Por Luis Reynaldo Pérez
En el cielo está Dios, soberano;
en la tierra, la orden del cártel
Rubén Blades
En el mundo de los cárteles y el sicariato me conocen como Malla, nombre que me gané por haber ingeniado una forma para desaparecer a los enemigos de la gente para la que trabajaba usando alambre del que se usa para construir gallineros. Y es que nosotros, contrario a los otros cárteles, no andábamos pregonando nuestros crímenes. Éramos discretos pero letales. Era un procedimiento muy sencillo: envolvíamos el cuerpo con alambre para gallineros y lo lanzábamos al mar. Cuando el cuerpo se hinchaba, el alambre lo cortaba en pedacitos y se convertía en comida para peces. Hasta chistosa es la vaina. Éramos una organización tan poderosa que hasta los peces eran nuestros cómplices.
Yo, por ejemplo, nunca he matado a nadie, y es que sin cadáver no hay crimen y mis «muertos» son solo desaparecidos.
La traición no era tolerada en lo más mínimo. Y eso era aplicable a todo el mundo: miembros de otros cárteles, policías o jueces que no aceptaban sobornos, familiares o conocidos de nuestros enemigos, hasta nuestra propia gente si se torcía. Y había muchas formas de torcerse: pasarle información a antidrogas o a la prensa, irse a trabajar con otro capo, esconder ganancias, cogerle la mujer a uno de los de la organización. Pero lo peor de todo era desobedecer una orden directa.
Yo era un soldado fiel del cártel, pero tenía mi propia ética: no mataba a quien no ofreciera peligro real. Por lo menos no con mis manos.
Nunca había desobedecido una orden de quién estaba por encima de mí en la organización. Hasta hoy.
Habíamos salido rumbo a la parte norte de la ciudad buscando a uno de nuestros operadores en la zona que había sacado mal la cuenta y entregó menos dinero del que correspondía por la venta de unos kilos de perico. No lo encontramos ni en el punto, ubicado dentro de una conocida discoteca del barrio, ni en su casa. Los muchachos que andaban bajo mis órdenes golpearon a los que estaban en la casa menos a dos mujeres, una ya anciana, porque sabían que no toleraba eso. Había tres niños también y ordené que los llevaran a una habitación separada para que no vieran los interrogatorios. Los pobres infelices no sabían nada. Ya le habíamos dado todos los golpes del mundo. Y nadie aguanta tanto sin cantar pa’ salvar a otro.
Reporté la situación y me dieron la orden de matar a todo el mundo. «Hasta a los niños», fue lo último que escuché antes de que me colgaran la llamada. «Hasta a los niños», me retumbaba la frase mientras daba la orden de ejecutar a todos los adultos y envolverlos en malla mientras subía a los niños a mi vehículo y llamaba a un sacerdote amigo para que me los recibiera en el orfanato que tenía en su parroquia mientras le ofrecía un donativo en dólares para su obra de beneficencia.
Fue la primera vez que desobedecí una orden directa del Tiburón. Y las órdenes del Tiburón eran palabra de Dios. Y esas vainas no se toleraban en la organización.
Sabía que esa era mi última noche y me preparé para la cita ineludible con la muerte, aquella a la que tantas veces acompañé a llevar su oscuridad a otras casas. Regresé a mi apartamento frente al mar, el mismo donde escondo a todos mis muertos, para esperarla.
Me serví un whisky y coloqué en el equipo de música y en modo repetición mi canción favorita. La melodía se iba perdiendo empujada por la brisa marina y quedaba la canción como un testamento en la noche «And now, the end is near / And so I face the final curtain…» y las horas cayendo y entonces el murmullo en los pasillos, la puerta que cede, las órdenes escupidas, la rabia con que me miran, mi sonrisa que los enfurece y los disparos que apenas se escuchan sobre la música.
Esa noche terminó mi vida, de la que solo quedan las historias que son contadas entre sicarios. ¿De mi cuerpo?, de mi cuerpo no queda nada, los peces han hecho su trabajo.
Luis Reynaldo Pérez (Santo Domingo, 1980). Poeta, editor y gestor cultural. Dirige la Fundación Cultural Lado B y Luna Insomne Editores. Ha publicado la plaqué de poesía Poemas para ser leídos bajo la lluvia (2012), el E-book Toda la luz (2015), los poemarios Temblor de lunas (2012, 2024), Urbania (2015), Dolor que maúlla (2014), Ciudad que alucino (2016, 2024), El latido incesante (2019), Mar nuestro de cada día (2020), Evangelio según Crucita Yin (2021) y Me crece tu nombre como un fruto de agua (2024), y los infantiles, Lunario (2014), Día de lluvia (2017) y Cuaderno de animales (2020). Por igual, la antología personal Animal de palabras (2019), las colecciones de minificción Fractal (2020), Golosinas (2020) e Inventario de sangre (2020) y la colección de relatos Infames (2024). Ha compilado las antologías: Material inflamable: 30 poetas dominicanos del siglo XXI (2014), Sobre un costado del planeta: muestra de poesía dominicana 1970-1990 (2015), Germinar sobre el asfalto (2017), El futuro es ahora: 15 poetas dominicanos (1991-2002) (2017), Juguete sagrado. Poemas escogidos de René Rodríguez Soriano (junto a Denisse Español, 2019), Los muchachos del parque Duarte (2024) y Premio Banreservas de Relatos de Jazz (2024). Ha recibido, entre otros, el Premio único del I Concurso Nacional de Haiku (2011), el Premio único de Poesía de la Fundación Global y Democracia (2012) y el Primer Premio del XVIII Concurso Nacional de Literatura Alianza Cibaeña, categoría poesía.

