Al principio ignoraba la prohibición a la entrada del Père Lachaise, pero después de haber durado una semana en la feria del libro de París, a la que fui invitado por el Ministerio de Cultura de mi país, antes de irme, aproveché la capital Francesa para hacer algo de necroturismo. Fui a visitar las tumbas de algunos poetas y escritores. No quería volver a Santo Domingo sin tomarme unos selfis en las lápidas de los famosos. Al no comunicarme bien por lo escaso del francés que aprendí por Internet, no pude preguntar y volví al hotel.
Navegué por la webs en busca de data que me orientara. Fortuitamente, mi visita había coincidido con una celebración gay que desfilaban por las calles, y que acaparaba el medio digital informativo más importante de París: Le Monde. Por más que desplazaba la página arriba y abajo, la colorida noticia me hacía frente. Volví la cara, y vi a un muchacho melenudo, afeminado y trentón que se sentó justo a mi lado. Mecaniqueaba un drone instalándole una cámara. Un tanto sospecho, me miraba de reojo y bajaba la cabeza, por lo que me puse mosca, cerré la página e iba a apagar la Laptop… Tú también buscas huesos, me preguntó en voz baja y en castellano. No, busco el porqué está cerrado el Père Lachaise; qué bien que puedo entenderme contigo. Hola. Soy de Madrid y me llamo Carlos, también me conocen como el Pastero. Tanto gusto: Daniel, y estrechamos las manos. Supe que no eras parisino al momento que me senté junto a ti, todos en la ciudad saben la razón de sus cierres, también el Montparnasse, me decía mientras buscaba la manera de resolver con el aparato. Preparo este drone caza fantasmas, soy documentalista independiente, por eso lo de el Pastero. Vivo de filmar documentales raros. Le Monde evita escribir más de ese asunto: ya no le es rentable ese material paranormal. En estos días su página digital la ha ocupado publicando espacios pagados sobre la ley aprobada por el Congreso del matrimonio gay. El tema de los cierres es un secreto a voces: el Ayuntamiento de Paris los tiene cerrado por el asunto de los robos de huesos. No entiendo. Sí. Se ha descubierto una supuesta red de necro tráfico internacional que se han dado a la tarea de pagar altísimas sumas de Euros por despojos de vates: poetas, pintores, escritores… Cibernautas hicieron virales en las redes sociales bandadas de cuervos que vuelan en círculo llamando a algunos famosos robados: Delacriox, Baudelaire, Chopin, Balzac, Oscar Wilde… Las putas autoridades dizque colocaron los escáneres a las tumbas y percibieron las osamentas intactas de los artistas, por lo que declararon a la prensa que era meras ganas de alterar el orden público en las redes. Pero los pájaros no se han callado aún con el tema. No dudo que los cuervos digan la verdad, aunque ellos están entrenados para entretener a los turistas, la gente les cree, son parlanchines, y dicen todo. Por eso los parisinos toman en serio sus graznidos vocablos. La premura de España de encontrar los restos de Miguel de Cervantes en el convento de las Trinitarias Descalzas de Madrid, se debió a la alerta de los cuervos aquí en París por lo que una comisión española autorizada dio con sus restos antes que los necro traficantes. Tío, esta gilipolla está de resolverla Sherlock Holmes, sabes: el detective de los cuentos.
Yo, busco a un voluntario que me ayude a filmar actividades paranormaloides para el Canal de Descubrimiento. Ahí dentro filmaremos en horas de vampiros y fantasmas, quiero decir, tarde eh. ¿Filmaremos, dijiste? Claro. Es la única oportunidad de que hagas necro turismo. Pero está cerrado. Sé cómo entrar, claro, si no tienes miedo. Por qué hay que tenerlo, si es morada de inspiración artística. Los parisinos lo ven así también, van a leer y a escribir, para que algún poeta o escritor famoso los posean para luego hacerse con el Premio Nobel de Literatura; Víctor Hugo de joven venía para inspirarse también. Y otros como él…, alcanzaron la fama aquí. La muerte es un truco insondable en sí mismo. Algo a lo que se apela en momentos románticos. Un néctar seductor. Más que un cementerio, yo; lo veo como una oportunidad de hacer dinero. No quiero irme sin visitarlos, amo la literatura. Sí, lo intuí y es justo lo que necesito ─murmuró.
Aprovechar la ocasión era pertinente, pero debía enfrentar mi fobia a la oscuridad, de hecho, ni siquiera voy al cine por no ver la sala oscura, duermo con los bombillos encendidos; a veces, me siento como un cavernícolas porque la noche me da miedo; daría vergüenza decírselo. Y de actuación, solo tengo la experiencia de la escuela cuando me ponían a representar un personaje en fechas patrióticas.
Bueno… Y… ¿Cuándo empezamos a filmar? Mañana, que hay luna llena. Tragué en seco. Tengo una manera mágica de entrar que solo yo sé, ─dijo.
En la noche de luna llena cargamos con el drone y una cámara de filmación. A mitad de la rue Chemin Cabail, una calle solitaria y libre de tránsito, entramos por una trampilla y bajamos con un foco; el ducto salía a una de las criptas abandonadas dentro del cementerio. Invisibles, avanzamos lento; la necrópolis espelunca entró por mis ojos dilatando mis pupilas. Al pasar por los mármoles, rosábamos esculturas de posturas lastimosas encima de las tumbas, así como una hilera de capillas cajonadas de arcos ojivales en estilo gótico apuntan al infinito; árboles esqueletados por el deshoje del otoño entrado el invierno. La hojarasca cubría mis zapatos y tropecé con un obstáculo acostado y por poco vomito el corazón del susto. Ése es Víctor Noir, me dijo. Si nos topamos con él en cueros por aquí, no nos hará nada, no es marica; se dice que su alma desnuda sale a buscar las mujeres estériles y solteronas que en el día lo visitan y le soban la pinga y besan su estatua de bronce en la boca. Ahora, prepárate para actuar. ¿Qué? El asunto iba en serio, la poca luz de luna se borraba en las tinieblas. El graznido de los cuervos aumentaba motivados por el movimiento de nuestras siluetas entre las lápidas: cuarrr, cuarrr. Sacó de su bulto un gabán y una peluca y me la dio: toma. Ahora serás un fantasma tras el lente de mi cámara. Una vez escuché que un necro traficante intentó pasarse de listo con unos compradores, les vendía huesos de perros o de cadáveres comunes identificándolos por despojos de Jim Morrison, o de algún poeta maldito, lo que le costó aparecer con un balazo en la cabeza. Es un negocio peligroso, dicen que el costo real de restos originales ha superado el marfil de Zimbabwe y el precio de los diamantes de Sierra Leona. Con este documental nos ganaremos buena pasta sin temer a perder la vida. Envalentonado por la usencia de luz, no reparaba que estuviera acompañado por Carlos, apretaba el culo para no cagarme de miedo en medio de las tinieblas.
A pasos nos detuvimos en una tumba recubierta de cristal: empezaremos con Óscar Wilde… Una conmoción interna que no formaba parte del reparto fílmico y, que no sabía explicar, me poseyó: balbuceaba inglés, latín, francés, griego… y recitaba los cuentos de Wilde de memoria con voz amanerada. Caí sentado, Carlos me dio de bofetadas en la cara, volví de un trance. Qué pasa, tío, no me digas que viste el fantasma de Canterville, sabes que es una mofa literaria de la muerte. Me repuse. Después avanzamos hasta un sarcófago imperial donde simulé pintar con pinceles y paleta La libertad guiando al pueblo, fue una verdadera posesión espiritual de Eugén Delacroix. ¿Te sientes bien? Sí, le dije. Las tomas terminaron con los simulo nocturnos de Chopin que imitaba emitiendo notas musicales con la boca; y de Balzac, grabó mi voz en off en un fragmento que recité de memoria de La obra maestra desconocida. Carlos pensaba que yo tenía una memoria prodigiosa o me drogué para hacerlo, pero su afán de ganar dinero lo hacía dependiente, no imaginaba que me sucedía algo. Los espíritus me poseían, no había otra explicación. Después de un trance del que no podía despertar, tras dos bofetadas más, desperté. No sabía qué hacer con tanto talento embutido en mí, esa gama luminosa de artistas me hacía un superdotado. A veces, oía los pasos de ellos venir a mi encuentro, alucinaba el deslice de tapas marmóreas, el chirriar oxidado de puertas centenarias abriéndose… Advertía que en cualquier momento estaríamos rodeados de ellos estilo la película The walking dead. Aun así, no les temía y mi fobia por la oscuridad se había ido al carajo. Por unas callejuelas medievales, nos desplazamos como Virgilio y Dante: ¡Lotería! Llegamos a la tumba de Georges Méliès, No soporto un espíritu más, me atreví a confesarle. Estalló en carcajadas. Para Méliès mi trabajo es una especie de letanía, me dijo. Él ganó mucha pasta con La mansión del diablo, y otras películas románticas. Y filmé algunas escenas dirigido por el mismo espíritu de Méliès.
Más que espíritus entraban luces dentro de mí Luces del conocimiento que ansiaba más y más era como una droga de la que no podría estar sin ella. Ahora no sé quién soy exactamente Tanto puedo ser Oscar Wilde o Balzac o Delacroix o Chopin menos Daniel. No sé Siento la necesidad de escribir un mundo de cosas pintar durante un siglo sin cansarme crear y tocar un millón de nocturnos…
Los cuervos eran espectadores sin dejar de vigilarnos, hacían trillos en el aire tras nosotros. Nos desplazamos hasta llegar al mayor exponente del simbolismo belga: George Rodenbach, él se había adelantado y actuó así mismo saliendo de su tumba; tal vez se imaginó que vendríamos algún día. Carlos grabó mi voz en off de la lectura que hice de memoria de Brujas, la muerta. No terminé de leer el fragmento, su prosa me alucinó y sumé un espíritu más. Entonces, el alba amenazaba con desarroparnos de la madrugada. Salimos como vampiros que temen el arrebol. Las posesiones espirituales eran una sobredosis cultural tan excitantes, que le pedí ir a firmar a los escritores hispanos en la localidad de Montparnasse, de donde toma su nombre el cementerio. Quería saber qué se sentía con ellos.
Los cuervos nos siguieron desde el Père Lachaise. No dejaban de espiarnos. El mismo alboroto en el aire. Sus graznidos desentonaban ahora por Julio Cortázar, César Vallejo; incluso por Carlos Fuentes, que está a pocos metros de la entrada principal. Esta vez, los cuervos volaban tan bajos que interpreté que nos sacarían los ojos. Carlos, al ver mi preocupación: qué va, descuida Tío, estos cuervos no son los de Hitchcock, no nos atacarán. Los gays seguían festejando su éxito en las calles parisinas. El tiempo se les había perdido y no encontraban el día ni la noche.
Toneladas de tela utilizó el artista surrealista Christo y su esposa Jeanne Claude como último trabajo artístico monumental, la Torre Eiffel arropada hasta las bases se convirtió en un falo que puyaba el cielo. Una especie de exposición fauvista reinaba en la capital francesa.
Esperamos la noche, y frente al mármol de Julio Cortázar Carlos tomó fotos y filmó con el drone. Ritualicé el croquis de una Rayuela que escribí con mi dedo; luego, me ajusté un gabán y le subí el cuello, tomé un cigarrillo y empecé a caminar mientras leía Casa tomada con voz afrancesada. Calos: lo haces tan bien que me asustas. El fantasma de Cortázar está en ti. Has hecho cosas que ni Méliès en su tiempo. Buscaba a un valiente que no temiera entrar al cementerio de noche conmigo, pero no esperaba que fuera tan original. Para firmar lo paranomaloide de César Vallejo, vestí de negro, recité tres líneas del poema… y sumido en trance, no toda médium me sacaba:
Hay golpes en la vida, tan fuertes…Yo no sé
Golpes como el odio de Dios, si ante ellos, la resaca
de todo lo sufrido se empozara en el alma…. Yo no sé
Aprovecharé para grabar a Charles Baudelaire y concluir recitando los versos malditos: Las letanías de Satán y El vampiro, me dijo. No me jodas. ¡¿Qué?! No. Si te niegas a leerlos, el poeta no te dejará en paz, Baudelaire es un maldito, maldito. Vine por los hispanos y me gustaría leer a Aura de Fuentes. Evitaba a Baudelaire, ya no me cabía uno más. Vamos Tío, no querrás vivir con un fantasma encima toda tu vida. Más que versos, esos son conjuros, le increpé. Vamos Tío, léelos; eres el mejor actor que he conocido, ponte la puta capucha y recítalo. Pero no le vayas a cambiar una letra. No quiero ser parte de tu maldición. Empecé a leer nervioso y puse mis dedos en cruz, así evitaba que su espíritu me poseyera:
Oh tú,… el ángel más bello… y así mismo el más sabio
Dios privado de suerte… y… ayuno de alabanzas,
¡Oh, Satán,… ten piedad de mi larga miseria!
Deseaba leer más, pero tuve que soltarlo, y se oyó un grito que caía por un precipicio: no me dejessss; y su espíritu convulso salió antes de entrar en mí por completo. Ya no había cupo para nadie más.
No podía con el peso de las luces, cargar con tanto conocimiento era imposible. Tuve que dejar los que eran más pesados. Deseaba volver de vuelta a la realidad y mi país.
Al día siguiente, en mi estado normal nos vimos por última vez en Lobby del hotel.
¿Carlos, cómo se llamará el documental?
París ya no será más la ciudad de las luces, sino: La ciudad de los Cuervos, o de los colores, secundé. Tus espíritus peleaban por hacer la mejor actuación, les gustará verse homenajeados en la TV, ─dijo en tono chistoso, creo. Se paró de la silla y me dijo: Te enviaré tu parte de la pasta por una agencia de envíos. Y lo vi desaparecer abordo de un taxi. Quedé pensativo. No sé. Pero en realidad era un tipo raro. Tal vez nunca reciba ese dinero. No sé si el cuento de los necro traficantes sea verdad; pero es verosímil, lo cierto es que, los cuervos velan para que no se extinga la luz del conocimiento, que es la fuente luminosa que transforma el mundo. Después volveré por Baudelaire y el resto de las luces.
Finalmente, ya en las calles de París, al Ayuntamiento le tocó descubrir la Torre Eiffel, descolgar las banderas multicolores de los edificios y limpiar las calles sucias finalizadas la celebración.

Daniel Polanco Valerio
Daniel O. Polanco Valerio (1971) Publicista e ilustrador graduado en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Como escritor, ha publicado en diversos medios y antologías, tales como: La minificción en Santo Domingo, una muestra de escritura postmoderna (2016); Para qué te cuento (2016); Se nos fue poniendo viernes la tarde (2017), entre otros más. Fue coordinador del Taller Literario Narradores de Santo Domingo (TLNSD), del cual es miembro actual; por igual, del Taller Literario César Vallejo de la Unversidad Autónoma de Santo Domingo, sede central.

