
Por Miguel Ángel Ortiz Aguilar
Había una escalera larga y oxidada…
Fue lo último que vi antes de sumergirme en el abismo.
Cuando llegó el primer atisbo de luz, reinaba el silencio. Mi cuerpo yacía recostado sobre un espeso líquido dentro de un cuarto; según calculo, era de tres metros de cada lado.
Una sensación de náusea me recorrió, con la primera arcada mi alma retornó al plano material. Sentí el estómago como una bolsa vacía y ardorosa. Mis vísceras habían expulsado todo su contenido en la única vestimenta que portaba, aunque es posible que ya ni pudiera percibir mi propio mal olor. Con las manos temblorosas y débiles, logré desamarrar un trozo de tela que cubría mis marchitos labios.
Contrario a lo que dicta la lógica, grité; aquellos aullidos no tuvieron otro efecto más que el de hacer vibrar dolorosamente mis tímpanos y lastimar una garganta bastante reseca. Durante días o semanas mis oídos fueron vírgenes a todo sonido con excepción del de mi corazón y el repiqueteo constante de una gota de agua que caía sobre el gélido concreto de la habitación.
Desconozco cómo terminé en tan míseras condiciones o qué situación de mi vida anterior me puso en este predicamento. Lo cierto es que seguramente estuve ausente mucho tiempo. Quizá alguien me extrañaba; es probable que aún figurara una fotografía mía entre las de otras tantas personas desaparecidas abarrotando las estaciones de policía y hospitales.
Si tan sólo recordara mi nombre o mi dirección. Debí llevarme una contusión terrible. Uno no olvida temas tan importantes.
¿Qué importancia tendría un nombre si ni siquiera podía asegurar en esa situación actual que seguía siendo humano? Meditar sobre cuestiones existenciales fue el efecto de esta solitaria oscuridad o posiblemente un recurso personal a fin de no sucumbir a la locura.
El dolor de mi pierna derecha me despabiló por completo y distrajo mi atención de toda disertación filosófica. Una sensación punzante y quemante que iba en aumento me hizo exhalar un gemido agotador. ¿Estaba fracturado?
Una vez que mis pupilas se adaptaron a la pobre iluminación, pude ver a grandes rasgos una gran rasgadura en lo que quedaba de mi pantalón. En su interior palpitaba mi muslo emanando un líquido purulento. Traté de acomodarme para no apoyar todo mi peso sobre la pierna, fue una tarea nada placentera. Mis partes entumecidas recobraron un poco de circulación y calor, aumentando el sufrimiento.
Con un esfuerzo sobrehumano, me senté y traté de arrastrarme de espaldas impulsándome con las manos y mi pierna izquierda, mientras los inexistentes glúteos friccionaban el suelo en cada pequeño avance.
Llegué a lo que se asemejaba a una puerta y con gran lentitud giré la manija de la cerradura apoyándome sobre ella. Se abrió hacia fuera, por lo que caí de bruces. Maltrecho, levanté mi cara para mirar más allá.
Seguía sumido en las sombras, esta vez dentro de un túnel subterráneo, de aquellos por los que solían pasar automóviles particulares y el transporte público cuando acudía a trabajar. ¿Qué trabajo? No lo sabía. Obtener papel y metal a cambio de horas de vida sonaba superfluo. No recordé algo en lo que fuera talentoso, salvo para meterme en problemas.
A ambos extremos del túnel se visualizaba una luz atenuada. Quizás estaba a punto de anochecer. No transitaban vehículos, las clásicas ratas que se apretujaban en sitios poco iluminados buscando desperdicios para saciarse las entrañas brillaban por su ausencia, lo mismo que las siempre abundantes cucarachas.
Permanecía un silencio aún mayor que en la habitación; esta vez el vacío era superior, me sentí abrumado por tal desolación. Asustado más que a mi despertar, me acerqué al borde y me quedé sentado a la entrada de la puerta.
Sabía que la infección de mi pierna era muy grave y desconocía el tiempo que llevaba sin beber o comer. Aventurarme al exterior para buscar medicamentos y alimentos podía ser una opción, pero la odisea hasta la puerta me había agotado bastante.
Ante esta visión, pensé que era la última persona con vida; vivir o morir sería irrelevante, pues no quedaría nadie a quien le importara. No podría contar la historia del oficinista frustrado que regresando de su trabajo fue secuestrado y abandonado a su suerte, o la del narcomenudista que ante sus deudas con el hampa le dieron un escarmiento y le encerraron en una alcantarilla. Era entretenido pensar en todas esas posibilidades pero, a final de cuentas, podían estar erradas y solamente haber sido la casualidad la que me trajo a ese momento. Pronto la fiebre empezaría y mi lucidez se iría viajando por el túnel, directo y sin escalas hacia la luz.
¿Dónde quedó el resto de la humanidad?
Será mejor no encontrar jamás la respuesta.
Miguel Ángel Ortiz Aguilar (Querétaro, 1989). Ha colaborado cons sus cuentos en diferentes publicaciones como las de la Editorial Cthulhu (Perú, 2021), Ediciones Freire (México, 2021), la revista Relatos Increíbles, de ACUEDI Ediciones (Perú, 2021 y 2022), así como en antologías del Grupo Editorial Letras Negras. Por igual, es el autor de la novela corta Como la brisa del temporal (Amazon, 2022).

