Por NELSON DEL POZO GUZMÁN
Luis Abinader tiene hoy sobre su escritorio el dilema que confronta su entrega servil a los intereses de Estados Unidos. El presidente dominicano sufre en carne propia la máxima de Henry Kissinger: ser enemigo de Estados Unidos es peligroso, pero ser su amigo es fatal. El conflicto arancelario actual pone a prueba la verdadera determinación del mandatario frente a la política exterior norteamericana. El porvenir de la soberanía nacional se decide en este preciso instante de extrema fricción diplomática internacional.
El Decreto 693-24, que protege con dignidad el arroz nacional, pende de un hilo ante la presión norteamericana. La sumisión diplomática mostrada por el gobierno de RD choca de frente contra la cruda e implacable realidad de la geopolítica de USA. Esta encrucijada arancelaria amenaza directamente el futuro de miles de productores locales atrapados en una competencia absolutamente desigual. El país debate su destino entre la resistencia soberana o la aceptación sumisa de los dictámenes de Estados Unidos.
Esta encrucijada no se reduce a simples números comerciales; se trata del corazón y sustento del campo dominicano. Más de 30,000 productores y un cuarto de millón de trabajadores ven amenazado su sagrado sostenimiento económico circular. Detrás de cada grano de arroz hay familias reales, sudor acumulado y el destino soberano de 22 provincias. Desmantelar esta protección arancelaria arrojaría a comunidades enteras a la miseria absoluta y al olvido social irreversible, tal como ocurrió con la privatización y destartalamiento de la industria y tierras azucareras.
La exigencia es desconsiderada, abusiva y brutal: mientras el gigante del norte subsidia su producción, exige la rendición de nuestra soberanía. Para colmo de males, el gobierno estadounidense vuelve a incluir al país en su lista negra de tránsito de drogas. Esta vieja táctica de chantaje político busca quebrar las rodillas de un Estado soberano en plena mesa de negociación. Es una imposición hegemónica disfrazada de diplomacia que busca inundar el mercado local y destruir la producción nacional.
El sustento generado por nuestras tierras arroceras aporta más de RD$45,000 millones anuales que se quedan y dinamizan la economía profunda de las provincias. Ninguna nación puede llamarse verdaderamente independiente si permite que una potencia extranjera controle el plato de comida de su mesa. Ceder ante el mandato de la Oficina Comercial de Estados Unidos equivaldría a quebrar nuestra propia seguridad alimentaria por complacencia diplomática. Si el mercado nacional se abre de golpe al arroz importado, la dependencia externa del país será una condena irreversible.
Sin embargo, sería un error de análisis reducir esta disputa a una sola causa. La exigencia arancelaria de Washington tiene un sustento jurídico en el DR-CAFTA que el país conoció desde 2004, y veinte años de transición no fueron suficientes para tecnificar el sector, renovar variedades y reducir costos de producción. Esa omisión, atribuible a sucesivos gobiernos, no justifica la presión extranjera, pero sí explica por qué la posición dominicana llega debilitada a la mesa de negociación. Reconocerlo no es avalar la imposición: es entender que la verdadera defensa del arroz exige negociar con firmeza y, a la vez, transformar la estructura productiva que hoy depende del decreto para sobrevivir.
Faltando apenas 25 meses para los comicios de 2028, dejar desprotegido el sector arrocero y capitular ante el gobierno estadounidense sellaría la derrota definitiva del PRM en febrero y mayo. El voto de castigo en los niveles municipal, congresual y presidencial nacerá directamente de las parcelas arroceras devastadas. Las comunidades rurales cobrarán en las urnas cada promesa rota y cada muestra de debilidad institucional y entrega de la soberanía cometida. Cada ciclo o periodo de gobierno en RD se ha perdido por las crisis socioeconómicas que ellos mismos han gestionado.
Proteger la tierra y la producción local es, en última instancia, el primer deber de un gobierno soberano. La defensa del arroz trasciende el frío debate técnico para convertirse en un grito de resistencia y dignidad. Los productores esperan una respuesta firme que salve su sostenimiento económico o enterrarán políticamente a sus verdugos oficialistas. El calendario electoral ya está corriendo y el campo dominicano no perdonará la desilusión de un patriotismo entregado.

