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Las piezas de la memoria

by Redacción

Mi abuelo siempre me dio buenos consejos: «aprende a hacer todo lo que puedas, una mujer independiente siempre es bien valorada». Por eso nunca se enfadó cuando, de puntillas para no molestarlo, me escabullía en su taller ubicado en el patio detrás de la casa, me sentaba en un banquito de madera que él mismo me construyese, y observaba cómo le devolvía el tic-tac a los relojes.

Le llegaban desde todas partes de La Habana: Santa Fe, 10 de octubre, La Víbora, Vedado, o Habana del Este; la recomendación boca-a-oído de un cliente satisfecho corría rápido en los 90´. También mi abuelo era popular porque no cobraba caro por sus servicios. Era pleno Período Especial y él siempre decía que, como nosotros, las demás familias también requerían dinero para comer y resolver sus problemas, que ya eran demasiados. Sin embargo, necesitaban sus relojes: para venderlos, usarlos, regalarlos, dejarlos de herencia, bautizos de metal, inscripciones de amor, de odio, de ternura, maldiciones, bendiciones y hasta estampitas diminutas de la Virgen del Cobre escondidas en la tapa de viejos artefactos de bolsillo.

Entraban al taller en los más disímiles grados de desgaste, destrucción, descuidos, ahogados en aguaceros imprevistos o porque, simplemente, ya no deseaban volver a funcionar. Pero mi abuelo era un mago de la mecánica, genio oculto entre mortales que, con modestia, reservaba su conocimiento de erudito para las horas que pasaba trabajando en su taller.

Desde el banquito de madera lo vi hacer milagros: limpiaba las piezas con ternura, las colocaba una sobre otras con pinzas y la ayuda indispensable de una lupa que agrandaba sus ojos pardos hasta volverlos hermosos como los de un gato. No obstante, por encima de todo, mi abuelo escuchaba a los relojes. Les susurraba, les soplaba de su propio aliento. Y los mecanismos estropeados respondían, presurosos en despertar, en disculparse, en acudir de nuevo a la vida, a las muñecas, bolsillos, o sujetos en las leontinas de sus dueños.

Él decía que los relojes estaban vivos y guardaban pedazos de las personas que los usaban. No cosas físicas, como una raspadura de piel o una astilla de uña, sino algo inmaterial. Recuerdos enredados en los engranajes diminutos, suspiros, gestos, miradas, saludos, trazos de personalidades, en cada vuelta de la corona, en cada tic, en cada tac, se almacenaban todo cuanto era un ser humano, puesto que el corazón era como un reloj gigante, rojo, rítmico en su forma única que contaba los segundos, minutos y horas de la vida.

«Con ver el interior de un reloj, sabrás el interior de quien lo usa», me dijo un día en que trabajaba en un Perrelet que había tenido mejores momentos.

Por supuesto, mi abuelo también tenía su reloj. Un Breguet que nunca se había atrasado ni un segundo, como tampoco jamás había sido abierto. Una verdadera joya de colección que podría valer millones en cualquier moneda del mundo. Si algún timador siquiera imaginase lo que mi abuelo llevaba siempre en la muñeca izquierda, de seguro le habría cortado el brazo para tener ese pedacito de fortuna. Recuerdo que mi mamá le preguntó una vez cómo lo había conseguido.

«No lo robé», había sonreído él. «Vamos a decir que siempre estuvo conmigo.»

Y no volvió a tocarse el tema del Breguet.

Cuando mi abuelo falleció a causa de un infarto, fue agónico. Contemplar cómo actúa la muerte es algo a lo que ningún ser humano debería exponerse. Y si alguien osa alguna vez decir que se supera la pérdida, que se disuelve, que el dolor terminará, es mentira. No se va, simplemente, se acurruca en nuestros pechos y se duerme, para despertar ante los mínimos e irrelevantes sucesos cotidianos que puedan ocurrir en cinco minutos, cien horas, meses, años, pequeños gatillos traicioneros que disparan el recuerdo del agujero, del vacío que acecha en nuestro interior y que alguna vez alguien lo ocupó.

Mi abuelo falleció y se llevó todo con él, incluso un pedazo de la familia, menos el Breguet, que mi mamá dejó guardado en un cajón hasta que tuviese el valor suficiente de ver correr las manecillas sin llorar.

Muchos clientes regresaron a recoger sus relojes que mi abuelo dejó en el taller. Arreglados, a medio desarmar, con solución futura desconocida. Otros los olvidaron, porque se navegaba el 2006 y la situación económica del país ya no era la misma, habíamos levantado un poco la cabeza y existían reemplazos baratos, de plástico, de pilas, desechables, hijos del consumismo y ya casi nadie tenía tiempo para los antiguos relojes automáticos cuyo mago ya no existía. El taller detrás de la casa se cerró y de manera esporádica se iba allí a guardar cosas que estorbaban en la casa.

Entré de nuevo, años después, a buscar un destornillador, porque mi computadora se negaba a funcionar. Y escuché los débiles, dispares, tic-tacs. Al inicio creí que se trataba de mi propio reloj, un Orient automático que comprara después de mucho ahorrar. Pero los sonidos eran varios. Ahogados, como si pidiesen ayuda, encerrados en el cautiverio del olvido.

Los encontré dispersos en gavetas llenas de polvo, telarañas y criaderos de cucarachas. Relojes rotos, sin abrir, desgastados, sin brillo. Las manecillas no se movían, pero los escuchaba. Descansaban sobre montones de piezas diminutas dispersas en cajas de cartón, de plástico. El material con el que una vez trabajó mi abuelo me susurraba, me suplicaba.

Y los escuché con atención.

La tarea fue difícil. No tenía suficiente para construirlo, así que recurrí a la agenda de mi abuelo para encontrar las direcciones y los teléfonos de sus antiguos clientes. Algunos lo habían olvidado, como puede suceder con algo que consideren prescindible. Otros, sin embargo, me escucharon. Creyeron que era una artista de avant-garde enfrascada en un proyecto digno de mi juventud, o simplemente, pensaba retomar el negocio de relojería. Muchos de esos clientes me habían visto en el taller, sentada en el banquito de madera, observando con avidez cómo mi abuelo trabajaba con dedicación. Así que me regalaron los relojes que una vez él tocó con sus manos de dedos ágiles y sopló en ellos su sabiduría de mago.

«Sí, llévate ese trasto. De todas formas, nadie ha podido volverlo a echar a andar», me decían.

Pero yo aceptaba las piezas con cariño, las escuchaba alegrarse de estar conmigo, de servir para algo más grande, de reunirse con sus hermanas. Durante el proceso, no dejé que nadie de mi familia se acercara al taller. Trabajaba durante las noches y echaba el cerrojo cuando me marchaba. Al inicio las manos me dolían por la tarea de encajar unos con otros con ayuda de una pinza, los engranajes diminutos. Debía ser cuidadosa, porque si colocaba una pieza fuera de lugar, después no iba a obtener ningún resultado. Tendría que desmontar y volver a escuchar para interpretar de forma correcta.

De esa manera construí, sentado en la silla de trabajo, con las piezas de los relojes a los que una vez animó, una réplica de mi abuelo. Tuve que solicitar a torneros, fundidores de metal y joyeros que me construyesen engranajes más grandes para conformar el esqueleto. Trasladarlos a casa, escondidos en una mochila, no fue sencillo, pero logré mantener mi trabajo en anonimato. Su cabeza, compuesta por ruedas tan pequeñas y apretadas que parecían metal pulido, la moldeé sin necesidad de fijarme por una fotografía. En secreto desarmé el Seiko de mi mamá, mi Orient, y los inserté en su cerebro, porque mi abuelo no era solo él, sino también los recuerdos que los vivos guardábamos de su persona.

Cuando terminé, sentí que algo faltaba. Mi abuelo no despertaba. Su cuerpo estaba en silencio, como todos esos años que permaneció deshecho en gavetas y en las casas de los clientes. Entonces, me fijé en el agujero que tenía en el pecho. Regresé a casa corriendo y recuperé el Breguet de la gaveta. Aún después de tanto tiempo, continuaba funcionando. No estaba atrasado ni un segundo. Para cuando regresé al taller, mi mamá había descubierto qué ocupaba mis noches, me causara ampollas en los dedos, y lograba que la mayoría de las veces respondiese con un sistema complicado de gruñidos y medias palabras.

«¿Qué haces?», preguntó, atónita. «¿Arte vanguardista en memoria de tu abuelo?»

No respondí, porque no culminaba mi trabajo. Cuando abrí el Breguet, mi mamá ahogó un grito. Iba a decirme algo, seguro relacionado con que había arruinado lo único que iba a darnos mucho dinero como caído del cielo y nos iba a hacer la existencia más llevadera, pero guardó silencio mientras encajaba el Breguet en el agujero del pecho de mi abuelo.

De inmediato, el cuerpo fabricado con mecanismos de relojería echó a andar. El tic-tac del Breguet se multiplicó con la sutileza de un suspiro. Avanzó desde el centro del pecho hasta la punta de los pies, los brazos, la cabeza, con sus montones de piezas diminutas que de repente fueron carne metálica móvil. Mi mamá y yo nos sostuvimos las manos. Ella, como yo, lo escuchó.

Mi abuelo-reloj movió los dedos de las manos como si buscase sus instrumentos de trabajo, los párpados hechos de carcasas deslustradas se abrieron para enfocarnos con ojos compuestos de cientos de minúsculos rubíes, y sonrió.

 


Malena Salazar Maciá (La Habana, 1988). Graduada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso en el 2008. Ganadora del premio David 2015 de Ciencia Ficción convocado por la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, premio Calendario 2017 categoría Ciencia Ficción y del premio de novela HYDRA 2019, convocado por la revista Juventud Técnica, (Ed. Abril, 2019). Por igual obtiene el premio La Edad de Oro 2019 en la categoría Ciencia Ficción, y el premio Luis Rogelio Nogueras 2019, en la categoría de literatura infantil, del Instituto Provincial del Libro de La Habana. Además es galardonada con la Beca de Creación La Noche, 2019, categoría de literatura infantil, otorgada por la Asociación Hermanos Saiz. 

«Ls piezas de la memoria» fue antologado en el Vol.5 de Contaminación Futura de MIG21 Editora y publicado en 4Star Stories, traducido al inglés por Toshiya Kamei, que también lo hace al japonés para ser incluido en la revista Sci Fire.

 

 

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