Por Juan Manuel Fernández Gutiérrez
Afuera, las columnas de humo alcanzaban el cielo, uniéndose al mar de nubes negras que sobrevolaban al desierto abrasador. Afuera, gigantes de acero recorrían las calles, derribando torres y pilares al son de los vítores de la multitud. El reino ciudad de Eurinde ardía, no por el calor reflejado en los espejos de arena que eran las dunas del desierto que abrazaba a la ciudad cordillerana, sino por fuego. Fuego consumía los barrios cercanos a la cordillera, los adoquines se partían contra los murales de cerámica. Afuera… afuera había un jolgorio.
Detrás de las macizas y pulidas paredes del palacio, aún podía oírse el ulular de hombres alborotados, sus armaduras chasquear bajando y subiendo escalones, corriendo por los pasillos, jadeantes y cansados. Más allá del lindel de las ventanas, podía verse el cielo gris —alguna vez de un inmutable azul intenso—. Las nubes negras surcaban el cielo, después de décadas —sino siglos— de calor, arena y hierba seca.
En el centro del salón, un hombre joven se tambaleaba y con él, su radiante armadura tintineaba como un xilófono o la extraña y lejana lluvia que causaba música en los tejados de Eurinde. Con la cabeza gacha y los brazos lánguidos ante el vaivén del débil viento que recorría los pasillos, empuñaba con fuerza la espada que —alguna vez— le nombró caballero. Aquel hombre levantó la mirada y su flequillo ocultó parte de su rostro, tanto como un mechón rebelde caía por encima de su mejilla izquierda, cubría convenientemente una salpicadura roja en su magullada piel tostada. Aquel rostro no pertenecía a un hombre joven, no uno que tuviese menos de treinta primaveras. Un rostro apagado, atribulado y demacrado, una expresión que clamaba por descanso, o quizás, la muerte.
A su costado, una larga inspiración llegó hasta él a través de la brisa que se colaba por la ventana.
—Está hecho, Demian, hemos cumplido con nuestro grano de arena —dijo una voz que provenía detrás de él.
Los sonidos de alguien vivo lo trajeron de vuelta al presente. Demian se secó los labios con el guantelete, manchando aún más su mejilla de sangre. Antes de voltear, añadió un ademán para sí mismo, queriendo restarles mérito a los eventos recientes. Sin embargo, esos ojos vacíos decían otra cosa, cuencas apagadas por donde fluía sin reparo la desesperanza, como lo hacía la arena por una cascada.
—Solo hemos acelerado el proceso, Capitán —agregó Demian y en seguida, suspiró largo y profundo.
El otro sujeto descansaba sentado al borde de la ventana, al otro hemisferio de la ostentosa habitación palaciega. De cabello largo y ceniciento que se revolvía con la calurosa brisa, y de una vez más oscura aún que la de su subordinado, tonalidad que contrastaba con la reluciente armadura bañada de cobre, ornamentada con la silueta de ferales felinos metálicos; donde los hombros formaban las afiladas y aterradoras fauces y fatales colmillos. Una elegante amenaza de peligro para con sus adversarios. Dicho hombre posaba uno de sus guanteletes al costado, intentando —fútilmente—, tapar el forado ensangrentado en su torso. De entre los dedos del guantelete se filtraba la sangre a borbotones, creando pequeñas burbujas bermellón allí donde las placas se solapaban, entre los intrincados pliegues de su armadura.
Respiraba con dificultad, a grandes bocaradas que mantenía dentro un buen tiempo antes de soltar el aliento, hasta el punto de no aguantar más el aire acumulado en sus pulmones, hasta ponerse rojo como una guinda. Cada exhalación era un borbotón más de vida que se le escapaba a toda prisa del cuerpo.
No obstante, no había dolor en su rostro. Llevaba una sonrisa sincera dibujada en sus labios, de oreja a oreja y dejaba a la vista su caótica dentadura, conformada de dientes crecidos hasta adentro, inclinados y otros por encima de otros, como un par de gemelos.
—Y ahora… ¿qué? —La voz de Demian tembló, tanteaba a falto de confianza— ¿Qué deparará de nosotros?
Por la única ventana entraban los humos de la ciudad, junto al fulgor de las llamas que los causaban, brillo que reflejaban los marcos de piedra siena pulida. El infierno que acaecía afuera consumía los cimientos de un mundo que estaba pronto a derrumbarse. Toda Eurinde se observaba como tal desde aquella ventana, y así había sido diseñada, nacida del deseo monárquico de contemplar sus dominios desde el seno del hogar: un palacio labrado en lo alto de la montaña, en plena cúspide de la cordillera, entre los picos más altos donde las manos de la tierra alcanzaban el cielo y, a sus faldas, crecería la ciudad de Eurinde, cuna de la gente a quien debió gobernar con sabiduría.
Una causa olvidada, enterrada bajo toneladas de arena blanca de un desierto llamado tiempo.
Cuando aquel mismo viento del abrasador desierto de Eurinde entró por aquella ventana, arremolinando los trapos chamuscados —que alguna vez fueron lujosas cortinas— soltando la tinta de hollín y aceite, el hombre a la ventana ladeó un poco la cabeza en dirección a su subordinado, otorgándole una radiante sonrisa de dientes chuecos. Este arqueó sus cejas pobladas de canas grises, para luego fruncir el ceño como acto reflejo de malestar. Al ladear un poco más la cabeza, no pudo evitar toser, salpicando la chapa de la armadura con su propia sangre y un hilillo rojo brotó silente de la comisura izquierda de sus secos y partidos labios, hasta dar con la barba mal cuidada y de pocos días que poblaba su quijada. Sin cuidado ni temor alguno del reproche, tomó su inmaculada capa de azul —tan intensa como el hasta hace poco cielo inmutable sobre Eurinde— y con ella, limpió sus labios sin decoro; dejándola caer después como quien arroja un papel sucio al fuego.
—Nada —dijo el capitán a secas, con una mueca frunciendo las comisuras de los labios y tras haber aclarado su garganta.
Tal vez fuera el viento a través de la ventana o la tensión en el ambiente, o el poder de una sola palabra pronunciada por una voz igual de poderosa, pero en aquel lugar y aquel momento, hubo un silencio; uno incómodo, como aquel que se cierne ante las palabras que portan una dolorosa verdad, una aún más ponzoñosa, que la mentira misma que la vio nacer.
Demian ahogó una risa entre dientes, chasqueando la lengua.
—¿Quemaremos el palacio?
—No —le respondió el hombre a la ventana, meneando suavemente la cabeza.
Demian balbuceó algo, pero guardó silencio. Lleno de una mezcla rara de impotencia e ira, apretaba los puños hasta hacer crujir las placas del guantelete.
—¿Qué haremos entonces? ¿Esperar a que nos atrapen? ¡Nos llevarán a la horca!
Y si Demian continuaría, no tendría importancia. Sus palabras fueron silenciadas por la bulliciosa carcajada de su capitán. Risa que pasó de la mofa al dolor, finiquitada en aquella tos sangrienta que le devolvía las tonalidades amargas al arruinado salón real.
—Demian, viejo amigo, llegó la hora de pagar por nuestros crímenes —le dijo el capitán luego de acallar su sanguinolenta tos—. Podríamos quemar el palacio, podrías tú reducir el reino entero a cenizas y, aun así, todos serán conscientes de que hicimos.
—¡Pero acabamos con la tiranía! ¡Nosotros, no ellos!
El capitán asintió y se encogió de hombros.
—Y tienes toda la razón, pero eso no borra el historial de nuestras acciones. Nos cambiamos al bando correcto, muchacho, pero demasiado tarde.
El más joven de ellos sacudió con fuerza la cabeza de un lado al otro, incrédulo de las palabras que creía que acababa de escuchar. Quiso decir algo, gritar, levantó una de sus manos y apuntó con el índice a su capitán y hubiera espetado el discurso más apasionado de su vida, si no fuera porque las palabras se las robó un pequeño detalle: aquel peso extra que cargaba en una de sus manos.
Por reflejo, Demian soltó lo que empuñaba su mano derecha.
El eco metálico rebotando en la losa resonó en las paredes, agitando débilmente los tapices que en estos colgaban, lienzos bordados en hilos de colores que ni sus nombres Demian conocía; lienzos que narraban más de quinientos años de historia… historia que acaba con la espada que ahora vibraba sobre la losa. Una hoja teñida de rojo bermellón, salpicando la cerámica pulida con cada vibración, picando y arruinando para siempre aquella ilustración formadas por las baldosas del salón: La cena de Aeyn y sus ochos hijastros, pintada por los mejores artistas de este y otros reinos; labrada e instalada por un pueblo esclavizado, empobrecido y hambriento.
De soslayo, Demian posó la mirada sobre aquel bulto que yacía a su espalda: el cuerpo frío del hombre al cual había jurado proteger. Apretó los puños otra vez, lacerando sus dedos con los bordes de las placas, dedos manchados con la sangre de su rey. La corona misma yacía allí, enfrente suyo, medio hundida en un charco rojo, vertiente de la vida de toda una familia que tuvo que morir.
Dio un paso atrás. Su armadura cobriza rechinó. Las placas de acero chocaron entre sí, liberando un agudo chirrido. Pero eran en realidad los engranajes del tiempo girando, con la fuerza que brindaban las súplicas por clemencia de los hombres a quienes él les había arrebatado lo único que verdaderamente les pertenecía. El clamor de la coraza que lo protegía, forjada con las vidas de un pueblo al que le había dado la espalda.
—A-Alguien debía de hacerlo, Douglas, lo sabes bien —espetó el más joven, con la respiración agitada, buscando justificar la respuesta a una pregunta que nadie había formulado. Sus brazos pululaban de un lado al otro, intentando sostener algo que no existía, una causa indefendible—, hubiera pasado de todos modos, la turba los habría matado a todos, ¡A todos! Incluyéndonos… Descubrirán todo, lo harán, lo que hicimos, lo que no y lo que debimos de hacer. No podremos con tantos, Douglas, ni la armadura y la espada bastarán para todos… simplemente… simplemente…
Demian se detuvo. Había hablado discurso y medio con los ojos perdidos, pero al levantar un poco la mirada intentando provocar algo en su interlocutor, cruzó miradas con este. El capitán meneaba la cabeza. Aquella señal de desaprobación fue aún más desconcertante que el funesto futuro que les deparaba a ambos. En la visión de Demian se veía un hombre deprimido, ya entregado a las puertas de la muerte y, aun así, firme en vida. Por poca vida que le quedase en el cuerpo, sir Douglas nunca perdió la grandeza y, para Demian, eso era más doloroso que cualquier puñal, tridente o azada que pudiera perforar su carne.
Sir Douglas escrutó al joven caballero de pies a cabeza y luego suspiró.
—Escúchame, muchacho, podrían derrumbar el reino entero y ni con todos esos escombros, jamás borraríamos los hechos. Hay cosas que no sólo se respaldan en el papel, madera o acero. No puedes eliminar de la memoria de la gente el odio, la furia, ni el deseo de justicia. No hay posibilidades para el perdón, no cuando tampoco las hay para el olvido. Tardamos demasiado en darnos cuenta, defendimos a las personas equivocadas —Douglas pasaba la mirada por lugares al azar de la instancia, un recorrido que solo mantenía ocupado sus ojos mientras el corazón hacía el resto del trabajo— y eso no será olvidado jamás; ni con el filo de la espada, ni con el puño de hierro. Solo lograrás que la herida sangre, que crezca una costra y de ella una cicatriz horrenda, incapaz de sanar. Será una marca para el recuerdo que durará para toda la posteridad. —El viejo hizo una pausa para tomar aliento y dejar escapar un borbotón más de vida— Manchar la historia se paga caro, Demian, no con oro ni plata, si no con vida, y es deber de aquellos que ensucian el manto de las eras limpiarlo con sus propias manos.
Palabras que pesaron como rocas, derrumbando todo lo que Demian se esforzaba en creer, aquel castillo imaginario de argumentos de cristal cayó hecho trizas, justo como él dejaba caer sus brazos al costado, como peso muerto. Sus intentos por cambiar su futuro se hacían más vanos con cada segundo. Un reloj de arena hecho de culpa con un agujero en el fondo, y dicha arena en el interior —el paso del tiempo—, se fundía con el resto del desierto. Fútil y desesperado intento de enmendar las cosas, eludir la pesadilla que caería sobre los suyos. Demian no podía detener el avance del destino.
Fue perdiendo el tono de piel, el tostado fue tornándose con cada latido más pálido, cubierto en sudor frio y la sensación de constantes calambres a través del cuerpo, como huesos que se astillan, como nervios que se estiraban hasta no dar más de sí. Bajó inmediatamente la cabeza, pulsando titilante, clavando los ojos en el cuantioso piso lustrado cuyo valor era el doble, quizás el triple de lo que él y toda su descendencia ganarían en una vida entera. Vio en este su reflejo, vio un caballero de armadura galante, bronceada por el fuego, magullada por la lucha; cabello sucio, ojos de un apagado avellano. ¿Cuándo fue convertido en aquello? No era el reflejo de un hombre de palabra, si no, el de un traidor, un perdedor y malnacido.
—Fue inútil… —musitó al fin.
Recorrió el salón real de Eurinde con la mirada, un lugar repleto, pero de muerte. Los cadáveres del consejo asesor yacían en el suelo, junto a la familia real y su guardia personal. El trono bañado de rojo, los estandartes centenarios de la dinastía que Demian había puesto fin aquella mañana dejaban caer las últimas colillas de ascuas de lo que alguna vez fueron.
—No, no lo fue—intervino al fin Douglas, meneando la cabeza con los ojos perdidos en uno de todos los charcos de sangre en el piso.
Sintiendo el peso de una mano por sobre el hombro, Demian levantó la mirada. Sus ojos irritados se escondían detrás del cabello graso, pero podía ver sin dificultad el singular perfil de su capitán. Un hombre de inquebrantable honor, o así lo fue hasta aquella mañana. ¿Cómo podía sonreír ante tal falta de moral? ¿Qué valor podía albergar la palabra de un hombre rompe juramentos?
Demian apretó los dientes.
Eso era lo peor. Detrás de aquella horrible sonrisa, había sinceridad, ninguna pizca de motivos ocultos más allá de una fiera convicción de haber hecho lo correcto. No podía ser la expresión de un hombre pronto a morir, a quien la vida se le escapaba del cuerpo, ¿Por qué? ¿Cómo lo conseguía?
—Anda, Demian, date la vuelta y dime, ¿qué ves?
En un principio, Demian no supo cómo interpretar aquella pregunta, y se quedó inmóvil, como un cadáver. Su capitán tuvo que forzarlo a dar la vuelta —como quien empuja a un novillo testarudo a cruzar el arroyo— y mirarse en el reflejo del trono dorado que esperaba frío a sus espaldas.
—¿Qué se supone que debo ver? ¿Un asesino, un traidor? ¿Un poco hombre cuya palabra carece de todo valor?
Soltando el aire que aguantaba en los pulmones, el capitán Douglas rio.
—No, Demian, estás mirando mal. Puede que tú veas eso, nublado por tu temor, pero, ¿sabes qué veo yo? Un hombre libre.
Aquella frase le robó el ruido a la habitación. Demian no comprendió al instante aquellas palabras, más con el paso de los segundos, lo procesó. Logró descifrar la verdad escondida detrás de aquella frase y su corazón se detuvo, terminando al fin de partirse.
El más joven dio un paso atrás, al mismo tiempo que sacudía la cabeza de un lado al otro con furia.
—No… —musitó, pero a través del reflejo, pudo ver en los ojos de su capitán la determinación y una aterradora calma— no puede hacerlo, ¡Lo torturarán! ¡No le darán una muerte rápida!
El viejo Douglas, ya cansado, dejó escapar aire por su nariz, ahogando otra risa, o tal vez una tos, pero la sangre se filtró indiferente entre sus labios sellados; sangre que limpió con la mano. Antes de responder, el capitán perdió la mirada en las manchas en su palma, rojas, intensas y llenas de pasión, ¿Cuándo fue que perdió el rumbo? Se preguntó.
Siempre lo supiste, eh, ¿Douglas? Es hora ya de enfrentar nuestro destino, pensó, sintiendo como el calor abandonaba lentamente su cuerpo, al mismo tiempo que un misterioso alivio le inundaba el alma.
—Alguien debe hacerles frente y, si no te vas ahora, tú también tendrás que rendir cuentas, viejo amigo.
—¡No! … No puedo… —negó Demian, dando otro paso atrás—…si tan solo pudiéramos…
—Dime tu nombre juramentado —demandó el viejo Douglas con cierta inflexión imperativa en la voz, interrumpiéndolo. El capitán de las Capas de Acero de Eurinde frunció el ceño.
Demian perdió el habla, no tenía el suficiente aire ni la fuerza para responder.
—¡Tu nombre, he dicho, es una orden!
Demian se estremeció. Paralizado y por instinto, sus labios trémulos articularon una respuesta a la pregunta.
—D-Demian De Wallibadey —exclamó inseguro.
Su capitán asintió lentamente, como si marcara el compás de un ritmo que nadie más que él podía escuchar.
—No, viejo amigo, desde hoy, tú no eres nadie, y no fue nadie quien asesinó al rey de Eurinde; fueron las Capas Rojas, por orden de su capitán.
Como caballero, Demian entendía aquella orden, más como amigo, la rechazó. Sacudió la cabeza vehemente, no dispuesto a aceptarla, menos camuflada de consuelo. Pero ya no era cosa suya aquella decisión, menos del viejo Douglas; ellos habían elegido bandos al momento de enlistarse, eso ya no podía remediarse. Ambos eran adultos, soldados, hombres con la vida ya formada; pero entre ellos había una sencilla diferencia. No yacía en el rango militar, ni tampoco en el temple, si no la edad. A uno de ellos le quedaba toda una vida por delante, al otro no.
—Tienes familia, ¿verdad? —preguntó de pronto el capitán y él mismo se sorprendió con lo pronta de la respuesta de su amigo, asintiendo presto en silencio —. Bien, aún eres joven, te queda camino por recorrer, una vida entera que rehacer. —El viejo suspiró, una mezcla de angustia y nostalgia—. Vete, Demian, vete y llévate a tu familia y a todos los miembros de la orden con los que te cruces en el camino. Llévatelos y cruza el mar para no volver jamás. Afuera, allá en los jardines aún esperan nuestros centinelas. Si te apuras, podrás llevarte tanto el tuyo, como el mío.
—Pero no puedo llevármelo, sería como…
—Nada de peros, Caballero. Vete, vete lo antes que puedas. Olvídate de las tierras de Eurinde como lo que dejarás en los recuerdos de los demás. Huye al otro lado del mundo y vive pacíficamente con los tuyos. Vive con la culpa, con el peso de tus acciones. No podrás volver jamás, ni tus hijos, ni los hijos de tus hijos y, posiblemente, los de ellos tampoco. Aun así, no olvides, no lo hagas jamás ni permitas que tu dolor pese por sobre tu culpa. Sin embargo, construye una generación diferente, críalos enseñándoles a amar la justicia, que aprendan del bien obrar. Vete y forja un pueblo que solucione los problemas con las palabras, no con la muerte y, a lo mejor, ellos sí puedan volver.
El rostro del viejo Douglas era como las rocas que formaban el palacio, sin facetas más que el honor y el orgullo. No así el de Demian. Las lágrimas brotaron de los párpados irritados, ya fueran por humo, sudor o el dolor.
Aún dubitativo y rechinando los dientes, Demian acató la orden. Dio media vuelta sin mirar atrás y se marchó. Primero a paso lento y torpe, luego, como galope de corcel a campo abierto. Douglas lo vio salir por el arco de la puerta principal y dejó que el sonido de sus botas golpeando las baldosas se perdiera, antes de que él comenzara los preparativos finales.
Dicho día, Eurinde como tal acabó, luego de cinco siglos de déspota dinastía. El pueblo en las calles saqueaba las arcas del reino. Las barracas fueron devastadas por la misma gente que habían reprimido. Eran una turba, la furia en carne viva, un ente de justicia que hacía valer su nombre por mano propia. No habría grano de arena, ni partícula de polvo en el desierto que, al final del día, no supiera que hoy sería hecha la justicia. En las calles, las suelas en la arena marcaban huellas, una marcha reivindicadora que traía consigo el inicio de una nueva era.
Los lujosos palacios de aquellos que hicieron vista gorda, ahora se encontraban vacíos o —en el peor de los casos— por los suelos. Los nombres de aquellos que abusaron del común, ahora solo figuraban en las páginas de libros que ardían, y las armas cayeron al suelo en lugar de usarse contra el pueblo. Ya nadie detendría el cambio, la revelación de un mundo nuevo que se construiría sobre los cimientos del fuego y la ceniza. Pronto, el mismo palacio sería asaltado por la gente, buscando a los herederos que representaban todo lo que debía ser olvidado.
Sir Douglas Ballionor esperó a estar seguro de encontrarse solo, de no escuchar ecos de botas ni placas de armadura tintinear provenir del pasillo que conectaba el gran salón con el resto del majestuoso palacio interior. Con pasos lentos, dejando un rastro de pintas rojas por el camino, fue de regreso a la ventana. Descansó la espada contra la pared siena, manchándola con la vida que se le escapaba de la herida, pero sí que valía la pena la vista. En el florido patio del palacio interior, le esperaba su centinela cromático, una armadura colosal de cincuenta pies de altura, recubierto de cobalto, detalles y surcos de esmeralda y diseños que narraban los hechos del día que lo vio nacer; un tiempo aún más antiguo que el mismo Eurinde, tan lejanos como los primeros granos de arena del desierto que abrasaba la ciudad, y abuelo de los primeros vientos que besaron las astas del molino que descansaba en lo alto del mausoleo de los reyes. Un recuerdo de otro mundo que ni las leyendas recuerdan, ni los minutos divagan; eras donde el mundo era distinto, quizás más justo, quizás menos, pero diferente.
Sir Douglas saludó a su compañero de tantas jornadas llevándose con esfuerzo la mano derecha al pecho, pero el coloso no respondió, ni lo haría, ya que no cobraría vida a menos que él montara su corazón y tirara de las riendas que controlaban sus brazos y piernas. El coloso mantendría su guardia hasta que él volviera, cosa que jamás sucedería.
Con un ademán se despidió de su fiel compañero y abandonó por fin la ventana, justo al momento de verlos entrar por el patio. Sorprendido los observó marchas en calma, tomados de las manos. Hombres y mujeres, maestros y estudiantes, todos juntos, tranquilos, con un paso firme y una sonrisa resplandeciente en el rostro.
No pudo evitar sonreír una última vez.
Con las pocas fuerzas que le restaban, sir Douglas Ballionor encaminó con pasos torpes hasta el abandonado y frío trono de Eurinde. Se tomó el tiempo necesario para recoger el arma regicida y se echó sobre el trono y esperó, aguantando la respiración, apretando la mano a su costado, tensando el abdomen, estrujando la herida, cerrando el corte; evitando —inútilmente— que la sangre fluyese, retrasando así su muerte; con los ojos clavados en las puertas abiertas de par en par, hasta que la primera fila de gente entró en al gran salón real.
—Bienvenido a Nueva Eurinde, Douglas… —musitó para sí mismo y sus ojos perdieron el color.
Juan Manuel Fernández Gutiérrez (Temuco, 1993). Escritor chileno dedicado al género fantástico y la ciencia ficción. Estudió Pedagogía en Castellano y Comunicación. Autor de diversos relatos publicados en varios países hispanohablantes como Perú, España y Chile. Interesado desde pequeño en la narrativa, pasando por el comic, el guion de videojuegos y otros medios como el teatro.

