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El del traje amarillo

by Redacción

En la oscuridad del parque Duarte estaban dos jóvenes de pie. Uno frente al otro con la mirada perdida y el cabello empapado, iluminados apenas por la luz tenue de la luna. Tan ensimismados que no sentían la brisa fría ondear sus ropas, ni la lluvia cada vez más fuerte, por lo que no percibieron la silueta detrás de un árbol.

Era el escenario perfecto para un reencuentro amoroso, una triste despedida o para un trágico asesinato.

La silueta por fin decidió salir, caminaba a pasos lentos arrastrando un pico. El sonido estridente combinado por las gotas contra el piso de ladrillos despertó al joven, quien se petrificó al ver la figura acercarse vestida de un amarillo chillón; después de unos segundos, le dijo a la chica:

—Vámonos.

E inició el conteo.

—Tic, toc.

Susurraba el fenómeno, era una voz rasposa y ronca, casi imperceptible, pero el chico la escuchó.

—Tic, toc.

Ella replicó:

—No me iré contigo, te dije que este es el fin.

—Tic, toc.

Él, sin saber cómo explicarse, la tomó del brazo y la llevó consigo a cuestas.

—¿Qué te pasa? —reclamó ella.

—Estamos en peligro —le comunicó, desesperado, ya había visto ese escenario; sí, en la televisión.

Avanzaron.

El agua les permitió salir del parque. Al cruzar la calle, sintieron como una fuerza los impulsaba hacia atrás y como un resorte volvieron a aparecer en el mismo lugar donde estaban.

—¡Qué mier…!

—Tic, toc.

El traje amarillo, pese a estar de noche, se veía con claridad.

La chica frustrada, ya consciente de lo que pasaba, se llevó las manos al cabello. No quería morir, no esa noche.

Desesperada, empezó a correr dejando atrás al muchacho. La lluvia se intensificó y trajo consigo varios relampagueos que mostraron la carencia de la parte superior de «el del traje amarillo».

—Tic, toc.

El chico perturbado vio que no tenía cabeza.

—Tic, toc.

¡No tenía cabeza!

—Tic, toc.

El muchacho empezó a correr.

—Tic, toc.

Otra vez sintió ser arrastrado.

—Tic, toc.

Y volvió a aparecer junto a la chica.

—Tic, toc.

El fenómeno por fin llegó a ellos.

No tenía oídos, pero podía escuchar.

No tenía ojos, pero podía ver.

No tenía boca, pero podía hablar.

El joven, castañeteando los dientes por el frío, con el rostro pálido y labios morados, se puso delante de la chica, protegiéndola, e imploró:

 

—¡No le hagas daño!

La chica con temblores en el cuerpo estaba a punto de desmayarse.

—No tengan miedo —dijo «el del traje amarillo».

Con todo lo que estaba pasando, el chico no podía dejar de preguntarse si era la muerte, solo que con un cambio en su guardarropa.

—No soy la muerte —respondió.

¿Cómo?, ¿acaso escuchaba los pensamientos del muchacho?

—¡No nos mates! —suplicó la chica con voz quebrada.

—Soy la vida.

—¿La vida? —preguntó el chico—. ¿Por qué siento que voy a morir, entonces?

Sin más preámbulos, el fenómeno levantó su pico y fue directo al cuello del muchacho, clavándole la herramienta de forma certera y violenta. Al sacarlo, salpicó sangre al rostro de ella que estaba detrás del joven.

Con los ojos abiertos, el muchacho cayó al suelo, tiñendo el agua de rojo.

—Tú morirás —confesó el fenómeno con voz rasposa—, pero yo, por fin, volveré a la vida.

La chica no gritó.

No lloró.

No habló, solo se fue corriendo pese a saber que de poco serviría.

El fenómeno dejó que huyera; tenía otros planes para ella. Quería jugar.

Siete fueron las veces que desgarró el cuello del chico haciendo grandes agujeros, y con la parte ancha y cortante de la herramienta, separó la cabeza de su cuerpo. Al finalizar su hazaña la tomó por el pelo y dejó el cadáver tirado.

Memorias de una trágica niñez llegaron a la mente del fenómeno y, como si de pronto no pudiera distinguir la realidad, empezó a cantar.

—¡Hay un hombre muerto, uno más, en la cocina de mi mamá!

Iba tarareando la melodía mientras caminaba arrastrando su pico, dejando un camino de sangre por todo el parque.

La chica estaba detrás de un árbol intentando llamar a emergencias mientras sentía a su agresor acercarse.

—¿Mami, dónde estás? ¿Por qué no quieres jugar? —añadió la creatura a su canción.

Lágrimas rodaron por las mejillas de la chica, entre tanto esperaba respuesta de la policía. Retomó su marcha, solo quería ganar tiempo.

—Hay un hombre muerto, uno más, en la cocina de mi mamá, si me porto bien, ¿ya me querrás? —repitió «el del traje amarillo».

La humana emitió un quejido doloroso y enseguida llevó sus manos a la boca.

—¡Ahí estás!

El fenómeno apareció delante de ella.

Gritó por ayuda, pero nadie la escuchó.

Intentó huir, pero él la tomó del brazo, la llevó a su pecho y le susurró:

—Ya estás a salvo, mami.

La chica temblaba aterrada y repetía:

—¡Déjame ir, por favor, déjame ir!

El fenómeno dejó la cabeza del chico y el pico en el suelo antes de posar sus manos a ambos lados de la cara de la muchacha. Los ojos del joven antes con vida miraban la escena mientras la chica repetía:

—¡Déjame ir, por favor!

No supo cómo, pero sintió sonreír al fenómeno.

Este subió sus manos y sujetó fuerte su cabeza, la giró hasta romper su cuello.

Murió al instante.

Entonces lo supo, lo había hecho de nuevo. Confundió a su mamá con alguien más.

Retomó la cabeza del chico y el pico que yacían en el suelo. Alzó el cuerpo inerte de la joven y la cargó sobre su hombro hasta llevarla donde estaba el cadáver del muchacho. Con delicadeza la acomodó a su lado, sacó un objeto filoso y le abrió la blusa, tanteó el lugar y rasgó la piel hasta ver un hermoso corazón, el cual arrancó de su pecho.

Era la escena perfecta, murieron juntos como una pareja de enamorados, él, que perdió la cabeza por ella, y ella, que perdió su corazón por él.

Ahora la figura que vestía su horrendo traje amarillo podía salir a la calle sin ser causa de conmoción, pues tenía cabeza y corazón.

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