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La moto y el unicornio

by Redacción

Para Vanessa Gaardeng.

Princesita de hielo, tú lo pediste y aquí está…

 

Yosvany es alto, flaco, desgarbado, pelilargo y desgreñado. Tímido, y además, medio gago. Nunca ha sido muy popular ni tenido muchos amigos.

No es raro entonces que en secreto acaricie sueños heroicos arcaicos sobre el musculoso heroísmo de Conan y la altiva magia de Merlín. Junto a otros más contemporáneos, como recorrer el mundo a lomos de una flamante Harley Davidson… por supuesto, con una rubia tipo Pamela Anderson, pechugona y deslumbrante, a la grupa.

Hijo único, Yosvany vive en Nuevo Vedado, tiene 19 años y estudia tercero de Biología, después de haber dejado Diseño Industrial en primero. Tiene en el hombro derecho el tatuaje de un caballero medieval sobre una moto, diseño suyo inspirado en uno de Boris Vallejo, y usa una argolla de plata en el lóbulo izquierdo. En sus ratos libres, cuando no está quemándose las pestañas en la Facultad, dibujando monstruos que pelean contra forzudos guerreros o haciendo media en G, rasguea la guitarra eléctrica y aspira algún día a emular a Helloween, Gamma Ray, Manowar y sobre todo el Rhapsody of Fire del supergenio Luca Turilli.

Su cuarto, como el de todo adolescente que se respete, rockero o no, es una abigarrada colección de… de todo. Desde el caparazón disecado de una langosta hasta (¡no faltaba más!) un vetusto afiche de Pamela Anderson semidesnuda, de cuando tuvo las dos únicas buenas ideas de su vida: primero agrandarse el seno… y luego agrandarse el otro. Pasando por un librero medio acomejenado y desbordante de volúmenes de Huracán y Dragón con las letras gastadas de tanto leerlas, una réplica del machete de Máximo Gómez que le otorgaron a su madre otorrinolaringóloga cuando terminó la misión internacionalista en Zambia y una colección de abanicos de mar clavados con tachuelas directamente en el yeso de la pared. Sin olvidar la computadora, una antediluviana Pentium II sobre la que se aburren un cuaderno de grandes hojas, una tempera con sus pinceles y unos carboncillos de cuando le dio por dibujar; la ventana gusana (o sea, de persiana Miami) el tapiz de imitación con el blanco unicornio rampante y el afiche de la moto, una pujante Harley Davidson Electra Glide, azul, por supuesto.

En las largas ausencias de Yosvany, las cosas de su cuarto conversan para sacudirse un poco el polvo y no podrirse de puro hastío.

La langosta disecada, con ondulante pantomima de abanicos marinos como fondo, cuenta su vida despreocupada en las aguas del Caribe… hasta que quedó atrapada en la nasa de un pescador ilegal. Pero también, porque de tanto convivir con libros se ha vuelto un crustáceo instruido, diserta sobre su nombre científico: Panuliris Argus, de cómo se lo impusieron en honor al piloto de Odiseo, Palinuro y de cuánto se emocionó cuando lo leyó en las páginas de la novela de Fernando de Rojas, Palinuro de México.

Desde su póster, Pamela Anderson, intentando convencer a todos de que no es tan superficial como su modelo real, declama poesías. La pobre, siempre Táctica y estrategia de Benedetti, o alguna de las de Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda. O José Angel Buesa, si está de vena romántica… hasta que todo el librero se ríe de ella y la réplica del machete de Máximo Gómez dice que basta ya, coño, porque los cubanos siempre se quedan cortos o se pasan, por lo menos denle un chance a la muchachita para que se supere…

Los carboncillos, la tempera y los pinceles, tal vez más osados por su misma condición efímera, a veces se divierten trazando rápidos esbozos en perspectiva del cuarto o retratando a Pamela, que tendrá sus defectos, sí, pero se pinta sola para eso de posar…

Los libros y el machete les riñen a los traviesos útiles de dibujo, preocupados: si Yosvany un día se da cuenta de que cada vez hay menos hojas en su cuaderno… pero la ventana de persiana Miami, gusana o no, siempre se confabula con ellos y algún soplo ocasional de viento juguetón, para hacer desaparecer entre sus hojas los comprometedores bocetos. Menos mal que el chico es más bien distraído y no acostumbra a revisar sus cosas.

En cuanto al unicornio blanco del falso gobelino y la Harley azul del afiche, a veces se ríen de Pamela y sus poemas, otras posan para los carboncillos y la tempera si se los piden amablemente, o hablan de mitos o de tecnología. Pero la mayor parte del tiempo solo se miran y suspiran.

Están muy cerca uno del otro, en paredes perpendiculares, en un ángulo del cuarto. Y hace años que están enamorados. No importa que él sea un ser mitológico, símbolo de la pureza, ni que ella tenga un motor de dos tiempos y 1200 cc.

Ni siquiera que, en realidad, tal vez por eso mismo de la pureza, nadie tenga muy claro lo del sexo de los unicornios. Y ni hablar del de las motocicletas. El equino del cuerno único, blanco y rampante sobre su tela, se siente muy masculino y viril. La primera moto con arranque eléctrico fabricada por la célebre factoría de Milwaukee se ve a sí misma como muy femenina: color celeste, una dama enérgica y potente, si bien delicada a su manera.

Desde el principio se sintieron similares. Quizás porque ambos son legendarios, cada uno en su propio estilo.

El: omnipresente en la imaginería desde la antigüedad, codiciado por nobles y reyes, que suponían que las copas talladas en su mágico cuerno tenían la valiosa propiedad de romperse al tocar cualquier veneno. Con reputación a la vez de tímido y feroz, de astuto burlador de trampas y cazadores, que sin embargo podía caer irremisiblemente rendido ante la belleza de una virgen humana. Símbolo de Escocia, sujetando rampante la corona del Reino Unido como si se la disputara al león inglés… hasta Lewis Carroll bromeó al respecto en Alice through the looking glass. Estrella asimismo de tantas otras novelas clásicas de la fantasía, como Erehwon, o el genial El último unicornio, de Peter. S. Beagle, luego convertido en delicioso dibujo animado, y hasta de films más serios, como Leyenda, de Ridley Scott.

¿Qué importa si los tan buscados cuernos de unicornio al final resultaron ser solo colmillos hipertrofiados de narval, un delfínido del frío Mar del Norte, o incluso de burdos rinocerontes? Que según la criptozoología moderna, los verdaderos unicornios fueran probablemente solo cabras teratológicas, con ambos cuernos fusionados… de ahí las pezuñas hendidas, la barbita y la curiosa cola de su representación habitual, más bien incongruentes en un equino auténtico. Que la versión fílmica con actores de El último unicornio no se haya rodado aún por equis problemas de Hollywood con los derechos de autor. O que en Leyenda nadie recuerde sino que Tom Cruise estuvo agachado todo el filme, o al máximo el espléndido trabajo de maquillaje de su antagonista, el diabólico Tiniebla, y buena parte del metraje rodado con los unicornios fuera a parar a Blade Runner, director´s cut, degradado a simples sueños de Deckard, el cazador de replicantes y replicante él mismo…

Ella: símbolo rugiente de la libertad de la carretera americana, tanto como la orgullosa águila calva que es su emblema. Glorificada cabalgadura metálica de pioneros y Hell Angels. Estrella de cine, en filmes como The Wild One, con Lee Marvin y Marlon Brando; Easy Rider, con Peter Fonda y Dennis Hooper, Electra Glide in blue y tantos otros. Sofisticada protagonista de salones de diseño, diva cortejada por tantos músicos de rock en sus videos promocionales, como alegoría de la muy underground libertad de rodar para vivir, vivir para rodar. Quintaesencia de la moto crucero de gran cilindrada, base o provocación para artistas que la transforman o chopperizan individualizándola hasta el delirio. Con revistas y enciclopedias dedicadas solo a su historia, evolución y características. Heroína de la modernidad mecánica que no pasa de moda.

¿Qué importa entonces que gaste mucho combustible y no sea económica, que resulte inestable a bajas velocidades y que su cárter tenga el molesto hábito de perder aceite? ¿Qué las nuevas motos japonesas, italianas e inglesas, turbos o no, la hayan desplazado tanto del mercado de media cilindrada como de las pistas de competición? Que en El Salvaje Brando montara un Triumph inglesa y fuera solo Marvin, su vulgar contrafigura, quien cabalgaba patrióticamente en Harley. O que actualmente la empresa facture más ganancias por concepto de merchandising de accesorios como ropa, cerveza y líneas paralelas que por venta de motos. Y que los precios del sueño americano sobre ruedas se hayan disparado de tal modo que cada vez se vuelve mayor la edad a la que el aspirante a centauro motorizado puede comprar su primer corcel metálico…

No, nada de eso importa. Solo el amor.

La moto y el unicornio se miran, suspiran y sueñan con estar juntos.

Así, un verano que Yosvany agarró su mochila y se fue de guerrilla por una semana entera a Canasí, la Electra Glide decidió aceptar la invitación de su amado, y saltó desde su afiche hasta el tapiz.

Al principio todo fue felicidad. El corcel del cuerno mágico piafó encantado para recibir a la motocicleta azul, que hizo ronronear zalamera su potente motor de dos tiempos para expresar su satisfacción. Se perdieron junto corriendo por ocultas veredas entre la vegetación, y los libros, la langosta y el machete de Máximo Gómez llegaron a temer que nunca regresarían, o que tal vez lo hicieran orgullosamente acompañados de una hueste de imposibles híbridos ¿unimotos? ¿cornicicletas? que habrían hecho pública su relación y revelado el gran secreto del cuarto con más claridad que todos los dibujos perdidos ejecutados por los traviesos carboncillos, los pinceles y la tempera…

Pero la esperada luna de miel solo duró tres días. Al cuarto, sin mirar atrás, al unicornio que aún la seguía con mil promesas en sus ojos, la Harley azul regresó manubribaja a su afiche. Era la viva estampa del deterioro y la derrota. Su brillante barniz estaba deslucido por los arañazos de mil espinas. Humeaba por falta de aceite, renqueando penosamente con una goma ponchada y el depósito de gasolina casi vacío.

Lo había intentado, sí… pero al final no le quedó sino rendirse ante la dura realidad.

No había servicentros en el mundo fantástico del unicornio. Ninguna gasolinera donde rellenar el tanque, ponchera donde sustituir o reparar una cámara perforada, ningún concesionario donde comprar cera para devolver su brillo de caparazón de coleóptero a los enlodados guardafangos. Más aún, el mágico equino relinchaba disgustado cada vez que las nubes de humo o los charcos de aceite quemado de su amada contaminaban la prístina naturaleza salvaje de su bosque. Y ella extrañaba el rugir de sus congéneres llenando las carreteras lisas como mesas, tan diferentes de los escabrosos senderos de montaña por los que apenas si podía avanzar en primera velocidad. ¿Qué esperaba él? Enamorada o no, era solo un vehículo rodante… y definitivamente, las ruedas no estaban hechas para recorrer aquellos trillos montaraces.

Por largas semanas casi ni se miraron, o lo hicieron con una helada tristeza.

Pero el amor todo lo perdona, y tres meses más tarde, cuando Yosvany partió hacia Santa Clara a visitar a sus abuelos, el unicornio le devolvió la visita a la moto saltando con decisión a su afiche.

Hubo relinchos de disculpa y rugir de motores de reconciliación, y de nuevo se perdieron, la criatura y la máquina juntas, de la vista del resto del cuarto.

Esta vez el idilio de proximidad solo duró dos días, y fue el unicornio quien regresó despacio, con el cuerno rozando el suelo, derrotado.

El también lo había intentado con todas sus fuerzas, pero ¿qué podía hacer, si no era capaz de comer asfalto, metal o cristal? No había casi hierba que mordisquear en el ultramoderno mundo todo carreteras y garajes de la Electra Glide. Solo plantas plásticas, imitaciones intragables de la vida. Aquel insoportable hedor a petróleo quemado, aquel estruendo omnipresente de cientos de motores traqueteando orgullosos ¿cómo podía resistirlo su amada? Y encima, enojarse de ese modo con él, solo porque, tras haber ramoneado las hojas de una acacia milagrosamente real, dejó caer el lógico producto de su digestión sobre el caliente asfalto…. ¿qué quería que hiciera? Era siempre un caballo, aunque tuviera un cuerno mágico…

De nuevo, por largas semanas, los enamorados se miraron, sintiendo la tristeza de la imposibilidad abrirse entre ellos como un abismo. ¿Sería posible que tuvieran que renunciar a estar juntos? Resignarse a mirarse, o a cortas visitas, a vivir tan cerca y a la vez tan lejos.

El afiche y el tapiz perdieron brillo, como mismo perdieron sus ocupantes el interés por todo lo que les rodeaba.

Fue así que no se percataron de que, cosa rara, otros jóvenes habían empezado a venir al cuarto del ante siempre solitario Yosvany. Dos eran flacos, pelilargos y desgreñados como él, y estudiaban Derecho… la cuarta era una muchacha que hacía relucir los ojos del estudiante de Biología cuando rasgueaba su guitarra mirándola de reojo… era hermosa y sobre todo sexy, aunque no fuera tan pechugona como Pamela Anderson, ni rubia, sino trigueña. Pero al menos no recitaba a Buesa o Neruda; prefería discutir sobre Freud, Jung y Lacan, y era divertida y sensible… o sea, todavía más bella por dentro que por fuera.

Se llamaba Magda, estudiaba Psicología y sus pupilas también brillaban con una extraña picardía, sobre todo cuando Yosvany tocaba su guitarra.

Un día ella llegó con un pequeño teclado bajo el brazo. Uno de los otros flaquipelilargos trajo un par de baquetas, el otro un bajo eléctrico, y los cuatro empezaron a hacer ruido encantados de la vida.

Al día siguiente, Magda llegó sola a buscar a Yosvany, y salieron juntos y llenos de risas. Cuando regresó, en vez de tocar la guitarra, el estudiante de Biología, con una sonrisa de felicidad inconmensurable y un rictus de decisión en el entrecejo, buscó por primera vez en años su cuaderno y sus carboncillos y, con un cartón de ron Planchao al lado, se puso a escribi-dibujar muchas veces la misma intrigante palabra: Tecnoépica.

Primero la trazó en letras de fuego; luego en caracteres mitad circuitos integrados, mitad trozos de metal soldados. Luego en letras relampagueantes; en líneas serpentinas, en caligrafía gótica clásica. Ninguna lo convencía del todo.

Y así dibujó hora tras hora. Hasta que al final, habiéndose bebido todo el Planchao, inconforme y cansado, se quedó dormido y el cuaderno cubierto de garabatos resbaló de entre sus dedos hasta el suelo… que fue donde los pícaros carboncillos, siguiendo cuidadosamente las instrucciones de los libros, comenzaron su trabajo. Mientras que los pinceles se ocupaban ya de diluir la tempera con el agua que les trajo del baño la langosta disecada. Luego les tocaría el turno a ellos…

A la mañana siguiente, domingo, el estridente alarido del timbre de la puerta despertó a Yosvany. Soñoliento, se estiró el arrugado t-shirt de Iron Maiden y fue a abrir, con un nudo en la garganta.

¿Qué iba a decirles ahora a los del grupo? ¿Que no se sentía inspirado? A lo mejor a los demás no les importaba tanto, pero ¿qué diría Magda? Lo peor, claro, sería que no dijese nada, que solo lo mirara con esos ojazos suyos y frunciera esos labios adorables, como diciendo “confié en ti y mira con lo que te apareces…”

De solo pensarlo ya gagueaba.

-Bu-bu-bu…- tartamudeó, abriendo la puerta con la resignación del condenado que ve alzarse la cuchilla de la guillotina.

-…enos días, Yosvany- concluyó Magda el saludo, juguetona y dándole un beso encantadoramente cerca de la boca para luego seguir directa hasta su cuarto -¿terminaste el logotipo? Dale, vístete, que Yotuel y Yaimar nos esperan en el local de la FEU para el primer ensayo. Hum ¿estos son los diseños preliminares, no? interesantes…- la voz de la preciosa trigueña sonó ya desde el cuarto, cascabeleante, fresca…

-De-de-déjame ex… ex-expli-plicarte- tartajeó Yosvany, deseando que se lo tragara la tierra mientras caminaba de vuelta a su habitación con desgana, como quien acude al patíbulo.

No estaba preparado para lo que lo esperaba, claro.

Con el cuaderno de diseño abierto en una mano y un chillido de entusiasmo estremeciéndola de arriba a abajo, Magda le saltó al cuello y lo besó en la boca con ganas.

Con muchas ganas.

Mientras se derretía entre los labios de la muchacha, decidido a aprovechar aquel don divino pero sin entender nada, los ojos de Yosvany se fijaron por puro azar en el dibujo que ocupaba la página en la que estaba abierto el cuaderno que ella aún sostenía.

No era un boceto, sino un trabajo terminado, con colores y sombras volumétricas. Una especie de escudo de armas; Tecnoépica, rezaba en caracteres estilizados, de rara sofisticación, a la vez arcaicos y modernistas, tanto con un aire vetusto de signos trazados en antiguo pergamino como de anuncio norteamericano de los 50.

Era un logotipo. No; era El Logotipo. El que había tratado infructuosamente de diseñar durante tantas horas, la noche anterior. ¡Un escudo de armas! ¿cómo era que no había pensado en eso?

Y además, flanqueado por dos criaturas heráldicas. Qué gran idea: la perfecta conjunción de mística y tecnología, de leyenda antigua y moderna. La moto y el unicornio.

Lo único malo es que él no recordaba haber trazado aquel boceto. Verdad que, como siempre le decía su madre, el que no tiene aguante para el alcohol mejor es que no tome. ¡Alzheimer a los 19! Lo único que le faltaba.

-¡Te quedó precioso!- logró al fin decir Magda, ruborizada por el intenso beso.-Y no es un boceto, si le diste color y todo ¿cómo se te ocurrió la idea? ¿Calcaste la Harley y el unicornio de tu pared? Tiene que haber sido, por eso los estropeaste y tuviste que botar el afiche y la pintura…

Solo entonces se percató Yosvany de la doble ausencia en los muros de su cuarto. Apenas quedaban las huellas de las tachuelas con las que había sujetado el póster y el falso gobelino, tantos años atrás.

Desconcertado, miró por la ventana ¿abierta? No recordaba haber pasado frío por la noche, pero tenía que ser, era la única explicación posible. Un golpe de viento debía haber arrancado el afiche y el tapiz, sacándolos a ambos por la ventana; poco probable, pero no imposible… cosas más raras se veían todos los días en Nuevo Vedado… y ahora que se fijaba bien, el machete de Máximo Gómez y la langosta disecada también se veían medio ladeados, como si una ráfaga intensa los hubiera movido… vaya ráfaga.

Pero lo más importante era que Magda lo había besado…

-Es-es-este, sí- se oyó decir, orondo –me costó tra-trabajo, pero lo hice ¿te gusta el logotipo? ¿Crees que les guste a los de-demás?- maravilla de maravillas, ya hasta tartamudeaba menos.

-¿Gustarles? ¡Les va a encantar!- exclamó la bella estudiante de Psicología, besando de nuevo a su flamante novio para susurrarle –Tanto como tú me gustas a mí, muchacho precioso.

¿Qué más se le podía pedir a la vida?

Algunos minutos más tarde, cogidos de la mano, el guitarrista y la tecladista salieron a la calle, con el flamante logotipo del grupo enrollado bajo el brazo.

La banda de rock Tecnoépica, tras unos meses de ensayo, debutó como una más en el Salón Rosado de La Tropical. Pese a su impresionante logotipo, la verdad es que no tuvieron mucho éxito; por un lado, el público prefería evidentemente la metralla más metalera, y por el otro, les faltaba mucho para ser músicos siquiera mediocres. No obstante, se presentaron otras cuatro veces, hasta que al baterista, Yotuel, se lo llevó el padre a vivir a Canadá con él.

Luego Magda y Yosvany terminaron la carrera, se casaron, ella quedó embarazada… demasiadas cosas de qué ocuparse para seguir con la música ¿no?

Pero el caso es que, en el cuarto de Yosvany, donde ahora vive el joven matrimonio con su recién nacida hija Amalia, apretados pero felices, el logotipo de Tecnoépica sigue sujeto a la pared, protegido bajo un lámina de acrílico. Por si las moscas y el viento…

Y en las ya muy raras ocasiones en que pueden conversar, la langosta disecada, la réplica del machete de Máximo Gómez, lo que queda de la tempera y los carboncillos y hasta Pamela Anderson (que Magda siempre insiste en quitar pero Yosvany no arranca… por razones sentimentales, dice) se deleitan oyendo las historias de felicidad conyugal, de paraíso para dos, que les cuentan sus dos amigos. Cada uno en su lenguaje, cada uno a su modo, pero juntos: la moto y el unicornio.


 

Yoss, seudónimo de José Miguel Sánchez Gómez (La Habana, 1969). Escritor, crítico literario, ensayista y cantante cubano de rock. Graduado en técnicas narrativas del primer concurso (1998-1999) del Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”. Ganador de numerosos premios tanto dentro como fuera de Cuba. Entre sus obras publicadas, destacamos a Condonautas (2012), la antología de ciencia ficción cubana Días del futuro (2016) y Líneas de facturas (2020).

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