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Las mujeres del Coaybey  

by Redacción

Por Morgan Vicconius Zariah 

Los tainos de Quisqueya temían los horrores que bordaban las sombras de la noche. Al ponerse el sol, un desfile de criaturas místicas se esparcía entre los bosques, reclamando en silencio su dominio absoluto.  Desde pequeños se les enseñaba que la noche era el dominio de los muertos. Estos estaban encerrados durante el día y de noche salían tomando diversas formas. Las leyendas decían que se alimentaban de guayaba, adoptando forma de murciélagos y luciérnagas. Algunos habían visto a sus seres queridos fallecidos mientras se atrevían ahondar los caminos nocturnos. Al abrazarlos, experimentaron atravesar sus cuerpos que desaparecían dejándolos en cambio abrazados a las ramas de algún árbol. 

Otros jóvenes decían haber yacido con mujeres, de agradables senos y tersa piel. Sus cuerpos olían a guayaba fresca, sus voces parecían el canto de una diosa cuyo encantamiento solamente Yucahú podía deshacer.  Mientras las caricias se prolongaban, aun atemorizados por el hecho de que estos seres no tenían ombligo, se sometían a su voluntad.  Eran descubiertos yaciendo en el suelo con sus fuerzas mermadas. Más de una vez el behique intervenían en estos asuntos con yerbas sagradas y la muestra de cemíes que deshicieran el sortilegio.

 «Los hupías están atravesando el umbral del mundo de los vivos más de lo habitual», pensó Manaboa, un behique de la tribu del cacicazgo de Maguá al norte de Quisqueya. «¿Será que ella también?». Una tristeza recorrió su pecho como si la piedra de un cuchillo lo hubiera atravesado.  Recordó el rostro de la joven que hace tiempo se había ido. El recorrer de su mano sobre su rostro, y el tierno jugueteo en las corrientes del río donde ambos se reflejaban. En sus recuerdos, parecía haberse detenido el tiempo. Brillaba en su rostro la luz de su juventud la cual el amor alimentaba.  Quería permanecer allí, en ese rincón de la memoria donde toda sombra se extinguía. Él sabía muy bien que si no fuera por su partida, nunca se consumaría el destino que los dioses les tenían diseñado. Pero estaba cansado de la soledad que requería su vida espiritual, de sus sombras, de sus delirios.

Una noche bajo la luna llena que bañaba el bosque con sus rayos plateados, lo decidió. Utilizó sus conocimientos para adentrarse en el mundo de la oscuridad. Inhaló la cohoba mientras cantaba, y en el trance, vio al cemí de madera despertar. La figurilla que tomó vida estaba hecha de un tronco de guayaba. Sus ojos y boca tallados empezaron a moverse.  Balbuceaba palabras sin sentido, y en unos pocos segundos, por efecto de las sombras del Coaybey, su garganta se aclaró:

 —¿Qué deseas, querido Manaboa? ¿Para que soy bueno? 

—Ya debes suponerlo Opiyelguabirán, señor de los muertos. La quiero a ella, no importa el trueque que tenga que hacer contigo. 

—Sabes que un behique aún con el poder de convocar los hupías y los espíritus del Coaybey, no debe yacer con mujer alguna, ni viva ni muerta, es peligroso.  Podrías enfurecer a Yaya y a Yucahú. 

—Solo quiero verla otra vez, no tengo otras pretensiones.

—Pues hecho está —cerró el pacto el cemí. Después de sus palabras, sus extremidades se insuflaron de habilidad motora y comenzó a andar a cuatro patas. Le hizo una señal al behique y este lo siguió hasta perderse en el bosque. La brisa soplaba tenue y fresca cuando de repente un murciélago se posó a comer una guayaba del árbol que se alzaba sobre sus cabezas.

—Allí está la hupía que tanto has anhelado, la he traído para que la veas. No la toques, la entrada a la cueva de los muertos está al pie de este árbol de guayaba. 

—Mi espíritu te agradece, Opiyelguabirán.

En unos segundos, el murciélago se transfiguró en una joven cuya belleza deslumbró a Manaboa devolviéndole a su rostro esos trazos de felicidad que el tiempo se había llevado. 

—¡Acabey! —exclamó, sin poder contener dos lágrimas que humedecieron su rostro. 

—Manaboa, Manaboa, —sollozaba la hupía. Sus ojos brillaron como luciérnagas mientras se acercaba al behique para abrazarlo—. Me he mantenido pura, esperándote. Pero no quería verte en Soraya hasta que acabara tu tiempo. Se acercó a Manaboa con una sonrisa rebosante de alegría que parecía llenar por un instante las penumbras del Coaybey con la gracia de los vivos. Manaboa no se pudo resistir y la apretó fuerte entre sus brazos. En unos minutos, como en aquellos tiempos comenzaron las caricias, hasta que un beso puso fin a la larga espera.

—Te lo advertí, Manaboa —gritó el cemí cuya expresión en su rostro cambió a un aspecto triste y lloroso—. Yaya  te castigó, cruzaste los límites, debes acompañarme.   

Manaboa observó como la luz lunar se desvanecía dando lugar a una oscuridad mortecina en la cual ahora era capaz de ver. Ante él, la boca de una cueva se abría extendiéndose hasta el infinito. Una fría neblina los cubría.  Tomado de la mano de Acabey se percató que ella no tenía ombligo y al mirar su propio vientre, notó la ausencia del suyo.  Sintió hambre. El cemí que se acercaba para guiarlo le dio una guayaba que devoró mientras se sumergía en la oscuridad de la cueva, junto a las demás siluetas que conformaban el Coaybey.  


Morgan Vicconius Zariah (Jimmy Diaz, Baní, 1982). Escritor y gestor cultural dominicano. Sus cuentos y microrrelatos han sido publicados en diversas antologías y revistas. Ganador del concurso Onomatopeyas de Historias Pulp (España) y tercer lugar en Monstruos de Navidad de la revista Aeternum (Perú).

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