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El campeón

by Redacción

Por Luis Javier de Peña

I

Mi primo Michael Ramos, Mike, como le decíamos, era muy dedicado a su trabajo de delivery. Estaba contratado en un colmado de su zona, llamado «Te conocí». Era aficionado a las carreras de motores, y asumía el llevar los pedidos de los clientes como una competencia más. Eso lo convertía en un verdadero remolino en las calles y autopistas. Esquivándolos con elegancia y soltura, se colaba entre los vehículos y transeúntes y siempre ganaba su imaginaria carrera. Aunque un poco temerario a veces, no había duda del talento de Mike para conducir, y eso, en estos tiempos de pandemia, con tantos encargos provocados por el encierro, lo hacía un trabajador muy eficiente. A todos, yo incluido, nos sacaba amplia ventaja; y resultaba muy difícil seguirle el paso cuando coordinábamos, junto a otros deliverys, alguna «chiripa» de envío por la zona.

La última vez que coincidimos en un encargo, hablamos del tema obligado por estos días: el dichoso virus venido de la China. Le comenté que, con el país en vísperas de elecciones, tenía temor de que eso se expandiera como pólvora, pues con el  Gobierno en campaña, no se tomarían las medidas adecuadas para librarnos de la enfermedad.

Con su habitual buen humor, Mike minimizó la situación y hasta se burló de mis temores: «Eso es un cuento, primo. Otro lío más para tener a la gente con miedo. Lo que hay que hacer es darle duro al trabajo», me dijo, mientras aceleraba a fondo su passola, que se encabritó y salió hecha un bólido hacia adelante. «¡Nos vemos, hermano!», me gritó, antes de desaparecer en una bocacalle. «¡Me faltan tres pedidos!»

«Mike y su eterna prisa», pensé, y renuncié a alcanzarlo, pues de sobra sabía que no iba a lograrlo. No soy como Mike. No tengo su destreza y no me gusta ir tan rápido, ni por la carretera ni por la vida. Este trabajito hay que cogerlo suave, pues apenas da para vivir. Mike, porque disfruta andar de aquí para allá, imaginando que compite; y porque le gusta ayudar a las personas. Es muy noble. A él le va bien. No le falta nada. Sus padres le pagan la universidad y el apartamento donde vive.

II

Nicolás, mi primo, de ingenuo, creyéndose el cuento del coronavirus ese. No paran de inventar para tener a la gente mareada. Todo el mundo está volviéndose loco con el tema. Olvidan que antes fue el dengue, o la influenza, y que mañana será otra cosa. Hasta Willi, el dueño del colmado, no para de hablar de eso. Se ha vuelto paranoico. Cada vez que me da la orden de los pedidos, me exige que no me le pegue a nadie por ahí, que, si le traigo «esa vaina» para su negocio, nos jodemos. Se ha vuelto mal humorado y más vigilante de la cuenta. Me recibe con mala cara, a cada rato me pregunta si me siento mal y señala que estoy demasiado lento. Pero solo lo hace para descargar sus preocupaciones con alguien, porque él sabe que no hay nadie más rápido que yo. Lo que pasa es que los rumores del cierre obligatorio de los negocios lo tienen más enfermo que si tuviera el famoso virus.

Anoche, mientras cenaba, sintonicé algunos noticieros. No se habla de otra cosa. Parece una conspiración mundial. Quizá el primo Nicki tenga razón. Lo peor de todo es el toque de queda que acaba de implantar el Gobierno. Por lo que veo, esto se complica en verdad. Este mes será malo para mis ahorros, pues después de las cinco de la tarde era que empezaban en verdad los pedidos importantes, y ya no se podrá salir, bajo riesgo de ir preso. Qué fastidio. Tardaré más para reunir el dinero que necesito para comprar la moto de mis sueños, y Willi se pondrá más insoportable que nunca…

En efecto, a la mañana siguiente, al llegar al colmado, me recibe con cara de velorio, agitando, desesperado, los periódicos del día.

—No pasará nada, patrón —le digo, para consolarlo—. Eso es más ruido que otra cosa.

—Dele, coño, que hay un montón de gente esperando —me contesta, irritado—. ¡Eso es lo suyo! ¡Y nada de juntadera con nadie!

No le contesto y parto a llevar los primeros pedidos. Casas, apartamentos, negocios. No paro un momento. Los pedidos se han triplicado. Lástima que la universidad me robe tanto tiempo y solo pueda trabajar unas horas. Comienzo a pensar que, tal vez, contrario a los que todos piensan, la nueva situación nos beneficiará. Con una semana a este ritmo, ganaré más dinero que nunca. Ahora, eso sí, la gente te recibe disfrazada, con la desconfianza en los ojos, y algunos cogen las fundas con la punta de los dedos. A mí no me importa. Lo que hace falta es que paguen. Si se mira bien, es hasta divertido.

Por la noche estoy muerto de cansancio. Fue un buen día. Hasta Willi tuvo que reconocerlo. Con la velocidad de la faena, no me había dado cuenta de que me arde un poco la garganta. Siempre me pasa cuando abro mucho la boca y el aire me la reseca. Tengo que dejar de hacerlo, pero con la emoción de la velocidad y esa sensación de libertad, como si volara, ni cuenta me doy de que voy como un bobo con la boca abierta. De pronto, recuerdo que el ardor de garganta es uno de los síntomas del virus. ¡Bah! Pero qué va, ese pensamiento no me deja dormir. Hasta a mí me están atolondrando con eso. Finalmente me decido, me levanto de la cama y hago lo de siempre: gárgaras de agua de sal. Enseguida me alivio. Lo sabía. Ahora, a dormir, que mañana será otro día…

El país amanece en estado de emergencia. Todo lo cerraron. Solo se puede comprar comida y medicina. Sé que no debería, pero en el fondo, me alegro, pues tendré más tiempo libre para trabajar en el colmado. Debo esforzarme ahora. Es la oportunidad. Para no perder ni un minuto, y evitar que me agarren después de la cinco retornando a casa, le pido a Willi que me permita quedarme a dormir en el colmado. Él acepta y yo llamo a mis padres para decírselo. No quiero que se preocupen por gusto.

III

Comencé a usar pantalones y camisas de mangas largas. Willi me lo exigió. También me entregó una mascarilla y guantes. Son las nuevas reglas. Trabajo desde las ocho hasta el filo de la cinco. El dolor de garganta vuelve a veces, y también algunos escalofríos. Debe ser la humedad del colmado y el no estar quieto en todo el día. El sol también es implacable.

Anoche, mientras me bañaba, sorprendí a Willi brechándome. ¡Qué vergüenza! No lo hubiera imaginado. Tosí fuerte para que el miedo a enfermarse, que lo trae a los tumbos por estos días, como a todos, lo disuadiera de hacer algún disparate. Funcionó. Menos mal. Se fue de inmediato. Pero sé que ya no será igual. No podré mirarlo de la misma manera. Otra fea consecuencia de esta situación tan extraña que vivimos por estos días.

El señor Willi se ha vuelto más seco conmigo. No me mira a los ojos. Está todo el día pendiente del wasap, porque es por ahí por donde llegan más pedidos. Si me oye toser, levanta la mirada con disgusto, pero no dice nada. Me cansé de comer las picaderas que me puedo preparar en el mismo colmado. Mi mamá siempre dice que uno debe comer caliente. Llamé al primo Nicolás (nunca le digo ese nombre, sino Nicki) y él me habló de un buen lugar donde venden comida, cerca de la universidad. Él mismo me trajo la primera vez, para que la probara. Es buena. Problema resuelto. El puesto de comida es mi última parada antes de concluir la faena del día.

Por la noche, en el colmado, sobra tiempo para ver la televisión y avanzar algunas materias de la universidad. Veo que, en Italia, la cosa está fea. Solo puede salir una persona a la calle, por núcleo familiar, a comprar comida, y tienen que informarlo y decir adónde van. Hay muchos muertos. Es que esa gente es muy vieja, y fumadora. Dicen que toda Europa está así. Pero de todos modos se nota que en esos países hay medidas de verdad. Aquí todo se relajea. Somos como muñequitos de papel arrojados al agua.

El señor Willi está huraño. Parece que ahora le da vergüenza su comportamiento de la otra noche, o quizás solo está asustado por mi tos persistente y mis escalofríos. Esta mañana me pareció que estaba a punto de decirme que me fuera, pero no se atrevió. Perdería a su mejor delivery, y a él le interesan, ante todo, sus cuartos. Para tranquilizarlo, le recuerdo que siempre he sido alérgico. »Esa vaina solo mata a los viejos», digo. «Aquí eso no levanta cabeza».

Él solo me pasa una lista, varias fundas, y señala dos botellones de agua, sin mirarme. «Piso doce-B, de la torre del frente» dice. «Muévete».

Yo acomodo todo y salgo como una exhalación en la passola. «A mal tiempo, buena cara» pienso. «El trabajo es lo primero».

Por la noche me entero, en la televisión, que van veintiocho muertos en el país. ¡Pero qué cosa! Estos chinos «der diablo» han puesto malo al mundo. Al otro día, un Willi más asustado que nunca me dice que abrirá el colmado solo de nueve a cuatro. Él sabrá. Para eso es el dueño, y la verdad es que llego a las noches muy cansado, y débil. Creo que anoche me dio fiebre alta, porque tuve pesadillas, y solo me ocurre cuando algo no anda bien. Ya pasará. El sol me está castigando demasiado. Debo protegerme mejor. Cuando me siento mal, enseguida empiezo a extrañar a mamá. Tengo que ir a verla.

IV

El señor Willi se ha vuelto un fanático del gel antibacterial y del alcohol. Quiere fumigar a todo el que llega al colmado. A ese paso me voy a decolorar, pues tengo que entrar y salir cien veces al día. Además, ese olor me irrita más la garganta. Trato de disimularlo, pero a veces no puedo. ¿Será que en verdad estoy infectado de ese maldito virus? Me siento raro. Ahora que lo pienso, será mejor no ir a ver a mamá. Se pondría a regañarme y querría arrastrarme al médico. Se lo contaré a Nicki. Él me apoyará.

***

Llamé a Nicki. Le dije que quería verlo para contarle algo y que necesitaba su apoyo. Enseguida me soltó que me cuidara más y cogiera lo del virus en serio, que mirara lo que estaba pasando en Italia y España, y aquí mismo, yo que decía que eso era puro cuento y un relajo del Gobierno. Le di la razón. Le dije que ya no pensaba así, que había empezado a preocuparme y que me sentía un poco agotado con tanto trabajo, pero que no se hiciera ilusiones, que aún podía vencerlos a todos y que algún día me coronaría campeón de velocidad. Él se rio. Quedamos en vernos por la noche en su casa, para cenar.

V

Hoy hay una carrera de motos de las que me gustan. Me avisaron para que manejara una y voy a ir. Ojalá no empiecen los escalofríos y el dolor en las articulaciones. Quizá la adrenalina me quite esta vaina. Se apuesta duro y los organizadores saben que soy de los mejores. Quiero llevar a Nicki. Él maneja bien y si llega en segundo o tercer lugar duplicaríamos la ganancia. Me gusta montar esas naves. Es como si soñara. Encima de una moto me siento el dueño del mundo. Me transformo. La línea blanca es la guía hacia la libertad, las curvas, el balanceo sublime, la pista, el universo, y yo, el cometa que lo surco y domino.

Nicki me espera para cenar, pero hay tiempo. Lo llamo y le cuento de la carrera.

—Embúllate y ven —le digo—. Tú también manejas muy bien. Será grandioso.

—No, ombe, no —me dice—. Eso es para ti.

 —Dale, muchacho. Me dices y te paso a buscar. Sabrás lo que es la felicidad. Y luego celebramos, con el dineral que vamos a ganar.

Él, siempre ceñudo y preocupado, se niega, y me alerta una vez más sobre los peligros de esas carreras ilegales.

—Mike, no tienes necesidad…

—Nicki, si salgo victorioso, son diez de «lo grande» —le respondo—. La nave te la entregan en el lugar. No te preocupes. Sé lo que hago. Ya he ganado otras veces. Esta noche es una sola carrera por el asunto del toque de queda. Eso es pan comido. Deberías venir a competir.

—¡No, gracias! Te espero, primo… ¡Y por Dios, cuídate y pon los pies en la tierra! ¡Te veo en el aire!

VI

Según me contó con dificultad, la carrera fue en la avenida 30 de Noviembre. Un acceso de tos y la visión borrosa le impidieron llegar en primer lugar, pero aun así su talento se impuso y llegó segundo. La carrera, como otras veces, acabó en desgracia, pues dos los que venían detrás chocaron entre sí y se estrellaron contra un poste, matándose en el acto. Pero Mike no habló de eso. Era un riesgo que siempre estaba presente. Está vez había ganado menos dinero, pero de todos modos la suma fue considerable. Llegó a mi casa volado en fiebre y ronco. El aire a esa velocidad acabó de afectarle la garganta. No quiso o no pudo comer, y no tuvo necesidad de decirme lo que quería, pues a simple vista se le notaba que estaba muy enfermo. «Tienes el virus, primo», le dije. «Ahora mismo nos vamos para emergencias». Traté de protegerme lo más que pude, intentando que él no se sintiera más mal de lo que ya se sentía. No quería tratarlo como un apestado o algo así. Mike merecía toda mi consideración.

 En emergencia no había camas disponibles. La enfermera que nos atendió nos lo dijo sin mucho miramiento y me dio una pastilla para la fiebre. «Dásela cada cuatro horas», ordenó. «Vuelvan mañana».

Pero no tenía sentido regresar otra vez en esa passola y exponer a Mike al sereno de la noche. Además, no sé si era pura paranoia, pero yo también me sentía con escalofríos y a veces me costaba respirar, aunque creo que era porque me había dado por ser consciente de que respiraba, y por contar las inhalaciones y exhalaciones. Es horrible. Ya estábamos allí y decidimos quedarnos en el pasillo. La enfermera nos miró con resignación, pero no dijo nada. Mike se tomó la pastilla y la fiebre cedió sobre la medianoche. Yo también, escondido, me tomé una, por si acaso. Dormimos como pudimos, con las espaldas contra la pared y despertando cada tanto con el paso de la gente, que seguía llegando y tenía que devolverse por la falta de camas. El trasiego había sido tremendo y, en la semipenumbra, aquel pase-pase parecía una procesión de fantasmas. Al amanecer, Mike lucía mejor, aunque no dejaba de quejarse de un fuerte ardor en la garganta. Como a las siete, se desocupó una camilla al fondo de la sala y la enfermera nos avisó.

Dimos nuestros datos, cédulas, número de seguro… Mike ingresó como paciente y yo firmé como su responsable. Él me había pedido que no avisara a sus padres, pero no pensaba cumplir con su petición. Ellos debían saber su situación. Seguro solo podrán verlo a través de un cristal. A mí se me ordenó reclusión absoluta en mi casa, por quince días. Mike no duró tanto.

VII

Voy en una moto a toda velocidad, como me gusta. La pista es ancha y está surcada no por una, sino por tres rayas blancas y brillantes. Voy tan rápido que el paisaje es apenas un contorno borroso. No siento que nadie me siga. Como siempre, les he sacado tanta ventaja que ya no podrán alcanzarme hasta después de cruzar la línea de meta. Voy sin casco protector. Me lo he arrancado para respirar mejor, y ahora el aire me golpea tan fuerte la cara que estoy arrepentido. Es un aire pesado, pegajoso, que se aferra a mi cuerpo y me oprime el pecho. Ahora oigo voces, pasos, carreras… La pista comienza a desdibujarse y temo que se acabe de pronto. Los rostros de mis padres, de Nicki, del señor Willi, se dibujan sobre la pista… Ah, entiendo. Es una pesadilla. Quisiera decir que respiro aliviado, pero, la verdad, es que no puedo hacerlo. Lo cierto es que no puedo respirar en lo absoluto. El mismo aire viscoso de la pista sigue golpeándome en esta cama de hospital. El pecho me resuena y oigo cada latido de mi corazón, que galopa más rápido que la moto con que tanto soñé, sobre su última pista. «Esta no hay modo de ganarla», pienso, y una extraña quietud se abate sobre mi…

VIII

Recibí la noticia de la muerte de Mike como una puñalada. Él, siempre rápido, se me adelantaba también en la muerte. Pero yo podía, perfectamente, ser el próximo. Desde que regresé del hospital, por unas calles desiertas como nunca vi, no había salido en lo absoluto. Debido al miedo, al parecer, el mundo se estaba quedando vacío. Sin el bullicio y el colorido de siempre, incluso me costó llegar a la casa. Por poco me pierdo. Había una niebla extraña, dicen que polvo del Sahara. Otra calamidad, en fin… Me encerré a cal y canto, y me mantuve orando, pidiendo para no estar infectado. El virus no era cosa de juego, no; y Mike lo había entendido demasiado tarde. Sabrá Dios cuánta gente, entre los que me encuentro, pudo haber contagiado. Miles estaban muriendo ahora mismo en todo el mundo: ancianos, jóvenes, niños… Mortalmente asustado, decidí no ver noticias, pues todas giraban sobre lo mismo y cada una era peor que la otra. Sabía que no podríamos despedir a Mike. Estaba prohibido por sanidad, y solo de imaginar el dolor de sus padres ante tal situación, me brotaban las lágrimas de dolor e impotencia. Mike no merecía esto. Era noble y trabajador. Soñaba con motos y quería ser campeón… Ahora, todo eso había perdido su sentido, para siempre…

***

La segunda llamada del hospital, anunciándome que la prueba para el coronavirus, realizada al señor Michael Ramos, había salido negativa, me sumió en una confusión total.

—Usted querrá decir Nicolás Ramos, o sea, yo ¿no?

—No —recalcó la señora, enfática, a través de la línea—. Michael Ramos fue quien dio negativo. Ambos, Nicolás y Miguel Ramos fallecieron en un accidente de moto hace dos días, pero solo Michel era sospechoso de tener el virus. La prueba fue postmorten, para advertir a los posibles contagiados. Aquí tengo su acta de defunción. Como su responsable, debe pasar a buscarla, y sepa que debe repetirse la prueba a los quince días para…

— ¡Quééé! No, nooo, yo estoy vivooo, yo…

Entonces lo entendí. Entendí de golpe el porqué de esta rara niebla que no acaba de irse y que más bien se espesa; como si todo el Sahara estuviera metiéndose en mi casa; el porqué de esos murmullos sordos, de ese continuo pasillaje de sombras y el extraño recuerdo de una enfermera hosca que señala una camilla al final de una sala donde, ahora lo veo bien, estoy tendido yo, ensangrentado… ¡Cómo, Dios mío, dejé que Mike me convenciera de ir a esa loca carrera! ¡Cómo tuve el valor de montarme en aquel monstruo negro que rugía por la pista! Mi pobre primo nunca me perdonará el resbalón, el desliz que le robó sus sueños de campeón, contra aquel poste…


Luis Javier de Peña (Higüey). Licenciado en Administración de Empresas por la Universidad APEC y Licenciado en Derecho (Magna Cum Laude), por la Universidad Católica de Santo Domingo. Es autor de la novela Sánchez (Editorial Santuario, 2020); del libro de cuentos Un toro furioso a las puertas del cielo y del cuaderno de microrrelatos Indicaciones para salir y entrar (Editorial Santuario, 2021); así como de una compilación sobre la Historia de la Jurisprudencia Dominicana (1844-1900), aún inédita. Ha resultado dos veces ganador del Primer Premio, en la categoría Cuento, del concurso de Arte y Literatura del Banco Central de la República Dominicana (2020, 2021, con los cuentos «El campeón» y «La niñera»). Tiene en preparación dos volúmenes de cuentos Relatos y Cementerio de nubes (minificciones); así como las novelas Renacido y El profeta de Anamuya.

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