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Un poeta llamado Rubén Darío

by Redacción

Por Marisol Valdez

Félix Rubén Darío Sarmiento (18 de enero de 1867 – León, 6 de febrero de 1916) fue un poeta, escritor, periodista y diplomático, máximo representante del modernismo literario en lengua española. Un dato importante a resaltar es que fue un lector precoz, ya que en su autobiografía señala: “Fui un niño prodigio. A los tres años ya sabía leer; según me han contado”.

Entre sus primeros libros leídos están el Quijote, algunas obras de Moratín y la Biblia, lo que da a entender que para ser un buen escritor primero hay que ser un buen lector. Pronto empezó a escribir sus primeros versos y así nació “El Príncipe de las Letras Castellanas”.

Cuando hablamos de poesía, es inevitable hacer mención del gran poeta Rubén Darío, quien revolucionó el mundo de la diosa blanca. Este hombre marcó un antes y un después en la poesía castellana, haciendo un rompimiento con la forma tradicional de hacer poesía en España y más allá en el siglo XIX, y dándole un nacimiento a la libertad poética. Darío es el creador del movimiento literario modernista, que se caracterizaba por su rebeldía creativa. Además, se caracterizó por el rompimiento con lo considerado tradicional, rompiendo con las reglas establecidas tanto en cuestiones sociales como políticas y religiosas.

Con esto se pone de manifiesto la grandeza del poeta Rubén Darío y con la lectura de cada uno de sus poemas, su prosa es como la medicina que sana al herido, haciéndonos viajar a un mundo desconocido por medio de cada uno de sus escritos. Sus letras te hacen estar en un sueño del que, mientras estás leyendo, no quieres despertar.

Viajemos, pues…

“Ananke”

Si bien nos damos cuenta del significado de la palabra “Ananke”, que se refiere a fatalidad o destino. ¿Nació el hombre destinado a la desgracia y la desventura, o forja él mismo su propio camino hacia ella? Rubén Darío en su siguiente poema nos dará la respuesta a esta pregunta.

Y dijo la paloma: «Yo soy feliz. Bajo el inmenso cielo, en el árbol en flor, junto a la paloma llena de miel, junto al retorno suave y húmedo por las gotas de rocío, tengo mi hogar.»

En este fragmento, la paloma representa al ser humano siendo feliz bajo el cielo, que es propio de él, perteneciendo al movimiento al cual él pertenece. Dicho movimiento presenta a un ser libre de leyes sociales o religiosas. Rubén Darío nos da a entender que el ser humano debe ser libre, porque la verdadera felicidad se encuentra en la libertad.

«Si eres libre, pues, eres verdaderamente feliz.»

«Mi ala es blanca y sedosa; la luz la dora y baña, y el céfiro la peina. Son mis pies como pétalos de rosa.»

Las alas blancas son la pureza que lleva por dentro y la suavidad con la que abraza la vida llevada por el suave viento, forjando un camino delicado con sus pies hacia la felicidad. ¿Llegará?

«Yo soy la dulce reina que arrulla a su palomo en la montaña. En el fondo del bosque pintoresco está el alerce en que formé mi nido; y tengo allí, debajo el follaje fresco, un polluelo sin par, recién nacido.»

Nació para enseñorearse, para amar, ser libre y crear su propio destino debajo del cielo pintoresco. Pero la paloma se siente feliz, pues se siente dueña y señora de todo cuanto posee, feliz porque no hay rosa que no la ame, porque no hay pájaro gentil que no la escuche, ni garrido cantor que no le llame. ¿Será cierta toda esa felicidad, dijo entonces un gavilán infame?

Entonces el buen Dios, allá en su trono (mientras Satán, para distraer su encono, aplaudía a aquel pájaro Zahareño), se puso a meditar. Arrugó el ceño, y pensó, al recordar sus vastos planes, y recorrer sus puntos y sus comas, que cuando creó la paloma no debía haber creado gavilanes.

Como no todo es felicidad, aparece el gavilán, un ave rapaz que suele acechar a sus presas para luego capturarlas. Esta ave es la amenaza de la paloma, es la que viene a dañar la felicidad inmensa que siente el ave. Y aquí inicia el Ananke de la paloma, que aunque quería trazar su camino hacia la felicidad, estaba destinada a la fatalidad. Dios contemplaba desde su trono aquel altercado y Satanás se sentía gozoso de aquella ave, pues sus actitudes eran bien parecidas. Aquí no se ve la intervención de Dios, más bien deja que las cosas vayan por su curso, mientras se dice que si Dios quisiera que la paloma fuera realmente feliz, no debía haber creado a los gavilanes.

«Si Dios quisiera, la felicidad total del hombre no debió crear el mal».

 

 

 

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