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El nacimiento de la lluvia

by Redacción

Por Berenice Baldera Navarro

Yo no conozco la lluvia. Nunca he visto la lluvia. Por eso le pido a mi abuelo que me hable de ella, y él siempre comienza diciendo que antes de yo nacer las cosas eran diferentes.

—Diferentes de una manera que tú no vas a entender, Malena —me dice—, por más que yo te lo explique, y por más que tu cabecita sea tan inteligente.

Mi abuelo dice que en ese tiempo —el tiempo antes de yo nacer— el agua era abundante, y no teníamos mucho problema para conseguirla. Dice que el agua era una cosa que pasaba de largo, corriendo y corriendo, echada por sobre un camino que había hecho en la tierra, como si alguien hubiera dejado caer desde la loma un bidón de agua, o muchos bidones de agua, o un solo bidón gigante. A esa agua la llamaban río, y la carrera del río nunca terminaba. O parecía que nunca terminaba, porque en realidad terminaba cuando se encontraba con un cuenco enorme, donde el agua entonces se volvía salada. A ese cuenco le llaman mar, dice abuelo. Pero a mí me gusta más decirle cuenco.

El cuenco del mar está muy lejos, y mi abuelo sólo lo vio una vez.

—Y los ojos no me alcanzaron para ver tanta y tanta y tanta agua, Malena —me dice—. El mar está tan lejos que podríamos estar andando varios días con sus noches, y aún no llegaríamos.

Ese camino por donde iba el río todavía está ahí. Cuando vamos a la llave pública, lo atravesamos. Es ancho y lleno de polvo y piedras de todos los tamaños, algunas tan grandes como yo. Por más que lo intento, no puedo imaginarme que ese largo camino que se pierde hacia arriba y se pierde hacia abajo, alguna vez estuvo tan lleno de agua que en algunos sitios podía cubrir hasta la cintura a un hombre del tamaño de mi abuelo. Y que en tiempos de lluvia bajaba de la loma con tanta fuerza que podía arrastrar animales, niños, mujeres e incluso hombres sin importar qué tan fuertes fueran. Y que una vez llovió tanto y el agua fue tanta, que incluso llegó a arrastrar y a llevarse algunas casas.

De las cosas que me cuenta mi abuelo, en las noches, cuando estamos sentados afuera —a oscuras, para no usar la lámpara sin necesidad—, la que más me gusta es la lluvia. La lluvia era un agua especial que caía del cielo en forma de muchas, muchas, muchas gotitas, y mojaba todo, y apagaba el polvo en los caminos y los convertía en lodo, que es como una cosa pegajosa. Mi abuelo me habla de la lluvia hasta que me da sueño o hasta que me duermo entre sus brazos.

Mamá dice que a ella también le gustaba mucho la lluvia, pero que cuando ella tenía más o menos mi edad, cada vez pasaba más y más tiempo entre una lluvia y otra.

Una vez quise saber cuándo, exactamente, fue la última lluvia que mamá vio caer. Al principio me dijo que no lo recordaba. Pero yo sé muy bien que sí lo recordaba, pero no me lo quiso decir, porque yo sé muy bien cuándo hay cosas que mamá no quiere decir, porque su voz se pone fina y como apagada, y es como si quisiera que uno se olvide de la pregunta y no le insista más. Pero esa vez yo insistí, porque quería saber, realmente quería saber. Así que, por fin, me dijo que la última vez fue el mismo día en que murió mi papá.

Yo a mi papá no llegué a conocerlo. O más bien, no lo recuerdo, porque yo solo había vivido por dos meses cuando lo mataron. En algún lugar de mi cabeza debe estar el recuerdo que tengo de mi papá, aunque yo sólo lo haya visto durante esos dos meses. Porque dos meses es suficiente para recordar a alguien para toda la vida. Especialmente si ese alguien te ha tenido mucho en sus brazos, y te ha dado muchos besos, y te ha mirado con unos ojos de amor y de ternura y de tristeza. Así me miraba papá, me dijo mami un día. Y yo quise imaginarlo. Quise imaginar sus ojos del color de la madera, con tanta fuerza como si los estuviera viendo ahora, y me lo figuré mirándome como mamá me mira a veces; y como Revejío, mi amigo, me mira a veces; y como abuelo mira a veces el camino del río que ya no está, o hacia la loma pelada donde dice mi abuelo que nacía el río.

Así que algún día, estoy segura, en algún lugar de mi cabeza, encontraré el recuerdo de mi papá y volveré a escucharlo cantándome canciones bonitas y suaves, como mami dice que se le cantan a un bebé.

Un bebé… ¡Qué lindo debe de ser un bebé! Yo no he visto nunca a uno. Aquí en el pueblo no hay niños. Niños solo estamos Revejío y yo. A mi amigo todos le decimos Revejío porque es demasiado chiquito para su edad, pero su verdadero nombre es Agostino. Pronto tendremos que llamarle por su nombre real porque Revejío ya está creciendo, y no quiere que lo traten más como a un niño. Tiene ocho años, solo un año más que yo, pero ya se cree un hombrecito. Y todo porque está cargando agua desde los cuatro, y ya es capaz de traer él solo un bidón de los grandes en la cabeza y un galón en cada mano. ¡Él solo! Y caminando desde donde está la llave pública.

Yo todavía no entiendo de kilómetros, pero mi abuelo dice que entre nuestro pueblo y la llave hay cuatro kilómetros. Yo sólo sé que, los días en que vamos en grupo a buscar el agua, salimos por la mañana temprano, apenas clareando el día, y regresamos cuando ya hace rato que el sol ha dejado de picar. Aunque, claro, eso es porque allá en la llave tenemos que hacer una fila muy larga, porque hay que compartir la llave con otras gentes que vienen de otros lugares.

Yo no puedo cargar tanto peso como Revejío, pero ya logro traer en la cabeza medio bidón grande y un galón en una mano. Debo de tener la otra mano libre, porque aún no logro que el bidón se quede tranquilo sobre mi cabeza, como hacen los grandes. Revejío se burla de mí por esto, pues como se cree muy mayor. Pero ya veremos quién es el hombrecito cuando él tenga que defender su puesto en la fila y se vea metido en peleas con los que se quieren colar.

Esas peleas a veces son peligrosas, y hay personas que hasta han perdido la vida en esos pleitos. Una de esas personas fue mi papá. Lo mataron por defender su puesto en la fila. Por eso mi mamá siempre está un poco asustada cuando estamos en medio de la gente que hace fila por el agua, y mi abuelo pone mala cara, para que sepan que él no es un cobarde y está dispuesto a no dejar colar a nadie.

En la fila de la llave siempre hay gritos, caras furiosas, caras tristes, caras asustadas y caras como sin expresión. Lo peor es cuando se agota el agua de la llave antes de la hora de siempre. En esos momentos es como si algo, un animal muy terrible, no sé, se despertara, y los que han podido conseguir agua se van lo más rápido que pueden, antes de que algunos de los que no han podido conseguirla quieran quitársela a la fuerza. Mamá siempre tiene ese miedo, porque entonces nos quedaríamos una semana entera sin agua.

A veces dejo a mi mamá y a mi abuelo en la fila y yo me voy a plantar cerca de la llave, y durante mucho rato me quedo viendo salir el agua. Casi siempre el chorro es lento y como tristón, pero hay días en que sale con fuerza y a sacudidas, y salpica el gorro plástico que le han colocado a la llave alrededor para que no se pierda ni una gota. Y me quedo ahí mucho rato, mirando y mirando, hasta que siempre aparece alguien que me dice: «¡Eh, mocosa, quítate de ahí!». Yo me quito, pero nunca entenderé por qué les molesta que yo esté ahí viendo el agua, como si me la fuera a robar con los ojos. Aunque eso es imposible, porque nadie puede robarse el agua solo con desearla. Eso creo yo.

Desde que tengo memoria, sueño. Y, cuando sueño, casi siempre son las mismas cosas: sueño que camino en medio de muchas plantas y árboles. Árboles tan grandes que oscurecen el día porque tapan la luz del sol. En mi sueño, me parece que voy camino de la loma. Las hojas y la tierra están muy húmedas porque ha llovido mucho, está lloviendo. Es decir, ha llovido y está lloviendo, porque las cosas en los sueños suceden de una manera muy rara: suceden y no suceden. El agua me cae encima. Y el agua es dulce, lo siento en cada parte de mi piel, y en mi cabeza.  No puedo explicar cómo puedo sentir la dulzura del agua a través de mi piel, pero la siento. La ropa se me pega al cuerpo y levanto la cara y abro la boca para que las gotitas frías caigan ahí. ¡Qué divertido es! 

Las gotas caen también en unas hojas tan anchas que yo no puedo abarcarlas con mis dos brazos abiertos, y producen un sonido hueco —ton ton ton—, y si me quedo escuchando con mucha atención, empiezo a oír una voz que canta. Una voz de un hombre que canta una canción muy suave. Y yo sé que es el recuerdo de la voz de mi papá, cantándome. Y entonces sucede algo muy extraño, porque me siento ser la lluvia; y siento rumores dentro de mí, y sé que así rumoraba el río. Y me siento grande, grande, inmensa como dice abuelo que es el mar, como si yo no pudiera acabarme nunca. A veces, cuando no puedo dormirme, consigo hacerlo recordando el sonido de esa lluvia de mis sueños, el sonido de las gotas sobre las hojas anchas. Pero lo que dice la canción de mi papá nunca he podido recordarlo.

Mamá dice que mis sueños son muy lindos, y abuelo, cuando me escucha, se pone triste. Pero no deja de sonreír, para que yo no me dé cuenta de que se ha puesto triste. Y entonces empieza a hablar de cosas que sí que no entiendo; dice algo de la fe y algo de la inocencia de los niños y de la imaginación y no sé qué más. Y siempre termina diciendo:

—Benditos los niños, porque ellos heredarán la lluvia.

Y yo no sé lo que quiere decir con eso, si ya no cae más lluvia. Solo en mis sueños.

Hoy se ha mudado Revejío. Su padre dijo que no podía aguantar más vivir en el pueblo. Que eso no era vida. Que se iba a buscar un lugar mejor, aunque se muriera en el camino. Lo gritó anoche en la calle, bien alto, cuando salió de la pulpería.

—Está borracho como un perro —murmuró mamá, y me mandó a acostar.

Pero yo seguía oyéndolo, y hasta me pareció que se echaba a llorar. Pero eso no puedo asegurarlo porque ya estaba alejándose y yo no podía escuchar bien.

Pero resultó que lo dijo en serio. Y esta misma mañana todo el pueblo —los que quedamos—, los ha visto, a Revejío y a su papá, enfilar el camino, el mismo que tomamos cuando vamos a la llave, con un bulto donde llevan sus ropas y dos galones de agua.

Revejío ha ido todo el tiempo mirando hacia atrás, para verme, hasta que su papá se dio cuenta y le dio un pescozón.

—No mires pa’tras, carajo, que el que mira pa’trás la vida se le vuelve sal.

Así le gritó. Ni siquiera pude despedirme de él.

Revejío era mi único amigo.

Ya no hay más niños en nuestro pueblito. Solo yo.

Esta mañana no he podido concentrarme en la clase. Y eso que mi abuelo me ha tenido mucha paciencia. Le pedí disculpas por ser tan tonta, pero me dijo que, de todos los alumnos que tuvo cuando daba clases en la escuela del pueblo, yo he sido la más inteligente.

—Y no lo digo porque seas mi nieta, Malena —me aseguró—. Es la verdad.

De todos modos, yo volví a pedirle perdón.

—Eso es porque todavía estás triste —me disculpó, mientras me acariciaba la cabeza— por la partida de Agostino (mi abuelo siempre llama a Revejío por su nombre).

Así que me dijo que dejáramos las clases hasta ahí, que podía tomarme el día libre porque yo ya estaba bien avanzada en matemáticas y podía leer muy bien de corrido.

Es verdad que todavía estoy muy triste por la partida de Revejío. Leer El Libro de los mitos no es tan divertido si él no está para reírse de los nombres raros y de las historias tan fantásticas, no importa que esas historias me gusten tanto y los dibujos sean tan lindos. Abuelo me dice que algún día yo podré inventar mis propias historias, y yo le digo que me gustaría escribirlas al final del libro, donde hay una o dos hojas en blanco.

Pero creo que mi tontera de esta mañana se debía a que anoche tuve un sueño nuevo. Uno que nunca había tenido. Todo se sentía tan real que, en comparación, me parece que el sueño es ahora, cuando estoy despierta. En el sueño me encontré con mi papá. Y ahora sí que puedo recordar su cara. Me fui acercando a él, abriéndome paso apartando las enormes hojas mojadas que encerraban su sonido hueco y verde; refrescándome los pies con la humedad de la tierra y de las hojas caídas. Mi papá me esperaba al pie de la loma, que no era esa altura pelada que veo ahora —voy camino de la loma—, sino una manta sembrada de distintos verdes y rojo y naranja y amarillo y gris. Cuando llegué junto a mi papá, al fin pude saber cómo era esa mirada de la que me hablaba mamá, esa mirada de amor, ternura y tristeza que él me daba cuando yo era bebé.

Mi papá empezó a cantar su canción, pero esta vez sí que la recuerdo; bueno, solo una parte de ella.

Por eso la voy cantando mientras voy subiendo la loma, aunque mi voz no es tan suave, tan dulce, tan mágica como la de mi papá en mi sueño.

—Malena, Malena, la niña que se convirtió en lluvia…

El resto de las palabras no podría repetirlas, pero sí que recuerdo el mensaje. Mientras mi papá me miraba con su mirada tierna y triste y amorosa, me señalaba a la loma y me decía en su canción que hubo una vez una niña llamada Malena, que llevaba la lluvia dentro, que llevaba el rumor del río, que llevaba la sal del mar. Y que esa niña era tan fuerte, tan mágica, que podía hacer crecer de nuevo los árboles, las plantas, que podía hacer correr las aguas de nuevo, que podía hacerlas cantar otra vez sobre las piedras. Cantando como cantaba mi papá en mi sueño. Cantando como voy yo ahora hacia la punta de la loma, sin importarme que el camino sea tan difícil, que el sol arda tan caliente, que el polvo me haga toser y me seque por dentro. Porque cuando llegue allá arriba, a lo más alto, y me deje caer, me convertiré en lluvia. Una lluvia dulce que bajará por la loma y se convertirá en río. Una lluvia que bañará al pueblo.

Y todos saldrán al camino polvoriento, y se mojarán sus ropas, y en sus caras ya no se sabrá qué son gotas de lluvia y qué son lágrimas.

Y mi mamá y mi abuelo estarán tristes, pero también estarán felices, porque sabrán que soy yo.

Y mi abuelo escribirá mi historia en la parte de atrás del libro de los mitos. Escribirá: «Malena, la niña que se convirtió en lluvia».


Berenice Baldera Navarro (Santo Domingo, 1972). Novelista, cuentista y poeta. Algunos de sus relatos han sido publicados en revistas digitales y su poemario Contracielo fue puesto en circulación en enero del año 2023.

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