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Rosa no está en el mercadona

by Redacción
(Crédito: Lemuel Paz)

Por Raisa Pimentel

I

El día que perdí a Teté me detuve cerca de una parada vacía unos minutos antes de que pasara el siguiente autobús. Le quité la correa para que anduviera con libertad por el césped y comencé a fijarme en los carteles de eventos, alquileres y avisos que forraban el cristal. Casualmente me entretuve con un extraño hablando del virus en China, de las medidas que no habían tomado ni el país ni la comunidad autónoma. Casualmente ignoré los ladridos histéricos de Teté cuando se acercó el siguiente bus y cómo fueron haciéndose más lejanos mientras la perra corría calle abajo a la velocidad que le daban sus patas. Ese día no vi a Rosa.
Cuando la conocí, su perro y Teté se olfatearon y estuvieron jugueteando entre los bancos del parque. Rosa se acercó sonriente a mí. Estuvo diciendo cosas sobre el clima y preguntándome sobre la perra. No recordaba la última vez que una mujer me había escuchado hablar por tanto tiempo seguido. En algún momento, Firulais se acercó y se enganchó en una pierna de Rosa. Ella cargó al animal y siguió hablando mientras este le lamía el pecho. Me dio calor. Rosa le decía cosas, lo apretaba contra sus senos y yo sentí cómo se me endurecía la entrepierna. Busqué a Teté con los ojos y me alejé
prometiendo verla después, esperando que no se diera cuenta de lo que me pasaba. Este no era el día de parecerle un pervertido.
Cuando escuchó la puerta, el señor Aguirre llamó a la perra con su vocecita gastada y chillona. Teté, Teté, Teteeeeee. Entré y puse la cara de pena que había ensayado. Al pararse frente a mí comenzó a cuestionarme mientras entraba en pánico. Busqué su inhalador en la cocina y se lo acerqué. Lo agarró pero estuvo al menos un minuto jadeando con el aparato sujeto entre los dedos, mirándolo, mirándome a mí. Me pregunto si habrá querido morirse ahí mismo ahora que no tendría a su compañera. Duró un rato en posición fetal en su sillón. Veía su espalda subir y bajar de forma irregular mientras decía cosas sin sentido. Su color… su color favorito es el de mi manta de dormir… En las noches me toca el pie con la nariz para ver si sigo vivo y le gruño para confirmarlo… Manuela se está vengando porque no voy cada mes a llevar flores a su tumba…, decía con la correa del perro entre las manos.
Han declarado estado de emergencia en Madrid y sólo se permiten salidas a comprar comida, medicinas y a trabajos indispensables. Ha sido inútil ofrecerme a salir por el viejo porque no puedo acercarme al parque sin perro. Cada mañana lo veo y me devuelve una mirada que va perdiendo dureza con los días.

II

Rosa no está en el Mercadona ni en la frutería. Solo puedo encontrarla en el parque. La última vez que la vi llevaba pantalones a juego con su nombre, esos que la ayudan a seguirle el paso a su perro y volverme loco. Hacía semanas que había dejado ir a Teté pero antes de la crisis volvía al parque cada tarde para verla. Tengo la esperanza de que regrese, le dije la última vez, y ella puso su mano en mi hombro como para consolarme.
¿Ya repartieron algunos volantes por la zona?, me preguntó. Si se deciden, quedamos y Firu y yo te damos una mano con eso. Me moriría si le pasara algo así. La miré en silencio mientras me contaba otra vez del perrito, de cómo la hacía feliz y me
distraje unos segundos pensando en la forma tiernamente insoportable en que su voz pasaba de normal a estridente al hablar de algo que la emociona.
A mí me emocionaba pensar en el éxito que tuvo mi plan. Ya no soportaba a Teté y sus dientes rompiéndome los pantalones, a Teté ladrando con cada movimiento que sentía, a Teté orinándose en cada rincón para marcar territorio. Es de cariño,
hombre decía el viejo. Si hubiera sabido que el virus daría esta vuelta en mi contra, en contra del mundo, al menos no dejo ir a Teté o le robo un beso a Rosa ahí mismo.
Pensé buscarla en Facebook pero nunca me dijo su apellido. Las únicas combinaciones que se me ocurren con su nombre son Rosa piernas bonitas, Rosa la que ama los perros, Rosa metro Delicias.
Al señor Aguirre ya no le queda de otra que pedirme ayuda con sus recados y su viga de pan para el tinto de las 16, ahora que no puede ir al cafetín con sus amigos. A cada rato escucho el sonajero del perro y sé que él está ahí nostálgico lamentándose por no saber dónde está Teté.
¿Dónde andarán los perros callejeros de Madrid? me pregunto mientras me masturbo con la mano izquierda y le escribo a Rosa con la derecha:
Un abrazo fuerte, bonita. Espero que tú y Firulais lo estén llevando bien.
[Guardado en borradores]
Guardé el mensaje y la pija se me escapó un momento de la mano. Se quedó tensa en el aire mientras encontraba esa foto que le hice a escondidas cuando recogía la mierda de Firulais. Tarareaba una canción agachada en el piso y daba saltitos con las
piernas flexionadas. Es lo primero que haremos, Rosa. Tú arriba y yo abajo. La cama sonará igual que el viejo extrañando a Teté. Tac, tac, tac, si, si, dale, sigue, tac, tac. El ruido me desconcentra, me desinflo y dejo ir esta descarga. Vuelvo a buscar perros.
Hay gente alquilando los suyos por 12 euros la hora. “Con Betty podrás salir de casa”, leí en un anuncio en Wallapop. Todo perfecto hasta que pienso que es casi una semana de comida para mí. ¿Qué me queda? ¿Adoptar? ¿Pasear perros gratis como dice El País?
Además de Aguirre, los del 3-b y los del 5-a tienen perros en casa. Dejé notas en cada puerta ofreciéndome a pasearlos de forma gratuita y puse otras cosas cursis sobre pensar en los demás en tiempos difíciles.
Cuando pasé a dejarle el pan al señor Aguirre, comentaba con su hija que el número de muertos ya había llegado a 16 antes de mediodía. Me invitó un café esa tarde y me contó que se iría con ella a pasar estos días de cuarentena. Que ya era bastante con perder a Teté como para que vinieran los chinos a enfermarlo por estar solo y viejo.
Rosa, encuéntrame. Quiero coger contigo.
[Guardado en borradores]
Esa noche mandé algunos mensajes. Tenía la esperanza de conseguir algún perro para ver a Rosa. Por mi ventana entraba el sonido de los aplausos para los doctores y las enfermeras. Después volvió el silencio y la esperanza se me juntó con aburrimiento y algo de miedo. Los del 3-b dejaron una nota en mi puerta avisándome que sabían lo que había pasado con Teté, y vi mi futuro con Rosa cada vez más incierto.
Al amanecer la claridad entró como un puñetazo por la ventana. El cielo estaba despejado, muy brillante y me pareció un día perfecto para comerme a Rosa en algún parque. El único carro en la calle era el de la hija del señor Aguirre. Mientras lo despedía alcancé a escuchar algo sobre una extensión del confinamiento. Junto a su puerta el viejo dejó su manta favorita con el envase de Teté, lleno de agua y comida.
Tenía esperanza de que la perra recordara el camino a casa.
Rosa, te extraño. Te prometo un helado para cuando podamos salir de nuevo. Estoy buscando la forma de verte.
[Guardado en borradores]


III


Ninguno de los dos había regresado cuando pude volver al parque. El número de nuevos casos bajaba y el gobierno permitió que saliéramos a hacer ejercicio. Busqué las únicas deportivas que conservaba de mi tiempo en la universidad y me sorprendió que aún me sirvieran. La mascarilla me hacía sudar la nariz y la boca. No había avanzado más de 50 metros y ya quería rascarme la cara pero no lo hice.
La vi. En ese momento el saludo que había planeado me pareció idiota. Dame tu número, por si viene otro virus y nos separa repetí mientras me acercaba arreglándome el cabello. Otro hombre venía en la misma dirección, paseando algo que no sé si era un rottweiler, un dóberman o un galgo. Decía algo que no entendí, se lo decía a Rosa. En su mano sostenía el juguete de Firulais.
¿Cómo estás, Rosa? Se volteó hacia mí y me miró en silencio con sonrisa de medio recuerdo. ¡Hola! ¿Eres el dueño de Teté, no?, dijo y luego preguntó mi nombre.
El tipo repartía su vista entre los perros y yo.
Los llevaré al bebedero, dijo él.
Sí, voy contigo. Espero que encuentres a Teté o al menos que esté a salvo. ¡Hasta luego!, gritó de lejos y dio la espalda. Miré sus nalgas una vez más. La vi alejarse con el del rottweiler, el dóberman o el galgo y lo imaginé lamiendo los senos de Rosa como Firulais. Después de mucho tiempo decidí sentarme en el parque a pensar en lo estúpido que era.
A pesar de todo, este parecía un día normal. Veía a la gente ser feliz, los árboles y las flores se asomaban y se podía dudar que el mundo estuviera sumido en el caos por el virus. De regreso a casa compré comida para perros y, mientras cambiaba la que el señor Aguirre había dejado, deseé que Teté estuviera bien.


Raisa Pimentel Mendoza (Santo Domingo, 1990). Comunicadora, docente y narradora. Integrante del Taller Literario Narradores de Santo Domingo, espacio que coordina en la gestión septiembre-diciembre 2023. Entre sus premios literarios, se encuentra el segundo lugar en el concurso de cuentos de Alianza Cibaeña por su «Al otro lado de la puerta: Zarah». En 2023 publica Hormigas en la pared, su primer libro de relatos.

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