El caracol

by Redacción

Como a muchos niños del vecindario, me gustaban los insectos. Los coleccionaba en frascos, en cajas de madera recubiertas de algodón que ajustaba con alfileres. A mis padres les desagradaba aquel pasatiempo, sobre todo a mi madre, que tenía pavor a los bichitos del monte.
Así fue como, al terminar la secundaria, decidí estudiar la vida natural. Quería ser biólogo y conocer más a fondo ese universo en miniatura.
No olvido el día en que hallé aquello. Me encontraba en el campo, exploraba el terreno para examinar el comportamiento de las lombrices, estudiar su modo de reproducción, y ver como formaban su imperio bajo la tierra.
Entre un montón de rocas, mi atención se centró en una en particular, una semejante a la forma de caracol, o eso pensé en el momento, pues cuando al acercarme noté que era una de esas babosas que llevan un caracol a rastras. Me sobresalté, jamás vi algo como aquello. Su tamaño era alarmante, tan grande o más que el gato de mi vecina, uno de raza persa que apenas puede mantenerse de pie.
Sostuve el caracol con sumo cuidado. Las manos temblaban debajo de la concha. Vi al animal alargar sus ojos, en el momento en que se apresuró a meterse en el caracol, dejando un gran chorro viscoso. Todo sea por la ciencia. Me llevé esa maldita cosa a la casa. El resto de mi vida lamentaré haberlo hecho.
Llegué a casa. Traía la babosa envuelta en unos paños dentro de mi mochila. Subí a mi departamento y la coloqué dentro de una pecera. Antes fue el hogar de una serpiente, la pobre, se había escapado y la encontré días después aplastada en la calle.
Fascinado y algo aterrado, me quedé examinando al bicho. Era de gran tamaño y se movía lento, andaba por el área de la pecera, explorando el nuevo territorio. La encontró acondicionada, a Juliana, mi serpiente aplastada, le gustaba estar en la arena, y dormir en ramas secas. La babosa iba dejando un rastro de baba a su paso. Maldición, era realmente asqueroso. Daba náuseas, ver como contraía el cuerpo…
En hora de la noche me puse a observar y tomar una serie de apuntes. Busqué en mis libros datos sobre algo semejante, pero no encontraba nada, ni siquiera en internet. Parecía que era el primer caso y yo lo había descubierto.
Me dispuse a dormir. Ese día tuve una pesadilla, veía una masa gelatinosa subir lentamente sobre mí, tenía múltiples bocas: deformes, y llenas de babas y colmillos. Lo más perturbador fue oír su voz, sí, en mi sueño esa masa gelatinosa podía hablar. Repetía la misma frase: «Lo siento, lo siento». Lo hacía con voz melancólica, y mordisqueaba la carne de mis pies, y seguía hasta la cadera.
Desperté empapado. Miré en dirección a la pecera, para mi sorpresa el caracol no estaba en ella. Solo un rastro viscoso que llegaba hasta el piso. Lo seguí con la mirada, y vi a esa maldita cosa en el suelo. No sé por qué, pero tuve la impresión de que era más grande que cuando lo encontré. Traté de meterla otra vez en la pecera, lo conseguí con esfuerzo.
Ese día debía recopilar datos para otros estudios, así que salí de casa dejando a la babosa encerrada. Me aseguré de ponerle la tapa a la pecera, el caracol apenas cabía.
Tras hacer mis diligencias volví a casa. Llegué y encontré la pecera destrozada. A simple vista no vi rastro del caracol, pero sí un bulto negruzco en mi cama. No distinguía lo que era, la luz del cuarto estaba apagada. Al encenderla, ahí estaba la babosa, en mi cama. Su tamaño era horrorosamente grande, imaginé que había crecido y rompió la pecera.
La tomé temeroso y la coloqué en el baño. Limpié el desastre y regresé a donde la había dejado. Ya me costaba cargarla, era como levantar un puerco listo para llevar al matadero. Tomé fotos y escribí algunas notas. Me fui a dormir y dejé al caracol en el baño.
En sueños, me vi en mi cama y otra vez esa masa gelatinosa acercándose con sus múltiples bocas llena de dientes afilados. No podía moverme, sudaba frío y miraba con horror esa cosa que empezaba a mordisquear mis pies, siguiendo con las piernas, devorando todo. Su voz melancólica repetía mientras comía «Lo siento, lo siento». Sentía su baba mezclarse con mi sangre y carne triturada, trataba de gritar pero no podía.
Cuando desperté en la mañana, supe que no fue un sueño. Vi mis piernas carcomidas hasta los huesos, decoradas con piltrafas de carne. En el suelo un rastro de sangre llegaba hasta la ventana, como si algo grande se hubiera arrastrado y salido por allí. La babosa no estaba.


Greg Pérez (Santo Domingo, 1989). Publicista y escritor especulativo. Tiene publicado el libro de cuentos de horror Estación 47 (2017).

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