Amir

by Redacción

Por Elena Ramos
Mención de honor del concurso literario Joven
de Cuento de la Feria Internacional del Libro, 2017


Estaba tirado en el suelo como aquel que muere en silencio. La resolana del sol les quemaba los ojos y la piel se quedaba pegada como si perteneciera al pavimento. De sus ojos salían lágrimas, como un perro en cautiverio a la espera de su amo. Era como una culebra que se arrastraba huyéndole a la miseria, pegado de la tierra estéril, alucinando en un caudal de sueños. Frente al patio de doña Jacinta, pensaba en la vida que llevaba. Pensamientos inoportunos corrían por su cerebro como caballos desbocados. No podía generar un solo pensamiento coherente. La circunstancia no le permitía un segundo de sincronía entre el cuerpo y la mente.

Jacinta miró al niño tan triste, pero no pudo advertir la tempestad que se iniciaba entre su abdomen y la garganta. Era como el pleito de dos nubes que discutían por una decisión (un relámpago o una centella). Una preocupación se acrecentaba en Jacinta cada segundo que miraba al niño, que más que sentado parecía dormido. La conciencia le reclamaba como puño en su mejilla, y al verlo más de cerca, como una abeja en busca de polen, se dirigió a él.

¿Qué haces ahí sentado como un niño abandonado? Está haciendo frío. Ven a mi casa, mi hijo. Estoy haciendo un té para Francisco. Te daré un poquito. De repente, se le iluminaron las pupilas a Amir. No había comido nada en todo el día.
Jacinta volvió a insistir: «Avanza. Ven, vamos a casa. Levanta ese cuerpo con más ánimo. Una taza de té caliente nos espera». Sus ojos brillaban y al mismo tiempo le salían brotes de lágrimas. Era una sensación extraña, parecida a la alegría. Si alguna vez, él hubiera conocido ese estado, habría creído que estaba alegre. Se levantó como pudo y caminó al lado de Jacinta. Aunque el té estaba a solo un minuto de distancia, a él le resultaba una eternidad.

Amir era un niño que solía vivir en las calles y aunque no era de esos niños huérfanos de padres vivos que pululan como insectos nocturnos. Al parecer, el desamparo estaba en su naturaleza. Lo llevaba en sus genes.

Sus padres eran dos beodos que solían a menudo golpearlo como burro. Casi se acostumbró a la adversidad, no había perdido la inocencia. Aún se advertía en la expresión de su rostro y en el acento de sus palabras, una blanca ingenuidad. Su ingenuidad era una goma elástica que le envolvía el cuerpo en los tiempos de sol y de lluvia. Ni siquiera los golpes tatuados en la espalda y las mejillas habían podido mancillarla. Si conseguía alimento, primero pensaba en sus padres y terminaba con el estómago en llanto. El estómago le hacía la guerra. Era el líder del cuerpo; dominaba su cabeza; y muy a menudo divagaba. A veces creía caminar, y cuando volvía en sí, se le podía notar inmóvil, como aquel que en años no ha dado ni un paso.

Jacinta parecía cargar a Amir en el camino. El cuerpo del niño era tan débil y delgado que parecía una pluma de un pajuil. Al fin llegaron a la casa. Un coctel de emociones se apoderó de Amir. No sabía si llorar o reír, si saltar o sentarse, si esconderse o dar gracias por el milagro de un techo hospitalario. Jacinta intuyó la tormenta que se agitaba en el interior del niño. Para calmarlo, le dijo, extendiéndole la taza de té: «Tranquilo, bebe tu té, está calentito aún. Sabes, hace frío hoy». Cuando Amir estaba terminando de beber el té, Jacinta hizo el mismo ceremonial anterior. Pero la taza ahora era de chocolate humeante y pan crujiente.

Jacinta entró al cuarto principal de la casa, tomó una bolsa de papel y se dirigió de nuevo a la salita en donde se encontraba el niño. Lo Miró con un brillo extraño en los ojos, y le dijo: «Toma, es de Francisco. Es vieja y grande, pero te protegerá del frío. Un niño no puede andar con su pecho al descubierto, puede y te provoque un resfriado». Lo tomó, y mirando a la señora con rostro de vergüenza, intentó darle las gracias, pero no pudo. Tampoco hacía falta. Por la mirada, se podía apreciar lo agradecido que estaba. Tal vez lo inefable sea inexpresable con la voz.

Cuando Amir se repuso de la impresión que le causó la generosidad de Jacinta, le preguntó con voz balbuceante que por qué hacía eso con él. Ella aprovechó para hacer un poco de catarsis: «Debo confesar que jamás he hecho esto con nadie. Pero mientras te observaba desde la ventana, pude sentir el reclamo del alma. Creí escuchar una voz que me reclamaba por mi indiferencia habitual hacia el dolor ajeno. Algo muy profundo me golpeaba. No pude aguantar. Pensé me estaba quedando sin el juicio, y de impulso fui a parar donde ti. Digamos, fue cosa del azar. El azar obró a favor de los dos. He descubierto que soy feliz cuando cultivo la solidaridad».

Las pupilas de Amir, crecían como cresta de mar por la concentración, al escuchar el argumento de Jacinta. Aunque no la entendía por completo por la rapidez con la que hablaba y por lo extraño que le parecían algunas palabras, sintió que no se trataba de lástima, sino de amor materno. Dentro de sus parámetros, esto le producía un bienestar mejor que el chocolate caliente y el pan crujiente, que tan bien lo había hecho sentir.

Para que Amir se sintiera más en confianza, Jacinta le contó que tenía una hija, probablemente de su misma edad. También le contó que su esposo estaba postrado en la habitación principal, a la espera de una muerte inminente. Incluso, introdujo una nota nostálgica: «Mis pupilas ya no calculan la distancia. Están nubladas. El mundo para mí, más que nubes grises es una sábana negra que envuelven mis ojos. Estoy a oscuras. Yo, veía con los ojos de él. Ahora es mi niña la que guía mis pasos. Sin nada importante que hacer y sin nadie con quien compartir proyectos, mi vida es un hueco que cada día se hace más hondo. Siento que estoy también muriendo. Sin embargo, a ti te debo un milagro: hoy he descubierto la alegría de la alegría». Amir no entendió bien, pero supuso que alegría era lo que él estaba sintiendo.

Mientras ella hablaba, el niño se desencogía y tomaba confianza. Ahora sentía una pena que le acariciaba el corazón. Pero no podía concentrarse. Al escucharla, sus oídos estaban perdidos, embriagados por el instinto. Pensaba en sus padres. Pensaba en el desamparo que lo acechaba eternamente. Estaba absorto en sus pensamientos cuando la voz tierna de Jacinta lo sacudió:

«Ay mi niño, todo este tiempo solo he hablado de mí. Perdóname». El niño envolvió sus labios, como si quisiera esconderlos y pegarlos lo más que pudiera en aquel espacio que iba justo a su garganta. Un nudo podía sentir en ese orificio que perdía la forma por lo apretado que estaba. Las amígdalas se iban cerrando. Se quedó estático. No atinaba a distinguir lo que le pasaba. Era una situación inédita para él. Del patio entro una voz. Era de Ina. Esa voz le pareció tan dulce a Amir, que todos sus bloqueos y el nudo en el cuello desaparecieron como magia. La respiración ahora era suave. Se olvidó de los padres y del desamparo. La niña lo dejó sin aliento, con una calma misteriosa que para él no tenía repuesta. Ahora no sabía si lo que había sentido antes de ver a Ina y lo que sentía ahora tenían la misma causa. Todas las percepciones se le presentaban indistintas. Pero ya no le importaban las causas. Ni el pasado, ni el futuro. El presente se resumía a esos segundos en que Ina se presentó en la puerta como un ángel de luz.

La niña se espantó con el cuerpo de Amir, al verlo sentado en el sofá. Jacinta aprovechó para presentarlo. Había comenzado la lluvia. A fuera, todo estaba gris. Ina no parecía estar a gusto por el aspecto de Amir. Para desviar la atención Jacinta le ofreció té a su hija. La niña tomó una taza de té, y se excusó para retirarse. Amir la siguió con la mirada. Le parecía una princesa de los cuentos infantiles que alguna vez escuchó en la radio. Amir se levantó con intención de retirarse. Pero se detuvo por la presencia inesperada de Ina, quien había regresado para preguntarle algo a su madre. Amir se despide «Gracias, señora. Es tarde. Tengo que irme». Tenía toda la intención de marcharse a pesar de la lluvia. Pero la voz de Ina lo paró en seco: 《No. Por favor, no te vayas. Quédate un poco más». La invitación de Ina le pareció mágica. Estaba aturdido. Era demasiado tierno para ser verdad. Él, que no conocía los efectos gratificantes de la ternura, comenzó a sentir cambios bruscos. Ina, notó que Amir temblaba y sudaba a pesar del frío.

Madre e hija se preocuparon por Amir y se ocuparon en ayudarlo. Amir estaba en otro mundo. Se sentía anquilosado, como estorbo. Tenía miedo. No estaba acostumbrado a la ternura ni al cuidado. No Sabía qué hacer. El miedo lo dominaba. Algunas veces, lo sentía en su pecho como una espada que intentaba arrancarle el alma.
Después de unos minutos de masajes y paños tibios, Amir recuperó parte de la calma. Su voz que dormía en la garganta como pez en reposo, comenzó a hacer acto de presencia. «Señora, debo de agradecer por lo bien que se han portado conmigo. Perdónenme por el tiempo que les he quitado, pero debo irme. Mis padres me esperan». Esa última frase solo revelaba una fantasía o un deseo profundo de que fuera real. Jacinta era consciente de eso.

Jacinta invitó a Amir a que abriera la bolsa que le había regalado y que se pusiera la camisa de lana que en ella había. Luego le extendió un pequeño envase con un pan y algunos huevos hervidos. Los tomó con manos titubeantes y con una mirada de luz tan intensa que penetraba el alma. No les fluyeron las palabras para agradecer tanta generosidad, pero madre e hija ya lo sabían.

Ina lo gratificó con una mirada, una sonrisa y una invitación a que regresara cuando quisiera a pasarse un momento con ellas. Amir sentía que llevaba consigo una cesta de amor. Aunque el hambre y el frío eran los verdugos que más lo flagelaban, ese intangible tenía mucho más peso que los alimentos y la camisa de lana. Se fue con la marcha del sol.
La noche venía detrás como caballo de pasos finos. Parecía estar desesperada bajando las laderas. Ese día parecía tener prisa por apoderarse del horizonte. En unas horas Amir había experimentado todas las emociones. Sentía que ya no era un indigente, que no era un desvalido, que algo más importante que los alimentos y la vestimenta que le había sido otorgado, se apoderaba de él. Emprendía la marcha hacia el reino de la utopía. Era un ser pleno, aunque no tenía nada en sus manos.


Elena Ramos Grullón (1986). Realizó una licenciatura en Ciencias Sociales y dos maestrías, la primera en Historia Dominicana y la segunda en Literatura. Actualmente cursa la carrera en Letras Puras. Ganó el primer lugar de ensayos literarios 2016, auspiciado por el Ministerio de Cultura. También obtuvo una mención de honor en el Concurso Literario de Cuento Premio Joven de la Vigésima Feria Internacional del Libro y un primer lugar en este mismo concurso en la misma categoría en el 2019. 

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