Por Miguelángel Durán Ureña
Mi ciudad esta tejida sobre verdores de aguas (…)
Mi ciudad huela a desigualdad
lleva el vestido de una podrida posmodernidad
de ausentes espirales
cienos de hedores que vuelan en picada.
(Graciela Pérez. EN las alas del viento. Pág. 59)
Es un reto tratar de penetrar los intrincados mundos por donde andan los poetas. En variadas ocasiones, insertos en la realidad que los invade, salen del cotidiano vivir para entrar a su mundo interior, verbo que encarna su sentir.
Después del hecho, llega a nosotros un puñado de papel con el cual se puede hacer cualquier cosa: barcos de papel, borradores comunes, o dejar que esa cosa a la que llamamos libro, siga su suerte. Lo cierto es que en esa cosa que llamamos libro, es un banco de peces, palabras organizadas en versos rimados y contados que navegan, muchas veces, con la métrica, otras veces como versos truncados echados al mar a favor de las olas, a favor del libre albedrio del poeta. No obstante, no son suficientes las palabras, encierran muchos significados: Sinónimos, antónimos, comparaciones, alegorías, metáforas sonoras que encantan de manera distintas en los oídos atentos del escucha. Incluso, decires que el creador, en muchísimas ocasiones, no sabe que dijo, ni como lo dijo en su intento por alcanzar y expresar la emoción estética que lo arrebata.
Por eso, el poeta se vale de los símbolos para poder guarecer el sentido estético de sus versos, porque la palabra desnuda carece de espacios donde amontonar lo que ella en sí significa, más, las tantísimas emociones del amo que las doblega el poeta. Ahí gravita el misterio. Aun así, el verso queda corto porque ese poema en prosa o en verso llega al lector quien es -al fin de cuenta- quien le dará forma e interpretación, provocándose en él, el sentido estético, objeto o condición de la experiencia estética que salió de los vericuetos más profundos del sentimiento del poeta. Pero el verso queda estrecho para ser interpretado si no se da el “rizoma” la unión debida entre el lector y el artista; por lo tanto, estoy aquí, simplemente, para hacer una simple aproximación al manjar poético de Graciela, musa que une los pechos de las aguas del Yaque y Jimenoa entre los pechos de montañas más verdes de Jaraba. Se desprende, entonces, que la poesía no es para entenderla, necesariamente: es para degustarla, saborearla, enlazarla con lo bello, lo sutil, también la bruma en la voz silente del poeta, sin quedarnos en el significante simple de la palabra, con lo poroso del vivir cotidiano, buscar la poesía, sin entenderla, así no más, así como no buscamos entender nunca el porqué de un beso con quejido o el abrazo hechizante de la persona amada.
Este introito solo busca despertar y reconocer la seriedad que implica la lectura crítica de un buen libro. Cuando un poeta se te acerca, o el director de una institución te llama, con toda su calma, te llama, para que discurra sobre el buen quehacer literario, hay que tomar una actitud desafiante y comprometida, siempre que esa obra (poesía, novela) contenga un peso literario de valor. Dice la neurociencia que el buen escritor es un ser especial, pues en su silente espacio creativo se conjugan todos los circuitos cerebrales y se encienden, como bien se debate Graciela en su lírica, cuando expresa:
Justamente más allá
encima del relámpago
el techo de la tormenta desviste la luz.
Sobre sí mismo el rayo desvela su misterio…
(Mundos paralelos, Graciela Pérez. Pág. 7)
Está demás decir que, la mayoría de las veces, los que te invitan a realizar un trabajo literario, no comprenden la magnitud que eso representa, a menos que sean duchos en el asunto. Es que exige un gran esfuerzo intelectual, un magnánimo arrojo más exigente que cualquier razonamiento lógico; créanme, es un esfuerzo agotador, siempre que ese trabajo se realice con seriedad, con entrega, con pasión, con deleite, con espanto y admiración y, sobre todo, que la obra haya tocado nuestra consciencia, que nos empuje a dilucidar, a obtener una interpretación oportuna que se acerque al buen decir del poeta, y que lo sustente; que nos toque, que nos haga friccionar las sublimes esferas de la consciencia sublime, como bien se puede valorar en terceto de la voz cantante de la bailarina de Jaraba:
Vi sus ojos llorando lunas…
su mirada tejiendo las profundidades
perfilado por el ojo acrecentando la lluvia.
(Mundos paralelos, Graciela Pérez. Pág. 10)
Una buena obra literaria, repito, no es cualquier cosa, no es un regalo, es la entrega más generosa e íntima de un alma que quiere expresarse con otro lenguaje comúnmente no hablado por la cotidianidad, con el lenguaje que hablan los poetas: el protoidioma.
¡Te danza por dentro mi vida! Graciela Pérez. Mundos paralelos. Pág. 17
Y se vale de símbolos, de las metáforas, de las sinonimias, de símiles, hipérboles, oxímoron que producen unidad sonora exquisita, canto que encanta al oírlo. ¡Cuidado, podemos morir en el intento! A menos que aprendamos de Ulises quien en su vuelta a casa tras la guerra de Troya se hizo amarrar para poder escuchar el canto de las sirenas.
Perdí mis ojos cuando tus solitarias manos no se llenaron de las mías…
Graciela Pérez. Mundos paralelos. Pág. 24
Es que la Poesía puede producir un encantamiento tan sublime como el cantar de las sirenas que enloquecieron a Ulises. Y ellas (las sirenas), lo hacían con una voz poética imposible de resistirse. Ulises forcejaba para desatarse, pero sus marineros le habían atado tan bien que le fue imposible moverse. Eso le salvó, porque si no, se hubiera arrojado al mar, sin dudas atraído por el misterioso canto de las sirenas.
Y esto no es un simple mito: Alfonsina Stormi se lanzó al mar cuando escuchó su propio canto. La historia detrás de esta gran mujer es tan fascinante como la propia musa que la inspiró. Sus versos desafiaron los roles de género establecidos en la sociedad de su época. Su poesía refleja la lucha interna entre la pasión y la razón, así como la búsqueda constante de la libertad y la autenticidad. Graciela, no ha pisado las playas de Sorrento desde donde habitan estas sirenas encantadas. Lo hace desde las riberas del Yaque, o tal vez desde el Salto de Jimenoa, o desde las faltas misteriosas del pico Duarte:
Vi su follaje de azul y dorado
cargando las alas del agua vestidas de cayenas.
Y a sus hijos con rostros de risa
llevando en sus vientres la esperanza.
(Mundos paralelos, Graciela Pérez, Pág. 10)
Y en ese discurrir, la poeta de Jaraba, expresa su sentir y su gozo, su espiritualidad y su canto, encantos o desencantos, o simplemente ostenta lo que es: el capullo de una flor:
Soy flor eclosionando en las eternas estaciones
entre el amanecer y el crepúsculo.
(Graciela Pérez. En el crepúsculo. Pág. 82)
Hablar con pasión hasta encender la locura y pisarle el velo a la muerte; hablar de un abrazo infinito que se pierde en un lapso de tiempo irremediablemente corto, es una verdad poética. Es que la conciencia del poeta se dilata, se extiende más allá de la cotidianidad, de lo inverosímil… como lo hizo en su momento Safo de Lesbos cuando escribió:
“Cúbrame toda de Sudor helado:
pálida quedo cual marchita hierba
y ya sin Fuerzas, sin Aliento, Inerte
parezco muerta”.
(Versos de amor, Safo de Metilena)
Nuestra Graciela, con aliento cósmico y un deseo vehemente por lo creado, confunde su cuerpo con las aguas sagradas de su cuerpo; se hace eco con los seres más sagrados de su entorno, celestiales que la habitan, no desde Ereso, como lo hizo Safo, sino, desde el único lugar donde la Coa son dos ríos y un gran salto de aguas blancas, la hamaca donde duerme Dios:
Quiero tu chorro de vida regando mi vientre
bajo la dulce tinta oscura de mis ojos.
Quiero la estatura de tu beso bendiciendo mi canal,
allí donde los duendes y el arrullo se pierden
en su propia resurrección olvidados por sí mismos.
Quiero tu viento soplando mis aguas
cuando el cielo se viste de espesos cristales de hielo
para cantar a la tierra, en su eyaculación, que solo él la riega.
(Graciela Pérez. En las alas del viento. Pág. 10)
Por lo tanto, una buena obra literaria, más cuando se trata de poesía, está considerada ser la más sublime forma de expresión del ser humano. Es, la poesía, un cofre peciolado donde chocan las palabras, un cristal sagrado que ni se rompe ni se agota por ser –en esencia- el en sí del poeta. De hecho, ya Platón decía en un hermoso verso que “la poesía es liviana, alada y sagrada”. Graciela lo hace refiriendo a su Garza, símil inconfundible de su alma, cuando infringe dolor:
Vuela y su blanco se moja de frio desestabilizándola.
(Graciela. En las Alas del viento. Pág. 51)
La Poesía es la expresión más generosa y ostensible del ser humano porque se bate en los sentidos, en las experiencias, en la vida íntima, como bien dice nuestra gloria nacional, Salome Ureña:
«Yo vengo a despertar tu alma dormida,
porque un genio funesto, de la vida
te aguarda en el umbral;
y benigno jamás, siempre iracundo,
te encontrará, del agitado mundo
en el inmenso erial. (Salomé Ureña, Melancolía)
O Como nos canta Graciela, mujer hecha del silencio, la que mueve al ruido y le hace soltar “la palabra” que discurre entre las corrientes de los crepúsculos y de las tormentas:
Solo yo era el silencio del ruido en las calles,
la palabra quieta en la hondura del oído.
Yo, quién se sumergía en el viento cuando todos eran tierra.
Solo yo era resurgiendo de crepúsculos, tormentas, tristezas.
Percibida por lo hueco que yace en el fondo del portillo
(Graciela. En alas del viento. Pág. 9)
Queda claro, pues, que estudiar y hablar sobre la obra literaria de un poeta, no es cualquier cosa, no es un relajo, es un gran compromiso. En muchos casos podemos caer en el pecado de la complacencia, aunque, en cierta manera, nos sintamos obligados y lo permitimos. Siempre estará agachada aquella metáfora que salvará el discurso, escierto. Lo ideal es sincerarse, para no decir cosas que no van con el alma del poeta ni con uno mismo. Recordar que cuando entramos al infinito mundo de las letras podemos cruzar otro umbral y caer sin quererlo, por los trillos espinosos de la muerte misma del Arte.

