Por Dennis Mourdoch Morán
Helia parece levitar en el aire, como si estuviera a punto de atravesar el techo. Manotea buscando un agarre antes de que la poseída, que tiene un muerto montado capaz de matarla, la lance al suelo, le pise la cabeza, la muerda y la estrangule. Helia se agarra del esqueleto de una lámpara de techo. El esqueleto casi se desprende debido a los bruscos tirones que la poseída le da, sin dejar de morder y tratando de arrancar la carne. Embarrada de sangre y con jeans, las moscas rodean su boca tratando de alimentarse. Helia golpea los periféricos cibercerebrales de la poseída hasta liberarse, derribarla, agarrarla por el brazo e inmovilizarla, cortándose los brazos con los añicos del bombillo y el cristal de la lámpara. Le rompe todos los huesos que puede, con todo lo que puede. Estrella la cabeza contra el suelo, rompiendo el frágil equilibrio entre cibercerebro y cerebro. Helia necesita hacer más ejercicios si quiere seguir siendo despojadora y exorcista, algo así como John Constantine.
—Se demoraron —dice en un suspiro de alivio.
Tres oficiales llegan, dos de ellos con trajes de reglamento.
—Quítate —dice el que no lleva uniforme: Valdés.
Los dardos eléctricos al cuerpo de la poseída la dejan inconsciente, apagando el cibercerebro. Afuera, una multitud espera verla en una camisa de fuerza, retorciéndose y hablando en susurros satánicos.
—Helia, ¿descargaste todo de la cámara? —le pregunta el detective Valdés, señalando un pequeño rombo azul en la frente de la exorcista.
—Sí, aquí está todo —le dice mientras le entrega una pequeña memoria.
—Incluso tus sentimientos —añade Valdés. El rombo no es solo una cámara; es un sistema de interpretación de constantes corporales en sentimientos.
—Sí.
—No te molestes. Sabes que esto es importante. Estoy contigo en esto.
—Sí, no fastidies —responde Helia, aceptando la chaqueta antes de montarse en el taxi.
Valdés observa cómo el taxi se abre camino entre la multitud decepcionada que ve salir a la poseída como una mujer común, exorcizada con chips de recesión y virus dirigidos. Con un bostezo, da por terminadas sus horas de trabajo. Helia, en cambio, toma dos pastillas de nootrópicos para aliviar los recuerdos entremezclados. Juega con las bolitas de su collar de Oya; fue lo primero que rompió la poseída de Helia. Le temen a Oya, señora de la puerta del cementerio; odian su grito, su saya de siete colores y sus ojos desorbitados cuando baila como centella y tempestad. Las bolas azules chocan con las transparentes y se arremolinan entre sus manos.
—Arribamos a su destino —le comunica el taxi.
El contenedor arrendado como apartamento 16C en la zona diez de La Bonita Vieja se vuelve tolerable gracias al aislamiento de polietileno y a la pequeña consola de aire acondicionado que Helia compró hace unos meses. También es más amplio que una casa plástica de la parte moderna de La Bonita y mucho más seguro. No pueden derretir las paredes, violarla o desaparecerla sin que a nadie le importe. Tampoco pueden abrir pequeños agujeros para mirarla desnuda, envuelta en el vapor de los cubos de agua caliente que vierte en la tina cerámica. Escucha su tenue voz a través del agujero abierto.
—Mensajes.
—Helia, vas a venir a mi cumpleaños de santo. Sé que no nos perdonas, pero eso fue hace tres años. Solo ven, eh. Solo me quedas tú.
—No voy a ir. Quiero estar lejos de todo eso —responde, acariciada por el agua caliente, arrullada por el cansancio, con la cabeza recostada en el borde de la tina—. Lia, deja todo eso… Fin del mensaje.
Las escenas de despojo de esa noche la atormentan y se mezclan con las suyas de hace tres años. Fue en casa de Xavier, un fanático hijo de puta, que preso de un fervor religioso que rozaba la locura, la encerró en un cuarto lleno de altares y santos de yeso. Helia estuvo poseída por una conciencia inmortalizada en una pa-room, que utilizó las frecuencias de actualización del cibercerebro y la banda de transmisión de la pa-room para metérsele en el cuerpo, moverlo a su antojo, dejar que una demencia descontrolada la lanzara contra las paredes, la arqueara y que de la boca salieran palabras incomprensibles. Debido a la inexistencia de softwares inteligentes de control corporal que permitieran al invasor manipular a la perfección el cuerpo de Helia, se convirtió en un parásito que la devoraría con grandes mordidas.
Ese día, Helia nació de nuevo.
Sale molesta de la tina y enciende el estéreo. Toques de santo para recordar cuando los muertos solo se velaban en féretros y murmullos, cuando el pésame significaba algo. Sonido de tumbadora y cajón, batá. Una voz despierta sensaciones poderosas que arrastran un deseo irresistible de bailar. Cerrar los ojos, reír, bailar, desatar lo atado. Olvidar que nadie la ayudó aquella vez, que el cuarto solo tenía una rendija por donde se filtraba la luz, y los santos le hablaban al oído y ella les respondía, con los ojos de la vieja azul fijos en los suyos. No te preocupes, te voy a cuidar, no te va a pasar nada, le decía la vieja azul. Y después de darle vueltas al asunto, está segura de que el encierro distorsionó el sentido del tiempo y del espacio, trastornando los programas de simulación de pensamiento del muerto y permitiéndole llevar a la normalidad la relación master-esclavo entre el cibercerebro y el cerebro. Al cuarto día, cuando salió del encierro, tomó sus cosas, besó en la frente a su hermana que dormía abrazada al cuerpo desnudo y sudado de Xavier…
Un sonido distante la aleja lentamente de los recuerdos y la arrastra para sacarla.
Aquí está el texto corregido:
—
Deja timbrar el Celia (celular con inteligencia artificial). Lo escucha acurrucada junto a la música. Helia está erizada bajo la toalla y las extensiones de cabello negro. La inteligencia artificial del Celia toma la llamada y la reproduce por los altavoces, apagando el eco del tambor.
—Ven a esta dirección: Calle Setenta entre Fulgor y Vanguardia #145B. Es urgente —dice Valdés.
Helia se aparta del rincón bajo los bafles, se pone el blúmer y observa las mordidas de la poseída. Examina sus senos y los arañazos en ellos. El tatuaje interactivo de la grulla malva se refleja en el espejo. Helia busca algo que combine con el malva de la grulla y que sea resistente, para evitar mordidas, arañazos y cortadas en los brazos con cuchillos o pedazos de vidrio que un poseído podría usar como arma. Toma la mochila con todo el material: hardware diseñado por ella y construido en los talleres de los Técnicos, al oeste de la zona moderna de La Bonita, por la ruta 332, donde se construyeron las primeras casas plásticas. Helia revisa una vez más los equipos y pide un taxi, que se detiene a la entrada del solar. Valdés la pasa a través del campo de fuerza y la lleva hasta el final del patio, a un pequeño cuarto de plástico pintado de color melón y rodeado por otro campo de fuerza.
—¿Por qué el campo?
Valdés no le responde. La pasa a través de la barrera azul y la risa casi la aturde. Es una risa humana, generada por un muerto, que baila en la frecuencia sensitiva. Helia duda; nunca se había enfrentado a algo así. —Esta es tu prueba de fuego —le dice Valdés—. Es importante que la salves.
Helia entra con miedo. La luz de la ventana es un cerco cuadrado sobre una mujer sentada en el suelo, con un machete queriendo atravesarla. La mujer lucha por sacarlo. Lucha por enterrarlo. Los ojos lloran. La boca ríe. Los ojos suplican y siguen a Helia con la mirada. La boca, entre la risa, trata de gritar ¡ayúdame!, pero solo ríe, y la mano armada del machete tiembla.
Helia se detiene y analiza: La risa y los ojos de súplica muestran que no hay relación máster-esclavo entre el cibercerebro y el cerebro. La posición de la mujer, sentada en el piso, apoyada en la pared y de frente a Helia, elimina cualquier oportunidad de ataque sorpresa.
Helia se muerde el labio inferior para relajarse; si no lo hace, explota, se vuelve loca y echa a correr alejándose de allí a toda velocidad. Por eso se relaja un segundo. Su mirada se desvía hacia dos perros que fornicaron en el centro del patio del solar y se arrastran el uno al otro.
—Echarle agua —dice Helia, y Valdés no entiende—. Tráeme una jarra con agua fría, bien fría.
—¿Tú estás loca? ¿Agua?
—Sí, agua. Quiero romper el equilibrio. Ambos, la mujer y el muerto, tienen el control del cuerpo. Pero si los obligo a lidiar con una nueva situación que sea brusca y chocante, el muerto no tendrá la suficiente capacidad para aclimatarse.
—Ok.
La mujer grita con voz desintonizada después de que un cubo de agua con hielo la empapa de pie a cabeza. Helia corre hacia ella y le coloca el chip con los circuitos de recesión a relieve, para evitar que el muerto vuelva sobre sus pasos.
—Está loca… me decía que eso era por quitarle el marido —grita la mujer. Valdés le toma la declaración con una pequeña grabadora oficial.
Luego acompaña a Helia hasta la puerta del solar.
—Lo hicieron a propósito. La muerta era la difunta mujer del hombre que vive con ella en la actualidad. Es probable que alguien, sabiendo esto, haya facilitado la Pa-room con la identidad de la difunta para que se le montase durante el toque.
—Tienes algo bueno entre manos.
—Antes de que se acabe el día, tengo al culpable —la besa en la cara como despedida.
—¡Helia! ¡Helia, espera! —le grita su hermana, que casi se cae y ensucia sus ropas blancas del yaboraje—. Vamos —dice, montándose en el taxi.
La abraza con fuerza, le sonríe. Fue con ella hacia el contenedor en la parte vieja de La Bonita. Se sentaron juntas, muy cerca. Tomaron cervezas y picaron algo que compraron por el camino. Fueron felices por un par de horas, hasta que Helia le advirtió que se alejara de la santería y de Xavier.
—Si piensas así de él, no vayas.
Helia mira durante unos minutos la puerta, como si aún su hermana estuviese gritándole cosas bajo el umbral. Como si hubiera algo allí. Lo había. Una imagen difusa que podría ser muchas cosas, pero que es la vieja azul, la protectora. Susurrándole al oído que algo malo va a pasar. A la vieja azul le gusta sentarse en el sillón y balancearse muy cerca de la consola de aire acondicionado; no soporta al Elegúa porque es un santo maldito y glotón, que se sienta en la cama de Helia mientras ella anda desnuda buscando qué ponerse. Algo malo va a pasar, dice la vieja azul, se abanica y el humo del tabaco que fuma se arremolina en niebla invisible. Algo malo va a pasar, mi niña. Cuídala. Cuídala…
—Oigo —dice Helia. Solo había pasado un día desde la visita de su hermana, un día desde la premonición de la vieja azul, desde la invitación a la fiesta de santo. Un día tranquilo, de holgazanear por el barrio y por la casa. De mucha televisión. Un día que se terminaba con lentitud.
—Disculpa… Helia, marqué el número que no era.
—¿Te pasa algo? —pregunta Helia.
—¡Te lo dije, te lo dije! —grita la vieja azul, alzando las manos, golpeándose el pecho, soltando humo por la boca que se ha tornado roja, al igual que los ojos.
—¡¿Qué te pasa?! —grita Helia, aunque sabe la respuesta.
La comunicación se corta. Helia aprieta el auricular hasta que las venas de sus muñecas se dibujan. Quiere que se deshaga en pedazos. Pero no es así. El auricular aguanta como si nada. Ella lo estrella una y otra vez contra todo —¡no, no, no, no!— grita y se pone un vestido encima de la ropa de dormir. La vieja azul cierra los ojos y comienza a llorar. Helia no la mira cuando cierra la puerta.
Llama a Valdés.
—Ve para esta dirección: Calle 650 entre 56 y 78 #123C. ¡Apúrate!
—¡Qué pasó! Oye, ¿qué pasó? —Helia no lo puede escuchar. Había usado la mano del Celia para hacerle señas a un taxi. Promete doscientos si la lleva lo más rápido posible.
Baja en el lugar justo para ver cómo su hermana intenta saltar por la ventana del último piso y se detiene delante del cristal, tatuada en rojo. Helia echa a correr apartando a la gente que había salido al oír los gritos de muerte, las súplicas y los gritos aterrados de los que pudieron escapar.
Helia sube por las escaleras hasta llegar a la puerta con cerradura electrónica. Intentan echarla abajo. Tienen machetes y una pistola. Mataron a alguien allá dentro, decían.
—¡Abre, coño! —grita Helia y vuelca el contenido de su mochila sobre el piso, buscando sin encontrar. —Mira que te lo dije. Deja todo eso… —trata de coger el Celia que evita su mano—. ¡Pero ni tú ni nadie escarmienta por cabeza ajena! —decodifica la cerradura con la ayuda de la IA del Celia y la puerta se abre en silencio.
Su hermana, la poseída, se encuentra en el medio de la habitación tatuada en rojo por la sangre de Xavier, rodeada de los invitados que no pudieron escapar, que la miran asustados, que no se mueven, que le piden a la virgencita.
La poseída echa a correr con el machete en ristre. Helia, con un rápido movimiento, hace fallar a la pistola que intenta disparar y la detiene antes de que el machete corte, gira sobre su talón derecho y, tomándola por la cintura, la lanza y le aplica una inmovilización.
La poseída trata de liberarse y parte sus brazos en el proceso. Helia no suelta y también inmoviliza los pies, aplicando presión y pegándolos lo más posible al cuerpo. Busca en el suelo, entre el reguero, el chip con los circuitos de recesión a relieve y se lo coloca a su hermana en el puerto de conexión de la nuca. Les grita a los machetes y a la pistola que no se acerquen. El muerto es confinado al cibercerebro y su hermana vuelve a tomar el control del cuerpo, junto al dolor de los brazos partidos. No puede levantarse. Me duele, dice. ¡No se acerquen!, vuelve a gritar Helia. ¡No se acerquen!, le grita a la pistola y los machetes descalzos.
Helia no soporta ver sufrir a su hermana. Le deja caer en los labios un pequeño cóctel de nootrópicos, para mantenerla alejada de todo. Helia se pone en pie y se dirige al altar yoruba, lo mira con una mezcla de recelo y añoranza. Toma la prenda del muerto y dentro de ella, encuentra una pequeña Pa-room de apenas unos centímetros de envergadura.
—Estafadores —rezonga sosteniendo la Pa-room entre su dedo índice y pulgar.
Pasa por el lado de Lia y se cerciora de que está disfrutando del momento de enajenación; le acaricia los cabellos. Recoge el Celia del suelo y recuesta la espalda en el marco de la puerta plástica de color caoba. Conecta la Pa-room al Celia y este, a su vez, lo pone en modo proyección. Se toma su tiempo para analizar la estructura de la base de datos y el software de generación que guarda la personalidad de un tal Efrén, que está muerto desde que las Pa-rooms parecían discos de vinilo. Encuentra los códigos de identificación de la personalidad de Efrén y adapta un virus benigno para que solo elimine esos códigos, y lo transmite al cibercerebro de su hermana por vía inalámbrica. Le da otra dosis de analgésicos a su hermana para que se aleje aún más. Le aguanta la cabeza para que no se la rompa producto de las convulsiones, mientras el software borra todo rastro de Efrén y su síndrome de reencarnación.
Dennis Mourdoch Morán (La Habana, 1985). Licenciado en Ingeniería Mecánica. Ganador del premio Calendario de ciencia ficción, 2013 y el Oscar Hurtado, 2011. Ha publicado los libros En la boca del Lobo (Abril 2015) y Las arenas de erif eren (Gente Nueva, 2016). Su obra se comparte entre la ciencia ficción y la fantasía. Sus relatos de corte cyberpunk tienen una marcada tendencia afrofuturista, en una versión novedosa y caribeña.

