Has huido hacia las bestias brutales
y los hombres han perdido la razón”.
William Shakespeare,
Julio César, acto III, escena II
(EIRNS) .- No debería sorprender que, solo unos días después de que la mayoría del Congreso de Estados Unidos repudiara su deber constitucional de decidir si la nación entra o no en guerra, apareciera un artículo de opinión en The Hill, un periódico que se distribuye a la oficina de todos y cada uno de los miembros del Congreso, insistiendo en que atacar a Irán con armas nucleares es un paso viable e incluso necesario.
“Fue pura conmoción y pavor”, escribe con orgullo el autor Harlan Ullman sobre el bombardeo nuclear de Japón, “y solo las armas nucleares podían producir eso. La lección es clara. El bombardeo estratégico con armas convencionales nunca ha funcionado. No funcionó en Vietnam, Iraq o Afganistán. No funcionará en Irán”.
El factor de la locura está vivo, coleando y creciendo por momentos.
En su rueda de prensa del lunes 9 de marzo por la tarde, el Presidente Donald Trump se mostró agitado ante la firme negativa de Irán a ceder y rendirse, y describió en ocasiones la guerra con Irán como una “excursión” que está “prácticamente terminada” y alegó en otras ocasiones que “no hemos ganado lo suficiente”. Como reflejo de la brutalidad del secretario de “Guerra” Pete Hegseth, Trump publicó después que si los iraníes no abren el estrecho de Ormuz, “la muerte, el fuego y la furia reinarán sobre ellos”. Por su parte, Hegseth dijo en una entrevista al programa 60 Minutes de la cadena CBS News la noche anterior que cabía esperar más bajas estadounidenses y amenazó: “Los únicos que deben preocuparse ahora mismo son los iraníes que piensan que van a sobrevivir”.
¿Qué brutos son estos que andan sueltos por los pasillos del poder? ¿Qué brutales somos nosotros que los elegimos? Y la pregunta más importante: ¿rendirán cuentas por sus actos? Como advirtió el arzobispo de Chicago, el cardenal Blase Cupich: “Nuestro gobierno está tratando el sufrimiento del pueblo iraní como un trasfondo para nuestro entretenimiento, como si fuera solo otro contenido más que ve en el móvil mientras esperamos en la cola del supermercado. Pero, al final, perdemos nuestra humanidad cuando nos emociona el poder destructivo de nuestro ejército. Nos volvemos adictos al ‘espectáculo’ de las explosiones. Y el precio de este hábito es casi imperceptible, ya que nos volvemos insensibles a los verdaderos costos de la guerra… Sé que el pueblo estadounidense es mejor que esto”.
Una contundente declaración de veteranos militares y de inteligencia publicada el 8 de marzo por Eisenhower Media Network se hace eco del llamado del cardenal Cupich por un Estados Unidos mejor: “La política del gobierno de Trump (anunciada por Pete Hegseth) de ‘guerra sin piedad’ es injusta y antiamericana. En el orgulloso ideal estadounidense del ciudadano soldado, esto no es lo que somos. Esta guerra no es ‘Estados Unidos primero’. Esto no es lo que nosotros hacemos”.
El lunes por la noche, la candidata independiente a la presidencia de Estados Unidos, Diane Sare, organizó una videoconferencia de emergencia con activistas en torno a la idea de que “solo el pueblo estadounidense puede detener esta guerra”, para movilizar a los mejores ángeles del pueblo estadounidense. Con Sare estuvieron además algunos candidatos independientes al Congreso y al Senado, así como otros activistas y líderes que convocaron a la ciudadanía a dar un paso al frente para detener esta guerra ilegal y quizás fatal. “Estamos en medio de un cambio de paradigma”, dijo Sare. “Siglos de un sistema imperial que trata a los seres humanos como animales, donde unos nacen para gobernar y otros nacen para servir, están llegando a su fin. Ese sistema está en bancarrota. Está acabado. Lo único que les queda es el terror y la fuerza. Se está gestando un nuevo sistema y están decididos a detenerlo, y de eso se trata… Por lo tanto, lo que ustedes hagan, lo que nosotros hagamos, importa. Y no cuenten para nada con Washington. Ahora depende de los ciudadanos”.
Si se permite que esa lógica brutal siga su curso, es casi seguro que nos encontraremos habiendo aceptado nuestra propia y trágica extinción. La historia se hace, y el progreso humano se asegura, cuando tenemos el valor, la moralidad y la perspicacia para romper con los axiomas que nos han llevado hasta aquí. Helga Zepp-LaRouche ha planteado precisamente eso en su carta abierta al Papa León XIV, que debe difundirse ampliamente: “Millones de personas del común se preguntan con total desesperación, qué se puede hacer para cambiar el curso de la historia, cuando muchos gobiernos, especialmente en Occidente, son obviamente incapaces de cumplir con su obligación de evitar daños a las personas de las que son responsables… Si, como primer paso, las Iglesias de Occidente y Oriente se unieran y hicieran campaña activa y diariamente por la paz mundial, esto podría influir en la mayoría de la gente para que expresara su compromiso con la paz, y de este modo ocasionar un cambio en la historia mundial y cumplir la voluntad de Dios, que seguramente no creó el mundo y dotó a la humanidad de razón para que fuera destruida por la ausencia de ella”

