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El día de los perros

by Redacción

Tres perros me seguían por la calle una mañana. De cuando en cuando los espantaba, les tiraba piedras o les hacía ruidos, pero nada servía. Ellos me seguían insistentes adonde fuera: hasta la sala de mi casa, hasta la puerta de mi oficina, hasta la recepción del club. Me retiraron la membrecía del club, me despidieron de la oficina y la casera rompió mi contrato de alquiler. El día de la mudanza —a un apartamento muchos puntos por debajo del anterior—, catorce perros de diferentes colores y tamaños me esperaban en la puerta y me siguieron hasta el nuevo lugar. Los ignoré por completo, porque ya me habían causado todo el daño que podían.

Mordían a mis nuevos vecinos, peleaban entre ellos, aullaban toda la noche. Cada día su número aumentaba. Dos meses después, eran cientos los que me miraban desde la calle, como a la espera de alguna señal mía que les indicara… ¿qué?

Un día escuché movimientos en las casas cercanas, camiones de mudanza y carros en retirada. Al día siguiente me hallaba solo en toda la cuadra; en tres días, ya todos habían desalojado la calle; en dos semanas, yo era el único humano en todo el barrio. Me acompañaban no menos de tres mil canes de todas las razas. En las noticias ya se hablaba de “invasión canina”. Un par de veces vinieron los de sanidad e intentaron llevarse a algunos, pero siempre tenían que huir presurosos, perseguidos por hordas de perros enfurecidos. Se declaró el lugar “zona de desastre” y “área en cuarentena”.

Un día, desesperado, me paré en el balcón de mi apartamento y les grité: “¡Qué quieren de mí, malditos! ¡Han dañado mi vida, la han dañado, y aún no me dejan en paz!”. Detuvieron sus ladridos, su desorden, y me escucharon con obediencia. Cuando acabé de hablar, emitieron un aullido profundo y ensordecedor; luego se quedaron en guardia. Entonces entendí de lo que se trataba: ¡formaban un feroz ejército y me veían a mí como su comandante! No tenía nada de sentido, pero parecía ser real. Y así lo entendieron también las autoridades, que mandaron a apostar regimientos militares, todo en derredor de la zona que ocupaban los perros, estableciendo así una frontera entre nosotros y el resto del país. Sobrevolaban el lugar todo el día como si de zona de guerra se tratara.

Por la radio supe que fui declarado persona non grata, pasando luego a ser el principal enemigo del Imperio. Todo ello sin permitírseme emitir ni una palabra (no había tenido contacto directo con nadie desde que desalojaron el área).

Hace tres días que alcanzo a ver guardias que preparan trincheras por toda la línea divisoria. Llevan trajes especiales antimordidas, como los que se usan en las perreras, además de toda clase de armamentos. Ellos se preparan para hacernos guerra; yo, por mi parte, entreno a mis soldados para combatir.


Moisés Santana. Psicólogo, docente universitario, escritor y gestor cultural. Egresado de Psicología Clínica de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, así como de Docencia y Gestión Universitaria y Metodología de la Investigación, de la Universidad Católica Santo Domingo. Ha recibido más de 15 premios y reconocimientos literarios, entre ellos el Premio Jaime Colson de Cuento 2013 de la Sociedad Cultural Renovación por su libro El circo.

 

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