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Traqueotomía

by Redacción

Por Sady Feliz Antoine

Botó tanta sangre que, aunque el menú no era mondongo, no pude comer ese día. Fue un sábado lleno de ruido. La casa estaba repleta. Cuando Abu venía, todos mis tíos se reunían en la casa para cocinar y esperarla. Cocinaban algo que ni a mis primos ni a mí nos gustaba. Era terrorífico: mondongo y patica de cerdo, asopao de pollo, sancocho, molondrones y, en el peor de los casos, berenjena con arenque. La elección ese día fue asopao de pollo.

El asopao provocaba una reacción extraña en mí. Al entrar una cucharada en mi boca se producía una reacción en cadena. Fruncía el ceño, los maseteros se entumecían y la boca se resecaba, como si mi cuerpo se resistiera al veneno. El pollo se sentía baboso. No entendía por qué si cuando iba a la cocina el pollo tenía color en el caldero, el asopao eliminaba toda seña de color a la carne. Una vez hablamos Billy y yo que podía ser que al asopao le echaran cloro; por eso odiábamos comerlo.

Salimos a montar bicicleta. Éramos cuatro: mis dos primos, Billy, Joel, y mi vecino, Naruto. Íbamos camino al parque cuando mi tía nos paró en seco y nos devolvió. Fue absurdo, porque el parque estaba frente a la casa y la calle que los separaba era una calle por donde no pasaba ni una mosca. Comenzamos a montar en la calle. No tenía asfalto, estaba llena de piedras y hojas. Tenía unos doce pies de ancho. Solo teníamos una bicicleta, por lo que las vueltas eran por turnos. Le tocaba a Billy, Joel, yo y por último, Naruto. Llegó mi turno y como Joel había salido de ruta todos queríamos hacer lo mismo. Me monté en la bici, una mountain bike negra con rayos azules. Podía ver la casa que estaba colina abajo. Se escuchaba el sonido de los pájaros que no lograba ver, iba concentrada en no caerme.

La calle tenía muchas piedras, sentía el rebote del timón en mis manos. La calle al final tenía una cuesta. Al llegar a la cima nos parábamos y le dábamos fuerte al pedal hasta que la bici andaba sola. Si salíamos de ruta lográbamos tener mayor impulso. En ese momento era imposible parar hasta que llegábamos al extremo, donde otra cuesta nos obligaba a detenernos. Salí de ruta y fui más lejos que Joel para bajar a mayor velocidad. Bajaba por la colina, y tuve que quitar mis pies de los pedales; la velocidad excedía mi capacidad motriz. Cuando iba por la mitad de ella, vi a Naruto acostarse en la calle, en el mismo trayecto que la bici descendía a menos de cuatro metros. Tomé el timón, intenté frenar pero la bicicleta no tenía buenos frenos. Sentí cómo un pedal chocó una de mis piernas por la velocidad. Grité por no poder frenar, porque no podía girar. Cerré los ojos como si todo desapareciera por hacerlo. Y solo sentí cómo

le pasé por encima y caí. Cuando pude pararme estaba botando sangre, tenía las rodillas, la frente y los antebrazos pelados. Me levanté adolorida y furiosa. Corrí hacia Naruto, pero frené cuando vi a Billy y Joel con la boca abierta y espantados. Cada vez que me hacían una no paraban de reír, me preguntaba cómo seguía jugando con ellos si siempre era su conejillo de indias.

Naruto se volteó. Y comprendí el asombro. Tenía las huellas de los neumáticos y un agujero con una piedra incrustada en el cuello. Él era blanco casi amarillo, con ojos verdes muy claros y en ese momento su cara estaba casi morada, agitaba las manos en el aire como una mariposa, intentaba hablar, pero no podía. Sus ojos estaban rojos, y cuando miraron al cielo se desplomó. Corrí, corrí, corrí. Llegué a la casa y busqué a mi papá que era médico.

—¡Lo maté! ¡Papá, lo maté!

Salió corriendo y cuando vio a Naruto, tomó un lapicero, lo desarmó y se lo introdujo en el cuello. Quitó su poloshirt para tapar el cuello y parar la sangre. Me tomó las manos y me hizo soportarlo. Mi mente se puso negra. Dejé de escuchar. Mis manos se pusieron frías, pero sentía la sangre caliente enjugarse en mis manos. Tenía los ojos abiertos, pero no veía nada. Mis sentidos volvieron cuando el paramédico quitó mis manos y dijo «déjenmelo a mí». Mi papá me levantó. Creo que estaba intentando mantener sus latidos, no lo sé. No escuché ni la ambulancia que estaba al lado de nosotros, no tuve idea de cómo llegó ahí. Todo el vecindario estaba alrededor. La mamá de Naruto, estaba en un banco del parque y ambos fueron trasladados. Mi padre me bañó, cuando salí mi Abu había llegado. Todo estaba en silencio. La comida se puso en la mesa. Me obligaron a sentarme, pero solo pude ver el plato. Sonó el teléfono. Papá fue el único valiente en tomarlo.

—Está muerto, dijo.

Desde ese momento supe que nunca volvería a montar bicicleta, ni a comer asopao en mi vida.


Sady Feliz Antoine (Santo Domingo, 1980).  Escritora, odontóloga, administradora y miembro del Taller Literario Narradores de Santo Domingo (TLNSD). Sus historias han sido seleccionados para antologías como Ellas narran o Quinta dosis. Con su cuento «Frito», gana mención de honor en la primera edición de los Premios Banreservas de Relatos de Jazz. Además, en la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo 2024, publica su primer libro de cuentos El pitbull y la hiena.

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