Por EDDY PEREYRA ARIZA
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A diferencia de la pobreza general moderada —donde la persona no puede cubrir alimentos más servicios básicos como vivienda, salud o educación—, en la pobreza extrema los ingresos del hogar ni siquiera alcanzan para adquirir la canasta básica alimentaria, aun si se gastara todo el presupuesto familiar exclusivamente en comida.
De acuerdo con el enfoque del Banco Mundial, una persona se encuentra en pobreza extrema si vive con menos de US$ 2.15 al día (equivalente a unos $ 129 pesos). A nivel del país, la pobreza monetaria se define cuando el ingreso por hogar resulta insuficiente para cubrir el costo de la canasta básica ampliada, estimado en aproximadamente RD$ 49,000.
Observando otro punto de vista sobre la privación de lo más principal para la vida, el enfoque multiple evalúa privaciones estructurales que trascienden el ingreso monetario. Bajo este criterio, una persona padece pobreza extrema multidimensional cuando acumula carencias simultáneas en áreas clave como salud, vivienda, educación, nutrición, servicios básicos y bienestar general.
En febrero de este año, el presidente Luis Abinader destacó la reducción constante de la pobreza en el país. Sobre la pobreza extrema, precisó que esta descendió del 2.4 % al 2.2 %, lo cual —en sus palabras— «consolida una tendencia sostenida de reducción y contrasta con el 9.8 % de media en América Latina, según datos de la Cepal».
Si aceptamos o reconocemos que se cumplió la meta de 2020, al reducir la pobreza extrema del 5. % al 3.5 %, o incluso si se superó al alcanzar un 2.2 %, lo cierto es que cerca de 300 mil dominicanos se encuentran atrapados en el nivel más grave de vulnerabilidad social o indigencia.
El gobierno acaba de lanzar la iniciativa META RD 2036 que plantea como principales objetivos duplicar el Producto Interno Bruto (PIB) en 10 años, erradicar la pobreza extrema, generar 1.7 millones de nuevos empleos, además de triplicar el salario medio y posicionar al país entre las economías más prósperas y competitivas de América Latina.
Para alcanzar estos objetivos fueron establecidos 14 comités de trabajo enfocados en áreas estratégicas como agropecuaria, comercio, construcción e inmobiliaria, energía, sector financiero, industria local, mercado de capitales y pensiones, minería, mipymes, tecnología y comunicaciones, transporte y logística, turismo y zonas francas.
Pero, la omisión explícita de la lucha contra la pobreza extrema en una estructura con catorce comités de trabajo revela un sesgo predominantemente productivista que invisibiliza el pilar más crítico de la vulnerabilidad social.
Al concentrar la agenda exclusivamente en sectores económicos y dinámicas de mercado —como el financiero, minero o inmobiliario—, la disposición reduce el desarrollo nacional a un mero ejercicio de crecimiento e inversión, asumiendo erróneamente que los beneficios del dinamismo empresarial per se permearán de forma automática hacia las capas más postergadas de la sociedad.
Prescindir de un área estratégica transversal y prioritaria para la pobreza extrema no solo debilita el alcance redistributivo de la iniciativa, sino que perpetúa un modelo de planificación donde el crecimiento económico discurre al margen de la deuda social con los sectores que viven en la miseria absoluta.
Elijo creer que esto fue una omisión involuntaria y no una nueva muestra de esa lógica excluyente que durante años ha favorecido a quienes ya disfrutan de todos los privilegios y aún aspiran acaparar más.

