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Caravaneando

by Redacción

A Julia, la conocí en una caravana del partido. Era una de esas tardes de mayo en que la campaña por la presidencia llegaba a su fin. Toda la semana fue un acoso terrible. La gorda a cargo del departamento en el Ministerio, insistió en que ir a la marcha era obligatorio. Compañeros, si queremos preservar nuestros empleos, hay que apoyar al candidato, decía. Uno debe dejarse ver en tiempo de elecciones, y es preciso defender con uñas y dientes la gestión del partido. Aseguró que uno de los viceministros iba a supervisar personalmente la asistencia de todos, que ella misma había entregado una lista y, por tanto, contaba con la presencia de cada uno de nosotros. Lo dijo con vehemencia, casi gritando, mientras fumaba un Constanza mentolado.

Lo cierto es que el día señalado ocurrió tal como predijo. A las dos de la tarde vimos llegar un autobús azul y al rato llegó el viceministro, un moreno gordo y sesentón que supuse estaría allí para chequear la asistencia de todos. En fila india subimos al bus para que nos llevaran al Puente de la diecisiete, desde allí marcharíamos hasta la avenida Duarte y luego al Malecón. Nos abastecieron de agua, refrescos y ron. Tiempo después, el alcohol inició su recorrido por la sangre, desatando la gritería y el escándalo.

Fue al bajar la Avenida Duarte que la vi. Descansaba en una esquina. Gorra amarilla, camiseta blanca y una bandera azul entre las manos. Al mirarla supe que estábamos predestinados al encuentro y la vida. Le pregunté si estaba cansada, dijo que no, que esperaba una amiga que se había quedado atrás.

Me llamo Ernesto —dije— te puedes ir conmigo si deseas. —Julia es mi nombre —dijo y sonrió. Caminamos calle abajo, le di una botella de agua que bebió de un tirón. La multitud a ratos no cabía en la calle y el ruido era cada vez mayor. Era mi primera vez en una caravana, pero la llegada de Julia le había dado sentido para llegar al Malecón. En Ciudad Colonial nos topamos con la gorda, venía de vuelta como supervisando. Me miró y gritó unas palabras que no entendí por el ruido de un altoparlante. No le pude atender y seguí marchando, pues era imposible volver atrás. Ya en el Malecón nos dispersamos de la multitud. Decidí irme con Julia cerca de la orilla del mar. Hablamos de todo y se nos olvidó la marcha. La noche nos abrazó allí sentados, mirando el horizonte. Como a las nueve caminamos hasta su casa, un apartamento compartido con Gahston, un haitiano estudiante de medicina en la universidad Autónoma, dijo que eso abarataba el costo, que el muchacho era bueno, decente y que desde hacía cinco días estaba en Haití.

El apartamento era pequeño, pero organizado y con una decoración de buen gusto. Me sirvió una soda y preguntó si deseaba algo más fuerte. Nos miramos, me le acerqué y le di un beso. Eres apresurado, dijo, tomaré un baño y regreso en breve. Mientras tanto, mira un poco de televisión y distrae la mente que el día ha sido largo. Me acomodé en un sillón de pana, encendí el televisor. No sé cómo, pero me fui durmiendo y soñé que estaba otra vez en la caravana, que una multitud miraba hacia uno de los edificios desde donde una mujer intentaba lanzarse. Al divisar bien, vi a mi jefa, la gorda. Comencé a gritarle que no lo hiciera y la multitud se reía de mí. En un momento las caras burlonas eran máscaras y alentaban a la mujer a tirarse: tírate gorda, tírate. Ya veremos cómo rueda la manteca. Tírate, tírate. Subí las escaleras, ya en el techo me acerqué, la gorda se abrazó a mí, lloraba y lloraba, apretándome y en su abrazo yo sentía el olor a Constanza mentolado. Esto es una mierda, tíguere, esto no es para gente como tú. Míranos cómo es que defendemos un empleo, coño, caravaneando bajo el sol y estos hijos de su madre me dicen que no traje suficiente gente y que mi puesto está en juego en el ministerio. Me voy a tirar, coño y así acabamos de una vez por todas con esto. La vida es un drama jodido y yo me cansé de actuar. Le dije otra vez que no se suicidara, que la vida era para vivirla, que seguiríamos en nuestros puestos. Pero en otro momento, yo también gritaba y la gorda seguía apretándome a su pecho hasta dejarme sin aliento. Ves, tíguere, tú estás peor que yo, dizque poeta, pero eres una mierda también. La gorda, aún aferrada a mí, condujo sus pasos al borde del edificio. Abajo la multitud gritaba que nos tiráramos, y justo eso fue lo que hizo la gorda. sin soltarme, se lanzó al vacío. Justo ahí desperté. Apreté mis manos a la cabeza. Sudaba copiosamente. En eso, Julia salió del baño y con la toalla entre las manos, apenas sin cubrirse, se acercó. Al verme sudado preguntó qué tenía, me pasó las manos y sentí el olor de su piel. Acto seguido se quitó la toalla y pude ver todo su cuerpo desnudo. Creo que así olvidarás todo, dijo.

Regresé a San Carlos a la medianoche.

Con el pasar de los días me enamoré, tanto que no había mañana ni tarde que no la llamara o que no le enviara mensajes de amor a su correo o que no colgara canciones de El buki o de Joe Veras en su muro de Facebook. nos veíamos dos o tres días a la semana. Cierto día, que estábamos mirando “Perro andaluz” de Buñuel, Julia me confesó que a la salida debía decirme algo importante. Le dije que me dijera allí mismo, pero me dijo que me lo iba a decir esa noche después que la dejara en su casa. Toda la película fue una total intranquilidad para mí. Muchos pensamientos comenzaron a agobiarme. Ya en la casa me confesó que el haitiano con el que compartía el apartamento le había declarado su amor y que enojada, ella se había visto obligada a echarlo a la calle y que ahora tenía miedo, mucho miedo. Le dije que no se preocupara, que si quería por un par de noches yo podía hacerle compañía. Le dije también que cambiara el candado de entrada y así lo hicimos. Sentía mucha rabia por dentro, pero no quería complicar más las cosas. Todo siguió normal, nos veíamos con frecuencia y ya mi mente comenzaba a hilvanar ideas de Julia y yo juntos formando una familia. Un día que la visitaba la encontré llorando y por más que le pedí razones no me quiso decir. Esa noche hablamos poco y me retiré temprano a San Carlos. Al otro día, como a las tres de la tarde, recibí un mensaje de texto en mi celular donde Julia me decía: “Gracias por todo, pero mi vida debe tomar otro rumbo. Además, hay cosas que nunca te dije”. Cuando salí del trabajo, fui a su apartamento y me cansé de tocar la puerta. Era extraño porque a esa hora ella siempre estaba allí. Al ver mi insistencia, una vecina que nos había visto tantas veces juntos me confesó que al mediodía, Julia había recogido todas sus cosas y que las había montado en un camión de mudanzas y se había marchado. También me dijo que quien había venido en el camión era el haitiano que antes compartía el apartamento con ella, que ambos subieron sus cosas y se habían ido sin dejar dirección. Me dijo también (y eso fue lo que más me dejó turbado) que los vio abrazarse y besarse en plena escalera o cuando subían las cosas al camión. Después de esto, me senté en la escalera. Cientos de pensamientos iban y venían a mi mente. Allí estuve largo rato. Luego me fui caminando hasta la avenida Duarte. De allí, decidí caminar sin dirección alguna. Me alejé apesadumbrado. En esa dirección, de seguro llegaría al mar.

FIN

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Valentín Amaro (Gas­par Hernández, Espaillat, 1969). Educador, poeta, narrador y gestor cultural. Miembro fundador del Taller Literario Narradores de Santo Domingo. Primer Premio en el XXVIII Concurso de Cuentos de Radio Santa María 2020, con la obra “Melba”, Segun­do Premio en XIX en el mismo certamen en el año 2012 con el cuento “Ma­riposas negras”, y Primer y segundo lugar en poesía en el 4to. Certamen Litera­rio para docentes de la Uni­versidad Iberoamericana. Su cuentística también ha sido reconocida en varias versiones de los Premios Juan Bosch de la Fundación Global Democracia y Desarrollo y en la Universidad Iberoamericana. Poemas y cuentos suyos aparecen en numerosas antologías nacionales y extranjeras. Posee estudios superio­res en Lengua y Literatura, así como maestrías en Edu­cación Superior por la Uni­versidad Católica Santo Do­mingo y Literatura por la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Ha publicado En el temblor de las visio­nes (2006), Mariposas ne­gras (2013), El ave ras­ga su memoria (2014) y Charcos de furia (2014). Fue director general del Libro y la Lectura, así como de la Feria Internacional del Libro en el Ministerio de Cultura. Actualmente es coordinador operativo del plan DOMINICANA LEE del Ministerio de Educación, y profesor de Len­gua y Literatura en la Universidad Iberoamericana (UNIBE), Autónoma de Santo Domingo (UASD), Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), Universidad a Distancia de Madrid (UDIMA) y el Instituto de Formación Docente Salomé Ureña (ISFODOSU).

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