
Por FELIX VILLALONA
SANTO DOMINGO
2075
20 de septiembre. 10:00 pm.
Una vez escuché a mis padres decir que el mundo se acabaría con fuego, porque según la Biblia, ya Dios lo había exterminado con un enorme diluvio universal. Pero me pregunto, ¿Dios estaría al tanto de este segundo exterminio? A pesar de eso, de lo que mis padres aseguraban, nunca mostré interés, pues mis abuelos murieron vociferando lo mismo en cualquier oportunidad que se les ofreciera. Siempre los tilde de fanáticos por estar esperando a un Dios que no existe. Parecían paranoicos, lunáticos que se habían dejado lavar el cerebro. A veces pienso que el universo nos enviaba mensajes tratando de decirnos algo, pero nunca pusimos atención. Sin embargo, esto me ha demostrado cuan ignorantes somos como seres humanos, y cuan indefensos estamos ante un suceso como este. Todo fue muy rápido. 12 horas. Matilda y yo veíamos la noticia antes de que todo ocurriera. Antes de que una luz iluminara todo el cielo.
¿12 horas de vida?
Me preguntó con voz apagada. Teníamos una casa modesta, adornada con una jardinera en la parte de atrás. A ella siempre le gustaron las flores. En verano solíamos irnos a acampar o a una playa, pues no teníamos hijos a pesar de varios intentos sin lograr nada. Nunca la había visto tan asustada como esa tarde mientras mirábamos la televisión. Fue como si viera sus esperanzas derrumbarse. Desde entonces se volvió silenciosa, como si las palabras se fueran de su boca. De vez en cuando decía cosas incoherentes. Su mundo de repente cambio. Y eso me incluía. Aseguraba haber estado escuchando un sonido que venía del cielo. No sabía cómo distinguirlo. Eran como un sonido de trombón, era agudo y a la vez inquietante.
¿12 horas? ¿Solo nos quedan 12 horas para vivir?
Si. Dijeron que nos quedaban 12 horas, cariño.
Estamos muertos —susurró. De repente todo lo electrónico murió. Fue como si el mundo cayera en un especie de agujero negro. Dejamos de dormir por temor a que personas entraran a la casa en busca de refugio pues todo se hizo un caos afuera. Nos acostábamos abrazados mirando la llama de la lámpara hasta que se desvanecía dejando la habitación en total oscuridad.
El agua del grifo empezaba a escasear, igual que la comida de la despensa. Luego de que Matilda abandonara la casa una noche, yo también me marché, era evidente que ya nadie estaba seguro.
21 de septiembre. 6:30 de la tarde.
El caos dio paso a la creación de bandas armadas que habían tomado el control de las calles. Asesinos implacables, practicantes del canibalismo. El hambre y la desesperación hacían que algunos sobrevivientes salieran de sus escondites en busca de agua y comida, pero casi siempre terminaban siendo presas de estos saqueadores implacables. En ocasiones solo puedo mirar de lejos como mujeres, hombres son asesinados brutalmente, los que salían de los vagones del metro, los túneles, en busca de agua o alimentos acompañados de niños. Solo cerraba los ojos apretando los puños, lleno de inercia. El mundo ahora es tan diferente. El mar se convirtió en un enorme vertedero de basura en donde se ven embarcaciones que habían zozobrado. Nadie hizo caso al sismógrafo, quien había dicho semanas antes que ante el inminente impacto de un meteorito, los volcanes que estaban dormidos durante años, se activarían. Él había advertido del volcán marino ubicado en la parte norte del país, en más de una entrevista había confirmado que el agua del mar en esa parte, hervía a grados sorprendentes, y el olor a azufre estaba subiendo a la superficie de forma alarmante, no lo creímos hasta que solamente sucedió sorprendiendo a todos.
He camino largos kilómetros en busca de agua para tomar. El viento parece cortar la garganta al entrar por la boca, por lo que he tenido que cubrirla con un trozo de tela. Hasta el sol quema más que otras veces y los días son cada vez más grises y desolados. Grandes monumentos han sido reducidos a escombros, los de Máximo Gómez y Gregorio Luperón, un inmenso estadio se convirtió en el agujero que ahora sirve como centro de operaciones de estos criminales, los cuales están fuertemente armados. El viento en ocasiones trae un hedor a podrido, como si todo estuviera muerto. El futuro es puesto a descansar. La tierra retumba bajo un sol pálido. El mundo está viejo y muerto. Sin color. Cientos de carros y edificios lucen abandonados. De hecho, hace unas semanas abandoné los túneles del metro, estaban plagados de ratas y el aire se había tornado irrespirable.
22 de septiembre. 6:25 am.
Extraño mucho mi casa, la mirada distraída de Matilda, sus meditaciones mientras tomaba el café vespertino hojeando alguna revista de modas. Yo la miraba por encima del periódico disimuladamente, pensando como seria la vida sin ella. Solía pasar la mayor parte del tiempo con ella. Era muy divertida y risueña. De vez en cuando le leía poesías de Neruda y Miguel Hernández, de este, le gustaba la «Nana de las cebollas». Nunca imaginé tener que descubrirlo de esta manera. Con el tiempo he tenido que hacerme amigo del miedo. En ocasiones trato de no pensar que soy el único sobreviviente. Créame, no es para sentirse orgulloso.
En el interior de mi mochila conservo algunas cosas todavía, comida enlatada, sardinas, habichuelas, y otras chucherías que no alcanzaran para muchos días. La mañana empezaba a clarear. Nubes tóxicas cubren el cielo y se dispersan en los aires. No se sabe qué ha matado más gente, si las bandas armadas o los gases tóxicos que se filtran a través de las piedras. La tierra tiene otro color, el polvo lo debe saber. ¿Puede uno morir de miedo? Bueno, creo que seré el primero. Digamos que no está mal sentir miedo.
Las bandas están muy activas en estos días, recorriendo las empolvadas y desoladas calles. Eso me ha obligado a adentrarme por las zonas apartadas de la ciudad, los montes. Ellos evitan viajar por estas zonas cuyos caminos se han vuelto cañadas y hogar de reptiles. Mientras más camino veo centenares de cadáveres de personas, posiblemente murieron ahogados. Mis pies dan con algo de metal. Es un letrero:
«BIENVENIDOS AL PARQUE MIRADOR SUR»
Estaba cubierto de musgo. Si es así, creo que sé donde pasaré la noche. Las cuevas podrían servirme por unas semanas. Unos silbidos me obligan a agacharme. Al parecer vienen de unas de las cuevas. Se trata de un hombre. Si. Es como si estuviera alimentando aves, pero… no veo ninguna. Su aspecto es inquietante. Tiene los pómulos hundidos y grandes y negras ojeras. Su ropa harapienta demuestra el tiempo que tiene escondido en estas cavernas. Parte de su cara es cubierta por una asquerosa barba, sus movimientos son torpes. Creo que es alguien inofensivo. Me acerco sigilosamente para no asustarlo y confirmar que está solo. Sin embargo, el crujir de las hojas secas me delató. Al verme, pude ver el miedo casi infantil en sus ojos y más cuando alcanzó a ver el cuchillo de cortar carnes que traigo ceñido a la cintura, por lo que tuve que hacerle señas con un dedo para que no hiciera ruido. Por un momento pensé robar la bicicleta que tenia atada a un tronco, pero abandoné la idea, no llegaría lejos en ella, no con esos asesinos rondando por las calles. Así que, luego de presentarnos, decidimos compartir la cueva y algunas cosas enlatadas de comer. La pérdida de su familia a causa del tsunami, le había provocado un gran vacío. Me dijo que desde entonces el sueño huyó de sus ojos. Cuando le conté lo que me habían dicho mis padres solo respondió:
¿Dios, querido amigo? Ya Dios ha sido expulsado de los corazones humanos para ser solamente una vieja herida latiendo en lo que queda de nuestra existencia.
Mi amigo murió mientras dormía. Me dijo que sentía un dolor detrás de los ojos. No he podido dormir últimamente. Ahora pienso mucho más en Matilda, en si lo habrá logrado. Afuera todo sigue igual. La muerte acecha. Echo de menos el ladrido de Rambo, mi perro. Van dos otoños. Dios, como duele el estómago. No hay agua, no hay nada de comer. La pitahaya ha empezado a repugnarme. El intestino grueso y el delgado miden ocho metros, es lo que nos enseñan las ciencias naturales, pero por el dolor de mi estomago creo que se han reducido, como si el mismo estomago se hiciera cargo de ellos, devorándolos lentamente, o quizá la tenia solitaria que ha estado hambrienta en estas semanas lo ha devorado todo ahí adentro. ¿Quién sabe?
23 de septiembre. 4: 45 pm
Hoy, mientras buscaba algo para comer, vi como un hombre era arrastrado, atado con una cuerda a una motocicleta de cuatro ruedas por toda la calle. Sus captores reían y burlaban al oírlo suplicar que lo dejaran ir. Sentí mi corazón desfallecer al ver aquella escena. Podía verse la piel como se pegaba a las piedras. Lamentablemente aquí sobrevive el más malvado. La mayoría de esos malditos desalmados traían armas largas de fabricación casera y estaban bien montados. Escuche a uno de ellos decir al que manejaba la moto que tratara de no maltratar la cena de esta noche. Solo apreté el puño. No podía hacer otra cosa. Tuve que regresar a la cueva a esconderme, pues uno de ellos logró verme a través de unos binoculares. Al caer la noche, el cadáver indiferente de Manuel empezaba a inquietarme. No pude enterrarlo. O no quise hacerlo, se había convertido en una opción para mi estómago hambriento, que pedía algo de comer con urgencia. Manuel me había caído bien, pero ese día tuve que renunciar a ser vegetariano.
24 de septiembre. 1:40 pm
Hoy buscaba ansiosamente en mi confusa cabeza algún recuerdo alentador. Recuerdos agradables que me hicieran olvidar tantas cosas feas. Pero mi cerebro había sido absorbido por imágenes funestas que mi subconsciente piensa y hace lo que le da la gana. Se había adueñado de mis pensamientos, e incluso, de mis movimientos corporales. Se me dificulta escribir, no puedo controlar el temblor de mis manos. Siento como cemento caliente creciendo en el vientre. Con el tiempo, se ha ido endureciendo para terminar halándome hacia adelante. Suena loco, pero es verdad. A pesar de haber perdido tantas libras, mi vientre se ve abultado. Es la última hoja en blanco del cuaderno. Algo en mi cerebro no funciona. Es como si se estuviera hinchando lentamente, las paredes craneales presionan al cerebro empeorando todo. Creo que fue lo que acabó con Manuel, mi compañero, los ojos y los oídos brotaban sangre. Sé que mi turno se acerca, que no lograré salir de aquí, las piernas ya no me responden. Por eso no pude reaccionar al ver una silueta parada en la entrada de la cueva. Demasiado alto para ser humano. Su cabeza era grande y alargada. Mientras se acercaba, pude ver su rostro, el cual era extraño. Su aspecto era grisáceo. Tenía ojos brillantes y muy negros. Pude sentir sus fríos y largos dedos tomarme por los hombros. Siempre leía revistas que trataban el tema de los extraterrestres y su posible existencia, pero para mí eran temas divertidos y nada más. Puede que esté desvariando, no estoy seguro. Pero todo esto que ha sucedido, el tsunami que le arrancó las entrañas a Santo Domingo en un abrir y cerrar de ojos, y que provocó una ola expansiva que sepultó a mas de dos mil personas, me hace creer que hubieron manos extrañas detrás de eso. Vagamente recuerdo ese ruido, parecía venir del cielo. Era un sonido como de saxofón, trompeta, qué se yo. Era agudo y algo tenebroso. Ahora, en el fondo deseo que esta cosa termine por hacerme el favor de ayudarme a desaparecer de una vez por todas. A lo mejor una luz luminosa descienda del cielo y me levante de mi mísera existencia. Lo he visto en las películas de ciencia ficción. ¡Matilda, si estuvieras aquí! Solo dejo estas notas para quien le pueda interesar, antes de que sea engullido por esta criatura. Sepan que yo estuve aquí.
Artemio Cabrilis.
Felix Villalona (Santo Domingo). Escritor, gestor cultural, facilitador cultural del Ministerio de Cultura y coordinador del taller literario Manuel del Cabral. Ha publicado los libros de poesía Hacia el crepúsculo del alma (2004), Desdecir (2010), Sonia Cabrilis (2013) y el libro autobiográfico ¿Contra qué luchamos? (2023). Por igual, sus cuentos han sido recopilados en De galipotes y robots (2019) y Confederación Eléctrica Antillana (2023), además de ser uno de los antologados en Cien poetas le cantan a Juan Bosch (2010),

