La frialdad del cristal de la ventana, en el rostro… Eso es justo lo primero que percibo. Mi cabeza junto al cristal de la ventana y una leve molestia en el cuello. Debo haberme quedado dormido. Aparto el rostro del cristal e inicio un breve masaje en mi cuello con la mano. Luego consigo mirar hacia afuera. Veo el paisaje estático, verde, aunque la hierba inicia ya a secarse. Un paisaje en que el mundo es redondo. El cielo está por todas partes. Extraña semicircunferencia, infinitud, sin ninguna señal de vida. Ni una construcción. Nada. Solo hierba, cielo, sol. Toco entonces el cristal, con apenas la punta de los dedos. Vuelvo a sentir la frialdad, que contagia de manera inmediata a todo mi cuerpo. Allá afuera debe hacer calor. Y entonces el paisaje pareciera ponerse en marcha. O soy yo, ese lugar en que estoy contenido y que es quizá (trato de encontrarle una lógica al movimiento) un medio de transporte. Si es de tal modo, entonces la ventana no debe ser ventana sino ventanilla. Por un instante me sorprende la torpeza de mi pensamiento, la incapacidad para percibir donde me encuentro, o por qué estoy obligado a observar tal espacio, de naturaleza detenida. La incapacidad para detectar sensaciones o incluso saber qué pudo ser antes, pasar antes, como cuando se despierta de una siesta larga y falla la noción del tiempo, y piensa uno que ya es otra mañana… “Es eso”, me digo, a lo mejor en la pretensión de calmarme, “ha sido largo el rato del sueño, y tal la causa del embotamiento, pero ya voy a saber, a recordar”. Sin embargo, no es así. Intento entender y comienza a dolerme la cabeza. Todavía me queda el frío del cristal en el cuerpo. Calmarme. Cierro los ojos y pienso en calmarme. Respiro despacio. Toco con la punta de los dedos el sitio en que me encuentro sentado. Es suave. Una tela suave. Terciopelo. Abro los ojos de nuevo, e intento identificar donde me hallo. Miro: terciopelo rojo, y un poco más allá otro asiento similar. Un vagón, podría tratarse del vagón de un tren… Por eso tal vez tengo tal sensación de movimiento. Debería levantarme, explorar, dar unos pasos para saber si estoy solo, si voy en un tren, único pasajero —no sé por qué presiento entonces que soy el único pasajero—. Debería levantarme y averiguar si voy o si vengo de dónde o hacia dónde, y preguntar, pues debe haber alguien capaz de responderme. Mas, pronto asumo que no lo haré. Me invade la inercia. Similar a esa inercia del paisaje afuera, el paisaje inmutable, en el cual ni siquiera una brisa trastorna los elementos… Sin sombras. Con el sol en la cúspide. Vuelvo a mirar el paisaje, como si de pronto estuviese dentro de él. Casi puedo sentir la hierba que se alarga hasta rozar la palma de mi mano. Pienso, y es una cuestión de instinto, que podría hasta tocarla a ella, la mujer a menos de un metro de distancia. Asoma entonces mi lucidez para preguntarme cómo llegó ahí, pues casi estoy seguro de que no se encontraba cuando miré antes: Una mujer de espaldas, inserta en el paisaje, parte de esa tierra donde el horizonte pareciera dilatarse para siempre. Una mujer, único cambio en esa tierra tan carente de todo, con tanto olor a tierra. Extiendo la mano en la pretensión de alcanzarla, absurdo querer tocar a la mujer extraña, que de repente vuelve su cabeza hacia mí, como si se hubiera percatado. Veo su rostro de perfil, pero no llego a tener la certeza de que ella me ha visto. Mientras, yo todavía alargo mi mano que tropieza con el cristal y mi cuerpo se estremece en una especie de escalofrío. Y el tiempo… El sol se mueve. Veo la sombra de la mujer sobre la tierra verde, la tierra amarilla. El tren se mueve y todo desaparece.
Debo haberme quedado dormido. Debo haberme dormido con la cabeza apoyada en el cristal de la ventana, ventana o ventanilla. Me duelen la cabeza y el cuello. Aparto el rostro del cristal y muevo mi cuello hacia uno y otro lado, para tratar de aliviar la pesadez en la nuca. Miro así hacia afuera sin proponérmelo. Afuera es el paisaje de hierba verde amarilla, como si estuviera a punto de secarse… Un paisaje que me sorprende y, sin embargo, presiento conocido, aunque no intuyo por qué, ni tampoco cuándo lo vi antes. Mi memoria recobra su olor, ese que sé que debe tener, sin sentirlo. Hierba, césped mojado. De pronto, la preocupación me asalta. Me doy cuenta de que no tengo claro en qué lugar me encuentro. No tengo nada claro. Ni la razón para tal paisaje ante mis ojos. O hacia donde me dirijo. Sí, un autobús… Quizá viajo en un autobús —reconozco el tipo de asientos— y en algún momento me quedé dormido, por eso la confusión, el embotamiento, la incapacidad para recordar, incluso si tal situación se me hace conocida.
Me recorre un escalofrío al notar que el paisaje no cambia, no se mueve. Incluso si el autobús pareciera estar en movimiento. Me recorre un escalofrío al percibir a través del cristal una silueta, allá afuera, la silueta de una mujer de espaldas, a unos metros, de una mujer que se integra en el paisaje. La aparición repentina, sin embargo, después de la impresión primigenia, me calma, cual una presencia familiar. Debo entonces preguntarme si la he visto antes, o dónde. Cómo saberlo. La mujer de espaldas viste de blanco, y su piel se transluce bajo el vestido. Mis ojos se detienen en sus brazos, unos brazos delgados, largos. Su piel… La mujer extraña me resulta de repente conocida. A lo mejor ya la he visto justo en este paisaje. Pero no, no es posible. No recuerdo el paisaje ni nada parecido. Solo recuerdo si acaso la sensación, como en un déjà vu. Entiendo que… Las palabras están ahí, las ideas, pero ningún rastro de nada anterior a este momento. No. A lo mejor es solo que ya la he visto antes, sí, pero en algún momento de mi historia. La cabeza llega a dolerme al pretender recordar. Una mujer. Una mujer. Una mujer. Siempre la misma, en ese prado, un tanto agreste en la quietud sin sombras, sin que transcurra el tiempo. Tengo la sensación de que llevo aquí desde siempre. Como si la vida entera pudiera resumirse a esto, a mirar una mujer, sin saber de un antes o después. Una mujer de espaldas y yo que la miro…
Despierto con dolor de cabeza sin entender muy bien donde me hallo. Miro a mi alrededor para intentar ubicarme. Palpo la superficie en que me encuentro sentado. Frente a mí percibo un cristal, enorme cristal. Quizá me quedé dormido de cara a la terraza. Eso debe ser. Tengo la vista borrosa. Me quito los espejuelos, los limpio. Afuera está el jardín, paisaje verde amarillo, que se extiende sin que se perciba donde acaba. Un paisaje que creo conocer de antes. Sí, lo he visto antes, siempre, y, sin embargo, me resulta a la par un tanto ajeno, como si ya no formara parte de él. Nada en este se mueve, la luz no cambia. La luz llega a molestarme en los ojos. Y el cristal, el límite de la pecera en un acuario. Solo que no sé quién está dentro de la pecera, si ese jardín, o yo. La situación se me antoja absurda, violenta… No entiendo quién soy, o qué… Mis manos se desprenden de la máquina de escribir. Quiero tocar el cristal con mis manos. Tapar con mis manos la visión que me ofrece. Me agobia el dolor profundo en las sienes. Mis manos se desprenden del cristal y entonces, está ahí, otra vez… Hierba, cielo, sol, una mujer vestida de blanco, con los brazos desnudos y el horizonte. La línea del horizonte se extiende más allá de todo lo imaginable… Quiero saber cómo llegó ahí, cómo llegué. Es todo. Quisiera saber. Debo haberme quedado dormido. La siesta tiene a veces tales dosis de amnesia. Quiero entender quién, por qué… A lo mejor todo es muy simple y me encuentro donde siempre debí estar y la sensación de extrañamiento es en definitiva muy absurda. Quizá esa mujer forma parte de mi vida, de algún modo, de mi espacio cotidiano. La mujer… Pienso que si me esforzara un poco tal vez podría tocarla. La hierba roza la palma de mi mano y el olor a tierra penetra en mis pulmones. La mujer permanece de espaldas y me digo que sería bueno conocer su nombre, llamarla, tocar… La mujer vuelve su rostro hacia mí. Me mira a través del cristal, pero no me ve, sé que por algún motivo no puede verme. Un escalofrío recorre mi espalda. Comprendo. Tengo, supongo, una epifanía. A lo mejor debo estar muerto y este es mi último recuerdo, la última imagen, que conserva mi retina, sin que importe quién fui.
Tengo miedo. Quizá estoy muerto. O peor, quizá vivo, solo vivo para observar esa imagen como en un acuario. No. Debo ser yo quien habita la pecera y lo único que prolonga mi existencia en este tiempo es la extraña noción de una mujer suspendida en un paisaje que no puede cambiar.
Barbarella D´Acevedo (La Habana, 1985). Escritora, profesora y editora. Teatróloga, graduada del ISA y del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba. Obtuvo Premio de la Ciudad de Holguín en Narrativa (2022), Hermanos Loynaz en Literatura infantil (2021), XIX Certamen de Poesía Paco Mollá 2020 (España), La Gaveta (2020), Bustos Domecq (2020), Mención Especial en Premio Iberoamericano Rubin de Novela 2021, Beca de creación Caballo de Coral (2018), y Beca de creación El reino de este mundo por el disco de poesía Discurso de Eva (PM records). Ha publicado Músicos Ambulantes (2021), El triunfo de Eros (2022) y Blanco y azul (2022) con Editorial Primigenios (Miami), Basilio y el deseo (DMcPherson Editorial, Panamá, 2022), Érebo (Aguaclara Libros, España, 2022), El triunfo de Eros (Editorial Ácana, 2022), Habana pulp mission (Ediciones Solaris, Uruguay, 2022), Los sufrimientos del joven Bela (El Faro Editores, 2022), Marea roja (Ediciones Arroyo, Argentina, 2022), Tren para Salinger (Ediciones Loynaz, 2022), La casa, el mundo y el desierto (Ediciones Hurón Azul, España, 2023), entre otros más.

