Urticaria

by Redacción

¡Pas!

Estos malditos insectos —murmuro antes de quitarme el bicho muerto de mi piel.

Debe de haber plaga, cada vez son más los bichos que veo por toda la casa, aunque tal vez sea ambiental, los he llegado a ver en la oficina cerca de mi escritorio. Quizá sea mejor fumigar la casa…

¡Pas! Otro más, ¿qué no piensan dejarme en paz? Si hay algo que aborrezco son los insectos con sus muchas patas, sus tenazas, colmillos o lo que sea que tengan, es asqueroso. Me da escalofríos, solo pensar que en la casa puede haber más de estos. Sí, quizá sea mejor fumigar antes de que sea muy tarde.

La piel sobre la que estaban esos malditos bichos ya comienza a ser una roncha supurante, ¿qué clase de parásitos son estos? Apenas y me habían tocado, no sentí que me hubieran picado, ¿o no me di cuenta? Tal vez sea mejor ponerme algo en las ronchas. Odio las ronchas.

Salgo de mi casa, y antes de llegar al trabajo paso a la farmacia a comprar lo de siempre, más algo que me calme la piel. Quizá sea mejor llevar un repelente por si acaso. Pago una gran cantidad por las medicinas, aunque admito que mi vida ha sido más llevadera desde que las tomo.

Un arsenal de medicamentos para que mi cabeza se mantenga en este mundo, como si fuera tan bueno para que a alguien le interesara quedarse en él…

Salgo de la farmacia y me dirijo a mi trabajo, un aburrido empleo de oficinista que me obliga a estar sentado ocho horas al día. ¿Para esta realidad tomo esas porquerías? Tal vez sea mejor dejarlas y vivir en otro sitio a donde me lleve mi desequilibrada cabeza.

Pero no lo hago, la fuerza de la costumbre es demasiada y estoy habituado a tomar cada píldora, cada día.

Qué maldita comezón tengo en el brazo, había olvidado por un momento las ronchas, me rasco con fuerza y veo que a través de la camisa, comencé a sangrar. Quizá sea mejor aplicar la pomada antes de ponerme a trabajar.

Me siento en el escritorio y saco la medicina para mi piel. Me arremango la camisa y me doy cuenta que hice bien en comprarla pronto, pues las ronchas, lejos de estar enrojecidas se han puesto de color morado y segregan pus. Qué asco, definitivamente fumigaré la casa lo antes posible.

Me aplico el medicamento y me dispongo a pasar ocho horas de mi vida frente a un monitor, sabiendo que son horas que nunca voy a recuperar.

Al volver, descubro que hay más insectos por toda la casa, así que decido llamar al día siguiente al fumigador. Esa noche me cuesta dormir con todo y las píldoras que se encargan de eso, la comezón en el brazo no me deja conciliar el sueño así que me levanto y voy al baño a mojarme la cara y a aplicarme más pomada. En cuanto enciendo la luz y me descubro el brazo, veo que las ronchas no han mejorado, y por la fuerza de mis uñas he abierto la piel y sangran bastante. Me quito la playera para lavarme y veo con asco que tengo más piquetes por todo el torso, los brazos, en las manos e incluso un par en el rostro. Todos ellos supuran una especie de pus transparente, parece saliva… Me da tanto asco que vomito, aunque supongo que no había mucho en mi estómago porque lo que vomito es agua, o al menos parece agua, pero es más viscosa y me cuesta sacarla de mi cuerpo, como si estuviese pegada por dentro. Me doy un baño y tallo con fuerza todo mi cuerpo, como si así pudiera quitarme esta piel llena de ronchas, como si así pudiera quitarme esta maldita comezón…

Vuelvo a la cama y trato de dormir, aunque no por mucho, pues suena el despertador avisándome que debo llamar al fumigador e ir a trabajar.

Afortunadamente, el hombre que controla plagas responde mi llamada y promete venir hoy mismo, le dejaré la llave bajo una maceta para que pueda hacer su trabajo. Mientras tanto yo dormiré esta noche en un hotel, si es que el escozor de mi piel lo permite. Está cada vez peor, y en vez de disminuir las ronchas parecen ser cada vez más grandes, incluso al vestirme, siento como se moja la camisa con el pus transparente que segregan. Preparo una pequeña bolsa con algo de ropa y me voy al trabajo. Cuando llego ahí nadie me pregunta por la bolsa, nunca nadie pregunta nada, a menos que sea necesario. Es extraño pero tranquilizador, no socializar con nadie aquí. Paso ocho horas con gente de la que apenas sé su nombre, cuando mucho. Es mejor así, nadie quiere estar con un esquizofrénico, aunque este sea funcional. Y eso que no saben qué hay bajo mi camisa, de ser así estoy seguro de que les causaría aún mayor repulsión.

Trabajo, me rasco con fuerza la piel que escuece, trabajo, dos horas, trabajo, cuatro horas, trabajo, ahora también las piernas, trabajo, ocho horas. Es tiempo de ir a casa. ¡Ah no! Hoy no iré a casa, casi lo olvido, iré a un hotel esta noche, si es que puedo conciliar el sueño. Tal vez sea mejor tomar más pastillas para dormir, aunque no es lo más recomendable, claro. Aunque si no despierto, ¿importaría demasiado? Tal vez no, pero estoy acostumbrado a despertar, así que lo mejor sería hacerlo mañana también, olvidaré la idea de tomar más pastillas, al menos no esta noche.

Tengo suerte, consigo un hotel económico que no está tan mal, hasta tiene vista al río. Parece que hoy por fin podré dormir, la cama es cómoda. Acomodo mis cosas, aplico la pomada una vez más, aunque parece no servir absolutamente de nada, tomo mis píldoras y me meto en la cama.

Son las náuseas las que me despiertan, corro al baño y vomito una vez más esta agua viscosa dentro de mí, aunque esta vez también hay sangre en el vómito. Es extraño, se parece a lo que supuran mis ronchas. Estas ronchas que me molestan tanto, que dan tanta comezón. Me miro en el espejo y lo primero que veo son mis ojos inyectados de sangre, supurando pus transparente, también sale de mi nariz manchando mi playera de dormir.

Cuando bajo la vista descubro que está llena de sangre, ¿me estuve rascando toda la noche? Parece que si, porque mi piel sangra, está llena de jirones de piel suelta, y mis uñas están manchadas también. Al ver con detenimiento, alcanzo a percibir un movimiento en el lavabo del hotel cerca de mi mano. Es otro insecto. ¡Maldita sea! ¿Me están persiguiendo o qué? ¿Acaso se colaron con mi ropa? ¿En mi portafolios? ¿En la bolsa?

Cuando levanto la mano para matar al bicho me doy cuenta de que no hay nada en el lavabo, que extraño, estaba seguro de que lo vi. Giro mis manos y veo que el insecto está en ella, pero antes de poder hacer otra cosa, se mete por debajo de una de mis uñas. ¡No! No puede estar dentro de mí, no lo permitiré. Tomo unas pequeñas pinzas de depilar cortesía del hotel, y arranco con ellas la uña por donde se metió el maldito parásito. No lo veo, así que rasco con mis uñas el dedo, la mano, el brazo, pero sigo sin verlo. Esta maldita comezón…

Rasco hasta dejar mi piel completamente ensangrentada, ya no hay piel, solo se ve lo que hay debajo de ella, pero sigo sin encontrar el maldito insecto. Por fin lo encuentro, pero no es uno, son más. Rasco todo mi cuerpo en su búsqueda y con horror veo que bajo las ronchas, bajo la piel que voy quitándome con las uñas, está lleno de insectos, yo estoy lleno de ellos. Creo que el agua ayudaría a quitármelos de encima, así que me meto a la regadera, pero no hay agua, abro el grifo del lavabo, pero aquí tampoco hay agua. Sigo rascándome, ya no hay piel que quitar de mí, ni siquiera la de mi rostro, pero sigo teniendo comezón, todo mi cuerpo escuece, necesito agua, necesito algo que me calme, ya no lo soporto.

Voy al cuarto y busco algo que calme la comezón, pero sé que la pomada es inútil, necesito agua. Veo el río a través de la ventana, así que salgo corriendo del cuarto, del hotel, y me dirijo hacia el río, me zambullo en él, pero el agua no me calma, nada me calma, sigo rascándome, sin salir a respirar, aunque ya no haya piel alguna que rascar…

¿Te pasa algo? —pregunta el policía a su compañero mientras estudia la escena en el río—. Has estado rascándote todo el día.

No, solo tengo algunos insectos en mi casa, es posible que alguno de ellos me haya picado mientras dormía —contesta mientras continúa echándole un vistazo al cuerpo sin dejar de rascarse.


Isa Arboleyda Jiménez (Veracruz, 1990). Historiadora por la Escuela Nacional de Antropología e Historia, INAH, México. Escritora de terror y ciencia ficción; tiene dos novelas cortas y varios cuentos publicados por la editorial Pathbooks. Así mismo, ha publicado para la revista Relatos Increíbles de la que surge el programa en vivo Autores Increíbles, del que es coconductora.

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