Por Miguel Ángel Beltré Ramírez
El sacerdote Jonás García se despertó con el corazón acelerado en la oscuridad de su habitación. A tientas, se levantó de la cama y encendió la luz. Fue al baño, se lavó la cara, se miró en el espejo y sintió que su rostro, a pesar de sus treinta y tres años, estaba más viejo que el día anterior. Desde que en sus sueños empezó a hacer el amor con Kristina Woolf, se sentía cada día más cansado. Consideraba que en el momento en el que ella le hacía la felación le sacaba toda su energía vital. Además, tenía que batallar con su conciencia y la indecisión a la hora de contarle a su confesor esos sueños recurrentes y obsesivos, que nunca revelaba. La mujer era blanca, delgada, de labios carnosos, ojos azules y mirada belicosa; una muestra de laboratorio del paradigma de la belleza occidental; una mezcla física de Angelina Jolie y Scarlett Johansson, sus actrices favoritas.
El padre Jonás no entendía por qué se dejaba dominar tan fácil por la tentación. A veces pensaba que, quizás, ver tantas películas protagonizadas por esas actrices era la causa de su desasosiego. O que su celibato, la ausencia de una fémina en su vida y su introversión eran el origen de tanta lujuria acumulada y reprimida. Nadie entendía que el hecho de que él pudiera hablar en público y, celebrar misas, no significaba que consiguiera sostener una conversación privada con una mujer porque una timidez inexplicable lo paralizaba. Tal vez le hacía falta, razonaba, tener una amiga monja o feligresa con quien poder conversar sin prejuicios sobre esos temas, que su confesor y director espiritual, por su cerrazón y puritanismo, no iba a comprender, sino a juzgar. A pesar de que nunca había traicionado ni iba a traicionar su celibato. Pero se trataba de algo tan fundamental como el manejo de su sexualidad. Problema para el que nadie nacía con un manual debajo del brazo. Experiencia con la que cada quien tenía que luchar solo, porque no había Biblia ni código moral o religioso para manejar la condición de ser un animal sexual de manera exitosa, sin traumas ni frustraciones. ¿De qué le servían las licenciaturas en filosofía y teología, que hizo para ser consagrado sacerdote, ante el encanto de Kristina Woolf? ¿Cómo pelear esta guerra sin terminar derrotado? ¿Cómo manejar esta situación? Se preguntaba a diario. Estaba atrapado dentro de una ballena como el Jonás bíblico, pero en la ballena del deseo, los sueños y el amor de la que no sabía cómo escapar.
Los encuentros con Kristina Woolf eran en muchos lugares, entre ellos: en la playaLa Caobita de Azua. Ella, con un vestido negro de pierna abierta y un sombrero blanco, lo tomaba de la mano y caminaban descalzos por la orilla durante un largo rato, sin conversar, mirando el horizonte y sus pisadas en la arena. Los pies de la mujer le parecían los más hermosos del planeta. Esta caminata le daba una gran sensación de paz como cuando era niño y rezaba el rosario con su madre frente a un cuadro de la Virgen de la Altagracia. Se dejaban acariciar por la suave brisa salobre. Ella comenzaba a correr entre risas y él la seguía. Luego entraban al agua desnudos y se abrazaban. Sentir sus cuerpos pegados el uno del otro dentro del agua era una experiencia bastante placentera. En esa playa fue cuando vio el mar por primera vez. El padre Ernest Faulkner, estadounidense y promotor de su vocación sacerdotal, lo llevó a conocer el mar junto con otros monaguillos. A partir de ese día, siempre asoció la playa como una de las tantas formas de vivir y palpar la libertad y la felicidad de forma física, sin abstracciones filosóficas ni teológicas.
Otras veces, paseaban por las calles de Roma. Agarrados de las manos, entraban y salían de las antiguas iglesias y de las catacumbas. Llegaban a la Capilla Sixtina y los personajes pintados en ella, revivían, cantaban y bailaban merengues y bachatas y aplaudían para ellos. En Jerusalén, se bañaban bajo una lluvia de gotas de vino y hostias, mientras hacían el trayecto de la crucifixión con miles de peregrinos desnudos de todo el mundo. En París, Kristina Woolf iba con un vestido azul oscuro lleno de estrellas amarillas, unos colores salidos de un cuadro de Vicent van Gogh. Entonces empezaba a nevar y del cielo caían libros de nieve que ellos atrapaban y se los comían porque sabían a dulces de coco. Más adelante, entraban a un pequeño hotel y eran llevados por un enano vestido de la Caperucita Roja por un camino de flores amarillas hacia una habitación y cuando abrían la puerta, se convertía en la finca de café del abuelo del padre Jonás. Lugar donde pasaba las vacaciones escolares de su infancia. Disfrutaban del olor del café y se bañaban abrazados en un río que corría en medio del cafetal.
Una madrugada de abril, medio en serio medio en broma, Kristina Woolf le dijo que en cualquier momento se le iba a aparecer en la casa curial vestida de monja para no levantar sospechas de la gente del pueblo. El padre Jonás, después de despertar del sueño delicioso, no pensó en la ocurrencia de la mujer, ya que era imposible que ella saliera de sus sueños y se materializara en la realidad. Pero el domingo de resurrección, a las tres de la tarde, después de haberse tomado algunas cervezas para mitigar el calor, ella se le apareció vestida de blanco de pies a cabeza con una maleta roja. Al verla en la puerta, con su sonrisa y mirada inconfundibles, el corazón casi se le salió por la boca. Ella le preguntó si no iba a dejarla entrar y él se paró de la mecedora como un autómata, abrió la puerta de hierro, miró hacia la derecha y hacia la izquierda a ver si no había alguien observando, la tomó de la mano con firmeza y la llevó a su habitación. No lograba calmarse y respiraba con dificultad. Ella le dio explicaciones esotéricas de las razones por las cuales solo él iba a poder verla que lo tranquilizaron. Acordaron no hablar delante de ninguna persona para no delatarse.
La salida de Kristina Woolf de los sueños del padre Jonás lo transformó. De una conducta retraída y taciturna, comenzó a sonreír y saludar con mayor vivacidad. La señora que limpiaba la casa y cocinaba fue la primera en notar el cambio. Le sorprendió su locuacidad y que la saludara con un abrazo. Para todos lados iba con Kristina Woolf. Juntos visitaban todas las comunidades que pertenecían a la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe del municipio de Anacaona. Bautizaban, casaban, confesaban y celebraban misas. Perdió la timidez para conversar a solas con las mujeres. Empezó a cantar las misas y a hacer chistes en las homilías. Los anacaonenses que iban a misa, también notaron el cambio, pero los más rígidos y conservadores se lo tomaron a mal, incluyendo algunos que formaban parte del consejo directivo que, junto al padre Jonás, dirigían la parroquia. Las murmuraciones, rumores y quejas llegaron hasta los oídos del obispo de la diócesis de San Juan de la Maguana a la que pertenecía la parroquia. Nadie se sorprendió la tarde en la cual llegó el obispo, el confesor del padre Jonás, y un equipo de psiquiatras que lo evaluaron y decidieron llevárselo e internarlo en una clínica de Santo Domingo. La recuperación de la cordura del padre Jonás, según los psiquiatras, conllevó la desaparición de la presencia de Kristina Woolf en sus sueños y en su realidad. Desaparición que lo embargó de una tristeza incurable.
Miguel Ángel Beltré Ramírez (Padre Las Casas). Graduado en Derecho y en Letras, con su tesis de grado Elementos de la identidad dominicana en Compadre Mon de Manuel del Cabral, ambas realizadas en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Es miembro fundador del Taller Literario Narradores de Santo Domingo (TLNSD) y miembro del Taller de literaio César Vallej de la UASD. Sus cuentos han sido publicados en antologías como: Santo Domingo no problem, El fondo del iceberg, Sospecha colectiva, Quinta dosis, Sombreros para gatos y 13, luego de las 6:00. Además, sus poemas han sido compiladas en las antologías del taller César Vallejo. En el año 2015, gana el segundo lugar del Concurso de Cuentos para Talleristas de la X Feria Regional Peravia 2015, que fue publicado en el libro El sur fecundo por el Ministerio de Cultura dominicano. Por igual, en el año 2022, gana el cuarto lugar con el cuento «La ballena blanca del padre Jonás» en el Concurso de Cuentos Radio Santa María.

