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Un hombre en la vía

by Redacción

Por aquí fue el accidente, en algún punto de la pista. Son tantos los árboles a la orilla de la vía que quién sabe contra cuál habrá sido el choque. Y todos me resultan iguales; no he identificado ninguno con alguna evidencia de golpe que se pueda apreciar en el tronco. No estuve ahí para saber cuál árbol fue cuando retiraron el vehículo accidentado. Dicen que el conductor no estaba adentro. Se presume era un hombre, no iba con nadie más. Porque alguien alcanzó a verlo en la carretera y advirtió que iba muy rápido, en un antiguo Chevrolet verde claro. Ese fue el vehículo que encontraron chocado, todo desbaratado. Dicen que al parecer lo retiraron muy temprano en la mañana, después del accidente que ocurrió en horas del atardecer del día anterior. ¿Y quién dijo que el hombre habría muerto? Yo no lo creo así. Aunque aseguran que por la forma en que quedó el auto, nadie habría salido ileso de esa. ¿Pero entonces dónde está? A lo mejor lo que hizo fue salir de él y acudir a cualquier lugar donde encontrar ayuda y luego quizá no recordaría nada de lo que pasó. Los árboles de la orilla dan a un bosque muy denso, sería fácil perderse en la espesura, más en el atardecer.
Internarse ahí dentro en la penumbra te puede llevar a perderte. Pero resulta que no encontraron a nadie cuando buscaban al conductor por los alrededores. La gente asegura que el tipo murió y que a veces aparece en los atardeceres. Sale del bosque y se para al borde de la vía a pedir bola. Hay quienes se han detenido a llevarlo creyendo que se trata de una persona común y corriente y han contado la historia después. Les dice que va cerca, solo quiere un empujón porque está oscureciendo. No les indica exactamente a dónde va. Por más que intentan entablar conversación con él, se mantiene en silencio o responde a cualquier cosa con monosílabos, si lo amerita. El conductor termina por no hacerle caso y kilómetros más adelante el hombre pide que se orille y lo deje. Da las gracias y apenas dice que se llama Juan si le preguntan. Algunos se han quedado ahí para ver a dónde va, porque todo lo que hay alrededor es monte. Ven que se interna entre los árboles y simplemente desaparece más adelante, entre la penumbra del follaje. Nadie ha encontrado por ahí alguna casa cercana a donde pudiera decirse que el sujeto se dirige, por lo que se ha quedado entre la gente del paraje que se trata de un muerto, el accidentado desaparecido. Muchos ya tienen temor de dar bolas por el rumor que ha corrido sobre el extraño en la autopista.
Insisto en que no creo en la versión de su muerte. Creo que pudo haber salido ileso, o tal vez afectado y encontraría alguna ayuda. Siempre circulo por esta carretera sin haber visto nada raro. Y he dado bolas a personas por aquí. Una vez fue una mujer con un niño. Lo llevaba al hospital más cercano con una fiebre repentina. Antes de que anocheciera, prefería llevarlo, por si tendría que internarlo. La dejé en el hospital y me devolví para retomar mi destino. En otra ocasión fue un señor de edad que se pasó de tragos en la finca de un amigo e iba de vuelta a su casa. Su amigo no podía llevarlo y se aventuró a pedir bola. Cuando llegamos al pueblo, lo dejé cerca de su casa porque no quería que su mujer lo viera llegar con alguien. Pero la experiencia de llevar a un hombre extraño que se baje en plena carretera y luego desaparezca, nunca.
Encontré a este hombre una tarde cerca de un cruce, cayendo el sol. Tenía el brazo levantado, la mano cerrada y el pulgar apuntando. Detuve el vehículo para recogerlo. Solo indicó que iba más adelante, unos kilómetros. Comentó que la tarde estaba bonita, le respondí que sí y lo estudié de reojo. Un rostro sereno, concentrado en sus pensamientos, mirando hacia delante, de vez en cuando apartaba la vista para ver los árboles en la orilla. Preguntó si vivía por los alrededores. Le dije que no, un tanto sorprendido de que expresara algo más. No se trataba de que tuviera temor, ese señor no se veía nada extraño o sobrenatural para mí. Lo que la gente comenta son solo tonterías.
Unos minutos después, solicitó que lo dejara. Agradeció la bola y le respondí afirmando con la cabeza. Observé que en el punto donde se quedó no había nada, solo árboles a través de los cuales se adentró. Pero me intrigó que en medio de la espesura apareciera una pequeña vivienda a muchos metros de distancia más allá de la orilla de la vía. El hombre se dirigía a ella a través de la incipiente oscuridad del anochecer. Jamás me hubiera imaginado que por esos parajes hubiera una casa. Miré hacia delante el camino que me quedaba por recorrer y luego hacia el bosque. Lo próximo que vi me extrañó: no volví a ver la casa y mucho menos al hombre.
Continué mi trayecto con aquel individuo en la mente, no podía procesar lo que vieron mis ojos. Tal vez la espesura al anochecer les jugó una broma. Ya la tarde se había cerrado sobre la copa de los árboles, dejando un matiz violáceo en el cielo. Los árboles ennegrecieron, la temperatura afuera se hizo más fresca. La autopista estaba solitaria, casi no hay tránsito a esas horas. Me concentré en ella. Es una delicia recorrerla, los árboles pasan a ambos lados de la vía a una velocidad vertiginosa. Nunca sé cuál de ellos es el definitivo, todos son iguales. Solo sé que fue por aquí. Cuando finalmente se incrusta en el tronco, dejo el vehículo, me adentro al bosque en dirección hacia lo que creo es una casa y caigo unos metros más adelante, hasta la próxima vez que salga a pedir bola o retome el Chevrolet para disfrutar del viaje.


Roxanna Delgado Boyá. Escritora y editora dominicana graduada en Lenguas Modernas y autora de Reinvención del juego (2018). Por igual, es la ganadora del primer lugar en el Primer Concurso Literario de Minificción Lauro Zavala del TLNSD.

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