
Por Esther M. Andrade
Extrajo el cuchillo de cocinero del bloque de madera y comenzó a rebanar con mucha precisión las cebollas, los apios, los tomates, las papas y la yautía. En la estufa, los metales rojos en forma de equis sostenían la olla con agua hirviendo. Fue a la nevera, buscó un pote de sofrito y la salsa de tomate. Añadió a los ingredientes un bolso de fideos de pelo de ángel y un pedazo de carne que había dejado marinando. Echó todo en el agua caliente y coció la sopa.
Hacía muchos meses que no la preparaba. De hecho, la última vez fue el día que su hijastra desapareció. Nunca estuvo claro lo sucedido. Lo único que arrojó la investigación policial fue la discusión entre la nueva esposa del hombre y la niña y, según
la madrastra, luego la última salió corriendo.
Cuando el hombre y la mujer decidieron convivir acordaron que la hija de este solo se quedaría los fines de semana, pero no fue así. En varias ocasiones pudo ver como la escuálida se quedaba observándola mientras ella intentaba dormir. Aunque la menor tenía su propia cama, insistía en dormir con ellos. Cuando la pequeña lograba interponerse, empujaba a la mujer con los pies hasta sacarla de la cama.
Desde el primer día, la mocosa le hizo claro a su padre que la comida preparada por su nueva compañera le hacía mal al estómago. Se tiraba al piso en rabietas obligándolos a comer fuera. La niña esperaba que su padre no estuviera y se ensañaba contra la mujer gritándole improperios. Fueron muchos los insultos que la madrastra soportó y las sopas tiradas al desperdicio.
La tarde de lo sucedido, al hombre lo habían llamado de emergencia para que fuera a su trabajo. Antes de irse, despidió a su pequeña con un beso y el acostumbrado juego de hacer que le mordía el brazo.
No bien su papá se había montado en el carro, la niña aprovechó para arremeter con su habitual acoso contra la mujer. La seguía por la casa y le gritaba. La madrastra, tratando de ignorarla, se dirigió a la cocina y comenzó a cocinar. La nena, con voz chillona, la llamaba buena para nada. Le decía que su padre jamás la querría como a ella, que su mamá era mucho más bonita, que su comida apestaba, que no le gustaban las sopas, que…
La madrastra, harta de escuchar sus groserías, la empujó. Los ojos sorprendidos de la chiquilla se clavaron en los de ella, al mismo tiempo que su cuerpo infantil se desmoronaba en el suelo. El cuchillo de cocinero yacía como una estaca enterrado en el pecho de la niña. La mujer, sin inmutarse, observó como una alfombra violácea se dibujaba alrededor de la niña. Retiró el puñal y trozó.
Hoy, la mujer estaba convencida que su guiso levantaría el ánimo de su esposo. A fuego lento se terminaba de cocer la sopa. Una vez lista la sopa, vertió lo suficiente en un plato hondo. Complacida, vio como las verduras, los fideos y la carne estaban sumergidas en armonía. Agarró el plato y una cuchara y caminó por el pasillo de la casa hasta llegar a la puerta del cuarto de estar. El aroma siguió a la mujer como velo de novia. Al abrir la puerta del cuarto, allí, preso de la silla reclinable, cabizbajo, mirando como a la nada, se encontraba su esposo. La mujer colocó una mesa pequeña justo frente a él, encima el plato caliente y la cuchara. Su esposo sorbía con los ojos cerrados como recordando los besos apacibles de su hija y los juegos donde el fingía que se la comía.
Esther M Andrade. Escritora puertorriqueña egresada de la Universidad del Sagrado Corazón. Cuenta con un bachillerato en Redacción para los Medios de Comunicación y una maestría en Creación Literaria con especialidad en narrativa. Autora de las antologías de cuentos cortos Cronoscopio y Lapso y de las novelas Grafito y La pieza de energía. Es la fundadora del taller de escritura creativa Purocuento.

