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¡¿Ya no quiero vivir?!

by Redacción

 

“¡Ya no quiero vivir!”

Fue la última frase que escribió en su diario antes de irse a la cama para intentar dormir. El insomnio la había perseguido errante toda la semana. Se sentía débil, cansada, sus manos temblaban y tenía la presión baja; durante los días estaba mareada y no enfocaba su atención en nada. Siempre había rogado por tener un tiempo libre para destinarlo a la escritura, pero ahora que lo tenía, era demasiado. La inspiración y la creatividad la habían abandonado, dejando espacio a los malos pensamientos, la inutilidad, la soledad y el dolor.

Con la cabeza en la almohada, nuevamente deseo morir. Las lágrimas se fugaron de sus ojos, primero una a una: lentas, silenciosas; después todas en conjunto salieron a borbotones tras un sollozo sordo, bañándole las mejillas, los oídos y el cabello. —Ya no quiero estar aquí —fue el último susurro que escapo del nudo en su garganta hasta salir de sus labios, y por fin, después de muchas noches, la lágrima responsable de esa frase la ayudo a dormir.

Las horas pasaron entre pesadillas y gemidos. Por lapsos sus dedos se aferraban a las sábanas hasta que los nudillos se le ponían blancos, pero estos poco a poco se soltaban; después, se repetía el proceso.

Alrededor de las 4:00 am su respiración se volvió lenta y por fin, después de un largo rato de agonía, un sueño profundo logró calmarle los temblores del cuerpo. Ese sería el último minuto de paz, el fragmento de tregua que se da antes de que remonte el dolor.

En medio de esa tranquilidad, un ruido seco, la sacó de su sueño. De repente comenzó a hacer frío. Mientras el cerebro adquiría conciencia de estar despierto, decidió que sus ojos seguirían cerrados un momento. El sonido de la tela de la cortina la hizo pensar que su movimiento había tirado algún objeto del escritorio, después recordó que había dejado la ventana cerrada antes de acostarse, pese al cálido clima estival.

Un aroma desagradable, penetrante y dulzón invadió su nariz. Entonces abrió los ojos sin poder mover ningún otro músculo, en medio de una parálisis de sueño, vio a media luz de rayos de luna un rostro sonriéndole con malicia.

El dueño de esa amorfa sonrisa, estaba flotando sobre el paralizado cuerpo de ella, con los dientes afilados y amarillos, los ojos acuosos, casi transparentes y la piel lechosa, con los matices azulados de los cadáveres. El ser le abrió la seda de la bata, excitado por el horror implorante en la mirada de la chica, que, sin aliento, no pudo nunca pronunciar palabra alguna.

Hace unas cuantas horas ella lo había invocado con sus deseos de morir e inconscientemente le invitó a entrar en sus aposentos. Le había rogado antes a Dios, pero no era tan misericordioso para cumplirle ese deseo de dejarla marcharse al más allá, en cambio, él, sí lo haría.

El visitante se dejó caer con su ligero cuerpo sobre ella, lo único que salía de los pulmones de su víctima era una tos de asfixia provocada por un olor a podredumbre y eso lo excitaba aún más. Sin esperar, le rasgo las venas y bebió la sangre del delgado cuello, lamió las gotas que se derramaron entre el canalillo de los senos; como un despiadado amante se abrió paso entre la piel y al igual que con la tela, desgarró carne y huesos, para devorar el corazón completo.

En segundos todo estaba hecho. No quedaba gota de sangre, la piel de la dama estaba seca y los nervios de los músculos se habían comprimido al igual que el resto de los órganos. No saciado aún, introdujo sus afiladas uñas perforando los parpados entreabiertos y extrajo los ojos de las cuencas, dejándolas oscuras y vacías, como los de la muerte que no tardaría en ir a recoger el alma de la chica para encaminarla al infierno; ahí la recibirían las frías llamas, porque es un pecado desear la muerte, y peor aún si es la propia, debido a que la vida es un regalo único. Sabía qué, por ello, él no era bien recibido en ninguna parte, ni en el cielo, ni en el infierno. Mientras pensaba en esto, jugaba con los globos oculares de su víctima entre los dedos para después engullirlos como un par de gelatinas.

Las lágrimas de ella pasaron a formar parte de él, y ahora llorando por el gozo de arrebatar otra vida y por el placer de saber que sus pecados lo condenaron a algo peor que el infierno, podía marcharse a vagar para siempre entre los vivos que no desean estarlo, con sus miserables, frágiles y efímeras existencias.

La bruma desprendida del último suspiro del cuerpo de la chica, tomo forma y él la miró dedicándole una fría sonrisa. —Deseo concedido —le dijo con voz profunda. A los pocos segundos, otra presencia detrás de él hizo que se levantara, se girara y caminara. Se despidió de la recién llegada muerte en la entrada de la habitación, con una reverencia exageradamente burlona y en la oscuridad, desapareció.

Recargada en su guadaña, la muerte pensó que, si se le podía permitir sentir algo, entonces lo odiaba, él no estaba vivo, ni muerto, pero jugaba profanándolas a ambas.

El alma de la chica había presenciado toda la escena en silencio. Al mirar se dio cuenta de que el golpe que escuchó y la hizo despertar en presencia de ese ente, fue su diario al caer al suelo. Abierto por más de la mitad, se podía leer esa frase final: ¡Ya no quiero vivir!… pero ahora que estaba muerta se arrepentía.

La muerte cortó los últimos hilos que la conectaban con su cuerpo y envolviéndola en su manto se marcharon. Su deseo no encontraría el perdón, ni el descanso.

A la mañana siguiente, los padres de la chica encontraron el cuerpo inerte. Después de varias llamadas, los forenses llegaron para acordonar la zona, era el quinto caso en menos de dos semanas, el mismo e inexplicable modus operandi; sin duda se trataba de un asesino serial, que les arrebataba la vida a suicidas fallidos y a pacientes psiquiátricos depresivos. La policía buscaba al culpable entre los vivos, el responsable se encontraba entre los no muertos.

 


Patricia Piña Guerrero (Estado de México, 1989). Licenciada en sociología, egresada de la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Azcapotzalco. Se desempeña como docente de ciencias sociales y humanidades.

Es una apasionada de la lectura y la escritura. Tiene publicaciones de cuento y reseñas literarias en la revista Relatos Increíbles de editorial Acuedi, además de ser panelista y coconductora en el programa Autores Increíbles. También ha participado en los concursos de cuento: Necroloquio de Putrefacción Múltiple y Acuarela Humanística, de la Universidad Autónoma del Estado de México.

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