Por Yasmin S. Portales Machado
Te acercas al cristal de la ventana y contemplas tu reflejo desnudo, pero es solo por un instante (hace años que no sientes tanta despreocupación por la cantidad de ropa que cubre tu cuerpo), porque el paisaje de luces que ascienden y se encuentran con las nubes te absorbe.
¿En qué piso están?
No te fijaste en el botón del elevador, sus/tus labios, sus/tus manos, y sus/tus ojos estaban demasiado ocupados, así que él tocó el botón con un espasmo, en gesto agónico que interpretaste como intento de escape. Gruñiste.
“I have to press the button to take us up”, explicó sonriente y le hiciste callar con otro beso.
No sabes cómo era el pasillo, no sabes cómo era la puerta, no sabes cómo era el recibidor donde —probablemente— están tus zapatos y el portafolio. Pero sabes cómo es su piel clara, cómo es el callo de la palma de la mano izquierda —¿arquería dijo?—, su nariz recta, su pelo casi blanco.
Cae un rayo por detrás de los edificios, el sonido no te alcanza tras la ventana, y la luz que anuncia una tormenta estival es bella, poderosa —¿qué grueso tienen los cristales de las ventanas de los rascacielos? Por costumbre, rozas con la punta de los dedos la manilla consagrada que está en tu muñeca derecha. En tu infancia fue símbolo de compromiso con la fe que te legara tu familia, después… ¿de conformidad? Era tu vida, la vida que te tocaba, que tu apellido y tu talento demandaban —o eso te dijeron.
Él te dijo que tenías talento para otras cosas hoy, cosas que no sabías siquiera nombrar. Sonríes, rozas la manilla de nuevo, esta vez la Virgen parece mirarte de vuelta y la enormidad de lo que has hecho te golpea.
¿Por qué entraste a ese bar?
¿Quién es este rubio desconocido que te arrastró a su cama?
¿Sabes siquiera si es Demócrata?
Sabes lo que te dijo antes de comenzar a besarlo: que estaba feliz por haber pasado un examen que temía. Encontraron terreno común en la asignatura, una de las muchas que sacaste con máxima nota hace una vida, cuando eras joven y no temías a la aventura. Dijo: “Now the summer waits for me, like a boy with open legs in the green grass of an abandoned farm”, y casi escupiste la bebida. Se rió de ti, pero no te levantaste de la mesa. Cuando sus acompañantes anunciaron que se iban, él te miró de arriba a abajo y les dijo “See you later” con expresión decidida.
Pegas la frente al vidrio, está fresco –bendita sea la tecnología, que te ahorra el sudor— y te preguntas cuántos rosarios deberás hacer de rodillas para estar en paz, ninguno alcanzará, lo sabes, pero… Solo puedes pensar que eres feliz. Felicidad era justo lo que le faltaba a tu vida perfecta. Tienes un hijo, una casa, un PhD, un libro que se cita mucho, estudiantes actuales y del pasado que te respetan, pero no había pasión.
Hoy has acariciado una espalda desnuda —hace años que la única espalda que ves es la de tu hijo —besado labios— aunque tus amistades y tu madre te besan a diario—, temblado ante la belleza —cuántos alumnos tan bellos como este han desfilado ante ti en diez años.
La diferencia entre esta noche y todas esas noches en que dormías en tu casa de la llanura, desde donde escuchas la respiración calma de tu hijo y los ronquidos agudos de mamá… la diferencia es que… No, no vas a nombrar la diferencia ni en tu mente.
Pero te acaricias los labios despacio y casi vas a llorar.
Entonces sientes su olor a tu espalda, su olor a juventud y lujuria, a ligereza y esperanza.
“What´s wrong, babe?”
Está desnudo detrás de ti, calmado, su mano derecha te acaricia la base del cuello.
“El norte…” recuerdas que no habla tu idioma. “The magic of these summer nights in northern lands make me do the strangest things.”
Él asiente, hace un gesto hacia las luces más allá de la habitación con la mano izquierda.
“Yeah. This city tends to make that to people”, roza con sus labios tu mejilla “and I´m happy it happened to you when I was around”.
Te hace girar despacio y quedan cara a cara, levanta la mano, pero la atrapas antes de que termine el gesto.
“Your left hand is dominant?”
De repente el detalle parece muy importante.
“Sí, soy zurdo y me encanta La mano izquierda de la oscuridad, ya pasamos por ahí. Es tu turno. Ahora mismo quiero que respondas a la pregunta que hice antes de ponernos el casquete”.
“¿Hablas español? ¿Mi turno? ¿Qué…?”
A tu alrededor, la habitación pierde nitidez.
“Vamos, entré contigo al software de realidad virtual, como pediste. Incluso admito que me gustan el nuevo cableado y esa idea del sexo seguro y verídico mediante enlaces neuronales profundos, pero ahora mismo quiero que respondas a la pregunta que hice antes de ponernos el casquete”.
Retrocedes, pero solo un paso, porque se te ocurre que, si estás en un ambiente virtual y pierdes el control, esa pared de cristal podría desaparecer. Sabes de sobra cuál es el efecto de las fracturas craneales durante el uso de la realidad virtual. El cerebro se fríe por la sobrecarga de sensaciones dirigidas a sí mismo. Lo sabes porque llevas una década de tu vida invertida en el desarrollo de soluciones para que la última frontera de la realidad virtual desaparezca y sea un ambiente seguro.
Das la espalda al rubio desconocido y contemplas el paisaje urbano desde la altura alucinante que, ahora, te revuelve el estómago… ¿Por qué nos imaginé en un rascacielos? ¡Tengo vértigo!
“No lo sé. ¿Querías algo inalcanzable? De eso se trata la realidad virtual, ¿no?”
“¿Dije eso en voz alta?”
Él hace un gesto de impaciencia.
“Tenemos un enlace neuronal profundo, todo lo que pienses de modo más o menos articulado llega a mí. La pérdida de intimidad es una de las razones por las cuales esta línea sigue en fase experimental”.
“Ah, sí, ya recuerdo. Se activan los sensores / estimuladores de placer físico a fondo, pero es imposible evitar que parte de ese flujo de información pase por el cerebro de las otras personas en la red”.
“La naturaleza de la transmisión por paquetes. Maravilla y condena de la internet y el cerebro”, apostilla con tono resignado tu ¿amante?, ¿alumno?, ¿colega?
“Soy tu colega. Hemos coincidido en un encuentro profesional, pero nos conocimos en el bar del hotel”. Ahora su mirada se torna preocupada. “¿No recuerdas nada de eso?”
El miedo empieza a treparte por las piernas. Solo hay algo peor que tener una factura craneal durante un paseo virtual: perderse dentro de la simulación. Por si acaso, regresas a la cama, donde no sea tan evidente la altura, ni tan tentador el caleidoscopio de luces de esta New York de fantasía.
Él mira con repentina desconfianza la pared de cristales y te sigue. ¿Cómo…? ¡Ah!, sí, claro, tu miedo se filtra por el enlace. Bueno, la cama es cómoda y segura. Pones una almohada en posición vertical contra la cabecera y te sientas. Él trepa y cruza las piernas, su desnudez vuelve a ser… demasiado llamativa.
“Si no te tapas, jamás podré concentrarme lo suficiente como para salir de aquí”.
Frunce el ceño, pero asiente. Cierra los ojos y sus piernas quedan cubiertas con un pantalón de gimnasia color azul cielo.
¡Oh! Eso fue…
“¡Eres un soñador profesional!”, comprendes de repente. Entonces el recuerdo irrumpe: “Adonis, te llamas Adonis ¿no? Vives en España, te estabas quejando del jet lag en el bar.”
Adonis asiente.
“¿Qué más?”, dice/piensa.
“Si tienes jet lag no estamos en América ni en Europa Occidental. Moscú, si ¡claro! La Conferencia Mundial de Seguridad Informática. Llevo meses preparándome para esto, para –el recuerdo de su plan es tan nítido que le da miedo— ¿para conocerte?”.
Adonis suspira, se relaja. El sentimiento de alivio se cuela en su consciencia con fuerza tremenda.
“Dijiste que todo esto pasaría, pero estaba muerto de miedo de que algo hubiera ido mal y de verdad te perdieras aquí. Después de todo, solo soy un soñador, no podría sacarte en contra de tu voluntad”.
Ahora sonríe, una sonrisa afable, íntima. Nada que ver con la de cazador que mostrara en el bar.
“Lo de allá abajo fue un montaje –recuerdas—. Fingiste que me seducías, que tu glamur de soñador profesional vencía a mi timidez de oscuro personaje académico. Creen que solo soy otro número en tu lista de conquistas”.
“Fingimos –rectifica él—, pero sí, ese fue más o menos el teatro. Luego subimos a tu habitación. No temas, está en el tercer piso, precisamente porque tienes vértigo. Arreglamos los últimos detalles y entramos a la simulación”.
Adonis se detiene, mira algo en su brazo.
“Ahora mismo quiero que respondas a la pregunta que hice antes de ponernos el casquete”.
“¿Por qué repites eso?”.
“Porque es la razón de que estemos aquí. Tienes información para mí, algo por lo que estoy dispuesto a pagar mucho. ¿Recuerdas la pregunta? —de repente parece frágil, vulnerable— Dijiste que si repetía la frase exactamente podrías enlazar el recuerdo de lo que te mostré con algo enterrado en ti. Algo que solo saldría si estabas en un ambiente seguro”.
“¡¿Seguro enrollarme con un desconocido en la cima de un rascacielos?! ¡Tú estás de coña, hermano!”.
El exabrupto parece divertirle.
“Si, admito que tienes unos gustos un tanto inesperados cuando dejas atrás Tierra Material —ladea la cabeza—, pero no me quejo”.
¡Ay!
“Espera… ¿Dices que lo que recuerdo que hicimos no estaba precargado en la rutina? Que tú y yo de verdad…”.
Él asiente.
“Nuestros pantalones deben estar muy sucios, en Tierra Material. Yo suelo desnudarme antes de empezar cualquier simulación, pero no esperaba este giro en el paseo de hoy”.
¡Vaya! De veras gruñó con celos de un elevador. No se sabía capaz de eso.
Al mismo tiempo, sabes que ninguna rutina precargada podría generar recuerdos tan intensos. Estás en la cima del campo, si alguien lo hubiera logrado, lo sabrías. Sabes también que Adonis dice la verdad. No vinieron a esta simulación para romancear sin peligro de ETS, sino porque lo que quieres decir no puede salir de tus labios en Tierra Material.
Fuerzas la memoria. Los recuerdos inmediatamente anteriores a la entrada o salida de la simulación siempre son borrosos —porque el cerebro interpreta el cambio como un trauma—. Solo hechos muy significativos permanecen disponibles. ¿Por qué lo hiciste de esta manera? Memoria visual, si, las imágenes se recuperan mejor que los sonidos o los olores por el canal consciente. La foto que Adonis puso ante sus ojos es la clave.
No es la primera vez que esa imagen se registra en tu cerebro.
DUELE – LUZ BLANCA – DUELE – FLASH ROJO – DUELE – LUZ BLANCA – DUELE – FLASH ROJO – DUELE – LUZ BLANCA
Caer… Sabor amargo en la boca ¿sangre?, ¿bilis? Ya no sabe qué vomitó y qué queda dentro.
—Paren por favor, firmaré, claro. Borrado completo, si señor. Si, si, lejos, al otro lado del mundo. Nunca más pensaré en eso señor. Mi bebé, ¿dónde está? Ya, ya, pequeñito, no pasa nada… Por favor, tiene hambre. Déjeme darle de comer, señor. ¡No! No lo toques. ¡Quítale las manos de encima perro! ¿De qué te ríes? ¿Crees que no sé que valgo más que tú? Te mato y no pasa nada. Me borrarán la memoria y seré una persona decente y respetuosa de la ley para mañana. ¿No lo crees? Ya, ya, pequeñito. Ese ruido fue un cuello roto, pero es un ruido feo para una cosa buena. Ese perro no va a volver a molestarte. ¿Dónde están los documentos? No quiero estar más de una semana lejos de él. Hasta luego Alain, esta señora buena cuidará de ti y en una semana volverás a ver a mami.
Hicieron la foto del bebé delante de ella. Tenía la cara manchada con la sangre que goteaba de sus labios y su frente, pero era mejor así, ¿no? Más conmovedor. ¿Quién se negaría a adoptar a un huérfano de la guerra con la sangre de su familia en la cara? Confiaba en que, sin importar en quién la convirtieran, sería capaz de amar a Alain.
Su yo anterior está por perder la consciencia, debe irse. Sabe lo suficiente de memoria y estímulos sensoriales como para maniobrar hacia la salida, pero va a doler. No se suponía que entrase aquí.
Ya no sabe qué vomitó y qué queda dentro. ¿Sangre? ¿Bilis? Sabor amargo en la boca. Caer…
DUELE – LUZ BLANCA – DUELE – FLASH ROJO – DUELE –LUZ BLANCA – DUELE – FLASH ROJO – DUELE – LUZ BLANCA
“Eres tú…”.
Desde Adonis llega una mezcla de miedo – esperanza – alegría – asombro que huele a vainilla y chocolate: su helado favorito. Es bonito, pero tiene que hacer una comprobación más urgente. Baja una mano hasta la entrepierna y, comprueba, con desconsuelo, que ahí hay un pene.
“Pues sí que me rehicieron, los muy cabrones”.
Fuiste un hombre decente y respetuoso de la ley por diez años, hasta que el ruido blanco de la TV te atrapó.
Mucho se había especulado sobre el uso que la guerrilla daba al ruido blanco, tú estabas entre los hombres serios que desechaban aquello como leyenda urbana. La evidencia así lo indicaba. Una década después de la victoria sobre las guerrillas ciborg, ningún grupo de seguridad hizo arrestos relacionados con ese tema. Ninguna universidad o empresa presentó resultados de detección o siquiera mecanismos de rastreo en las conferencias mundiales de seguridad. ¿Por qué iba él a creer en los mensajes del ruido blanco?
Hace dieciséis meses el ruido blanco transmitió algo que era significativo solo para ti: la foto de tu hijo —el bebé con la cara manchada de tu sangre del expediente de adopción que tramitaste—, y volviste. Al menos una parte de ti volvió.
“Creí que hacía lo correcto.”
Sabes que no es necesario, que Adonis siente lo que pasa ahora dentro de ti, pero acaso forzarse a ordenar palabras ordene tus caóticos pensamientos.
“Creí que ayudaría a los padres biológicos de mi hijo a encontrar cierre. Les podría asegurar que estaba bien, acaso darles una foto y, si me parecían cuerdos, establecería un canal monodireccional de información…”
Te abraza, pero es diferente a la primera vez. Ya no hay lujuria desesperada. Ahora hay dolor compartido, rabia por el tiempo perdido, amor.
“Eres tú. Eres tú.” Es todo lo que repite la mente asombrada de Adonis.
Le apartas un poco, puedes ver su verdadero rostro: es perfecto, sobre todo porque tiene los casi treinta bien gastados años que debería tener.
“Sí, soy yo, la asalta cunas”.
La vieja contraseña se siente dulce en sus labios.
“Bien, asalta cunas, ahora debes despertar para dejar atrás a Arturo. Cuando nos quitemos el casquete, quiero que respondas una pregunta”.
Yasmin S. Portales Machado Escritora, académica y crítica teatral y literaria cubana. Diplomada del Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso” (2003), con una Licenciatura en Teatrología de la Universidad de las Artes de Cuba (2007) y un Máster en Español de la Universidad de Oregón (2018). Desde 2018 soy parte del programa de doctorado del Departamento de Español y Portugués de Northwestern University, con especialización en Género y Sexualidades. Desde el 2021 realiza el pódcast Otras voces del Caribe.

