Lo invité a tomarse un vino. Le dije: J, ven a casa, tengo que mostrarte unas imágenes. Puso algunos peros. Me interesaba que J pasara conmigo un cumpleaños literario, es casi un rito que practico con algunas personas, y como no suelo visitar discotecas o bares, es la única oportunidad que tengo para que alguien agradable y juicioso provoque un tumulto de felicidad en mi alma. Hablar de literatura es abandonar la soledad y dejarla en huelga por un buen tiempo.
J se olvidó de sí por estar pendiente de unos trabajos. A decir verdad, no sabía si era una excusa, o una manifestación de su sentido de la responsabilidad. Para la invitación prácticamente lo soborné diciéndole que no solo eran las imágenes, que también había vino, papas fritas y delicatessen. —Voy en un motor, y de paso visitaré a un amigo —Eso fue lo que dijo – ¡Llegó a pie y con la noticia de que su amigo no estaba en casa!
Saqué el vino que se mantenía abrigado en la nevera y nos servimos las primeras copas. Bebíamos y charlábamos de literatura. El placer inagotable de la literatura se apoderó del espacio. ¡Cuánto hablamos!
A J lo conocí en un taller literario, participó con unos de sus cuentos. Le hice una crítica de su texto y estaba como loco al salir del taller. Me dijo algunas palabras que elevaron los latidos de mi corazón, entre ellas, que le enseñara críticas de ensayos. Mi ser se desbordaba de emoción, mi cuerpo parecía estar en una laguna de aguas azufradas, limpiándose de los rechazos que había recibido antes, pues lo que viven en la galaxia Gutenberg suelen regodearse de mi falta de talento para la crítica. Dicen que no saben cómo se puede amar y disfrutar tanto la literatura, y al mismo tiempo ser tan torpe para la crítica. Pero J era distinto. Parecía que veía en mí, algo que los demás ignoraban.
J, no quiso beber más. Dijo que le dolía el estómago, que tenía que marchase, que ya era muy tarde para él, que… Pero solo eran las diez de la noche. Sabía su razón. Estaba borracho y lleno de palabras que permanecían amarradas en su cerebro como leones hambrientos. Forcejeando con el tiempo, logré que se quedara una hora más, hasta que los efectos del alcohol comenzaron a darme vértigo. Ahora era yo quien deseaba su partida. Al acompañarlo a la puerta, dijo: ojalá se repita la invitación. Luego lo vi alejarse, mientras pensaba en la última copa de vino que quedó en la botella, lista para mí.
Me fui a dormir, pero cuando entré a la casa, las mujeres que la habitaban estaban molestas conmigo, airadas. Reprochaban que un hombre estuviera tan tarde en mi aposento. Decían que no las dejamos dormir. Les dije: «Solo charlamos de literatura». Miraban con intriga y suspicacia. Aquellas miradas se encarnaban en mí y provocaban me sintiera como una puta. Lo que sucedía era inverosímil. Fingí indiferencia y dejé que hablarán hasta cansarse. A doña Julia, le daba lo mismo mi vida. Es una vieja que se la pasa cosiendo alfombras, fumando pipa, y repitiendo las mismas historias, aparte de llevar todas las vidas de la casa… ¡Su hija, ah, pues! Esa, esa es una vagabunda. Dizque «no la dejé dormir». ¡Maldita puta! ¡Cuántas veces me he despertado sobresaltada por sus gritos de gata en celo!
¡Ella no duerme, se la pasa de discoteca en discoteca! Solo ella sabe de sus hazañas de perra callejera, sin contar las hogareñas. Y por María ni me preocupo. A penas se mudó en la casa, comenzaron a desfilar los amantes. ¡Y esa es la que me miró como si yo estuviese cometiendo un delito! Ella no me conoce. No sé cómo se atrevió a mirarme como una ramera. Lo único que me preocupaba era lo que pensara Leticia. Ella sí. Es de esas personas que marcan vida, que tejen consejos y que te sacan de los malos caminos, a las buenas o a las malas. Pero no sentía ninguna carga en mi conciencia. No creía que hubiera hecho algo indecoroso que perjudicara mi personalidad ni la de ella, mucho menos las de las demás.
Salí al patio con la moral cargada entre mis brazos. Alguien rondaba por la casa. Olía a perro mojado, luego a lodo podrido. El viento aclaró mi sentido: olía a J. Antes de irse, recuerdo que dijo, que no se había bañado y que hedía a cabra en busca de hembras. En su momento, no le presté atención a la metáfora. Ahora estaba ahí, no como metáfora, sino como maldición. Era un espectador de mi desgracia, de los reproches de aquellas mujeres desquiciadas, de mis dudas y de mi desnudez. Creía que J era un hombre más considerado, de esos que premian con su presencia. Estaba equivocada. Se comportó como un animal, de esos que tienen las pesuñas más largas que la noche y más sucias que las ratas cloacales.
Logré notarlo detrás de una mata de alhelí, junto a la ventana. Estaba cubierto por gusanos gigantes y me miraba con el único ojo que tenía. La pena, el miedo y la indignación me embargaron. No entendía lo que sucedía.
Ese ojo no era el de un cíclope ni del Espíritu Santo. Era más misterioso. Llegó a casa con sus dos ojos. Pensé: «Solo es una mala jugada del tiempo, de seguro estoy ebria o esquizofrénica». Seguí pensando que tal vez, él me había hecho lo suyo, que por un segundo, María tenía razón en mirarme de ese modo. Me pregunté, si mi subconsciente había luchado de tal forma, que el ojo que le faltaba a J lo tenía envuelto en mis cabellos. Me pasé la mano por la cabeza, y allí estaba el ojo faltante. Mi desconcierto aumentó. Estaba desesperada, angustiada, al borde de la locura. El oxígeno era cómplice de J. Se filtraba muy lento y pesado. Cuando J vio su ojo en mis manos, salió despavorido y sin orientación. Huía en zigzag. Su huida me estimuló cómo la presa al depredador. Mis nervios se descontrolaron. Parecían correr tras él.
Traté de seguir sus pasos. Buscaba a J como loca. Una voz suave pero penetrante como un cuchillo, rondaba mi cabeza, «mátalo, mátalo, mátalo». Seguí las órdenes de esa voz. Lo encontré desnudo en un patio desconocido. Su pene había crecido 6 pulgadas más de la que me había dicho que tenía. En ese instante, estaba en las manos de un jovenzuelo. El muchacho se veía ensimismado. Mi presencia lo alertó. Sobresaltado, cubrió con su cuerpo la parte superior de la anatomía de J y sus manos seguían poseyendo la virilidad del desdichado.
J no generaba, estaba perplejo. El joven susurró: «Márchate, él es mi juguete». J, acorralado, mostraba una carga de miedo que traspasaba su único ojo, todo cargado de lágrimas. Me indigné y sentía que mi cuerpo era impulsado por el viento, en unos segundos ya estaba en casa.
Ya en la casa, las voces en mi cerebro cesaron y el aroma de mi cuarto confirmó que podía vivir así. Coloqué en la mesita de noche el ojo que todavía sostenían mis manos.
Desperté bañada de dudas. Me puse la bata. Salí al patio y todavía me seguían llegando los murmullos de aquellas voces inquisidoras. Un líquido se desprendía de mis entrañas y lentamente por mis entrepiernas cayó a la tierra. Me subí la bata. Necesitaba saber si lo que bajaba de allí era inusual. En la intriga, descubrí un dibujo en uno de mis muslos: una J dentro de un triángulo; y más hacia arriba, la primavera parecía excitada, extasiada. El roció se mutaba hasta formar un tumulto de sensaciones descontroladas.
Sabía que no era mi menstruación, que era algo más doloroso, excitante e incómodo para el modo de vida que llevo. Sí, algo pasaba en la parte más íntima de mi cuerpo. Mi cabeza daba vueltas. La explicación de lo que me sucedía se había marchado con J. Recuerdo las palabras que me dijo aquella tarde que leí uno de mis cuentos: «Una flor como tú, debe ser poseída por una abeja como yo». En ese momento, no entendí lo que dijo.
Volví a mi habitación. Me quité lentamente la bata. Allí estaba: un ser minúsculo con un ojo que pretendía robarme la primavera.
Elena Ramos Grullón (1986). Realizó una licenciatura en Ciencias Sociales y dos maestrías, la primera en Historia Dominicana y la segunda en Literatura. Actualmente cursa la carrera en Letras Puras. Ganó el primer lugar de ensayos literarios 2016, auspiciado por el Ministerio de Cultura. También obtuvo una mención de honor en el Concurso Literario de Cuento Premio Joven de la Vigésima Feria Internacional del Libro y un primer lugar en este mismo concurso en la misma categoría en el 2019.

