Por Mary Claudia Pérez Rodríguez
Cecilia me llama antes de la medianoche para que visite a mi amigo, me dice que no contesta las llamadas y está preocupada. Ella, sus hijos y nietos se encuentran de vacaciones en Madrid. Se supone que él se uniría a ellos este fin de semana. No hablaba con él desde el almuerzo.
―Está desaparecido ―murmura con temor. Creo que es una broma, un malentendido entre esposos. Es extraño, el señor cauteloso, de piel clara y pelo plateado que nunca se mete en problemas, el hombre de familia, ¿desaparecido?
Llamo a Henry, un amigo del departamento de investigaciones, le cuento lo ocurrido y me dice que avisará a los policías, aunque rompa el protocolo. Conozco esta casa, la familia y yo hemos sido amigos desde que tengo memoria. Como el tercer escalón del sótano cruje, la ventana del pasillo nunca se abre, la mancha de café en unos de los cojines del sofá y el agujero escondido detrás de una pintura de Picasso. Sonrío. Augusto y yo venimos del mismo barrio, fuimos a la misma universidad y, a pesar de irnos en caminos opuestos, él cómo funcionario del gobierno y yo como inspector, olvidábamos esos detalles al convivir, ahora que él se jubiló y yo me independicé, la pasamos glorificando los viejos tiempos y los «hubiera sido».
Llego a la cocina. Mientras espero, reviso en el lavabo y encuentro un vaso de trago, es extraño, sé que mi amigo odia beber solo. Echo un vistazo al lavavajillas y luego al zafacón. No hay nada fuera de lo común.
Me acerco a la vitrina de caoba y vidrio, tres cajones encima de los gabinetes inferiores guardan los más finos licores, una vinera en medio, y las puertas encima con la gran variedad de copas. La tapa del coñac no está bien cerrada, Jenssen Arcana del 1888.El cristal me refleja, unos diminutos ojos serenos me devuelven la mirada, frunzo los labios antes de soltar un suspiro. Mi aliento se vuelve caliente mientras el fuego baja por la faringe.
Camino hacia su habitación. La puerta está cerrada, es cierto, a diferencia de la ducha que gotea. El bombillo de su habitación permanece encendido, y los audífonos que siempre cuelgan en su cuello, están sobre la mesa. Todo indica que Augusto salió apresuradamente.
El teléfono no está en su sitio, pudo haber tomado una llamada. La toalla y otras ropas están en el suelo, las echo a un lado con mi pie en busca de otra pista. Un vistazo a la mesita de noche y tengo una teoría.
Augusto tomó una ducha, escuchó los timbrazos, puede o no que lo esperara, salió, barriendo la cortina, que sigue abierta, y contestó. Lo que le dijeron tuvo que desesperarle, dejando su toalla en suelo mientras tantea con que vestirse; buscó las llaves de su auto (el tazón donde siempre las guarda está volteado) y salió sin apagar la luz de su dormitorio.
El zumbido me hace contestar, Henry avisa que encontraron un vehículo, un Camry verde del 2009, a las afueras de la ciudad. Sin rastros de Augusto. Me ofrece la dirección y antes de colgar le digo que estoy en camino.
Las calles están desoladas y aún no sale el sol. Llego en unos quinces minutos a una carretera del oriente, el carro orillado de lado derecho, dos guardias lo custodian. Un tipo a lo ídolo pop y un asiático con sus uniformes y placa de la policía local. Ambos se presentan, Encarnación y Baek.
―Permítanme, caballeros ―les digo mostrándole una identificación. Escudriño el interior, los asientos son de piel gris con negro, el guía con el logo de Toyota al revés. Me adentro y noto que la palanca de cambios está atascada. Abro la guantera y además de los discos de Charlie Parker, que guardo en el bolsillo de mi traje,unos documentos me confirman su dueño.
Augusto mide unos 1.60, el espejo de reversa no está a la altura indicada. Salgo de allí e inspecciono las gomas. Camino por los alrededores con mis manos en los bolsillos, los hombres siguen mis pasos y murmuran en voz baja.
―¿Señor, ha encontrado algo? ―pregunta el rubio con la cabeza inclinada y una mano en la nuca donde lo había golpeado su compañero.
―¿Podría abrir el maletero, por favor? ―pido.
―Eso ya lo hicimos, solo hay…
―Soy capaz de verlo con mis propios ojos. ―Hizo silencio. Como si pudieran saber lo que yo. Mis pies se arrastran hasta llegar frente al baúl, de piel gris igual, solo hay un botiquín de primeros auxilios, el cric protegiendo una caja de herramientas y una toalla amarilla―. ¿Guantes?
El vinilo cubre la piel cetrina de mis manos que se transparentan. Procedo a registrar el botiquín y la caja, sin ganas de agradecer, la desconfianza aprieta mi pecho y me hace entrecerrar los ojos.
―¿Hace cuánto tiempo están aquí? ―pregunto al asiático, lanza una mirada a su compañero.
―Como media hora ―responde dudoso y en voz baja. Le pregunto que si solo ellos dos.
Relata que escucharon en la radio que buscaban este modelo de auto, regresaban a la estación para terminar su turno, pero se detuvieron al ver un carro mal estacionado y que coincidía con el aviso.
―Nos pidieron quedarnos y que el señor Díaz iba a pasar… ―Asentí―. ¿Señor?
―Bien. La víctima manejó hasta aquí, su intención no era detenerse. ¿Ven esas ramas allí? Se rompieron con el peso de otro vehículo, creo que Augusto se estacionó de golpe porque estaba siendo perseguido, planeaba ir al este, las llantas están hacia la izquierda, observen el volante…―señalo―. Intentó ver por el espejo de reversa a su perseguidor, pero las luces lo cegaron…
―¿Cómo lo sabe? ―preguntó el asiático, sus cejas se fruncieron.
―El asiento del copiloto está golpeado, imagine que lo cieguen por unos segundos, por impulso golpeas algo. No se preocupen, solo son hipótesis.
―Continúe… ―me pide el uniformado.
―Intenta volver a conducir, y se da cuenta que la palanca está trabada. ―Me quedo en silencio.
―¿Y después?
―No lo sé. Quizás el perseguidor se haya acercado mientras intentaba huir.
―¿Cree que pudo ser secuestrado? ―dice el rubio.
―Es una posibilidad.
Le pido a uno de ellos que llame a Cecilia, cuando contesta, los ojos de Encarnación me buscan, sé que pregunta por mí, pero me niego. No quiero hablar con ella hasta tener una buena noticia. La veo con el pelo color caoba en contraste a su pálida piel, abrazando a sus hijos que, a su vez, consuelan a los suyos cuando preguntan por su abuelo, escondiendo sus ojos cafés que quieren llorar.
Mientras Encarnación habla con ella, Baek sitúa las manos en sus mejillas y evalúa el carro. Algo en mí se enciende. Una jeringa usada, una goma de látex y conocer la existencia de otro botiquín en el automóvil, me alarma.
―¿Aló? ―la voz suena adormilada.
―Es Michael, todo está empeorando. Necesito que analicen unas cuantas cosas en el laboratorio. Ahora.
Su respiración chocó con el teléfono, lo despegué de mí por unos segundos:
―Dentro de unas horas amanecerá, Michael. ¿Seguro que Augusto no está bromeando?
―Sus juegos nunca incluyen a Cecilia. Esto es serio ―murmuro irritado.
¿Es que a nadie más que a Cecilia y a mí parece preocuparle? ¡Es un exjodido miembro del partido! Evito sonar como me siento y mientras me quito los guantes y los guardo en mi bolsillo izquierdo, exhalo.
―Encarnación…
―¿Quién? ―interrumpe.
―Uno de los policías que encontró el auto te lo llevará y su compañero el resto de la evidencia encontrada en la casa.
― tú, ¿dónde irás? ―pregunta, y auguro que pasa una mano por su rostro y la presiona en su tabique, paseando su enjundioso cuerpo en la habitación.
Le cuelgo sin responderle. Después de unas claras instrucciones a los novatos, me subo a mi auto relamiendo mis labios, alcohol. Me dirijo al este, pensando: ¿En qué tipo de problemas se habrá metido?, ¿y cómo no me di cuenta? Si lo encuentro, ¿cómo lo arreglaremos?
Intento recordar si hay algún detalle de nuestra última conversación, hace una semana, que me infiera que algo le preocupara. Estaba escuchando sus programas por los auriculares, su esposa que le advierte quedará sordo, en el balcón de la casa. Vestía una franela blanca bastante fresca, y hablaba entre dientes hasta que me vio. Sus ojos vivos me reconocieron.
―¡Hermano! ―expresó emocionado, levantándose para envolverme con sus gruesos brazos.
Justo allí, me habló de su viaje familiar, como ellos partirían al día siguiente y él los alcanzaría allá. Su rostro me pareció el de siempre: confiado y jovial. Sonreía, diciéndome que se alegraba de estar jubilado, después… ¡recibió una llamada! ¡Eso es! Sus ojos se volvieron fugitivos apretando los dientes y tratando de ocultar su ira detrás de la palma de su mano.
El amanecer no me tranquiliza, es solo el recordatorio de todas las horas que tiene perdido.
¿Necesitaba ayuda?, ¿quién lo llamó?, ¿por qué y cómo llegó a esa situación? ¿Dónde estás, Augusto?
La carretera permanece vacía, me estaciono, confiando en que tengo razón. Grito. Mi voz se pierde, ¡AUGUSTO!
El crujido me detiene, encuentro en pedazos el teléfono de mi amigo, me pongo los guantes sonriendo, halagando entre dientes mi increíble intuición. Totalmente destruido, la pantalla del Alcatel rota, las teclas cuatro y seis no están en su lugar. ¿Por un arrebato de ira? ¿O un impedimento para no realizar una llamada?
Camino por los alrededores con mis manos en los derredores de mi boca para intensificar mi voz, lo llamo. Una confluencia me detiene. Vuelvo a gritar su nombre en busca de alguna respuesta que me facilite qué camino tomar. La vida nunca ha sido tan buena. El arrabal se ve menos siniestro mientras amanece, a mi derecha logro colegir por el leve rastro de sangre que es el camino correcto y continúo vociferando su nombre. El brillante carmesí me preocupa, aunque es muy poco para conjeturar una muerte, podría ser solo… no.
Unos quejidos se escuchan, palabras de auxilio, y lo veo… de una forma, en que jamás pensé verlo, ojos enrojecidos, golpeado, manchas de sangre en su camisa anaranjada mientras disnea. Solo lleva un zapato, con su mirada apagada cojea hacia mí. No puedo moverme.
―¿Augusto?
―¡Hermano!
Su voz suena rota.
Lo tomo del brazo y lo guio hasta el carro, balbucea disculpas a Cecilia: —Fu…fu…fue que perdí el teléfono…
―¿Por qué dejaste tu auto allí? ―pregunto calmado.
―Me apetecía dar una vuelta, el clima está fresco ―sonríe lunático. Su rostro cambia por completo y farfulla―: ¡QUIEREN MATARME, MICHAEL! Necesito más, amigo… ¿lo entiendes verdad? Confío en ti, hermano mío… por siempre y siempre. ―Aprieta mi brazo izquierdo, vislumbro la marca de agujas en los suyos, su piel amarillenta.
―Claro que lo entiendo ―le consuelo.
Augusto sonríe y se recuesta en el asiento trasero, escucho su respiración. La caratula sigue haciendo peso en mi saco, así que, antes de encender el motor tomo el disco y dejo al saxofonista volver familiar el ambiente. Balbucea las gracias.
Su cansancio es notorio, el movimiento del auto y el ritmo clásico lo hacen dormirse. Dentro de unas horas, lo llevaré al médico y me confirmarán la heroína en su cuerpo como en la jeringa que encontré.
―¿Por qué amigo? ―murmuro sin esperar una respuesta.
Vuelve a zumbar el teléfono cuando empieza a amanecer. Lo importante es que Augusto está conmigo.
Mary Claudia Pérez Rodríguez (Santo Domingo). Licencida en Negocios Internacionales y directora de Nuevas Tierras, empresa de servicios editoriales. Autora de las novelas Incomprendida y El destino de Scarlet.

