Entre el hombre y el amor
Hay la mujer
Entre el hombre y la mujer,
Hay un mundo
Entre el hombre y el mundo,
Hay un muro.
ANTOINE TUDAL
A pesar de su título, Final de un universo en expansión es un libro infinito.
En principio, parecería un libro imposible: su escenario es un planeta colonial bloqueado por la marea de un agujero negro, de modo que el tiempo se ha detenido y ya no puede suceder nada más. Su autor, no obstante, se empeña en la descripción de un universo que, a pesar de estar cerrado, es interminable.
La pretensión puede hallarse ya en el afán del emperador, que mandó construir un mapa del tamaño del territorio, y prometería a la obra una extensión astronómica. La manera en que se resuelve, por el contrario, da su medida: como muestra basta un botón.
La acción se centra en un día en la vida de Ulises Ltd., un humano estándar que comanda —o más bien conforma— una biorrefinería costera, junto a otros edificios que se erigen en el mar. Merced a la plasticidad de los organismos de colonización galáctica, el concepto de desarrollo azul se ha realizado al máximo, y las elevadas arcologías humanoides para la acuicultura multitrófica forman incontables atolones en torno a los roquedales emergidos del planeta insular. La mañana transcurre infinitamente lenta. La luz de la mañana, blanca de tan pura, entra por las ventanas abiertas. Ulises contempla a su amada erguida bajo el sol, altiva y tentadora en la distancia irrisoria: quisiera echar sus habitaciones en torno a sus hombros y estrecharla con dulzura, los ojos cerrados de emoción, pero el final que aguarda a un universo en expansión se ha consumado, y ya no hay más tiempo. O mejor dicho: hay todo el tiempo del mundo, y nada más habrá de suceder. En la singularidad del bloqueo gravitatorio, la velocidad de escape de un electrón a cualquier punto dado ha crecido tanto que ya no podrá alcanzarla.
Relato anticlimático por excelencia, Final… representa así el grado cero del género náutico: el barco encallado, o mejor aún, el puerto que no termina de convertirse en navío, el faro olvidado en la planicie. Y quizá en parte resida allí su atractivo, en esa paradoja que afirma su punto final mientras no cesa de escribirse.
Los actuales métodos de almacenamiento en línea acercan las fronteras de experiencias vedadas al libro físico: miles de páginas en blanco jalonadas ocasionalmente por un punto y coma pueden servir para dar cuenta del movimiento de partículas en un entorno de muerte térmica; hipervínculos a bases de datos, multiplicar los discursos sobre un objeto discreto. Felizmente, el autor no recurre a esas argucias: su reseña de cada pluma del alca que se posa en el balcón de Ulises, el arcoiris que el rocío de las olas forma contra sus alas, la yema amarilla de su ojo con un punto de piedra contraído por el sol, su pico córneo, indentado, con un refuerzo para romper las conchas que la resaca sacude contra los cimientos calcáreos del buen Ulises, es detallada y precisa; la piel del mar, la suave llovizna que no habrá de llegar, el ovillo de protones en la ionosfera que se retuerce entre los dedos del cosmos, abren el horizonte de un presente que se extiende en abanico, a lo ancho del mundo.
Pero Ulises tiene asimismo un pasado, que se proyecta a su origen como organismo sintético en la Tierra y antes aún a las criaturas de la serie evolutiva que lo prefiguran, a su cuerpo hecho de residuos de estrellas y antiguas supernovas. La línea de la pluma, por tanto, es capaz de remontarse en direcciones infinitas.
Puede objetarse que el acierto del autor reside en ofrecer un universo sin sorpresas, acorde con la indolencia estética que caracteriza la sociedad de consumo: como plantea Toguchi, el espectador no busca ser sorprendido, sino satisfecho. El trasfondo moral de la objeción (crítica del capitalismo, etc.), oculta no obstante el hecho de que, en un sentido más fundamental, un universo detenido está a salvo de la muerte. La fascinación propia de estos personajes congelados en el tiempo radica en su incorruptibilidad, en esa cualidad de estatua que nos ilusiona con nuestra propia trascendencia.
El descubrimiento esencial que subyace al experimento, sin embargo, es la noción de que incluso un punto final puede constituir en sí mismo una trayectoria: en efecto, cuando el tiempo se detiene, todas las conjugaciones coexisten. El denuedo del autor en subrayar este hallazgo lo lleva a prodigarse en un cubismo hiperrealista en el que encuentran acogida encendidas parrafadas sobre los álcalis que gastan el poroso basamento de Ulises, la procedencia de los detritos que los zooides metabolizan en las cámaras y alvéolos externos, las propiedades de esa nube plumosa que asoma inmóvil al borde de la vista y especialmente las fantasías amorosas de Ulises, que a pesar de la parada cósmica no ha resignado su anhelo sentimental.
La esperanza del amante es lo que hace imperfecto al bloqueo de mareas y convierte en gerundio al tiempo quieto de la captura gravitacional. Mientras fuera de la vaina de Schwarzchild, en el ajetreado ciclo del universo inflacionario, los imperios caen, las estrellas se apagan, los evos transcurren y la materia bariónica degenera en un tenue gas de opacos leptones, él la sigue amando a través del mar picado y la lluvia que no cae, su corazón de factoría estremecido por el ansia de ese encuentro imposible, inevitable: en la insondable oscuridad de la noche postrera, cuando la distancia de salto de un electrón a cualquier punto dado ha crecido tanto que ya no podrá completarlo, ese latido termina deviniendo el único punto del universo en el que algo pasa todavía.
Lo patético de su empresa, podría pensarse, hace de Ulises un Quijote que nunca salió de La Mancha, arquetipo de un amor platónico incapaz de fracasar. Sin embargo, su triunfo se cifra precisamente en esa captura al infinito, toda vez que al final de un universo en expansión, cuando el falso vacío es el estado general de la materia, la probabilidad de llegar a su amada es necesariamente distinta de cero.
La mañana como escenario no parece entonces una elección banal, el paisaje costero de mujeres y hombres-fábrica en plena faena, produciendo nutracéuticos y antibióticos, sus orgánulos cultivando algas sobre la arena peinada por las corrientes, su simiente que el oleaje arrastra como polvo de grafito hacia la hoja en blanco del próximo instante. Un romántico habría situado allí el crepúsculo, las ruinas caras al poeta, la nostalgia, la desilusión; Ulises mira, en cambio, hacia el futuro, un mañana tan distante que lo empequeñece hasta convertirlo en un punto: un punto clave.
Después de haberse sumergido en los subsuelos del planeta, contoneándose a través de los deformes túbulos de metano y antigua escoria, y avanzado en el análisis preciso de los procesos que gobiernan la producción de sales en el extraño ecosistema extraterrestre; después de haberse remontado al pasado remoto, al momento en que los átomos de Ulises fraguaban en el yunque cegador de las galaxias, y listado las especies que preceden su abolengo; después de desmontar el mecanismo por el cual un organismo sin estructura definida, fabricado en la Tierra para colonizar cualquier mundo posible, se actualiza a su llegada al mundo oceánico en una lapa, en un percebe, en un alerce, en un termitero de cien chimeneas que pende sobre la espuma, arraigado en su césped de sargazos; después de haber recorrido el mundo e indagado incluso en el corazón de aquella cuyo nombre no se nombra, de la pluma solo resta ese gerundio, esa forma verbal no finita que prolonga el amor de Ulises aún más allá de cerrado el libro. En este punto el edificio se desprende de la obra, y el hombre pasa al verbo.
Tal remate elude lo interminable sin sustraerse a lo infinito, liberando al autor y al lector de inmolarse en una de esas historias sin fin, tan abundantes en la industria del entretenimiento.
No faltará quien se apresure a percibir aquí ecos paulinos: el sacrificio se nos ahorra por el calvario de Ulises, a quien el amor redime e inmortaliza. Yo prefiero pensar que Ulises pasa de nosotros, que no hay martirio en su alma inflamada, y que sin importar mi partida, él sigue allí, jubiloso, amándola en la mañana por toda la eternidad.
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Maximiliano E. Giménez (Buenos Aires, 1973). Ha incursionado en la música y las artes plásticas. Ha publicado los libros Historia natural y Pájaro de papel, además de varios relatos en diversos medios de América y España.

