. Desde que has tenido las pesadillas no has escrito más. Y ella se preocupa de que cada vez que una persona te ha detenido por un autógrafo por alguna de las novelas tan aclamadas que has publicado, muestras una cara de incomodidad. La psicóloga te dijo que te concentraras más en el gusto por hacer las cosas más que en los resultados. De esa manera, dejarías de ver tanto los resultados y compararte con otros para sentir que no mereces las cosas y verías las cosas por el gusto que te produjo crearlo. Tu esposa se fue contenta. Tú te quedaste frío. Tan frío como en tu sueño. Como si ya no la amaras, y las cosas pasarán frente a una versión tuya en piloto automático. Hasta le mentiste. Le dijiste que tu cuento se llamaría 95. Ella se intrigó y tú le dijiste que es un secreto. Pero, en realidad, eso lo sacaste de otro lado.
Caminas y das muchas vueltas en tu estudio. Miras cada uno de los logros ahí marcados. La maestría en España, en la Universidad Comillas. Esa la tomaste luego de ir a una feria de universidades e ir sin pensarlo dos veces por las becas y las admisiones. Lo lograste con dificultades, pero lo intentaste y lo conseguiste. Deberías de darte cuenta de que de verdad hiciste un esfuerzo. En una de tus pesadillas, eras un profesor mal pagado y acusado de acoso por una chica de 16 años que se enojó contigo por no pasarla en tu materia. Esa persona se lamentaba de haber tenido miedo de hacer una maestría en el extranjero, donde muchas cosas pudieron llevarlo a mejores sitios que al indigno entorno de una secundaria. Pero no lo puedes culpar. Esa persona tiene un punto. Por más miedo que lo haya llevado ahí, no merecía ser falsamente acusado.
¿Y qué pasa con tu primer trabajo como catedrático en New York? El tipo de tu sueño también lo había logrado, pero no fue lo suficientemente sabio para dejar una relación tan tóxica como tú. Supiste que no era la indicada. Además, ese tipo era un aberrante remedo de hombre. Todo el tedio de una relación no justifica acostarse durante dos años con la cuñada. Eso es la diferencia entre tú y el tipo, ya que nunca serías capaz de hacer eso… ¿o sí?
Lo piensas. Más de una vez esos sujetos hicieron cosas terribles y les pasaron cosas terribles por situaciones que no controlaban, a ellos sí les pegó la pandemia, algunos fueron estafados, algunos asaltados, otros sufrieron secuestros ¿Cuáles son las estadísticas? ¿Y si todo eso muestra que bajo ciertas condiciones alguien como tú le pasaría lo mismo? ¿Qué te hace diferente? ¿Tus decisiones? Varios tomaron las mismas decisiones que tú, pero solo una o dos diferentes. Piénsalo. Quizá es la suerte más que la decisión. Porque uno cree estar seguro, aunque no deja de ser fe. Solo fe que se materializa en la casualidad. Tú estás aquí por la suerte, pero eres igual de detestable en potencia que ellos. Estás a una decisión de perderlo todo. ¿Impostor? No, solo una anomalía estadística, 5 de cada 100 personas como tú tienen la suerte de triunfar, mientras los otros se quedan con una amargura increíble, un dolor en el pulmón derecho de pensar que no es justo, no es justo ser tan miserable, solo por casualidad… Porque para que uno gane, una mayoría como tú pierden.
Tu esposa regresa contenta del entrenamiento, y se pone más contenta de ver que han traído un regalo a la casa. Parece que la editorial está muy contenta por la venta de tu última novela. Se le borra la sonrisa al entrar y verte colgado en el departamento.
A lo lejos alguien despierta, tuvo una pesadilla y se da cuenta de que no es verdad. Pero siente un dolor en el pulmón derecho. Es el cuarto de los cinco que están siendo alcanzados por el deseo de venganza de los otros 95 que no lo lograron. Porque o somos todos o nadie. Espero tenga suerte, porque si no los detiene vendrán por el quinto. Y me dolerá mucho tener que matarlos en mis pesadillas a cada uno de los 95 para defender todo esto que jamás aceptaré perder.

